Arte

Los infinitos hijos de Madre Coraje, por J.C. Deus

17.02.10 | 14:43. Archivado en Teatro, Danza y Espectáculos

La sola mención de Madre Coraje despierta ecos de rebeldía e idealismo en cualquiera que haya sido un joven inquieto en aquella década de los sesenta. Fue la 'pieza protesta' por antonomasia de los que tuvimos el preciado carnet de abono a los teatros nacionales, de los que tantos ánimos nos insuflábamos en las sesiones del desaparecido Beatriz, de los que pronto ligamos aquella rebelión intelectual con la lucha clandestina, con la actividad subversiva, con la vorágine voluntarista e iluminada de la revolución en los últimos años del franquismo. Medio siglo después resucita la mítica pieza el Centro Dramático Nacional. Aunque la naturaleza humana siga siendo la misma que en 1939, cuando Bertolt Brecht la escribió deprisa y corriendo mientras huía de los nazis y llegaba la terrible segunda guerra mundial, aunque su amarga reflexión siga siendo válida, ha perdido el halo aquel de cuando la vimos entonces. Es un gran montaje que no emociona sino que hace pensar. Al parecer, Gerardo Vera ha intentado sustituir el 'Verfremdungseffekt', el famosos 'efecto de distanciamiento' brechtiano, por connotaciones hacia Bagdad y Gaza. Por fortuna, no lo ha conseguido, y lo que emerge es lo que hubo: una mujer que sobrevive en la hecatombe helando su corazón y afilando las garras. Todos somos una madre coraje capaces de venderlo todo para sobrevivir. Esa es la inmensa vigencia de tan hermosa obra.

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