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Los arqueólogos franciscanos y el Jesús de la Historia ( I )

14.09.17 | 10:59. Archivado en Iglesia, Universal, Autor

Un célebre escritos galo, de cuyo nombre no quiero acordarme, después de un viaje a Tierra Santa escribió sobre los “inevitables franciscanos”. Gracias a esos “inevitables”, y a mucha sangre derramada a lo largo de la historia por ellos, hoy, millones y millones de peregrinos pueden disfrutar de los santuarios de la Tierra de Jesús.

La presencia en Tierra Santa de los Franciscanos está sobre todo vinculada a los santuarios, que diariamente visitan los peregrinos, sin embargo la tarea científica realizada por los mismos es, lamentablemente menos conocida. La Custodia de Tierra Santa, presente desde hace 800 años en las tierras bíblicas, comprendió, desde el primer momento, la necesidad de autentificar algunos de los lugares neotestamentarios desde un punto de vista científico. La arqueología era todavía una ciencia incipiente, sin embargo fue una apuesta muy positiva para la Iglesia la creación del Studium Biblicum Franciscanum, hoy Facultad de Ciencias Bíblicas y Arqueología. En aquellos primeros años de 1900, esos primeros franciscanos arqueólogos, ante cualquier reconstrucción o reforma de un santuario, aplicaron la piqueta para sumergirse en el túnel del tiempo y averiguar con los métodos de la época, las distintas etapas históricas y las vicisitudes de ese lugar. Las investigaciones de los arqueólogos franciscanos se interesaron por los lugares más significativos del Jesús histórico.

Esta búsqueda arqueológica continúa en nuestros tiempos y, en algunos lugares como Macheronte, en estos días se están realizando excavaciones para profundizar en el conocimiento de esta ciudad directamente vinculada al Juan el Bautista. Según la tradición es en ella donde Herodes Antipas mandó decapitar a Juan el Bautista.

Entre los arqueólogos franciscanos de aquellos primeros tiempos, menos conocidos, cuyas excavaciones iniciales han sido continuadas por otros posteriormente, destacan algunos nombres que no podemos olvidar, y cuyos descubrimientos están directamente unidos a la autentificación de los distintos lugares evangélicos, que disfrutan los peregrinos.

Unos de los primeros fue Gaudenzio Orfali, cuyo nombre está directamente unido a las excavaciones de la zona de la Basílica de Getsemaní (1019-20), en donde antes de construirse la Iglesia actual de la Naciones (1920), junto al huerto de los olivos, pudo trazar perfectamente las dimensiones de las iglesias precedentes, la de los Cruzados, y la Bizantina, sobre cuya base está construida la Iglesia actual, en el corazón de la cual se encuentra la famosa roca de la agonía. Las primeras excavaciones en Cafarnaúm (1921-25) se deben a el, particularmente el descubrimiento de la sinagoga blanca, del siglo IV después de Cristo.

Prosper Viaud, hizo las primeras exploraciones en el área de Nazareth (1890-1910), y al mismo tiempo, estudió la basílica cruzada de Santa Ana en Séforis, ciudad natal de María, según la tradición de Galilea. Esta tradición está en confrontación con la jerosolimitana, que sitúa la casa natalicia en la Iglesia de santa Ana, en la zona de la piscina Probática.

Silvester Saller, gran especialista en numismática, se ocupó de las primeras excavaciones en el Memorial de Moisés en en Monte Nebo, y en la ciudad de Nebo Jordania (1933-1937). el objetivo era encontrar la tumba de Moisés, desde donde contempló la Tierra Prometida, y según la tradición bíblica, allí fue enterrado. Continuó sus excavaciones en la Betania evangélica, particularmente los restos paleocristianos y la tumba de Lázaro (1949). Finalmente su nombre está también estrechamente unido a las excavaciones en San Juan de Ain Karem (1941-42), en donde recordamos el nacimiento de Juan el Bautista.

Estos tres arqueólogos podríamos calificarlos de pioneros. Un segundo grupo, el más conocido, se encuentra entre esta primera generación y los arqueólogos más recientes. En este encontramos a Bellarmino Bagatti, Virgilio Corbo y Stanislao Loffreda.

Bellarmino Bagatti, en un primer momento trabajó con Saller en las excavaciones del Monte Nebo (1933-37). Llegado a Jerusalén, muy joven, desde Roma, en donde se había doctorado en arqueología cristiana. Su nombre está vinculado fundamentalmente a Nazaret, en donde antes de construir la Iglesia actual, una vez derribada la Iglesia de la época turca, pudo excavar en el área de la gruta de la Anunciación (1956-70) y descubrir los antiquísimos testimonios de culto cristiano en esa zona, así como establecer claramente la historia del lugar de manera incontestable. En Taggha (1935), identifico la pequeña capilla de las Bienaventuranzas, de la que nos habla nuestra paisana Egeria, actualmente en ruinas y muy cercana a la puerta de acceso al Primado de Pedro.
En Aín Karem (1937), estudió el Santuario de la Visita de María a su prima Isabel, situado en lo alto de la colina. También se ocupó de la Tumba de la Virgen (1972) en el torrente Cedrón, en Jerusalén. De Emaus Qubeibeh (1940-44), aprovechando la reclusión de los franciscanos italianos en ese convento durante la Segunda Guerra Mundial, hizo las excavaciones de este lugar evangélico, descubriendo resto de la época romana muy interesantes, aunque no decisivos para la autenticación del lugar. Una de las alternativas de Emaus.

También realizó sondeos arqueológicos en el área del Cenáculo de Jerusalén (1980) para comprobar algunos datos de la tradición literaria en relación con el mismo. Finalmente las grutas de San Jerónimo, debajo de la Basílica de la Natividad de Belén, en 1948 por primera vez, y posteriormente, en 1963-64, antes de la restauración actual de las mismas. Ambos lugares, muy bien estudiados, u con datos muy relevantes y decisivos.


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