
Perseverando en la vía temática y removiendo los fabulosos fondos de su colección permanente, el Thyssen nos propone una mirada original al archiconocido y adorado Claude Monet para conocer la manera en que evolucionó en los últimos años de su vida hacia lo que sería mucho después conocido como arte abstracto. Recluido lejos del mundanal ruido, investigando hasta su último aliento, la obsesión por plasmar el instante preciso, único le condujo más allá de la realidad, a hurgar en el alma no figurativa de las cosas. Desde hoy la exposición 'Monet y la abstracción' será una aportación notable a la vida cultural del presente curso.
Efectivamente, grandes nombres como Jackson Pollock, Mark Rothko, Willem de Kooning, Sam Francis, Joan Mitchell, Adolph Gottlieb, André Masson, Philip Guston o Gerhard Richter, establecen a lo largo del recorrido de la exposición un sugerente diálogo con el maestro impresionista, poniendo de manifiesto sus múltiples conexiones. Mostrado así, el trabajo de Claude Monet se realza, uniendo a los méritos conocidos su papel de puente entre lo figurativo y lo no figurativo. Algunas de las asociaciones son fulgurantes y otras dudosas, pero el conjunto es un extraordinario estímulo para el visitante, que no viene ya a mirar únicamente, espectador pasivo de propuestas fijadas de antemano, sino a reflexionar por cuenta propia y a establecer en definitiva sus propias conclusiones. Todo ello ayuda a sacar el arte contemporáneo de su torre de marfil, a potenciar la toma del poder en ámbito tan elitista por las clases medias ilustradas que ya jamás volverán a ser pasivas.
'Poeta en Nueva York' es un espectáculo coreografiado y dirigido por Blanca Li, con música de Tao Gutierrez. El apoyo del gobierno autonómico andaluz -con el vicepresidente Chaves presente el día del estreno- y un premio Max, lo habían rodeado de cierta expectación. Pero nos pareció que pesaron más sus limitaciones que sus méritos. Un intento bienintencionado de hacer dialogar al flamenco con el jazz que se queda en mediana expresión de ambas cosas. Una visión plana de un libro complejo.
Propios y extraños esperaban como agua de febrero esta ópera en el Real, tras las polémicas 'Lulu' y 'El holandés errante'. Íbamos por fin a presenciar un montaje 'comme il faut' y una ópera de las que encandilan. 'Andrea Chénier' tiene en su concepción y tuvo en su ejecución grandes aciertos y cosas peores. Es un gran espectáculo con un mal final, una música bonita y basta, un libreto excelente en su aspecto histórico y banal en la trama amorosa, todo ello enmarcado en un montaje realista y descomunal que no gustó en París pero gusta mucho aquí.
La sola mención de Madre Coraje despierta ecos de rebeldía e idealismo en cualquiera que haya sido un joven inquieto en aquella década de los sesenta. Fue la 'pieza protesta' por antonomasia de los que tuvimos el preciado carnet de abono a los teatros nacionales, de los que tantos ánimos nos insuflábamos en las sesiones del desaparecido Beatriz, de los que pronto ligamos aquella rebelión intelectual con la lucha clandestina, con la actividad subversiva, con la vorágine voluntarista e iluminada de la revolución en los últimos años del franquismo. Medio siglo después resucita la mítica pieza el Centro Dramático Nacional. Aunque la naturaleza humana siga siendo la misma que en 1939, cuando Bertolt Brecht la escribió deprisa y corriendo mientras huía de los nazis y llegaba la terrible segunda guerra mundial, aunque su amarga reflexión siga siendo válida, ha perdido el halo aquel de cuando la vimos entonces. Es un gran montaje que no emociona sino que hace pensar. Al parecer, Gerardo Vera ha intentado sustituir el 'Verfremdungseffekt', el famosos 'efecto de distanciamiento' brechtiano, por connotaciones hacia Bagdad y Gaza. Por fortuna, no lo ha conseguido, y lo que emerge es lo que hubo: una mujer que sobrevive en la hecatombe helando su corazón y afilando las garras. Todos somos una madre coraje capaces de venderlo todo para sobrevivir. Esa es la inmensa vigencia de tan hermosa obra.
El Museo Reina Sofía espera reforzar su creciente popularidad y sus buenas cifras de visitantes con esta exposición dedicada al artista alemán Thomas Schütte, cuya obra de las tres últimas décadas resulta atractiva, impactante y hasta divertida. Un artista accesible y nada circunflejo, cuyas instalaciones, acuarelas y aguafuertes, fotografías, maquetas arquitectónicas y grupos escultóricos son de fácil contemplación para el gran público. Son setenta y cinco obras extendidas por la planta principal del edificio Sabatini que rebosan el ámbito de las salas para llegar hasta el jardín, el claustro, los pasillos y otros espacios no convencionales. Es arte para todos los públicos, que va a gustar mucho a los niños. Maquetas, recortables, muñecos. Bromas con la muerte. Elucubraciones alrededor de una sandía. Cerámicas curiosas. Divagaciones en diversos soportes sobre el mismo tema. ¿Inocente o taimado? ¿Somos estúpidos o lo simulamos? ¿Nos puede la banalidad o simplificamos para sobrevivir el caos circundante?

Aparentemente poca cosa pasa en escena. Una obra costumbrista sobre un mundo provinciano desaparecido. Escenografía y actores, se muestran discretos. El espectador exigente permanece expectante intentando adivinar si será una noche tediosa. Pero pronto aparecen los primeros signos que muestran que esta vez la velada será grata. 'El arte de la comedia' hace honor al título y se va decantando conforma avanza en un gran trabajo en todas las facetas. Di Filippo se mueve en la estela del gran Pirandello que planteaba seis personajes en busca de autor, porque así es si así os parece. Teatro dentro del teatro; actores interpretando personajes que pueden ser actores. Un juego que parecería anticuado pero que meticulosamente desarrollado va atrapando al espectador en su inocente trama hasta convencer de pleno.
Miquel Barceló es posiblemente -al margen de las viejas y consabidas glorias- el nombre más sólido del actual arte español, el más famoso de los pintores vivos, el 'pedro almodóvar' de la movida pictórica española de la etapa posfranquista. Y no se entienda como peyorativo, porque en su caso concreto no tenemos reservas. Siempre nos ha gustado su trabajo, a menudo lo hemos contemplado con admiración, y cuando hemos disentido, no se ha empañado nuestra favorable impresión de conjunto. La muestra 'Miquel Barceló. 1983-2009. La solitude organisative', inaugurada ayer en CaixaForum Madrid, es todo un acontecimiento que recomendamos vivamente a los amantes del arte, los aficionados culturales y las amplias masas diletantes que prefieren entretenerse en un museo en vez de tomar cañas en un horrible bar.
'La charca inútil' es en palabras de su autor, un intento de hacer un teatro inmediato, social, que refleje el aquí y el ahora: lo que está pasando y lo que nos está pasando. Por intentarlo ya tiene nuestro apoyo. Un profesor traumatizado por una agresión, una madre incapaz de superar la muerte de su hijo, un anciano burlón que hace de puente entre ambos. Tres personajes, no en busca de autor, como los de Pirandello, sino en perenne suspensión de su propia existencia. Con referencias a la degeneración escolar, los atentados del 11-M, la dictadura mediática, el consumismo de mascotas y otras prácticas sociales, con un trasfondo de depresiones crónicas, de esquizofrenias sujetas, de trastornos de personalidad ya habituales entre nuestros conciudadanos, la obra intenta un tercer nivel encarando la pregunta de las preguntas, la misma existencia: la futilidad de nuestra existencia para los demás, la inexistencia de los otros. No hay nada ahí afuera; no hay nada tampoco dentro. ¿Existimos? Chi lo sà.
En el mundillo del arte, como en todos los mundillos, existe una descomunal conjura de los necios contra las almas independientes, los lúcidos molestos, los que no guardan la debida compostura. La Fundación Juan March, que tan original es siempre en sus propuestas, se ha empeñado en rescatar a un ilustre desconocido, Wyndham Lewis (Amherst, Nova Scotia, 1882-Londres, 1957), un británico vanguardista, polifacético y genial, pero sin el talento (esa 'furbicia' italiana) necesario para bandearse en la vida social sin pisar callos, diciendo lo correcto y callando frecuentemente. Un ejemplo de hombre renacentista preocupado de hacer y no de parecer, con esa bendita -y maldita- inteligencia rebelde que es el mejor pasaporte para el ostracismo.
Escribir y construir como actividades paralelas; una casi intangible, la otra de tanta tangilibidad como para competir en nuestros tiempos con la misma naturaleza, y hasta para poder predecir un momento no lejano en el que todo el contexto material de la humanidad sea una creación propia, un gigantesco montaje arquitectónico. La necesidad de construir escenarios literarios, de definir y evocar los lugares y espacios que sirven de marco a la ficción literaria (y a la filosofía), ha motivado con frecuencia que estas arquitecturas ficticias, imágenes construidas con palabras, desempeñen un papel tan relevante como el de los mismos personajes humanos. El Círculo de Bellas Artes (CBA) presenta una original, atractiva y sugerente exposición a base de descripciones literarias arquitectónicas de todas las épocas reinterpretadas en maquetas imaginativas y fantasiosas realizadas por futuros arquitectos de instituciones universitarias de Munich y Granada. Una gran idea, bien realizada, y generadora de debate y reflexión, que es lo que debe buscarse cuando se acude a una exposición del género que sea.
Había expectación por ver «Realidad» («The Real Thing») y por ver a su autor, el consagrado 'sir' Tom Stoppard en el vestíbulo del teatro ejerciendo de amable anfitrión y perfecto 'gentleman', tal y como hizo en la sesión del 2 de febrero. Esta producción del Centro Dramático Nacional es buena. La obra es interesante. El resultado conjunto es una buena velada teatral, y la calificación que elegimos es la de notable alto. Eso significa que, por tanto, texto, escenografía e interpretación se prestan a reticencias que iremos desgranando más adelante por si tienen a bien examinarlas.
Jueves, 16 de febrero
Ángel Gutiérrez Sanz
Chris Gonzalez -Mora
Juan Luis Recio
Juan Fernandez Krohn
Ángel Sáez García
Mª Rosario Aldaz Donamaría
Antonio García Fuentes
Padre Fortea
Carlos Ferrer
José Pómez
José Donís Català
Paulino Toribio