'Me huele a cuerno quemado'. Con título tan chusco y promesa de muchas risas, este 'divertimento molieresco en dos tiempos y un intermezzo lunático' ha estado diez días de visita en el Teatro Español con poco éxito de crítica y público. Se trata de un ingenioso compendio del teatro de Moliére a través de una recreación con situaciones célebres y personajes famosos de sus obras. ¿Merecía la pena mezclar en un mismo escenario al Avaro, al Enfermo Imaginario, al Burgués Gentilhombre, a la sabionda Filaminta y a la espabilada Dorina? El autor, Juan Antonio Castro, dedicó no poco ingenio a la tarea, y el productor y director, Esteve Polls, no ha hecho mal trabajo. Buenos son los actores y estimable la puesta en escena. Pero el entretenimiento es más que ligero, pueril, y más que divertido, tontuelo para los tiempos que corren.
Otra pieza 'clásica' del pasado siglo que se ha quedado en tedio. Otro escándalo rupturista de hace cincuenta años que hoy sólo puede interesar a los arqueólogos o los pasotas. La temporada teatral 2009-2010 parece un revival de los sesenta. Cuando no es Bertolt Brecht, es Arthur Miller; cuando no es 'Glengarry Glen Ross', le toca a '1984'; vamos de Samuel Beckett a Lorca, y no es que todo ello sea malo en sí, pero el teatro público en Madrid, ya sea estatal, autonómico o municipal, este año huele a rancio más de lo acostumbrado. Y encima La Abadía se suma a la tendencia: 'Las criadas' fue escrita en 1947 por el 'maldito' francés Jean Genet, quien pasara la segunda parte de su vida rentabilizando impúdicamente las desdichas de una primera parte en la que fue niño de la inclusa, delincuente juvenil, carne de presidio, prostituto y criminal hasta ser condenado a cadena perpetua y salvado de la misma por intervención directa de un selecto grupo de intelectuales, que en la tarea de deconstruir los valores de la sociedad burguesa, sacaron del abismo a este dinamitero para que ayudara en la tarea.
Va a resultar que el Siglo de Oro español del XVII fue superior al Hollywood Dorado de los años cincuenta del XX en producción de comedias. El empeño de la Compañía Nacional de Teatro Clásico está recuperando título tras título de estupendas piezas de capa y espada, de enredo, de figurón, de ricos y pobres, de noviazgos divertidos y cuernos complicados, de pretendientes ridículos y jovencitas tremendas, de amores secretos y alcobas perversas, líos amorosos que parecen escritos para Cary Grant o Gary Cooper con corbata en vez de gola, textos y tramas vivitos y repletos de encanto, atractivo e ingenio cuatro siglos después.
'El baile' es una buena producción de una obra sin el menor interés. Apena tanto esfuerzo de tan buenos profesionales para llevar a la escena una historia tan trivial y superficial. O la novelita original ha sido horriblemente traducida, o la adaptación teatral la ha desfigurado, o sencillamente no merecía la pena. La pobre autora, Irène Némirovsky, murió en el campo de concentración de Auschwitz en 1942, sin cumplir los 40 años de edad, después de haber conocido de adolescente la huída de la revolución soviética junto a su familia, la de un banquero ucraniano. Una biografía corta y tremenda que no la impidió escribir varias novelas, casi todas publicadas póstumamente, entre ellas en 1930 la que nos ocupa -El baile-, ya adaptada en su época al teatro, que narra las difíciles relaciones de una mujer madura con su hija adolescente, a la que no quiere, y la venganza de ésta a sus continuas humillaciones y desamores.
Una obra menor? ¿Esta maravilla creada en la primera mitad del siglo XIX, veinte años antes que la primera sinfonía de Bramhs, por un Richard Wagner de 26 años de edad, prófugo y superviviente entre penalidades? Duda de esta opinión dominante el maestro López Cobos, y también disentimos vehementemente nosotros. El equilibrio absoluto de 'El holandés errante' marcaría para nuestro gusto una cima en Wagner frente a los excesos posteriores de la tetralogía, en fondo y forma, en música e ideología, que recogen entre los melómanos tantas adhesiones inquebrantables como resistencias insalvables, que combinan los momentos más excelsos con períodos tediosos, que necesitan de sumisión y sufrimiento para ser asimilados.
Sigue gozando en nuestros días el Impresionismo del máximo favor de todos los públicos a la hora de decantarse por una época o tendencia concreta en toda la historia de la pintura. Parecería que 'a grosso modo' ya lo sabemos todo de esos pintores tan populares, y de su vida y obra. Pero el París de finales del siglo XIX sigue siendo un yacimiento inagotable a poco que se remuevan los convencionalismos. Esta vez se trata de reivindicar a aquellos otros artistas contemporáneos que no abrazaron completamente la tendencia e intentaron avanzar por parámetros más académicos y realistas, lo que les ha costado un ostracismo de un siglo. En todo el mundo vuelve a valorarse aquel modernismo contenido, la pintura histórica, las escenas hogareñas y laborales, los bodegones y los retratos de aquel fin de siglo décimonónico. Véase como ejemplo cercano el éxito de la antológica reciente de Sorolla y la recuperación de la pintura del siglo XIX española en del Prado.
'En la Roca' es una pieza de teatro de bolsillo mucho más interesante de lo que pueda parecer a simple vista. Se ha presentado, erróneamente en mi opinión, como el encuentro de dos espías soviéticos de nacionalidad británica en Gibraltar para preparar un atentado con contra Franco en el verano de 1937, poco después del bombardeo de Gernika, mientras los nacionalistas catalanes y los comunistas desatan una alevosa matanza contra miles de anarquistas y troskistas en Barcelona, cuando ya está más que claro que la República está minada y no puede aplastar el llamado alzamiento nacional.
Enrique Jardiel Poncela es nuestro Oscar Wilde, un señor inteligente e irónico, que canalizó en el humor su desajuste, que murió prematuramente porque no podía aguantar este jodido mundo, y que ha sido en las últimas décadas injustamente marginado por esa conspiración de los necios que rige todos sus estamentos y especialmente el creativo. Juan Carlos Pérez de la Fuente se atreve a rescatarlo y con ello se adentra en una ruta -la del teatro español contemporáneo sin prejuicios politiqueros- que está esperando adaptaciones competentes, y que puede darle muchos y merecidos éxitos. Parece vacunado contra la pandemia de lo políticamente correcto y eso hoy es una excepción que agradecemos.
Jueves, 16 de febrero
Ángel Gutiérrez Sanz
Chris Gonzalez -Mora
Juan Luis Recio
Juan Fernandez Krohn
Ángel Sáez García
Mª Rosario Aldaz Donamaría
Antonio García Fuentes
Padre Fortea
Carlos Ferrer
José Pómez
José Donís Català
Paulino Toribio