'Días estupendos' es una gran comedia sobre las vacaciones, un mosaico de escenas tan absurdas como la vida cotidiana cuando la filmas sin avisar a nadie. Es un espejo bien pulido que refleja instantes de una generación perdida. Es entretenimiento de calidad en la que ríes de verdad sin recurrir al esperpento nefasto, a la astracanada que otros practican. Buena propuesta del Centro Dramático Nacional que cumple así su obligación, apuntalar a la gente que puede decirnos cosas.
Qué inmensa satisfacción cuando uno asiste a una obra de teatro redonda, lograda. Cuando texto y adaptación, dirección y escenografía, interpretación y producción se combinan adecuadamente, se completan con generosidad. Qué optimismo nos embarga cuando podemos decir que el clásico 'Todos eran mis hijos' de Arthur Miller en versión y dirección de Claudio Tolcachir es una brillante inauguración de la temporada del Teatro Español.
Intentaron hacer algo juntos; trataron de converger, pero secretamente Dalí ambicionaba escribir y Lorca deseaba pintar. Durante siete años mezclaron amistad y amor, camaradería y opiniones, proyectos públicos y deseos íntimos. Dalí era más rupturista entonces; Lorca, muy convencional; el uno, cosmopolita; el otro, apegado al paisaje; El crisol Dalí-Lorca no llegó a soldarse. 'Pero ante todo canto un común pensamiento/que nos une en las horas oscuras y doradas./No es el Arte la luz que nos ciega los ojos./Es primero el amor, la amistad o la esgrima./, escribirá el poeta granadino en su Oda al pintor catalán. Aquí están, juntos pero no revueltos, representando lo que se plantean los jóvenes artistas de cada generación.
El Museo Reina Sofía dedica una exposición antológica a Hans-Peter Feldmann, (Düsseldorf, 1941), un artista que representa la desacralización del arte, su democratización masiva y el concepto de que aparte de la excelencia, como en todas laas facetas, de la vida, todos nosotros, ciudadanos corrientes, podemos y hasta debemos ser atistas, incorporando la estética, la observación, la interrelación, la paradoja y demás mecanismo intelectuales a la vida cotidiana, a nuestro contexto particular, a los objetos que aleatoriamente llegan a nuestras manos, a los lugares corrientes y molientes donde desarrollamos nuestra modesta existencia. Un montón de zapatos de tacón, una columna de libros apilados, un cuadro al revés sobre el vetusto tresillo, una exposición entretenida, sugerente, divertida y honesta para decidirnos a ser también nosotros mismos artistas de nuestra vida.
Cincuenta y cuatro fotografías de algunas de las mujeres más deseadas del mundo. Esta es la propuesta del Museo Tyssen para abrir la temporada. No vamos a escandalizarnos a estas alturas porque uno de los reductos más prestigiosos del arte 'serio' se haya pasado con armas y bagajes a lo más sensacional, la fotografía de moda en su vertiente erótico 'glamurosa'. Parece necesario atraer al público como sea. Tampoco vamos a protestar porque sea Lancôme, la multinacional francesa de cosmética femenina, la que patrocine la exposición, dado que el autor ejerce como responsable de las campañas de comunicación de la empresa desde el pasado año y así todo queda en casa. Ni por nimiedades como que en una de las fotos expuestas aparezca enorme el logo de Chanel nº5. Habrá teóricos que expliquen de maravilla y justifiquen prolijamente que esto es Arte. Nosotros creemos que es publicidad, banalidad, vacuidad muy representativa del fin de era que vivimos. Pero las fotos son fabulosas por supuesto, un himno al ideal de belleza femenina, un muestrario de incitaciones sofisticadas, un viaje virtual al imposible. Gustará al público.
El gobierno español, a través de la Sociedad Estatal de Conmemoraciones Culturales y el Instituto Nacional de las Artes Escénicas y de la Música (INAEM) contrató a Joan Manuel Serrat para celebrar el centenario del nacimiento dl poeta Miguel Hernández con nueve conciertos en el Teatro de la Zarzuela bajo el título 'Hijo de la luz y de la sombra', el mismo de su nuevo disco, presente entero en el recital junto a seis piezas de1972. Todas ellas parten de poemas de Hernández salvo uno de José Agustín Goytisolo. Todas ellas con música de Serrat salvo la más célebre, las Nanas de la cebolla, un gran trabajo del desaparecido Alberto Cortez. Los recitales están teniendo gran éxito de crítica y público. Pero el nivel del espectáculo es bajo, los arreglos musicales deficientes, y las canciones nuevas no especialmente afortunadas.
Rafael Álvarez «El Brujo» ha trabajado duramente para presentarnos una aproximación rigurosa, divertida, profunda y valiosa a un texto capital de nuestra civilización, el Evangelio de San Juan. Dirección, versión, escenografía e interpretación son suyas. Supera con sobresaliente la difícil prueba de dos horas en el escenario acompañado únicamente por cuatro músicos. Construye una pieza culta y sencilla al mismo tiempo, dramática y graciosa, donde se te saltan las lágrimas de risa y ronda el llanto por la sala. Se atreve a contarnos otra vez la historia de Jesús de Nazaret. Lo hace con respeto y distancia. Creyentes, agnósticos, ateos y sobre todo indiferentes tienen una cita ineludible con el eterno misterio, que puede parecer baladí en estos tiempos romos pero que tiene las claves de la existencia.
Los métodos de propaganda más refinados vencen a los obsoletos. El rey melómano aparentaba un progresismo paradigmático de la Ilustración, todo para el pueblo pero sin el pueblo, que terminó en la guillotina de la revolución francesa. Se construyó una ópera para él solito, contrató músicos y cantantes, y se dispuso a lanzar sus panfletos con buenas partituras. Con Montezuma quiso emular a Voltaire y a fe que lo consiguió en demagogia, haciendo del caudillo sanguinario un 'ghandi' de pacotilla, un filósofo del tres al cuarto, un personaje de cartón que sólo le servía a su creador para difamar al catolicismo y ponerse medallas.
Gerard Mortier comenzó su etapa de director artístico del Teatro Real con mucho tacto, trayendo a inaugurar la temporada al Teatro Bolshoi de Moscú con 'Eugenio Oneguin', de Piotr Illich Chaikovski, una ópera que forma parte de la élite del género. Un acierto, sin duda, que modera el errado inicio de la programación propia, dentro de unos días, con 'Montezuma' y 'Ascenso y caída de la ciudad de Mahagonny'. Los rusos demostraron excelencia en todos los aspectos y haber iniciado ellos también un proceso de renovación imprescindible en los grandes teatros del mundo.
En ese genuino tono populista y comercial con el que parece querer identificarse el director de los Teatros del Canal, Albert Boadella, lindando con lo chabacano en aras del fácil entendimiento, Ernesto Caballero ha ideado 'La fiesta de los jueces', un sainete sobre la situación lamentable de la justicia española en el que sirve de disculpa una comedia romántica alemana para aludir al espectáculo lamentable que ofrece el Consejo del Poder Judicial, los excesos tragicómicos del Estado de las Autonomías, y las ocurrencias del juez Baltasar Garzón y otras estrellas estrelladas de nuestra judicatura, todo dentro de la aberrante judicialización de la vida política española y la utilización partidista de los tribunales.
Es un hecho demasiado comprobado que el teatro se esconde a menudo lejos de las grandes salas, de los espectáculos caros, de los nombres famosos y las subvenciones generosas hasta el escándalo. Sabemos que en muchas ciudades del mundo resucita cada temporada de la mano de compañías pobres, en salas desangeladas, alimentado de sacrificios y amores. Pero a menudo se nos olvida o nos da pereza ratificarlo. La pieza 'Muda', su autor y director, sus tres actores, y la Sala Pradillo nos lo recuerdan estos días.
El veterano dramaturgo José Sanchis Sinisterra inaugura la temporada del Teatro Español con una ambiciosa recreación: dos de los más célebres personajes de Shakespeare trasmutados en dos de los más conocidos personajes de Samuel Beckett. El resultado es 'Próspero sueña Julieta (o viceversa)'. Ha debido pensar que a sus setenta años, con cuarenta textos y muchos más montajes a la espalda, podía enmendar la plana a tamaño dúo dinámico, o al menos obtener una síntesis curiosa. Pero se ha equivocado. Dos monólogos desiguales, -mejor el primero porque proviene del original-, confluyen en un diálogo final absurdo. Hora y media para constatar que los actores tampoco salvan la pieza.
Por caprichos del azar y del destino, esta versión de Carmen -el célebre personaje de Prosper Merimée que convirtiera en ópera insigne Georges Bizet-ha inaugurado el mismo 1 de septiembre la temporada artística madrileña. Una temporada que se augura continuista y alicorta, en la tónica discreta de los últimos años, y que en esta Carmen parece encontrar un adelanto que nos tememos sea representativo. Por debajo del listón, cultivando la parte más conformista del público, sin aportaciones de calado, buscando en-tre-te-ner en vez de maravillar, pasar el rato en vez de elevar el ánimo, adormecer en vez de despertar.
Sábado, 26 de mayo
Juan Granados
José Andrés Prieto
Juan Luis Recio
Ángel Sáez García
Mª Rosario Aldaz Donamaría
Atticus-444
Julián Moreno Mestre
Chris Gonzalez -Mora
José Pómez
Javier Orrico
Juan Carrasco de las Heras
David Felipe Arranz