Atrévete a orar

Acerca de Rufo González Pérez

25.11.12 | 09:53. Archivado en Acerca del autor

Actualmente jubilado de todo cargo docente y pastoral, tras cuarenta y cinco años de trabajo en la enseñanza (Filosofía, Latín, Griego) y en la pastoral, dedico mi tiempo fundamentalmente a estudiar y escribir sobre temas de espiritualidad. Licenciado en Filosofía (Universidad Pontificia Comillas y la Complutense, de Madrid). Doctor en Teología por la Universidad Pontificia Comillas (Madrid) con la tesis: “Presencia del Espíritu Santo en los documentos del Concilio Vaticano II”. Publicado el resumen de dicha tesis en Ediciones de la Universidad Pontificia Comillas (UPCO); Madrid 1994. He publicado también: La homilía hecha oración. Un estilo nuevo de homilía. Ciclo C. Atenas, Madrid 1997 (Agotado). Nos casamos en la fe cristiana (curso práctico de preparación al matrimonio cristiano). Ediciones Sígueme, S.A. 3ª edición. Salamanca 2008. Durante nueve años (2003-2012) he colaborado en HOMILÉTICA, revista de Sal Terrae para la celebración litúrgica, con una Oración semanal para domingos y festivos.

Contacto con el autor: E-mail: rufo.go@hotmail.com

Objetivos del Blog

-Fomentar la experiencia personal y comunitaria del Dios de Jesús. Orar, igual que creer y actuar en conciencia, requiere una especial osadía. Por eso titulo el Blog con el lema horaciano (Epístola II de Horacio del Epistularum liber primus: Dimidium facti, qui coepit, habet: sapere aude, / incipe –“quien ha comenzado tiene la mitad de la obra: atrévete a saber, empieza”-). Esta advertencia la usó Kant como divisa de la Ilustración: “el proceso por el cual el ser humano supera su inmadurez, de la que él mismo era culpable. La inmadurez es la incapacidad de utilizar el propio entendimiento sin la tutela de otro. Uno mismo es culpable... cuando su causa... es la falta de determinación y valor para utilizarlo. Independízate. Sapere aude” (¿Qué es la ilustración?). Es madurez atreverse a usar el propio entendimiento para elegir libremente la fe. Tanta osadía se requiere para optar por la fe como por la increencia. Una y otra son fruto de nuestra libertad. Una y otra son dignas de respeto. La oración en sus diversas formas (contemplación, acción de gracias, ofrecimiento, arrepentimiento, petición...) supone osadía, “determinación y valor”. Quien no se atreve a orar es que no se ha atrevido a creer por sí mismo. Cuando se acepta conscientemente a Jesús, se acepta su Espíritu, y éste se une a nuestro espíritu haciendo brotar la oración en soledad y en comunidad. “Hemos hecho muy conscientemente esto de celebrar el Domingo, la comida del Señor. No podemos vivir sin el Domingo”, decía audazmente Saturnino, sacerdote norteafricano, al procónsul romano que le acusaba de no cumplir el edicto de Diocleciano (finales del s. III).#

-Vincular la oración y la vida. No se puede orar impunemente, al menos en cristiano. Si la vida no sigue a la oración, ésta no es verdadera, no expresa la realidad. Ser cristiano cabal incluye vivir en el amor de Jesús. Me recuerda el texto de San Juan Crisóstomo: “No me digáis que es imposible cuidar de los otros. Si sois cristianos, lo imposible es que no cuidéis... El compartir radica en la naturaleza misma del cristiano...Y si dices que el cristiano no puede ser de provecho a los otros, insultas a Dios y lo dejas por embustero. Más fácil es que el sol no caliente ni brille, que no que el cristiano deje de dar luz... Si ordenamos debidamente nuestras cosas, la ayuda al prójimo se dará absolutamente, se seguirá como una necesidad física. (Homilías sobre los Hechos. PG 60, 162).

-Unir la oración y la vida con la Buena Noticia de Jesús. Los evangelios y la segunda lectura de la Eucaristía festiva son puntos de apoyo de estas oraciones. La segunda lectura es el mismo Evangelio, asumido y concretado por los primeros cristianos: “... confirma la realidad de Cristo, va explicando su doctrina auténtica, proclama la fuerza salvadora de la obra divina de Cristo, cuenta los comienzos y la difusión maravillosa de la Iglesia, predice su consumación gloriosa” (DV 20). En medio de la historia, queremos seguir escuchando el Espíritu de Jesús en esta hora. Él sigue “asegurando a nuestro espíritu que somos hijos de Dios...; Él nos permite gritar ¡Abba! ¡Padre!... Él viene en ayuda de nuestra debilidad, pues no sabemos qué hemos de pedir de forma conveniente, pero el Espíritu en persona intercede por nosotros con gemidos sin palabras...” (Rm 8, 15-16.26). Confiamos en que ¡el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a los que se lo piden! (Lc 11,13).

-Proporcionar una “homilía hecha oración”. La oración, por sí misma, despierta la fe, la educa, mueve lo emocional humano, hace trabajar la imaginación, activa la memoria, impulsa la voluntad a ponerse en marcha... Muchos cristianos sólo aprendieron a “rezar” –recitar de memoria- alguna oración. Y con mucha carga mágica y egoísta. Al descubrir que tales oraciones “no valían”, que no “pasaba nada”, dejaron de hacerlas. La misa es considerada así: un conjunto de oraciones poco inteligibles, sin contexto histórico, intrascendentes para su vida. Por ello, el sentido utilitario del hombre actual ha ido marginando esta práctica como inútil, vacía, rutinaria, terriblemente aburrida. Hay que tener confianza en que el Espíritu Santo viene en ayuda de nuestra flaqueza, pues nosotros no sabemos orar como es debido, y es el mismo Espíritu el que intercede por nosotros con gemidos inefables...# Estas oraciones pretenden cumplir los objetivos de toda homilía: “guiar a los hermanos hacia una sabrosa comprensión de la sagrada Escritura, abrir el corazón a la acción de gracias por las maravillas de Dios, alimentar la fe en la Palabra..., preparar para una provechosa comunión, e invitar a asumir las exigencias de la vida cristiana”.#

Contacto con el autor: E-mail: rufo.go@hotmail.com


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