El Museo Reina Sofía presenta el tercer tramo de la reordenación de su colección permanente. 'De la revuelta a la posmodernidad (1962-1982)' ocupa dos mil metros cuadrados e incluye unas 300 obras. Es uno de los posibles relatos del arte de ese tiempo, y por tanto discutible en lo que afirma y lo que omite. Está construido con los fondos -no muy boyantes- del Museo, reforzados por depósitos y adquisiciones recientes hasta conformar un panorama satisfactorio, ecléctico, entretenido e interesante. Con una conclusión: el arte de la época apenas acertó a reflejar lo que a su alrededor ocurría. No se captan a primera vista los ecos de los grandes eventos, las pulsiones colectivas, los conflictos y los logros de entonces. Hay ecos muy lejanos y a menudo impuestos. Se captan los restos y ruinas del estallido pero no su fulgor arrasador. Y se aplaza para más adelante la visión del paisaje resultante tras la explosión.
Muchos años han estado Salvador Távora y La Cuadra de Sevilla representando este espectáculo por todo el mundo. Ahora llegan a Madrid con una versión corregida que incluye un fabuloso corcel blanco en escena y conserva todo su primitivismo visceral, su bárbaro ritual, su esencia carpetovetónica. Es casi surrealista, bordea lo grotesco y lo ridículo, recurre a todos los símbolos atávicos -del candil a la espuerta, del capirote al bonete, de la faca a la liga- y los combina con procacidad burda y propaganda andalucista. Suple su esquematismo escenográfico con fuerza telúrica. Es descomunal, puede atragantarse, pero no deja indiferente. Recomendada especialmente a hijos pródigos de la madre patria, modernos denostadores de las esencias, y todo el necesitado de constatar quiénes somos y de dónde venimos.
Ariel Dorfman ha escrito una obra difícil de pelar y plena de ambición, lo cual dice mucho de su formación intelectual pero no tanto sobre su capacidad de comunicarla. Se inspira en la tragedia clásica sin decirlo; recurre a sus influencias freudianas para enmendar el purgatorio cristiano y la reencarnación budista; y todo ello se orienta a una reflexión sobre el perdón, el arrepentimiento, la reconciliación, cosas todas tan difíciles. Al final recurre al elemento manido de siempre, el amor. Son cien minutos densos, que bordean el tedio en su último tramo y que se despeñan en la impotencia de encontrar un final verosímil y una propuesta válida individual y socialmente.
Se mudó a Nueva York antes de cumplir los 30 años para sumergirse en el imperio televisivo y su gran conquista del vídeo. Allí se quedó, y conforme se forjaba un sitio en el 'media art' fue ampliando su reflexión sobre la sociedad global que se ha ido conformando como por ensalmo. Ahora, en vísperas de cumplir los 70, el Museo Reina Sofía le dedica una descomunal retrospectiva organizada en torno a nueve temas que interesan al artista. Un despliegue extraordinario que desafía la capacidad del visitante, asaltado por imágenes desde todos los ángulos. La orgía catódica nos dejará exhaustos y colmados, y al final nos asombraremos del milagro de que aún exista la pintura.
L.G.
Hasta 1987, cuando sufrió un doble derrame cerebral que a punto estuvo de acabar con su vida, René Daniëls (Eindhoven 1950), fue el niño mimado de la pintura holandesa. Sus óleos, pintados a base de capas semitransparentes, con elegantes cisnes o mejillones, se habían convertido en una de las señas de identidad de un pintor que había hecho suya la máxima de Picabia, "hay que cambiar de ideas con tanta frecuencia como se cambia de camisa".
Cuatro triunfadores en sus respectivos quehaceres artísticos se juntaron para realizar este espectáculo, con partituras inmortales y grandes poemas, con notables adaptaciones pianísticas y buenas canciones ligeras. 'Música Callada. La vida Rima' podía haberse quedado en un simple recital, pero adoptó un guión literario que quería hilvanar tan diverso material en una propuesta culturalista de buena voluntad. Los buenos ingredientes produjeron un espectáculo cursi y acartonado que nada aporta decepcionando. Un rato entretenido con pretensiones intelectuales y emocionales fallidas. Música demasiado empalabrada y vida un tanto trivializada.
A veces ocurren cosas extraordinarias en nuestros escenarios, y entonces todos los sinsabores se ven compensados. Münchhausen sólo tiene un problema, el título. Todo lo demás en esta obra de Lucía Vilanova dirigida por Salva Bolta es excelente. Argumento, texto, dirección, interpretación, escenografía... La producción completa, en fin, funciona como un mecanismo perfecto, poblado de magia y repleto de vida. El Centro Dramático Nacional endereza la temporada con esta aportación de gran valía a nuestro teatro actual.
El Thyssen presenta este otoño una exposición monográfica dedicada a la artista impresionista Berthe Morisot (1841-1895), mujer rica y vanguardista, burguesa en su vida y rompedora en su arte, vinculada a un movimiento pictórico que entonces provocaba rechazo. Paul Valéry dijo de ella que «vivía su pintura» y «pintaba su vida». Después de un siglo olvidada hasta en su patria, es un nombre a retener junto al de sus compañeros Manet, Renoir, Monet, Pissarro o Degas.
Hay noches en que el público se muestra ávido de aplaudir, volcado desde el primer momento, rendido a algo misterioso que va más allá de los indudables méritos, que es el tributo fervoroso de la masa al consagrado. La segunda de Las Noches del Real vivió un enorme éxito de “Fuegos de artificio de un castrato”, un recital de arias de óperas de Händel y Vivaldi, a cargo del contratenor Philippe Jaroussky acompañado de la 'Apollo’s Fire (The Cleveland Baroque Orchestra)' bajo la dirección de Jeannette Sorrell.
Mil veces proclamaremos el fin de la novela y mil veces resucitará. Nunca estará colmado nuestro conocimiento sobre la gente y siempre habrá necesidad de leer historias. Después de años sin leer ficción, un deseo de pulsar por dónde discurren las cosas me ha llevado a leer consecutivamente tres novelas recientes: un éxito 'culto' internacional -la última del consagrado Houllebecq-, un éxito 'popular' nacional -el premio Planeta de Eduardo Mendoza- y un sorprendente debut en el género, 'Delirios de persecución', de Alicia Huerta García. Si tras esos descomunales dos primeros platos he podido abordarel postre, quiere decir que merece la pena.
Versionar en danza contemporánea una de las más grandes óperas de la historia -L’incoronazione di Poppea- no es tarea pequeña. Hacerlo sin ceñirse reverencialmente a la divina música de Claudio Monteverdi, convirtiendo la partitura original en un sampleado impactante, es mucho atrevimiento. Ambientarla en una sala de ensayos, poblarla de acotaciones orales y de vídeograbaciones en directo no disminuye el riesgo. Todo ello no impide y probablemente consigue que la coreografía de Christian Spuck se eleve de forma extraordinaria por encima del desbarajuste conceptual creado. Un desorden que al fin y al cabo es el único contexto posible de una historia imposible. La compañía de Eric Gauthier ofrece un espectáculo memorable con esta 'Poppea Poppea', una fusión tres veces buena: por bella, por innovadora y por creativa.
La compañía Dairakudakan (Gran Camello Acorazado) va a cumplir cuarenta años. Su obra Paradise in the Jar Odyssey 2001 (Paraíso en el interior de la vasija de la Odisea 2001) tiene ya una década como proclama su título. Trabajan la Danza Butó, un término que viene a significar enterrarse con los pies para poder volar con los brazos, una propuesta nacida del dolor de los bombardeos nucleares, que une a las raíces tradicionales del Teatro Kabuky y el Teatro Noh influencias europeas del dadaísmo y el surrealismo, y especialmente del expresionismo alemán. La elegancia ralentizada pasada por el sarcasmo, lo grotesco y lo macabro. Lo ideal bello y lo real chabacano. Excelsas formas para actos hirientes y chocantes.
Segundas partes suelen ser fallidas. Después del merecido éxito con 'La violación de Lucrecia' y Nuria Espert, el autor y director Miguel del Arco repite fórmula con 'Juicio a una zorra' y Carmen Machi. Otro personaje femenino legendario, otro monólogo, otra buena actriz. Pero esta vez no dispone de un gran texto como entonces, -el poema de William Shakespeare que narraba el origen de Roma-, y ha tenido que beber de varias fuentes optando por un desarrollo propio. Y el 'poderoso soberano' teatral que es la palabra, resulta menos efectivo. A ello se une una actriz bien distinta a la que el papel no cuadra. El resultado es una pieza aceptable, aunque pueda decepcionar a los exigentes.
El teatro polaco ha tenido una triple representación en Madrid que muestra un alto nivel. Si ya comentamos las dos primeras entregas - 'Anhelli, la llamada' de 'Teatr ZAR' y Sprawa Dantona (El caso Danton) de Teatr Polski de Wroclaw- llegó finalmente 'Entre nosotros, todo va bien', una astracanada truculenta que entre la búsqueda trascendente de la primera y la trivialización de la historia en la segunda, muestra una 'poloneidad' convulsa, vergonzante y escapista, una crítica social balbuceante y oportunista que viene a confirmar que almodóvares hay en todas latitudes y no sólo en ésta. La autora Dorota Masłowska y el director Grzegorz Jarzyna presentan un espectáculo un tanto delirante, desigual, y forzado por una requetemodernidad deplorable a hacer ruido sin dar nueces.
El Museo del Hermitage nos ha enviado al Prado una representación extraordinaria de sus tesoros, la mayor nunca realizada en sus tres siglos de existencia, broche de los intercambios culturales del Año Dual España-Rusia 2011 y respuesta a “El Prado en el Hermitage” que llevó a San Petersburgo otra embajada de lujo. Llega una selección de ciento ochenta obras en representación de unas colecciones que abarcan desde el siglo V a.C. hasta el XX, en la que además de arqueología, artes decorativas, escultura y dibujo, figura una apabullante relación de pinturas que figuran entre las más cotizadas de la historia del arte. Dicen que es un intercambio épico, y lo comparan a juntar 'El Quijote' y 'Guerra y paz'. De la exquisita orfebrería aurea de los escitas, -que cruzaban la estepa de China a Hungría cuando en el mundo mandaban los pueblos nómadas-, al 'Cuadrado negro' de Malévich, -la pintura más antipintura de todos los tiempos-, un viaje cultural de los que no se hacen todos los días.
De esa Alemania con mala fama de cuadrada y fría nos llega uno de los espectáculos más redondo y emotivo de la temporada. Una pieza sin palabras, teatro gestual con máscaras, una alegoría de la vida como paréntesis entre dos fragilidades, la infancia y la vejez. El grupo Familie Flöz nos visita en el marco de una larga gira europea expectante ante su bien ganado prestigio. Expresarse sin palabras ni gestos faciales le deja al cuerpo todo el protagonismo. Ayudados de algunas de las mejores piezas de la música clásica interpretadas en directo al chelo y al piano, intercalando refinados juegos de sombras, 'Infinita' marca la abrumadora diferencia entre lo auténtico y lo rutinario, entre lo penetrante y lo trivial.
Un musical divertido para todas las edades que mantiene en general un ritmo ágil y no se excede en duración. Esta coproducción de la productora Lazona y la compañía La Ratonera estrenada en el Teatro Fígaro de Madrid, aunque se promociona diciendo que huye de los tópicos de la joven bella que busca príncipe guapo, y proclama que se centra en otros valores como la amistad, el trabajo, el respeto y la tolerancia, no deben asustarse. Lo más importante y lo primero que hay que decir es que sí cuenta la historia eterna de la pobre cenicienta rescatada por el amor de su príncipe azul. No habrá la decepción y el desconcierto que producen algunas "reinterpretaciones" de los cuentos clásicos. Es una Cenicienta de verdad.
Hay veinte musicales en los teatros madrileños, en una especie de sarampión tardío de un género insulso, de un bobo pasatiempo. No vemos por qué el Centro Dramático Nacional tiene que sumarse a esta tendencia, pues debe estar para cosas más serias. Pero estrenar en el Teatro María Guerrero un musical con un único músico y una caja de ritmos, unas melodías mediocres y a veces desafinadas, una 'vedette' madura y pasada, y cuatro actores con caretas, es de juzgado de guardia. Cada vez es más necesario un Defensor del Espectador ante tales tropelías. En esta 'Perséfone' nada hay de la Perséfone clásica. Es una infrahistoria llena de lugares comunes y chistes zafios que ha necesitado cuatro guionistas, algo para el Guinness. Su único apoyo es la marca Els Comediants, pero las marcas que no mantienen la calidad se hunden por muchas ayudas que reciban: once funciones en Moscú representando a la cultura española, dinero de un montón de instituciones públicas y larga gira asegurada. Razones de peso para no tener más remedio que mostrarnos críticos.
Todas las monedas tienen dos caras, y todas las situaciones individuales y colectivas, dos aspectos. Tras la cruz de la Polonia eterna, espiritual y trascendente de 'Anheli', llega de la misma Polonia la cara de la moda global, postpop, hipertrivial, que eleva a canon la papilla relativista que los medios de comunicación han convertido en cultura de masas. Esta versión 'desinhibida' de la muy seria obra Sprawa Dantona (El caso Danton) escrita hace casi un siglo por una joven morfinómana obsesionada por la Revolución Francesa que murió tuberculosa a los 33 años, es un paradigma del ocaso del posmodernismo, de lo antiguo que es lo moderno de ayer mismo. El delirio egocéntrico de Jan Klata, -que va a cumplir 40 tacos pero aún no madura-, tiene méritos de partida, pero se despeña a lo largo de casi tres horas circenses, histriónicas, ridículas y bastante tediosas. Con la mitad de duración, la eliminación de innumerables gracietas, folleteos y descubrimientos de la rueda, la propuesta podría haber cuajado en la excelencia del reparto y la universalidad del dilema moral, filosófico, político y vital que se presenta, la piedra fundacional de nuestra época, el pecado original de nuestra democracia. Pero entonces hubiera sido otra obra: las propuestas serias son aburridas, tienen caspa y no divierten a los descerebrados entretenedores que nos venden como sesudos intelectuales del nuevo siglo.
Sábado, 26 de mayo
Juan Granados
José Andrés Prieto
Juan Luis Recio
Ángel Sáez García
Mª Rosario Aldaz Donamaría
Atticus-444
Julián Moreno Mestre
Chris Gonzalez -Mora
José Pómez
Javier Orrico
Juan Carrasco de las Heras
David Felipe Arranz