Siéntese en el mejor restaurante de la ciudad creyendo que ha acudido al teatro. No le darán de cenar pero verá cómo lo hacen varias parejas de gente guapa. Y sobre todo escuchará lo que se dicen. 'Celebración' es una de las últimas obras escritas por el consagrado premio Nobel Harold Pinter. Es un muestrario de la frustración, el odio a uno mismo y los demás, y la violencia apenas soterrada y nada vencida, que la mayor parte de nuestro amado prójimo acumula en su dolorido corazón. Brutal disección, vive Dios. Morboso, inquietante muestrario de perversión cotidiana, de perversión perfumada, de perversión con chaqueta y tacones de aguja. Peligroso acudir con la pareja habitual y más aún quedar a cenar después con tus mejores amigos.
La historia de un aventurero francés del siglo XVIII contada por un exuberante dramaturgo francés del siglo pasado sirve a José María Flotats para desplegar en el Teatro Español grandes dotes de dirección teatral y una actuación experta sin sorpresas. No todos los días puede presenciarse el espectáculo de un reparto de treinta actores y actrices en una obra de 135 minutos de duración que no decae en ningún momento y que no se hace larga. Una escenografía muy original basada en grandes fotografías y un vestuario deslumbrante acompañan este plato fuerte de la temporada que va a estar dos meses en el escenario emblemático de la capital con llenos diarios.
El Teatro Español celebró el centenario del nacimiento del poeta Luis Rosales con un sorprendente concierto-recital de homenaje a un intelectual que estuvo proscrito al final de su vida por haber sido franquista. Una veintena de actores recitaron sus poemas y la pianista Rosa Torres Pardo les acompañó con una selección musical muy sugerente. Luis Rosales había resumido su vida de esta forma: 'Como el náufrago metódico que contase las olas/ que faltan para morir,/ y las contase, y las volviese a contar, para evitar/ errores, hasta la última,/ hasta aquella que tiene la estatura de un niño/ y le besa y le cubre la frente,/ así he vivido yo con una vaga prudencia de/ caballo de cartón en el baño,/ sabiendo que jamás me he equivocado en nada,/ sino en las cosas que yo más quería./'.
El castillo rojo es un espectáculo infantil inspirado en Cuentos de la Alhambra del escritor Washington Irving. Es un hecho que el teatro para niños es mucho más difícil de lo que parece y está lleno de propuestas fallidas. A menudo se sacrifica la calidad como si los niños fueran tontos. Frecuentemente se menosprecia su inteligencia, su capacidad de entender historias reales o fantásticas. Sin embargo, 'La Maquiné' proponen en 'La Abadía' un espectáculo visual y musical de calidad, con lenguaje actual, con música en directo de Claude Debussy y Manuel de Falla, con preciosos títeres de todos los tamaños, con sugerentes proyecciones y logrados efectos, un cuento que fascina a los niños y agrada a los adultos. O viceversa.
Se estrenó en Broadway hace sólo un año y se tiró seis meses en cartel. Es el último texto teatral del dramaturgo y guionista norteamericano David Mamet y hace el número doce de sus presencias en el templo del teatro comercial del mundo. Sus productores españoles, no es que hayan corrido, es que han volado para estrenarla en Avilés el pasado día 10 y en Madrid ayer. El público se mostró lo entusiasta que era de esperar. 'Razas' tiene por delante seis semanas de éxito.
Las Variaciones Goldberg de Johann Sebastian Bach (1685-1750) son uno de los grandes hitos de la música clásica. El Ballet de Zúrich es en la actualidad una de las mejores compañías de danza. Heinz Spoerli concibió esta coreografía hace ya casi dos décadas y desde entonces no ha dejado de programarse. El Teatro Real ha incluído estas Variaciones/Ballet en su programación y con ello ofrece uno de los más hermosos y emocionantes espectáculos de la temporada.
En la mitología griega, Prometeo (que significa en griego clásico ‘previsión’, ‘prospección’) es el titán castigado por robar el fuego de los dioses y dárselo a los humanos, una especie de protector de la civilización tal como le vieron los románticos. El 'Prometeo encadenado' de Esquilo dió lugar a una versión alemana hace décadas, ahora traducida y aderezada con varios complementos. Los clásicos siempre son bienvenidos, especialmente en tiempos de zozobra. Un espectáculo muy interesante, con indudables aciertos y dosis de espectacularidad, en el que nadie se aburrirá y del que todos los espectadores obtendrán provecho. Con aciertos y fallos, naturalmente, de los que intentaremos darles cumplido análisis.
Escuchar en directo una sinfonía del músico universal siempre está justificado. Contemplar al mismo tiempo su recreación en clave de danza contemporánea es un aliciente. La compañía 'Lisarco Danza' incluye en su elenco bailarines con discapacidades y ése es el importante añadido en este espectáculo. 'Heroica3' es un digno experimento realizado con mérito y culminado positivamente. Y en su relativa modestia incluye un ingrediente de difícil raciocinio pero notable emotividad: la enigmática ecuación, el misterio matemático y químico, de conseguir impregnar la prosaica vida cotidiana de algo de esa heroicidad ideal que es nuestro anhelo como seres humanos.
El nuevo responsable del Teatro Real sigue aplicando concienzudamente su agenda y nos trae ahora 'su' Der Rosenkavalier (El caballero de la rosa), la ópera cómica en tres actos, con música de Richard Strauss y libreto de él mismo y Hugo von Hofmannsthal, estrenada en 1911. Gérard Mortier rechazó el montaje de Cristof Loy -otro de sus muchos 'enemigos'- contratado por la anterior dirección, e impuso el de su estrecho colaborador, fallecido en 2002, Herbert Wernicke, realizado a su gusto y convertido en su fetiche, pues le aupó al puesto privilegiado que ocupa hoy en el panorama operístico mundial. Un montaje algo anticuado y confuso, que no nos gusta excesivamente, para una ópera que ha pasado de ser despreciada durante medio siglo a ser sobrevalorada en las últimas décadas. Una ópera mitad opereta mitad wagneriana, de argumento convencional, excesiva duración, divertidos guiños musicales y momentos sublimes.
'Arte básico' promete lo que todos los diletantes y aficionados ansiamos: un resumen didáctico sobre las principales metodologías a las que se recurre actualmente en el vano intento de integrar una comprensión totalizadora del arte pasado, presente y futuro. Desgraciadamente, la tarea les resulta inabordable a los autores por más que sus credenciales sean convincentes. Pero es un esfuerzo muy de agradecer para el mundo académico y los profesionales de la crítica.
En nuestra tercera jornada, nos moveremos tan sólo cuarenta kilómetros y nos trasladaremos al Valle del Pas, columna vertebral de Cantabria, centro geográfico y hasta temperamental de las esencias santanderinas, castellanos del mar, pastores y marinos. Vamos a Puente Viesgo, una bucólica localidad dominada por el Monte Castillo, una elevada colina de forma cónica en la orilla izquierda del rio Pas.
Si el máximo exponente del arte del Paleolitico Superior es la cueva de Altamira, para el segundo día de nuestra estancia en la Cantabria 'underground' nos dirigieron a la primera cavidad que con un valor puramente geológico se abrió al público en la comunidad. Del arte rupestre de los primeros artistas humanos a una de las más sofisticadas e incomprensibles manifestaciones del despliegue artístico de la madre naturaleza.
En el penúltimo tramo de la vida, nada hay más gratificante que una intensa actividad cultural, que dejarse mecer y hasta sacudir por impulsos variados procedentes de la inmensa 'noosfera' intelectual de la que se ha rodeado nuestra especie para poder aguantar esta perra vida. Todas las artes colaboran a desentrañar y paliar la decepción, el desengaño, la nostalgia y la melancolía que la existencia ofrece a estas alturas. Pero de vez en cuando hay que desengancharse de la dura y solitaria droga artística. Entonces es el momento de ir a buscar el arte a sus orígenes, la Naturaleza. Un viaje de tres días a Cantabria, y más concretamente a su espectacular patrimonio subterráneo, puede ejercer de bálsamo curalotodo. Lo hicimos para contárselo.
El martes pasado la Reina Doña Sofía inauguró en el Museo que lleva su nombre, con ocasión de su 20º aniversario, una nueva presentación de parte de la colección permanente, ordenada en torno al tema '¿La Guerra ha terminado? Arte en un mundo dividido (1945-1968)'. Para mostrar las aproximadamente mil obras que componen esta relectura, se emplea entera la cuarta planta del edificio histórico. El actual equipo de dirección ha realizado un trabajo sugerente, repleto de originalidad y reflexiones, con los mimbres disponibles y un apreciable número de adquisiciones, legados y donaciones recientes. El despliegue es interesante y enorme, aunque está fuera de dudas que el objetivo de plasmar el conjunto de la vida artística de ese período es hoy por hoy inalcanzable. En todo caso, una gran aportación a nuestra vida cultural digna de tener en cuenta.
Los grandes artistas norteamericanos del último siglo no son muy conocidos en España y esta exposición es adecuada para desfacer el entuerto, pues se basa en la Phillips Collection, la cual conformaría el primer museo de arte moderno de los Estados Unidos y que por vez primera en su historia abandona su sede de Washington en un excepcional conjunto. 'Made in USA' es una interesante oportunidad para descubrir el arte norteamericano del siglo XX.
130 preciosos 'cromos' -como en un momento de la presentación se refirió a ellos Guillermo Solana, director artístico del Museo Thyssen‐Bornemisza- aseguran un largo y grato recorrido por el tema del jardín en la pintura desde mediados del siglo XIX hasta comienzos del XX. 'Jardines impresionistas' junta ya en su título las dos palabras favoritas de los visitantes españoles de museos hoy día. La muestra incluye una amplia representación de la pintura impresionista, con obras de Manet, Monet, Pissarro, Renoir, Sisley, Caillebotte o Berthe Morisot, pero también de algunos precursores del impresionismo, como Delacroix y Corot, y de grandes pintores de la generación siguiente, como Cézanne, Van Gogh, Gauguin, Klimt, Munch y Nolde, entre muchos otros nombres. Sin duda tendrá gran éxito de público, como tuvieron los impresionistas la pasada temporada en la Fundación Mapfre y tiene en estos momentos Renoir en el Museo del Prado.
Estamos en esa bipolaridad con aspiraciones de síntesis en la que navegan tantos pintores de hoy día, la figuración abstracta, que siguiendo el esquema tesis-antítesis-síntesis nos llevaría a un nuevo estadio en la pintura, la fusión de la imagen y el concepto, la unidad de lo figurativo y lo abstracto. José Manuel Ciria es uno de los pintores españoles apreciado y consolidado internacionalmente. Presenta en Madrid sus últimas obras con el título conjunto de 'Ciria heads grids'. Grandes telas cuadriculadas que contienen cabezas, unas, y variaciones del test psicológico Rorschach, otras, en propuesta múltiple, en variaciones seriales y azarosas del mismo tema. Interesante e interrogante. Pintura de preguntas sin respuesta.
Muy pocas veces el teatro español aborda los problemas actuales con seriedad y solvencia, así que '19:30' es de lo mejor que le ha pasado en varias temporadas. Un texto magnífico, un elenco excelente, una producción aceptable. Pero sobre todo, una propuesta intelectual que aporta material excelente para la reflexión pública y privada, ese arma cargada de futuro, como decía de la poesía Gabriel Celaya. ¿Acabó la transición política española a la democracia, cuándo lo hizo y con qué resultado? ¿Estamos mejor realmente que hace treinta años? ¿Necesitamos una segunda transición, una purificación catárquica, o no hay solución frente a los demonios patrios?
No tenía necesidad "económica ni profesional" de someterse a este desafío, pero sí el impulso de sentirse aún capaz en un oficio que "más que una carrera, es una vida". Con 75 años, Nuria Espert acomete 'La violación de Lucrecia', el poema de William Shakespeare convertido en un monólogo teatral en el que la actriz narra la historia y hace al mismo tiempo de violada y de violador. Ochenta minutos de enorme dramatismo, de magnífico texto, de formidable interpretación. El triunfo de la profesionalidad experimentada, de la maestría veterana, de esta neoancianidad dinámica del tercer milenio a la que estamos estúpidamente arrinconando.
'4:48 psicosis' es un monólogo dramático de una joven escritora británica que se suicidó poco después de escribirlo, allá por el cambio de milenio. Un texto literario muy aparatoso, quizás bueno de leer pero sin duda difícil de ser representado. Ni de lejos es el último soliloquio de alguien que va a suicidarse; es una recreación literaria artificiosa. Sencillamente, no es creíble; no consigue en ningún momento comunicarte con el personaje; te mantiene de espectador y pronto te aburre. No conozco otras versiones de esta obra bastante representada hoy día. Pero la que vimos en el Círculo de Bellas Artes fue muy discreta a pesar del enorme esfuerzo de Beatriz Argüello en la piel del único personaje.
‘operadhoy 2010’ se clausuró en los Teatros del Canal con un tríptico de vídeo-ópera encargo de la Red Europea de Artes Escénicas. Las tres producciones fueron la española 'En la Medida de las Cosas', la italiana 'Il Gridaio', y la alemana Freizeitspektakel, todas de un marcado carácter experimental y ya en la etapa final de un periplo que ha incluido la Bienal de Venecia y la ciudad alemana de Stuttgart. Si la primera no nos convenció, la última fue una gratísima sorpresa.
La cuarta entrega del ciclo 'Una mirada al mundo' que está ofreciendo el Centro Dramático Nacional confirma la tendencia artística actual de evocar esta crisis utilizando materiales de hace un siglo; de rescatar las reflexiones artísticas del primer tercio del XX a falta -¿alguien piensa y trabaja ahí fuera?- de reflexiones artísticas sobre lo que está pasando ahora; de hablar de aquella Gran Depresión pensando en ésta. Este 'El hombre sin atributos' ofrecido por el afamado director belga Guy Cassiers es un extraordinario fresco de las vísperas de la primera guerra mundial y los últimos momentos del imperio austro-húngaro en el que captar entre líneas el mismo desasosiego subterráneo, la misma vacuidad en las personas, el mismo resonar aún lejano de tambores de guerra.
Pedro Pablo Rubens es uno de los más grandes jalones de la pintura occidental, un gigantesco artista más famoso que conocido, más mítico que asimilado por los públicos actuales para los cuales lo antiguo es sinónimo de obsoleto, una aberración que debería corregirse sin tardanza para que el siglo XXI cumpla nuestras esperanzas. Dejó mil quinientos cuadros y el Prado es el museo que más tiene, noventa de ellos. Pero en parte no expuestos, diseminados aquí y allá, intercalados con otros maestros, el visitante apenas percibía media docena de obras destacadas. Aprovechando que la redistribución en marcha de los fondos expuestos ha llegado a sus inmediaciones, el Prado ha tomado una decisión arriesgada pero acertadísima: exponer todos sus Rubens, hacerlo de forma cronológica, sin secciones ni cartelas, tal como hacían los museos antiguamente. Pegado el uno al otro según fueron pintados, los 90 'rubens' del Prado son una explosión visual sin parangón, una visión inédita de verdad, algo increíble que merece ser visto.
La tercera entrega del ciclo 'Una mirada al mundo' del Centro Dramático Nacional fue 'Dämonen' (Demonios), una obra sueca que tiene ya un cuarto de siglo de vida, puesta en escena esta misma temporada por una compañía teatral alemana de prestigio internacional. Es un 'Escenas de matrimonio' o un 'Quién teme a Virginia Wolf' ambientado en la generación eternamente juvenil a punto de cumplir los cuarenta. Dos matrimonios que discuten interminablemente, impotentes, aburridos, infelices y patéticos. Están bien retratados pero nos obligan a dos horas y media interminables de disquisiciones en alemán con subtítulos, que resultan de lo más obvio: demonios tediosos y mortecinos intentan apoderarse del relevo generacional. Europa bosteza ante el precipicio.
Esta 'The turn of the screw' es una destacadísima ópera del siglo XX, un caso sobresaliente de precisión y lógica, una aportación racionalista de extraordinaria concisión a un género que muchas veces ha rozado el ridículo de lo excesivo, de lo atrabiliario, de metástasis formales sobre contenidos banales. Un descubrimiento imprescindible para los amantes del género, una joya poco conocida rodeada de prejuicios. Sin embargo, su estreno en el Teatro Real resultó polémico, como lo está siendo todo este inicio de temporada con Gérard Mortier. Puede decirse que no gustó; en el entreacto hubo visibles abandonos, que se hicieron muy numerosos al terminar, y los aplausos resultaron escasos aunque entusiastas. A más de la mitad del público le pareció un producto menor aunque bien realizado. Lo sentimos de veras y disentimos del todo.
Carles Santos ha triunfado en Madrid ofreciendo un plato doble de su peculiar menú de espectáculos musicales originales y de calidad. Si ya hablamos hace pocos días de 'La pantera imperial', un homenaje irreverente a J.S. Bach, toca ahora referirnos a 'Piturrino fa de músic', una excursión memorable por la música clásica contemporánea, por la música culta del siglo XX, de la mano de un conjunto de cámara, el Grup Instrumental Barcelona 216, de extraordinaria solvencia.
Todavía es dificilísimo ultimar un proyecto común iberoamericano alrededor de cualquier tema. Todavía los responsables de las instituciones de toda laya no consiguen expresar lo que es una realidad desde hace cinco siglos: la existencia de una comunidad cultural iberoamericana indeleble y resistente a sistemáticos intentos de demolición y a la inquina cainita de algunos de sus miembros. 'Pintura de los reinos. Identidades compartidas en el mundo hispánico' tiene el modesto objetivo de reflejar una obviedad: cómo España, la superpotencia del siglo XVI, unificó con rapidez y eficacia su enorme imperio americano, cómo vació sus energías para crear un ámbito cultural profundo más allá del colonialismo, cómo construyó sociedades inmensas a imagen y semejanza de la propia, y cómo la pintura -principal mecanismo de identidad mediática y propagandística de la época- contribuyó a ello de forma magnífica. Pues bien, este 'modesto objetivo de reflejar una obviedad' ha costado diez años, ingentes esfuerzos, fuertes patrocinios y seguramente no pocos disgustos. Pero aquí está este recorrido por los virreinatos de Nueva España y Perú durante los siglos XVI y XVII, una impresionante polifonía a mayor gloria de aquella Monarquía Hispánica tan injustamente vapuleada, una muestra efectiva de arte global, el primero de la edad moderna.
Un espectáculo irreverente sobre la música de Juan Sebastian Bach, canon de la excelencia, genio universal, dios de los olimpos culturales de Occidente. La Pasión según San Mateo, el Clave bien temperado, la Fuga en LA menor, la Cantata n. 37, aporreadas, pateadas, interpretadas al alimón, de culo, contra el viento, a cuatro manos, a dos pianos, a pianola mecánica, a saltos, en clave minimalista o flamenca, de cualquiera y de todas las formas imaginables, amenizadas por mil ruidos y estruendos. 'La pantera imperial' se estrenó en 1997 y ahora resucita con un Carles Santos de 70 años de edad en plena forma. Una 'performance' que se esfuerza en arrasar la música de Bach y que al final sólo se salva por la música de Bach.
Desde Noruega nos llega la segunda 'mirada al mundo' del ciclo del Centro Dramático Nacional. Una mirada doble compuesta de dos producciones similares, habladas en idiomas ficticios; cantadas, bailadas e interpretadas por tres versatiles y completísimas actrices; ideadas, dirigidas, coreografiadas y escenificadas por un tipo de narices, Jo Strømgren, que además es bailarín y escribe. Resultado: enorme creatividad, original propuesta, trabajo excelente. Salvo un problema: la forma se come al fondo, y en el fondo apenas destaca nada.
La escena española vive un síndrome de exotismo escapista localizado en la crisis de los años treinta a ambos lados del Atlántico. Para no analizar y reflejar la crisis actual se usan sucedáneos, se desempolva a Brecht, se resucita Mahagonny, y se acompaña el pastiche de otros efímeros éxitos de la época, sin reparar en que el mundo ha cambiado mucho y lo que entonces era rupturista hoy es reaccionario. 'Krankheit der Jugend' (Enfermedad de juventud) tuvo mucho éxito en 1926 en Viena porque retrataba a una juventud burguesa decadente y desnortada que intentaba obnubilarse con sexo, drogas y charlestón para no ver lo que se les venía encima. Pero aparte del pequeño escándalo de borrachos y lesbianas en el escenario, el texto era flojo, sus moralejas inócuas, sus diálogos, banales, y sus personajes, teatrales en el mal sentido de la palabra. ¿Por qué resucitar esta mohosa impostura? ¿Por qué desperdiciar el talento de un gran equipo en algo inservible hoy día? Presentar a los jóvenes actuales como marco de referencia, como eje de debate, como propuesta reflexiva, una obrita vienesa de hace un siglo no podía salir bien. 'El mal de la juventud' nos apena.
La terraza es la del Círculo de Bellas Artes de Madrid, el mejor observatorio de la ciudad, un lugar donde se siente uno más ligero y la ciudad se hace abarcable. La visión continental la proporciona la exposición Miradas de Europa instalada en la terraza al aire libre, que presenta una fotografía por cada uno de los Veintisiete Estados que conforman la Unión Europea. resumir una nación en una foto es tarea ímproba, así que cada fotógrafo ha propuesto el asunto que más le motiva, desde tradiciones a lugares y hechos relevantes de la cultura propia. A las 27 visiones se suma una foto representativa del proyecto común de la U.E. con su imagen por excelencia, las estrellas de su bandera.
El Museo Nacional del Prado inicia la temporada apostando por Renoir, un valor seguro entre las masas turísticas nacionales y foráneas que son hoy día el principal cliente de los museos del mundo. Pierre-Auguste Renoir vivió 78 años y pintó sin parar durante 60 de ellos. Ha dejado cuatro mil pinturas. Esta selección de 31 de ellas refleja su período más impresionista, el favorito de los expertos. Ha sido colocada en el corazón del Museo, hablando de tú a tú con los maestros de los que aprendió y a los que retornó con su refinado clasicismo. "Creo que estoy empezando a entender algo sobre la pintura" parece que comentó el mismo día de su muerte, en 1919.
'La colmena científica o El café de Negrín' parece nacida especialmente para revisar al alza la figura de Juan Negrín López (Las Palmas, 1892 - París, 1956) un médico que se convirtió en presidente de la II República entre 1937 y 1945, aunque en realidad se trata de un encargo de la Residencia de Estudiantes al Centro Dramático Nacional para celebrar un siglo de su fundación. Se trata de una hagiografía de la Residencia como hito fundamental en la historia de la educación y modernización de España en el pasado siglo, paradigma de una visión integral de convivencia entre artes y ciencias, y adalid de diálogo y tolerancia. José Ramón Fernández ha creado un texto descriptivo y poético, y Ernesto Caballero nos traslada al laboratorio de Fisiología General de la Residencia a finales de los años veinte donde alrededor de su responsable, el que luego fuera controvertida figura política expulsada del PSOE y recientemente rehabilitada, se reunía a tomar café una tertulia de intelectuales ilustrados a los que la guerra civil dispersaría.
Svad’ba (La boda) es un espectáculo músico-teatral basado en la obra del mismo título de Chéjov. Llega de aquella antigua república soviética y demuestra que el mundo está lleno de grandes iniciativas más allá de los centros consagrados. Dirección, música, coreografía y escenografía se demostraron sobresalientes. Vinieron a Madrid y dieron una lección de excelente teatro subvencionado: treinta personas en el escenario, espectáculo, diversión con calidad. Tome nota su anfitrión el Centro Dramático Nacional y todos los teatros que viven del dinero público y tan a menudo vegetan en el páramo de lo facilón.
Esculturas de pequeño formato de 38 artistas españoles contemporáneos, acompañada cada una de algún dibujo del autor. Un resumen de un período en el que la escultura nuestra brilló notablemente. 'Un siglo creando espacio. La Colección ICO de escultura con dibujo' presenta esculturas de Manolo Hugué, Julio González, Pablo Picasso, Salvador Dalí, Joan Miró, Joaquín Torres García, Esteban Vicente, Pablo Gargallo, Antoni Gaudí, Martín Chirino, Antoni Tàpies, Jaume Plensa, Jorge Oteiza, Eduardo Chillida, y Miquel Barceló, entre otros, acompañada con uno o varios dibujos del mismo artista, representativos de un mismo momento creativo. Una propuesta abarcable, comprensible, bella e interesante.
'El viaje del actor' quiere ser una reflexión sobre el mundo del teatro sirviéndose de textos de Anton Chéjov ensartados para construir el drama de un viejo director/actor al final de su carrera, todo nostalgia de sus buenos tiempos, todo pestes contra la supuesta degeneración de tan noble arte. Dentro del drama de este hombre forzado a retirarse, se encaja un resumen muy cómico de 'La petición de mano', obra del autor ruso que será la última que dirige el protagonista. Antes y después de ella se versionan también otras dos obras de Chéjov, 'La audición' y 'El canto del cisne'. El montaje está repleto de buenas intenciones y arduo trabajo, pero se malogra entre objetivos muy ambiciosos y realidades demasiado someras.
Con “Desbordamiento de Val del Omar”, el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía eleva a este artista a la categoría de consagrado 'post mortem', bien abundante en nuestra vida cultural. El perfil de este tecnoartista 'avant la lèttre' no puede ser adscrito a un epígrafe de actividad demasiado concreto, si bien tuvo su ámbito principal en el cine. Perteneció a una minoría intelectual que creyó en el cinematógrafo como arte antes que como un nuevo opio para las masas. Se equivocaron. Su obra es exigua pero se comenta en los cenáculos de enterados. Fue un excéntrico ahora convertido en figura de culto. Pero seguirá sin ser comprendido.
El Museo del Prado esta vez no expone cuadros sino libros para mostrarse no sólo como la pinacoteca más importante del mundo sino que, al igual que en anteriores ocasiones con sus colecciones de escultura y de tapices, apareciendo como un emporio multidisciplinar de la cultura clásica que ahora aspira también a ocupar lugar destacado entre las bibliotecas españolas para el estudio de la historia del arte. No es que quiera competir con la vecina Biblioteca Nacional, pero sí enseñar con orgullo una parte nunca expuesta de su tesoro. Y complementa con originalidad y distinción las esperadas exposiciones temporales de este otoño: Pasión por Renoir (19 de Octubre), Pintura de los reinos. Identidades compartidas en el mundo hispánico (25 de Octubre) y Rubens (5 de Noviembre).
Es una de las obras más representadas y conocidas de nuestro teatro del Siglo de Oro porque es sin duda una de las mejores obras teatrales de todos los tiempos. Ésta es su tercera puesta en escena por la Compañía Nacional de Teatro Clásico en 25 años, tampoco es tanto si nos comparamos con el culto anglo a Shakespeare. Siempre tiene algo que decirnos. Y en esta ocasión nos recuerda que Pedro Calderón de la Barca hizo hace cuatro siglos una pieza rebelde, provocadora, audaz y valiente como pocas. Tenía su autor 51 años, era famoso y reverenciado, salía de una gran crisis personal y supondría su última aportación a los asuntos políticos antes de hacerse sacerdote y dedicarse sobre todo a los autos sacramentales.
La Fundación Juan March terminó el curso pasado con los paisajes de Freidrich y empieza éste con los paisaje de Durand, paisajes a uno y otro lado del Atlántico, viajes nostálgicos al pasado que no volverá, remansos de calma en medio de la urbe. La exposición 'Los paisajes americanos de Asher B. Durand' está compuesta por 144 obras —óleos, dibujos y grabados— cubre todos los periodos de su vida y va acompañada por una selecta muestra de artistas coetáneos y de algunos seguidores; quiere presentar el particular talento de Durand como paisajista y los otros asuntos que desarrolló a lo largo de su prolongada carrera: retratos y pinturas de género. Pero son sobre todo paisajes de bucólica belleza que muestran los escenarios naturales de Norteamérica. Y son sobre todo árboles, los viejos compañeros del hombre que van inexorablemente desapareciendo.
Hace dos años hubo once representaciones en el Teatro Español de esta obra y tuvo tanto éxito que se ha repuesto ahora en el Matadero en otras once sesiones agotando las localidades todos los días. 'Incendies' cuenta cómo la tragedia ronda este mundo tranquilo en que vivimos y como, cuando llega, arrasa con todo sin que pueda evitarse. Es la guerra civil del Líbano pero podría ser la yugoslava, la afgana, la ruandesa, cualquiera de las decenas que ha habido en las últimas décadas y cualquiera de las que van a llegar. Es una tragedia griega aún más trágica, donde el coro es un notario francés de provincias, y Edipo es una mujer violada por su hijo. Teatro de altura, reflejo de la vida, del que se hace por esos mundos y aquí parece imposible.
'Ascenso y caída de la ciudad de Mahagonny', con música de Kurt Weill y libreto de Bertolt Brecht, es la primera nueva producción del Teatro Real con su discutido nuevo director. Gerard Mortier se estrenó con gran expectación. El teatro a rebosar, con el alcalde de Madrid y el consejero delegado de Prisa entre el público. Hubo aplausos tibios en el entreacto y bastantes deserciones; ninguna ovación durante las dos horas y media de representación. Al final, división de opiniones: una mitad descontenta que se retiró en silencio; un cuarto del aforo que aplaudió tibiamente y otro cuarto que se mostró entusiasta. Los cantantes fueron aplaudidos con ganas, especialmente Tobby Higgins y los protagonistas, Brueggergosman y König. Aplausos también unánimes en el público que aún aplaudía para el director musical y el del nuevo coro. Disenso notable con el equipo artístico de La Fura, con algún abucheo en ciernes. Ahora, a correr ríos de tinta que es de lo que se trata.
'Días estupendos' es una gran comedia sobre las vacaciones, un mosaico de escenas tan absurdas como la vida cotidiana cuando la filmas sin avisar a nadie. Es un espejo bien pulido que refleja instantes de una generación perdida. Es entretenimiento de calidad en la que ríes de verdad sin recurrir al esperpento nefasto, a la astracanada que otros practican. Buena propuesta del Centro Dramático Nacional que cumple así su obligación, apuntalar a la gente que puede decirnos cosas.
Qué inmensa satisfacción cuando uno asiste a una obra de teatro redonda, lograda. Cuando texto y adaptación, dirección y escenografía, interpretación y producción se combinan adecuadamente, se completan con generosidad. Qué optimismo nos embarga cuando podemos decir que el clásico 'Todos eran mis hijos' de Arthur Miller en versión y dirección de Claudio Tolcachir es una brillante inauguración de la temporada del Teatro Español.
Intentaron hacer algo juntos; trataron de converger, pero secretamente Dalí ambicionaba escribir y Lorca deseaba pintar. Durante siete años mezclaron amistad y amor, camaradería y opiniones, proyectos públicos y deseos íntimos. Dalí era más rupturista entonces; Lorca, muy convencional; el uno, cosmopolita; el otro, apegado al paisaje; El crisol Dalí-Lorca no llegó a soldarse. 'Pero ante todo canto un común pensamiento/que nos une en las horas oscuras y doradas./No es el Arte la luz que nos ciega los ojos./Es primero el amor, la amistad o la esgrima./, escribirá el poeta granadino en su Oda al pintor catalán. Aquí están, juntos pero no revueltos, representando lo que se plantean los jóvenes artistas de cada generación.
El Museo Reina Sofía dedica una exposición antológica a Hans-Peter Feldmann, (Düsseldorf, 1941), un artista que representa la desacralización del arte, su democratización masiva y el concepto de que aparte de la excelencia, como en todas laas facetas, de la vida, todos nosotros, ciudadanos corrientes, podemos y hasta debemos ser atistas, incorporando la estética, la observación, la interrelación, la paradoja y demás mecanismo intelectuales a la vida cotidiana, a nuestro contexto particular, a los objetos que aleatoriamente llegan a nuestras manos, a los lugares corrientes y molientes donde desarrollamos nuestra modesta existencia. Un montón de zapatos de tacón, una columna de libros apilados, un cuadro al revés sobre el vetusto tresillo, una exposición entretenida, sugerente, divertida y honesta para decidirnos a ser también nosotros mismos artistas de nuestra vida.
Cincuenta y cuatro fotografías de algunas de las mujeres más deseadas del mundo. Esta es la propuesta del Museo Tyssen para abrir la temporada. No vamos a escandalizarnos a estas alturas porque uno de los reductos más prestigiosos del arte 'serio' se haya pasado con armas y bagajes a lo más sensacional, la fotografía de moda en su vertiente erótico 'glamurosa'. Parece necesario atraer al público como sea. Tampoco vamos a protestar porque sea Lancôme, la multinacional francesa de cosmética femenina, la que patrocine la exposición, dado que el autor ejerce como responsable de las campañas de comunicación de la empresa desde el pasado año y así todo queda en casa. Ni por nimiedades como que en una de las fotos expuestas aparezca enorme el logo de Chanel nº5. Habrá teóricos que expliquen de maravilla y justifiquen prolijamente que esto es Arte. Nosotros creemos que es publicidad, banalidad, vacuidad muy representativa del fin de era que vivimos. Pero las fotos son fabulosas por supuesto, un himno al ideal de belleza femenina, un muestrario de incitaciones sofisticadas, un viaje virtual al imposible. Gustará al público.
El gobierno español, a través de la Sociedad Estatal de Conmemoraciones Culturales y el Instituto Nacional de las Artes Escénicas y de la Música (INAEM) contrató a Joan Manuel Serrat para celebrar el centenario del nacimiento dl poeta Miguel Hernández con nueve conciertos en el Teatro de la Zarzuela bajo el título 'Hijo de la luz y de la sombra', el mismo de su nuevo disco, presente entero en el recital junto a seis piezas de1972. Todas ellas parten de poemas de Hernández salvo uno de José Agustín Goytisolo. Todas ellas con música de Serrat salvo la más célebre, las Nanas de la cebolla, un gran trabajo del desaparecido Alberto Cortez. Los recitales están teniendo gran éxito de crítica y público. Pero el nivel del espectáculo es bajo, los arreglos musicales deficientes, y las canciones nuevas no especialmente afortunadas.
Rafael Álvarez «El Brujo» ha trabajado duramente para presentarnos una aproximación rigurosa, divertida, profunda y valiosa a un texto capital de nuestra civilización, el Evangelio de San Juan. Dirección, versión, escenografía e interpretación son suyas. Supera con sobresaliente la difícil prueba de dos horas en el escenario acompañado únicamente por cuatro músicos. Construye una pieza culta y sencilla al mismo tiempo, dramática y graciosa, donde se te saltan las lágrimas de risa y ronda el llanto por la sala. Se atreve a contarnos otra vez la historia de Jesús de Nazaret. Lo hace con respeto y distancia. Creyentes, agnósticos, ateos y sobre todo indiferentes tienen una cita ineludible con el eterno misterio, que puede parecer baladí en estos tiempos romos pero que tiene las claves de la existencia.
Los métodos de propaganda más refinados vencen a los obsoletos. El rey melómano aparentaba un progresismo paradigmático de la Ilustración, todo para el pueblo pero sin el pueblo, que terminó en la guillotina de la revolución francesa. Se construyó una ópera para él solito, contrató músicos y cantantes, y se dispuso a lanzar sus panfletos con buenas partituras. Con Montezuma quiso emular a Voltaire y a fe que lo consiguió en demagogia, haciendo del caudillo sanguinario un 'ghandi' de pacotilla, un filósofo del tres al cuarto, un personaje de cartón que sólo le servía a su creador para difamar al catolicismo y ponerse medallas.
Gerard Mortier comenzó su etapa de director artístico del Teatro Real con mucho tacto, trayendo a inaugurar la temporada al Teatro Bolshoi de Moscú con 'Eugenio Oneguin', de Piotr Illich Chaikovski, una ópera que forma parte de la élite del género. Un acierto, sin duda, que modera el errado inicio de la programación propia, dentro de unos días, con 'Montezuma' y 'Ascenso y caída de la ciudad de Mahagonny'. Los rusos demostraron excelencia en todos los aspectos y haber iniciado ellos también un proceso de renovación imprescindible en los grandes teatros del mundo.
En ese genuino tono populista y comercial con el que parece querer identificarse el director de los Teatros del Canal, Albert Boadella, lindando con lo chabacano en aras del fácil entendimiento, Ernesto Caballero ha ideado 'La fiesta de los jueces', un sainete sobre la situación lamentable de la justicia española en el que sirve de disculpa una comedia romántica alemana para aludir al espectáculo lamentable que ofrece el Consejo del Poder Judicial, los excesos tragicómicos del Estado de las Autonomías, y las ocurrencias del juez Baltasar Garzón y otras estrellas estrelladas de nuestra judicatura, todo dentro de la aberrante judicialización de la vida política española y la utilización partidista de los tribunales.
Es un hecho demasiado comprobado que el teatro se esconde a menudo lejos de las grandes salas, de los espectáculos caros, de los nombres famosos y las subvenciones generosas hasta el escándalo. Sabemos que en muchas ciudades del mundo resucita cada temporada de la mano de compañías pobres, en salas desangeladas, alimentado de sacrificios y amores. Pero a menudo se nos olvida o nos da pereza ratificarlo. La pieza 'Muda', su autor y director, sus tres actores, y la Sala Pradillo nos lo recuerdan estos días.
El veterano dramaturgo José Sanchis Sinisterra inaugura la temporada del Teatro Español con una ambiciosa recreación: dos de los más célebres personajes de Shakespeare trasmutados en dos de los más conocidos personajes de Samuel Beckett. El resultado es 'Próspero sueña Julieta (o viceversa)'. Ha debido pensar que a sus setenta años, con cuarenta textos y muchos más montajes a la espalda, podía enmendar la plana a tamaño dúo dinámico, o al menos obtener una síntesis curiosa. Pero se ha equivocado. Dos monólogos desiguales, -mejor el primero porque proviene del original-, confluyen en un diálogo final absurdo. Hora y media para constatar que los actores tampoco salvan la pieza.
Por caprichos del azar y del destino, esta versión de Carmen -el célebre personaje de Prosper Merimée que convirtiera en ópera insigne Georges Bizet-ha inaugurado el mismo 1 de septiembre la temporada artística madrileña. Una temporada que se augura continuista y alicorta, en la tónica discreta de los últimos años, y que en esta Carmen parece encontrar un adelanto que nos tememos sea representativo. Por debajo del listón, cultivando la parte más conformista del público, sin aportaciones de calado, buscando en-tre-te-ner en vez de maravillar, pasar el rato en vez de elevar el ánimo, adormecer en vez de despertar.
La Compañía Nacional de Danza presentó su balance de la temporada, esta vez teñido de polémica ante el cese de su director de las últimas dos décadas, Nacho Duato, y las incógnitas sobre su futuro. Duato quiso hacer de la comparecencia una despedida un tanto desafiante, y el programa incluía dos producciones suyas históricas -Remanso y Arenal- con tan sólo un nuevo trabajo en medio de ambas, pero a cargo de Gentian Doda, que forma parte de la compañía desde 2003 y presentó la temporada pasada su primera coreografía. No hubo nuevos 'duatos' ni siquiera grandes 'duatos'. Fue triste.
El Teatro Real cierra su temporada de ballet con la presencia de una de las compañías más emblemáticas de la danza contemporánea, el Nederlands Dans Theater. La formación holandesa llega a Madrid en el curso de una gira que conmemora sus cincuenta años de vida, para la que han seleccionado dos obras del indiscutible Jiří Kylián y una creación de la española Sol León y el inglés Paul Lightfoot, dos de sus creadores residentes. Dos horas de pasmo ante una fusión ejemplar de modernidad y clasicismo, ante un resumen logrado de medio siglo de buen trabajo. Nada es más oxigenante que la danza; los maremotos de pensamientos que genera una exposición de arte o una representación teatral, incluso un concierto orquestal, se disuelven ante la magia de la expresión corporal, síntesis divina de las posibilidades humanas.
Ayer mismo, el Museo Thyssen-Bornemisza inauguró la exposición Ghirlandaio y el Renacimiento en Florencia, un recorrido por el arte florentino del Quattrocento que tiene como punto de partida una de las piezas más preciadas de su colección permanente: el Retrato de Giovanna degli Albizzi Tornabuoni pintado por Domenico Ghirlandaio en 1490. Es la oferta veraniega de este museo, que competirá con Turner en el Prado, los Surrealistas y la fotografía en Mapfre, y el Nuevo Realismo de los años 50-60 en el Reina. Siempre es atractiva una visita a la Florencia del Renacimiento y ésta es un elegante despliegue en torno a una boda/alianza entre dos de las familias poderosas de aquella época.
Joseph Mallord William Turner no habría jamás soñado ser expuesto en el Prado al lado de Rubens y Rembrandt, junto a Canaletto, Watteau y su venerado Claudio de Lorena. El Museo del Prado ha seleccionado para su temporada veraniega la exposición temporal “Turner y los Maestros”, que compara cuarenta óleos del inglés con otras tantas obras de los maestros que más le influyeron y de aquellos de sus coetáneos con los que compitió. Las obras de Turner cuelgan junto a los cuadros que supuestamente le inspiraron los suyos. Un cruce de comparaciones y tendencias que deleitará al público frecuentador de museos. Todo un homenaje al pintor inglés, un homenaje quizás excesivo. Y una disculpa para un repaso al paisajismo europeo a lo ancho de varios siglos.
El acercamiento Portugal-España se resiste en el terreno artístico. Por eso la visita a Madrid del Teatro Nacional São João, embajador oficial de la cultura portuguesa desde hace años en los escenarios europeos, es un acontecimiento reseñable e interesante. Vino con dos obras: 'Tambores na noite' (Trommeln in der Nacht de Bertolt Brecht, de1922 en versión de 1953) y 'Turismo infinito' (a partir de textos de Fernando Pessoa). Un 'brecht' primerizo y anticuado como aperitivo de una visión discutible del mejor de sus literatos contemporáneos. Dos espectáculos muy diferentes, algo fallido el primero y muy interesante el segundo. Empezaremos por lo más atractivo, el acercamiento al grandísimo poeta portugués que hubiera sido premio Nobel de ser este premio algo más que una lotería trucada.
Hace un siglo, 'Electra' protagonizó un sonado alegato anticlerical contra el predominio católico. Ahora se repone en el mismo teatro que entonces se estrenara, en otra época en la que los ánimos laicistas han conseguido una vuelta a la tortilla por la que son ellos ahora los que dominan la opinión pública. El director de escena Ferrán Madico presenta un extraordinario montaje para una versión reducida del extraordinario texto de Galdós, en el que deslumbra su maestría literaria y son discutibles sus radicales planteamientos partidistas. Comprensibles en aquella época, lo son menos ahora. Pero los espectadores parecen suscribirlos cien por cien desde el patio de butacas. Una formidable versión de un puntal de nuestro teatro del siglo XIX, merecedor de más reposiciones. Un éxito importante en el cierre de temporada del Teatro Español, con llenos a rebosar y entusiasmo del público asistente.
'La subversión de las imágenes' está dedicada al encuentro del movimiento surrealista con la fotografía como lenguaje y como obra de arte. Es enorme, cientos de instantáneas; es acertada, porque no sólo acumula material interesante sino que además consigue transmitir el espíritu colectivo que lo impulsó; y es muy sugerente en tanto en cuanto a fin de cuentas el surrealismo fue el más auténtico de todos los movimientos artísticos del pasado siglo, el más influyente y el único que aún sigue significando algo. Una doble subversión: la de la imagen en sí misma, y la de la realidad usando la imagen. De este trabajo subversivo procede el Situacionismo que originó el Mayo del 68 y los movimientos de descontento difuso y estallido vital que sacudieron Occidente por aquellas fechas.
Hace medio siglo surgió una reacción cansada de abstracción y plena de inconformismo contra la sociedad consumista y 'espectacular' (sensacionalista) que se nos venía encima. Gérard Deschamps construía un 'cuadro' con cepillos de barrer, Christo empaquetaba latas, Arman llenaba armarios con trastos y Jean Tinguely ofrecía artefactos que pintaban solitos, mientras Yves Klein inventaba la 'performance', Allan Kaprow introducía el happening, y aparecían las 'instalaciones' a mitad de camino entre escultura y pintura petrificadas del pasado. En pocos años la tendencia apocalíptica fue sepultada por el integrado Pop Art. Pero miles de supuestos artistas han seguido presentándonos hasta nuestros días sus copias de las copias de aquello como cosas orginales y rupturistas. 'Nuevos Realismos: 1957-1962. Estrategias del objeto, entre readymade y espectáculo', establece la verdad y nos presenta los originales en un excelente trabajo de divulgación y reflexión, que son las tareas de un museo. Es la propuesta veraniega del Reina Sofía, que afianza con autoridad esa nueva etapa suya con Borja-Villel, la cual empieza a demostrarse bien fructífera.
El estreno de Die tote Stadt (La ciudad muerta), la ópera que Erich Wolfgang Korngold (1897-1957) escribió hace casi un siglo (¡a los 23 años de edad!), es una estupenda sorpresa en la temporada del Teatro Real que está terminando. La coproducción del Festival de Salzburgo y de la Staatsoper de Viena viene precedida por un enorme éxito en París, Londres, Ámsterdam, Barcelona y San Francisco durante el último lustro. El director musical Pinchas Steinberg y el director artístico Willy Decker captan el espíritu de la obra y de su tiempo, la atmósfera intelectual vienesa de los albores del siglo XX, cuando emergía la nueva dimensión del subconsciente y las ideas de Sigmund Freud se apoderaban del discurso artístico. El verismo del libreto, la densidad de la orquestación y la belleza de la lírica se articulan con coherencia en una puesta en escena que acierta a reflejar la dialéctica entre realidad y sueño que es la base de la obra. Todo funciona al unísono. Y una vez más tiene lugar el milagro de la ópera, lo más parecido al arte total que la humanidad ha ideado.
Un texto de Samuel Beckett tan huidizo como todos los suyos, una música trascendente de Morton Feldman, una puesta en escena excepcional de Peter Mussbach, y la dirección musical de Kwamé Ryan, se conjuran en el tercero de los montajes de operadhoy 2010: 'Neither' (Ni) es una experiencia mística, una demostración del poder chamánico del arte, y de cómo quizás éste es el único camino abierto por el que dejar atrás al siglo XX. Tan desconocida en España como sus cuatro artífices, “Neither” sin embargo es una de las grandes óperas de referencia de la segunda mitad del siglo XX. Ópera para soprano sola y gran orquesta, fueron Pilar Jurado, que sustituyó a última hora a la titular enferma, y la Orquesta de Radiotelevisión Española sus intérpretes intachables. Entre todos alumbraron un espectáculo de los que hacen época, vanguardista en su austeridad estética, enriquecedor en su belleza esencial, un trance, un rapto de la razón histérica, un túnel luminoso hacia el cielo.
De vez en cuando, se descubre una perla oculta en la enorme y variopinta actividad cultural madrileña. Dichterliebe und Leben (Amor y vida de un poeta) reconstruye la vida de Robert Schumann a través de su correspondencia con Clara Wieck, la mujer que siempre estuvo a su lado a pesar de los pesares. El espectáculo gira en torno a los ciclos de 'lieder' más importantes del gran compositor del que se celebraba ayer su doscientos aniversario. Una arriesgada fusión de música y teatro que a pesar de la bisoñez de sus valientes protagonistas es un acierto indudable. Sana ambición y espíritu de riesgo no son tan frecuentes en la españa zapatera. Pero son posibles y viables como demuestra este intento.
Sólo 33 minutos. Sólo una actriz en el escenario. Lo bueno, si breve, dos veces bueno. Pocas veces el espíritu de un poema ha sido tan adecuadamente captado en teatro. La directora Deborah Warner y la actriz Fiona Shaw han conseguido acercarnos 'The waste land' (La tierra baldía) de T.S.Elliot, el más reverenciado poema de la literatura británica del último siglo, el farragoso texto que ha atormentado a generaciones de estudiosos, una diatriba confusa y convulsa pero repleta de dramatismo. Prescindiendo de cualquier intento de declamación, el poema se convierte en un complejo monólogo que capta todo el valor de la pieza como titubeante, sí, pero finalmente hermosa catarata de emociones e influencias encontradas en una esquina ventosa de ese siglo del que tanto nos va a costar librarnos.
Se ha hecho creer al pobre ciudadano que con telediarios interminables y periódicos basura ahora sabe más que antes sobre lo que ocurre en el mundo. Pero ciertamente la gente no se entera de nada creyendo saberlo todo. Hace dos décadas ya se veía hacia dónde cabalgábamos, a la desinformación total a base de saturación y sobredosis. Una imagen ya no vale mil palabras, ya no vale nada, sólo es otro chispazo que apenas merece una mirada. Las noticias se multiplican por cientos de miles en la red, todas idénticas, todas procedentes de media docena de fuentes globales en las que todo el mundo abreva y de las que todo el mundo depende. Los periódicos son todos iguales salvo la tendenciosidad partidaria de cada uno.
Érase una vez que ser valido del rey de España era ser quizás el hombre más poderoso del mundo. Tanto como encargar al más cotizado tapicero de la época la ejecución de ocho gigantescos tapices que contaran una de las fábulas de Ovidio, el enamoramiento del dios Mercurio de la hija del fundador de Atenas. Son ocho gigantescas piezas de doscientos metros cuadrados, primero dibujados por un gran pintor, y luego tejidos a lo largo de casi medio siglo con miles de metros de hilo de oro y plata.
Una cena íntima que promete pero que termina frustrándose. Una chica enamoradiza cuyo sueño naufraga antes de izar el ancla. Estamos ante una coproducción de lo mejorcito del teatro europeo. 'Sweet nothings', estas dulces y decadentes naderías, es un despliegue magnífico de saber teatral al servicio de una causa discutible: la de resucitar este melodrama de finales del imperio austrohúngaro, y convertirlo al peculiar género 'british' del apunte histórico 'victoriano' -Retorno a Bridgehead, Upper and Down, Pride and Prejudice- con intento romántico de saltarse sus eternas clases sociales. A ambos lados del Canal existe un público maduro y cultivado harto de experimentaciones que está recibiendo con alborozo la propuesta. A este lado de los Pirineos la tarea parece más difícil.
Sórdido mundo éste, el de un vecindario disfuncional de una chabola vertical de un barrio marginal. Un ambiente deprimente con unas gentes baqueteadas, aferradas a la supervivencia más soez y descarnada. Daniel Veronese (Buenos Aires, 1955) escribió ésta, su tercera obra, en 1992 y desde entonces se ha convertido en otro, ahora es un triunfador. Pero ésta, es una historia de abusos sexuales en una familia desestructurada, ahora que parece como si sólo los hubiera en los colegios de curas. Hay algo en ella profundamente turbador y desagradable, el lado testimonial del teatro, ese que a menudo preferimos desconocer. Para que no duela tanto, tiene forma de farsa dentro de esa farsa que has ido a presenciar. 'Del maravilloso mundo de los animales: Los corderos' se titula enigmáticamente; ha sido bien adaptada en Granada y nos cuenta un episodio fugaz de humanidad descarnada.
De nuevo William Shakespeare, de nuevo Macbeth, de nuevo por una compañía inglesa, de nuevo éxito total. Han pasado cuatro siglos y naturalmente la codicia y sus nefastos efectos siguen siendo tema cotidiano. Shakespeare y los que añadieron trozos posteriores a la obra plantean una reflexión moralizante contra la que la sociedad actual parece inmunizada. Si llevado por la envidia, los celos, la ambición y demás venenos comienzas la escalada del mal, ya nada podrá detenerte hasta la perdición final. 'Cheek by Jowl', la compañía de Declan Donnellan y Nick Ormerod que va a cumplir dos décadas, presentó un Macbeth que en su austera ejecución y sombrío planteamiento se ciñó a lo esencial, el texto de este clásico universal; acentos y modales actuales con imágenes atemporales. Una tragedia griega ambientada en la Escocia del siglo XI, con el coro desperdigado por los rincones del escenario en actitud doble, acechante y huidiza. El destino. La tentación. El camino.
Trust es una propuesta definitivamente alemana, o si se quiere, alemana a la vieja usanza: sería, concienzuda, sólida de fondo y sobria de forma. El feliz maridaje de una compañía de danza y una compañía teatral pone de manifiesto que el teatro en su conjunto ya no será nunca más coto único de actores, que el teatro hoy necesita música y danza (y complementos audiovisuales y ensamblajes tecnológicos y...) para avanzar en la síntesis del espectáculo total hacia la que hace mucho camina la ópera. Un músico y nueve actores y bailarines en escena. La complicación de tener que atender a los subtítulos en una obra con tanto texto, mientras intentas atender al mismo tiempo al montón de cosas que ocurre en escena. Trust hace muchas preguntas sobre la crisis financiera global y el trasfondo de relaciones humanas en que se inserta, pero sensatamente no osa tener respuestas. Trust maneja datos interesantes y tiene algunos aciertos como el del personaje que reflexiona en que antes quería cambiar el mundo y ahora sólo quiere encontrar plaza de aparcamiento. Trust en definitiva es una apuesta sería, no esas cosas que se hacen con dos actores, un foco e ínfulas experimentales subvencionadas.
Rodrigo García, quizás sin saberlo, ha realizado una desagradable e incisiva autopsia de su generación, ese fruto podrido que nunca maduró, criado en los invernaderos del posfranquismo con sobredosis de conformismo, sin más modelo que una simulación feroz, que un baile de disfraces, que una impostura general. García es todo un personaje de la farándula oficial (Premio Europa del Teatro 2009 en la categoría de Nuevas Realidades) y su última producción, 'Muerte y reencarnación en un cowboy', es un engendro pretencioso e insoportable. ¿Lo sabe él, lo ha hecho a propósito, es una provocación a sus colegas, que llenaban a reventar el teatro, que venían a jalear sus ocurrencias, y a los que se les heló la risa en los labios? Tres cuartos de hora de ruidos espantosos y media hora de moralina pedante y manida. Además de dos pobres actores talluditos obligados a andar en pelotas de aquí para allá, un pasillo lateral proyectado en una gran pantalla en el centro del escenario, dos docenas de pollitos piando desesperados, una pobre chica haciendo de muñeca, un cutrerío lamentable, un toro mecánico, dos tumbonas y 'Midnight cowboy' convertida en 'Brokeback Mountain' como los sueños de los sesenta se convirtieron en las parodias de los ochenta junto a la mentira publicitaria del anuncio de Marlboro.
Tras 'I Puritani', el otro gran logro de Vincenzo Bellini, Norma, llega al Teatro Real en versión de concierto. Una ópera en concierto, sin decorados, sin vestuario, sin movimientos, es un poco como el cine narrado, una aproximación a una realidad mayor, la cual sólo con el atractivo de grandes voces puede actuar como efecto paliativo. En el estreno de esta propuesta, no hubo grandezas 'epocales' sino un sólido oficio que satisfizo plenamente a los aficionados. La soprano lituana Violeta Urmana, una de las cantantes favoritas del público madrileño, anunció estar resfriada pero no desertó. Roberto Aronica, uno de los tenores más elegantes de nuestros días, fue sustituido aceptablemente por Francesco Hong. Fue la revelación de la noche la mezzosoprano italiana Sonia Ganassi, una de las más reconocidas belcantistas de nuestro tiempo, en el papel de Adalgisa, y el bajo Carlo Colombara se defendió como Oroveso. Dirigió con parsimonia una orquesta inspirada, el especialista italiano Massimo Zenetti, y la potencia del coro a punto estuvo de sepultar a los cantantes.
Sobre lo que se esconde en la vida cotidiana bajo su aparente discurrir monótono, llevan los artistas indagando un siglo. Se puede hacer con humor como toda una generación descubrió en los tebeos con aquella Rue del Percebe y su colección variopinta de atrabiliarios vecinos. Se puede hacer con nihilismo y desesperanza absolutos, con angustioso pesimismo, y entonces sale esta Rue Vandenbranden, que no es calle sino despoblado abierto a los temporales donde en tres bungalows prefabricados seis humanos llevan una existencia solitaria, mezquina, desgraciada y alienante. Se puede confundir esta pesadilla con la vida, pero no se debe hacer, por más que tanto se insista desde los escenarios. '32, rue Vanderbraden' es tan interesante como dañina, tan prodigiosa como negativa, tan impresionante como brutal. Una emoción fuerte, una visión tenebrosa, un espectáculo de fascinante horror.
'L’incoronazione di Poppea' es la tercera de las tres óperas que nos han llegado de Claudio Monteverdi. El Teatro Real completa así su programación en las últimas tres temporadas, tras L’Orfeo (2008) y Il ritorno d’Ulisse in patria (2009). Una trilogía coproducida con el Teatro La Fenice de Venecia a cargo del mismo equipo artístico, el director musical William Christie al frente de Les Arts Florissants y el director escénico Pier Luigi Pizzi a cargo de la puesta en escena, escenografía y figurines. Un gran broche para un gran proyecto.
Peter Brook cumple 85 años y sigue evolucionando. Toda una generación recuerda su Marat/Sade. Entonces se adelantaba a la dicotomía revolución colectiva-revolución individual que marcaría Mayo del 68 y todo el final del siglo XX. Ahora con 11/12 plantea el tema clave de este inicio de milenio: una nueva espiritualidad que encaje el rompecabezas acelerado de la globalización. Se trata siempre de lo mismo: de ser personas mejores y contribuir así a un mundo mejor. Teatro politizado pero no partidario. Teatro con mensaje pero no manipulador ni maniqueo. Teatro con mayúsculas, emocionante e indagador, de preguntas sin respuesta, de apertura de horizontes, de ayuda para seguir buscando.
Hora y cuarto de 'stripteases' continuos. Y ni una gota de pornografía. 'Coeurs croisés' parece lo que no es, un pretexto para provocar la líbido del público. Pero quien busque las emociones primarias de la excitación sexual se verá defraudado. Esta fantasía burlesca entre circo y music hall, es una inteligente deconstrucción de esa potente industria basada en la excitación erótica del cuerpo desnudo, tan lucrativa durante el siglo anterior, y tan anclada aún en la psique individual y colectiva (las páginas más visitadas y los negocios más boyantes de internet se dedican al género).
“El género oblicuo es nuestro género común”, declara la Compagnie Toujours Après Minuit. Sería el espacio individual y al mismo tiempo colectivo de nuestras neurosis y paranoias, esa 'superestructura' en términos marxistas y 'noosfera' en términos jesuítico theillardianos que engorda a medida que lo hace la complejidad de las estructuras sociales y las prótesis no reptilianas de nuestro cerebro. Tema capital. Tema bien resuelto, con originalidad y contundencia, desde la Francia provinciana para mayor mérito, por la asociación de dos mujeres interesantes, Roser Montlló Guberna y Brigitte Seth.
El Museo Reina Sofía acoge una de las muestras de mayor envergadura que presentará este año. Ya el nombre sorprende: 'Principio Potosí ¿Cómo podemos cantar el canto del Señor en tierra ajena?'. Aún más lo hará el contenido. Plantea que la modernidad europea nació en la colonización de América. Enfrenta pintura colonial andina con instalaciones de artistas actuales. Para Manuel J. Borja-Villel, el activo director del museo, la exposición relee críticamente las dinámicas del capitalismo global desde la óptica oblicua del imaginario del imperio colonial español. Y se enmarcaría en esta nueva etapa del museo que él representa con la vocación de estimular interpretaciones alternativas y políticamente comprometidas de nuestro tiempo frente a la narración lineal y evolucionista de la modernidad ilustrada.
Veintiuna canciones alemanas, con textos de poetas románticos entre los que figuran Heine y Goethe, a los que pusieron música Franz Schubert y Robert Schumann, seleccionadas del extenso repertorio de 'lieder' de la época, ordenadas en tres series con un argumento etéreo pero consistente, y orquestadas en un 'continuum' para 'ensemble' de cuerda y viento con trece componentes, conforman “Im wunderschönen Monat Mai” (“En el maravilloso mes de mayo”), una experiencia sublime de sesenta minutos de enorme calidad en que ha consistido la segunda entrega del festival 'operadhoy' de este año. Un complemento estupendo para esta primavera excepcional.
'La función por hacer' es una adaptación libre de de 'Seis personajes en busca de autor' de Luigi Pirandello. Esta obra supuso para su autor el premio Nobel. La revisión que se nos propone consiste en insertar el drama original en un contexto de serie televisiva, mezclar aceite con agua. El aceite sigue siendo de oliva y sigue impresionando, aunque los seis personajes hayan sido reducidos a cuatro. El agua son una sucesión de chascarrillos, gestitos y ademanes sacados de la calle o de la tele, que para el caso es lo mismo, por parte de los dos actores que ponen la nota actual. El agua no consigue mezclarse con el aceite. La obra aguanta formalmente gracias al buen trabajo interpretativo general, pero el trasfondo filosófico resulta velado por la inyección de realismo cheli huyendo del cual precisamente algunos, no sé si pocos, acudimos al teatro todo lo que podemos y jamás vemos una serie española de televisión.
'Vanitas vanitatum omnia vanitas' (vanidad de vanidades, todo es vanidad), es la cita eterna del Eclesiastés. Salvatore Sciarrino (Palermo, 4 de abril de 1947), es un compositor italiano de música clásica contemporánea. El Teatro Real acoge por primera vez su ya larga obra eligiendo Vanitas, subtitulada 'naturaleza muerta para voz, piano y violonchelo', en una destacada puesta en escena de Rita Cosentino. Una música de sonoridades aisladas y silencios 'pesantes' que parece rememorar retazos de una bella partitura desperdigada por el inexorable e inaprensible paso del tiempo. Un escenario que colabora al misterio explorando rincones de la memoria. Una propuesta interesante para quienes pugnan por acercarse a la música clásica que se hace hoy, uno de los territorios más difíciles ideados por la creatividad humana.
The Bridge Project presentó ayer la segunda entrega de su vista a Madrid, "La Tempestad", de William Shakespeare, confirmando su absoluta excelencia. Si hacer una versión como ésta es ya enorme, hacerlo a continuación de As you like it (Como gustéis) en días anteriores, es descomunal. Dos 'shakespeares' seguidos con la misma compañía, los mismos intérpretes y el mismo equipo. Cinco horas largas en dos entregas inauditas.
Vuelve The Bridge Project al Teatro Español, del 29 de abril al 9 de mayo y esta vez Sam Mendes dirige dos obras de Shakespeare: As you like it (Como gustéis) y The Tempest (La Tempestad). La primera está considerada una obra menor, pero nos pareció una descomunal comedieta, simplona de argumento ciertamente, pero repleta de agudezas, que un reparto genial bordó hasta los puños. Si usamos la palabra memorable a ustedes les parecerá una exageración. Pero es que teatro así se ve pocas veces, y menos en nuestros lares.
Ayer el tenor peruano Juan Diego Flórez se enfrentó en igualado combate con 'I puritani', la excelsa ópera de Vincenzo Belini, en una versión de concierto para el Teatro Real. Fue un espectáculo emocionante presenciar el esfuerzo de este magnífico cantante lítico-ligero de hermosa voz y elegancia extrema, en el reto que para su voz suponía el papel de Lord Arturo Talbo, el heroico puritano que por salvar a su reina pierde a su amada. Diego Flórez tuvo no pocas dificultades, momentos brillantes y pasajes de pánico. Aún sufrió muchas más penalidades la soprano cubana Église Gutiérrez en el papel de Elvira, la desgraciada protagonista. Secundados por brillantes presencias en los papeles secundarios tan poco secundarios de esta ópera, protagonizaron una jornada a pesar de todo inolvidable, conducida desde el foso por Miquel Ortega de forma desigual, al principio con desesperante lentitud y al final acelerada.
Isidro Blasco es un escultor de tenues soportes de madera sobre los que monta imágenes 'cubistas' de calles y habitaciones previamente troceadas y reconstruidas con una leve/profunda intervención que produce arte, visión personal, mensaje y gozo estético. Ha conseguido un punto original y propio. Quizás quiere decirnos que lo cotidiano que nos rodea y despreciamos puede y debe contemplarse con algo más de cariño, esa fuerza poderosa capaz de recrear la fragmentación en serenidad, aún ciertamente frágil y huidiza.
El teatro rupturista de hace medio siglo supuso una provocación que hoy ha perdido todo sentido. Es mucho más absurdo un telediario cualquiera. Tiene valores permanentes pero necesita más cuidado que los clásicos para no pasar de teatro del absurdo al absurdo del teatro. Con 'Fin de partida' de Samuel Beckett, el Teatro de la Abadía se entrega a una puesta en escena de Krystian Lupa que insistiendo en lo escatológico y tremebundo colapsa la comunicación. El absurdo se hace monótono y tedioso y tras dos horas aburridas el público aplaude un tanto extenuado el final de esta partida.
El teatro lírico español es un enorme patrimonio cultural olímpicamente ignorado por esta sociedad tan lista y tan creativa en que vivimos. Resulta interesante que sea en Cataluña donde más interés despierta últimamente, una tendencia de la que tuvimos constancia la temporada pasada con la versión de Xavier Albertí y Lluisa Cunillé de "La corte del faraón", y de la que ahora nos llega otro ejemplo de la mano del fundador del Teatro Lliure, que ha fabricado un bonito espectáculo musical fundiendo dos piezas décimonónicas del género chico. ¿Neozarzuela a la catalana? Sería un grato invento.
Buscando un argumento escandaloso, Oscar Wilde llegó a la Salomé bíblica que tanto juego había dado a artistas de todos los tiempos para pintar semidesnudos femeninos camuflados de historias piadosas. Rizando el rizo, la convirtió en una caprichosa ninfómana empeñada en seducir a un peligroso preso político; despechada por el rechazo de El Bautista, accede a bailar para su depravado padrastro y gobernador una danza erótica y le pide a cambio la cabeza del displicente casto varón servida en bandeja de plata. Con estos mimbres y semejante afán sensacionalista al de Wilde, Richard Strauss concibió esta ópera rupturista de enorme éxito. Y para incluirla en esta temporada, el Teatro Real la presenta encerrada en la cámara acorazada de un supuesto casino donde en vez de insinuarse la pecadora bajo siete velos en su famosa danza, se bajan los calzoncillos siete señores bien entrados en años mostrando sus partes pudendas al respetable público sin el menor recato.
'El avaro', como muchas piezas del teatro clásico que han llegado hasta nosotros por su conseguida penetración intemporal en la naturaleza humana, puede ser una comedieta facilona o una acerba crítica social. Esta producción de marcados objetivos comerciales, se acerca más a lo primero, aunque guarda las formas y aporta una excelente factura. Todo es bonito, agradable y accesible bajo la dirección del experimentado Jorge Lavelli y el gancho popular del protagonista, Juan Luis Galiardo. La propuesta tiene calidad y excelencia formal, aunque se quede en la cáscara de lo que resultaría más actual: el culto al dinero de la burguesía incipiente del siglo XVII ha pasado a ser una obsesión de las masas consumistas en el siglo XXI. Todos somos el avaro, pero es más rentable disimularlo.
'Les 7 doigts de la main' ('Los siete dedos de la mano') hacen circo posmoderno, que es como decir que partiendo del malabarismo, el trapecio, las contorsiones y las piruetas se han elevado en ocho años de trabajo creativo hasta presentar esta alegoría sobre el creciente malestar mental del humano contemporáneo. Su última obra -'PSY'- indaga en los casos más frecuentes de trastorno mental -esquizofrenia, insomnio, depresión, agorafobia, personalidad múltiple, hipocondría, adición, amnesia, T.O.C. y paranoia-, cada uno representado por un personaje que usando números cirquenses habituales, como mástil chino, rueda alemana, cuerda aérea, báscula y otros, realiza un acercamiento extraordinariamente lúcido a cada patología, con mucho conocimiento de la calle y sobre todo mucho humor compasivo.
La sala pequeña del Teatro Español recibió el otrora denominado jueves santo con 'En el Monte del Olvido', un supuesto diálogo entre los dos ladrones ejecutados junto a Jesús de Nazaret en la cruz. Ya crucificados, esperan la llegada del cortejo que trae a Cristo a ocupar su puesto en medio de ambos, y durante una hora mantienen las más absurdas peroratas, ora representando a los personajes reales, ora figurando estar en un ensayo teatral, todo ello allí subidos y atados sin poderse mover, quizás el único atractivo de la obra.
El Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía presenta 'Martín Ramírez. Marcos de reclusión', la primera exposición que se celebra en un museo europeo de la compleja, atractiva y desconocida obra del artista mexicano Martín Ramírez (1895-1963). Comisariada por Brooke Davis Anderson, directora de “The Contemporary Center” del American Folk Art Museum, la muestra incluye 62 obras en papel, algunas de las cuales nunca se han exhibido públicamente, y será una oportunidad única para que el visitante se adentre en el universo personal de este artista que pasó la mitad de su vida en dos hospitales psiquiátricos en Estados Unidos.
"Me he acercado a Bergman sin ninguna clase de filtro, sin una previa adoración por sus películas y sin ideas preconcebidas, guiada tan sólo por el impacto que me causó la lectura de estas dos obras. Lo he tratado como un autor teatral y mi fuente de inspiración ha sido el texto", dice la directora, Marta Angelat, como declaración de intenciones. Pero muchos sí que partimos de ideas preconcebidas basadas en el impacto que nos produjeron las versiones cinematográficas de ambos textos, las dos películas filmadas con treinta años de diferencia (1974 y 2003, respectivamente), protagonizadas de forma memorable y excepcional por Liv Ullman y Erland Josephsson. Excepcional por lo bueno y por lo inédito de la experiencia, los mismos actores y el mismo director treinta años después. Así que el listón estaba muy alto.
El Museo del Prado ha presentado hoy las nuevas salas dedicadas a la pintura española medieval y renacentista, completando la reordenación en curso de la planta baja del edificio Villanueva. Las siete salas se distribuyen en torno a la Rotonda baja de Goya, donde se mantiene una importante representación de la colección de escultura clásica del Museo. Se trata de una parte bastante desconocida de la colección, una especie de 'relleno' que colgaba aquí y allá entre las grandes atracciones del Museo, pero que ahora adquiere su verdadera dimensión a través de esta representación de 120 obras a lo largo de medio milenio de la historia de España. Un conjunto donde predomina la pintura religiosa, como correspondía a un tiempo en el que la Iglesia llegó a tener más poder que los monarcas.
El nuevo director artístico del Teatro Real presentó la temporada 2010-2011, con la que inicia un proyecto de cinco años con el que quiere colocar al coso madrileño en la vanguardia de la ópera internacional. Acaban de reducirle el presupuesto en un tercio, pero Monsieur Gérard reinvindica que en tiempos de crisis la cultura es aún más importante porque proporciona energía. Durante su extenso parlamento se esforzó en aparecer humilde y simpático, y en deshacerse en elogios hacia Madrid y España, hacia el teatro Real y nuestra aportación cultural ayer y hoy al mundo. Para defenderse de la acusación generalizada que hace de los directores artísticos los nuevos dictadores de la ópera, se definió como un catalizador al servicio de los creadores. Esta figura polémica podría aportar ideas frescas y gusto por la innovación al panorama de nuestro país. Sea bienvenido.
Hace cuatro siglos la religión era como el fútbol y asegurarse un sitio en el cielo, más importante que la vida incluso. La iglesia católica tenía el monopolio de la noosfera ideológica y usaba la producción cultural para difundir su propaganda. 'El condenado por desconfiado' de Tirso de Molina procede de ese contexto. Pero habiendo cambiado tanto las cosas desde entonces, su milagrosa presencia hoy en la cartelera teatral tiene sentido. Se rescata un texto espléndido y se plantea un problema eterno. ¿Importa cómo nos comportemos en esta vida? ¿Tiene sentido ser bueno?.
El circo ya no es lo que era, y bajo esta etiqueta suelen agruparse espectáculos eclécticos, de gran calidad, de mucha innovación y enorme mérito. Todo ello y mucho más ha sido el espectáculo ofrecido durante la mayor parte del mes de marzo por el Nuevo Circo de Vietnam, que ha vuelto a Madrid tras el impacto que produjo en el pasado Festival de Otoño. Su Lang Toi, 'Mi pueblo' en vietnamita, es un fresco poético conmovedor, un espectáculo que no desmerece de una buen ópera o de un gran concierto, que está a la altura del mejor teatro y la danza de calidad. Es una idealizada visión de un Vietnam que quizás nunca existió, de una jornada idílica en una aldea soñada, de las faenas de sus habitantes, de la vida grupal, del trabajo en los arrozales, de sus misteriosa selvas, todo ello bajo la invocación del bambú, esa planta a la que el continente asiático debe tanto como Europa al roble.
El Teatro Real estrena L’arbore di Diana, de Vicente Martín y Soler, la tercera ópera de este compositor valenciano del siglo XVIII que programa desde 2007, después de Il tutore burlato e Il burbero di buon cuore, en una loable inciativa de recuperación de quien fuera gran rival de Mozart en los favores del público operístico europeo. Es una coproducción con el Liceo de Barcelona, donde se estrenó en octubre pasado, que tiene como director de escena al ¿español? Francisco Negrín, y en la dirección musical al milanés Ottavio Dantone, ambos debutantes en el Real (donde Dantone sólo había dirigido un par de conciertos anteriormente), pero ambos bien conjuntados y conocedores del terreno que van a pisar en Madrid, porque ya habían dirigido recientemente otra obra de Soler en el Palau de les Arts de Valencia. La ortodoxia musical de Dantone, un especialista en barroco que dirige desde 1996 la Accademia Bizantina, contrasta con una atrevidísima escenificación de Negrín inspirada en el comic japonés. El resultado de la combinación no beneficia la conexión del público actual con esta ópera entretenida, que se va a apagando un tanto a medida que trascurre su segundo acto, pero que merece sin duda salir del injusto olvido en que ha estado sumida dos siglos.
La ' obra invitada' esta temporada por el Museo del Prado será hasta el 30 de mayo, 'Las hijas de Edward Darley Boit', fechada en1882, la obra maestra del pintor americano John Singer Sargent, y una de las pinturas más sobresalientes con que cuenta el Museum of Fine Arts de Boston (MFA). Y la huésped será recibida con todos los honores ni más ni menos que por 'Las Meninas' de Diego Velázquez, fuente directa de inspiración del artista norteamericano.
El escritor francés Albert Camus (1913 —1960) sufre este año unos fastos excesivos a propósito de cumplirse medio siglo de su temprana muerte. Ya en 1957, a la edad de 44 años, se le concedió el Premio Nobel de Literatura por «el conjunto de una obra que pone de relieve los problemas que se plantean en la conciencia de los hombres de hoy». Pero las cosas que se están diciendo estos días a propósito del francés y sus valores exceden todo tino. En tal contexto, se repone su obra teatral Calígula, precedida así mismo de grandes ditirambos. Pero ni autor ni obra satisfacen las expectativas a pesar de los muchos esfuerzos desplegados.
En octubre pasado ya vimos 'La casa de Bernarda Alba' en una versión importante, la de Lluís Pasqual con Nuria Espert y Rosa María Sardá. Razón de más para apreciar las muchas virtudes de esta excepcional y original versión que ha llegado de Sevilla con la fuerza de lo auténtico. Ocho gitanas chabolistas suben al escenario por vez primera en su vida, y como un coro de tragedia griega representan la obra con sabio distanciamiento, con austeridad deslumbrante, con absoluta carencia de folclorismo, con una veracidad que conmueve.
'El arte del poder. La Real Armería y el retrato de corte' es la exposición con la que el Museo del Prado se une al semestre de presidencia española de la UE, con el objetivo de ofrecer a nuestros más ilustres visitantes una visión contundente del poderío imperial español de hace quinientos años, y compensar así las debilidades actuales tan en evidencia dentro y fuera del país por estas fechas. La primera vez que se podrán contemplar juntas las armaduras que guarda Patrimonio Nacional y los retratos que atesora el Prado de aquellos emperadores en cuyos dominios no se ponía el sol. Un proyecto expositivo inédito en el que se establece una comparación directa entre los retratos de corte pintados por los grandes maestros, como Tiziano y Rubens, y las piezas de armadura que vestían los monarcas para simbolizar su imagen de poder en el momento de máximo esplendor de la Corona española. Se trataba de mostrar la fortuna de la dinastía y su poder dominante en Europa. Posar con aquellas armaduras era emitir un mensaje nada cifrado de poder, era propaganda pura.
Albert Boadella goza de nuestra simpatía por lo que significa su figura en la España de hoy, por su valentía en la denuncia de la injusticia en que se basa el régimen vigente en la comunidad autónoma catalana, y por su prolongada presencia en el teatro aunque debamos reconocer que desconocemos la mayor parte de su obra. Le recibimos con optimismo cuando se hizo cargo de los Teatros del Canal. Le defenderemos siempre frente a la caterva de descerebrados inquisidores que quieren cerrarle la boca. Pero '2036 Omena-G', autodenominado 'el primero de los actos del cincuentenario de Joglars, la compañía privada más longeva de Europa', no nos gustó nada. Nos pareció vulgar, improvisado, carente de toda virtud literaria y teatral, y un tanto tramposo. Ni nos hizo reir ni nos hizo pensar. Es un auténtico borrón en la historia de esta compañía que hace buenísima a 'La Cena', su bastante regular obra anterior con la que inauguraron los teatros que Boadella gestiona y en los que estos días su compañía repite.
Esta extraordinaria mujer (Vélez-Málaga, 1904-Madrid, 1991) es máxima representante de una escuela casi unipersonal consistente en poetizar la filosofía o filosofar poéticamente. Exiliada ilustre dentro de la numerosa intelectualidad republicana que se consideró derrotada en la guerra civil, su retorno en 1984 supuso un tardío pero entusiasta reconocimiento. Luego las cosas posaron otro par de décadas y ahora vivimos una segunda consagración del personaje y su obra, habiendo aparecido hasta cuatro importantes volúmenes en los últimos meses dedicados a su persona y a su obra, entrelazados más de lo habitual en su caso concreto.

Intenten por todos los medios asistir, compañeros y camaradas de la generación de los Sesenta, gentes que creyeron de verdad en una u otra, y sobre todo si participaron en las dos repartiendo sus ansias y errores juveniles entre ambas. No muchas veces el teatro se acerca con rigor y sinceridad al 'zeitgeist', al espíritu de la época que hemos vivido a golpes, como decía el poeta, a saltos, a sustos, a contradicciones. Y si no fueron ni comunistas ni rockeros, ni maoístas ni hippies, vayan de todas formas, algo del ímpetu y la ilusión de todo ello subsiste aquí, algo de su magnificiencia aparente y su ridiculez intrínseca late en los parrafones de Max y de Jam, en esas discusiones interminables que antes se practicaban y hoy ya no, en esta obra un poco larga pero muy, muy seria, importante, de las que no se ven todas las temporadas.

Perseverando en la vía temática y removiendo los fabulosos fondos de su colección permanente, el Thyssen nos propone una mirada original al archiconocido y adorado Claude Monet para conocer la manera en que evolucionó en los últimos años de su vida hacia lo que sería mucho después conocido como arte abstracto. Recluido lejos del mundanal ruido, investigando hasta su último aliento, la obsesión por plasmar el instante preciso, único le condujo más allá de la realidad, a hurgar en el alma no figurativa de las cosas. Desde hoy la exposición 'Monet y la abstracción' será una aportación notable a la vida cultural del presente curso.
Efectivamente, grandes nombres como Jackson Pollock, Mark Rothko, Willem de Kooning, Sam Francis, Joan Mitchell, Adolph Gottlieb, André Masson, Philip Guston o Gerhard Richter, establecen a lo largo del recorrido de la exposición un sugerente diálogo con el maestro impresionista, poniendo de manifiesto sus múltiples conexiones. Mostrado así, el trabajo de Claude Monet se realza, uniendo a los méritos conocidos su papel de puente entre lo figurativo y lo no figurativo. Algunas de las asociaciones son fulgurantes y otras dudosas, pero el conjunto es un extraordinario estímulo para el visitante, que no viene ya a mirar únicamente, espectador pasivo de propuestas fijadas de antemano, sino a reflexionar por cuenta propia y a establecer en definitiva sus propias conclusiones. Todo ello ayuda a sacar el arte contemporáneo de su torre de marfil, a potenciar la toma del poder en ámbito tan elitista por las clases medias ilustradas que ya jamás volverán a ser pasivas.
'Poeta en Nueva York' es un espectáculo coreografiado y dirigido por Blanca Li, con música de Tao Gutierrez. El apoyo del gobierno autonómico andaluz -con el vicepresidente Chaves presente el día del estreno- y un premio Max, lo habían rodeado de cierta expectación. Pero nos pareció que pesaron más sus limitaciones que sus méritos. Un intento bienintencionado de hacer dialogar al flamenco con el jazz que se queda en mediana expresión de ambas cosas. Una visión plana de un libro complejo.
Propios y extraños esperaban como agua de febrero esta ópera en el Real, tras las polémicas 'Lulu' y 'El holandés errante'. Íbamos por fin a presenciar un montaje 'comme il faut' y una ópera de las que encandilan. 'Andrea Chénier' tiene en su concepción y tuvo en su ejecución grandes aciertos y cosas peores. Es un gran espectáculo con un mal final, una música bonita y basta, un libreto excelente en su aspecto histórico y banal en la trama amorosa, todo ello enmarcado en un montaje realista y descomunal que no gustó en París pero gusta mucho aquí.
La sola mención de Madre Coraje despierta ecos de rebeldía e idealismo en cualquiera que haya sido un joven inquieto en aquella década de los sesenta. Fue la 'pieza protesta' por antonomasia de los que tuvimos el preciado carnet de abono a los teatros nacionales, de los que tantos ánimos nos insuflábamos en las sesiones del desaparecido Beatriz, de los que pronto ligamos aquella rebelión intelectual con la lucha clandestina, con la actividad subversiva, con la vorágine voluntarista e iluminada de la revolución en los últimos años del franquismo. Medio siglo después resucita la mítica pieza el Centro Dramático Nacional. Aunque la naturaleza humana siga siendo la misma que en 1939, cuando Bertolt Brecht la escribió deprisa y corriendo mientras huía de los nazis y llegaba la terrible segunda guerra mundial, aunque su amarga reflexión siga siendo válida, ha perdido el halo aquel de cuando la vimos entonces. Es un gran montaje que no emociona sino que hace pensar. Al parecer, Gerardo Vera ha intentado sustituir el 'Verfremdungseffekt', el famosos 'efecto de distanciamiento' brechtiano, por connotaciones hacia Bagdad y Gaza. Por fortuna, no lo ha conseguido, y lo que emerge es lo que hubo: una mujer que sobrevive en la hecatombe helando su corazón y afilando las garras. Todos somos una madre coraje capaces de venderlo todo para sobrevivir. Esa es la inmensa vigencia de tan hermosa obra.
El Museo Reina Sofía espera reforzar su creciente popularidad y sus buenas cifras de visitantes con esta exposición dedicada al artista alemán Thomas Schütte, cuya obra de las tres últimas décadas resulta atractiva, impactante y hasta divertida. Un artista accesible y nada circunflejo, cuyas instalaciones, acuarelas y aguafuertes, fotografías, maquetas arquitectónicas y grupos escultóricos son de fácil contemplación para el gran público. Son setenta y cinco obras extendidas por la planta principal del edificio Sabatini que rebosan el ámbito de las salas para llegar hasta el jardín, el claustro, los pasillos y otros espacios no convencionales. Es arte para todos los públicos, que va a gustar mucho a los niños. Maquetas, recortables, muñecos. Bromas con la muerte. Elucubraciones alrededor de una sandía. Cerámicas curiosas. Divagaciones en diversos soportes sobre el mismo tema. ¿Inocente o taimado? ¿Somos estúpidos o lo simulamos? ¿Nos puede la banalidad o simplificamos para sobrevivir el caos circundante?

Aparentemente poca cosa pasa en escena. Una obra costumbrista sobre un mundo provinciano desaparecido. Escenografía y actores, se muestran discretos. El espectador exigente permanece expectante intentando adivinar si será una noche tediosa. Pero pronto aparecen los primeros signos que muestran que esta vez la velada será grata. 'El arte de la comedia' hace honor al título y se va decantando conforma avanza en un gran trabajo en todas las facetas. Di Filippo se mueve en la estela del gran Pirandello que planteaba seis personajes en busca de autor, porque así es si así os parece. Teatro dentro del teatro; actores interpretando personajes que pueden ser actores. Un juego que parecería anticuado pero que meticulosamente desarrollado va atrapando al espectador en su inocente trama hasta convencer de pleno.
Miquel Barceló es posiblemente -al margen de las viejas y consabidas glorias- el nombre más sólido del actual arte español, el más famoso de los pintores vivos, el 'pedro almodóvar' de la movida pictórica española de la etapa posfranquista. Y no se entienda como peyorativo, porque en su caso concreto no tenemos reservas. Siempre nos ha gustado su trabajo, a menudo lo hemos contemplado con admiración, y cuando hemos disentido, no se ha empañado nuestra favorable impresión de conjunto. La muestra 'Miquel Barceló. 1983-2009. La solitude organisative', inaugurada ayer en CaixaForum Madrid, es todo un acontecimiento que recomendamos vivamente a los amantes del arte, los aficionados culturales y las amplias masas diletantes que prefieren entretenerse en un museo en vez de tomar cañas en un horrible bar.
'La charca inútil' es en palabras de su autor, un intento de hacer un teatro inmediato, social, que refleje el aquí y el ahora: lo que está pasando y lo que nos está pasando. Por intentarlo ya tiene nuestro apoyo. Un profesor traumatizado por una agresión, una madre incapaz de superar la muerte de su hijo, un anciano burlón que hace de puente entre ambos. Tres personajes, no en busca de autor, como los de Pirandello, sino en perenne suspensión de su propia existencia. Con referencias a la degeneración escolar, los atentados del 11-M, la dictadura mediática, el consumismo de mascotas y otras prácticas sociales, con un trasfondo de depresiones crónicas, de esquizofrenias sujetas, de trastornos de personalidad ya habituales entre nuestros conciudadanos, la obra intenta un tercer nivel encarando la pregunta de las preguntas, la misma existencia: la futilidad de nuestra existencia para los demás, la inexistencia de los otros. No hay nada ahí afuera; no hay nada tampoco dentro. ¿Existimos? Chi lo sà.
En el mundillo del arte, como en todos los mundillos, existe una descomunal conjura de los necios contra las almas independientes, los lúcidos molestos, los que no guardan la debida compostura. La Fundación Juan March, que tan original es siempre en sus propuestas, se ha empeñado en rescatar a un ilustre desconocido, Wyndham Lewis (Amherst, Nova Scotia, 1882-Londres, 1957), un británico vanguardista, polifacético y genial, pero sin el talento (esa 'furbicia' italiana) necesario para bandearse en la vida social sin pisar callos, diciendo lo correcto y callando frecuentemente. Un ejemplo de hombre renacentista preocupado de hacer y no de parecer, con esa bendita -y maldita- inteligencia rebelde que es el mejor pasaporte para el ostracismo.
Escribir y construir como actividades paralelas; una casi intangible, la otra de tanta tangilibidad como para competir en nuestros tiempos con la misma naturaleza, y hasta para poder predecir un momento no lejano en el que todo el contexto material de la humanidad sea una creación propia, un gigantesco montaje arquitectónico. La necesidad de construir escenarios literarios, de definir y evocar los lugares y espacios que sirven de marco a la ficción literaria (y a la filosofía), ha motivado con frecuencia que estas arquitecturas ficticias, imágenes construidas con palabras, desempeñen un papel tan relevante como el de los mismos personajes humanos. El Círculo de Bellas Artes (CBA) presenta una original, atractiva y sugerente exposición a base de descripciones literarias arquitectónicas de todas las épocas reinterpretadas en maquetas imaginativas y fantasiosas realizadas por futuros arquitectos de instituciones universitarias de Munich y Granada. Una gran idea, bien realizada, y generadora de debate y reflexión, que es lo que debe buscarse cuando se acude a una exposición del género que sea.
Había expectación por ver «Realidad» («The Real Thing») y por ver a su autor, el consagrado 'sir' Tom Stoppard en el vestíbulo del teatro ejerciendo de amable anfitrión y perfecto 'gentleman', tal y como hizo en la sesión del 2 de febrero. Esta producción del Centro Dramático Nacional es buena. La obra es interesante. El resultado conjunto es una buena velada teatral, y la calificación que elegimos es la de notable alto. Eso significa que, por tanto, texto, escenografía e interpretación se prestan a reticencias que iremos desgranando más adelante por si tienen a bien examinarlas.
'Me huele a cuerno quemado'. Con título tan chusco y promesa de muchas risas, este 'divertimento molieresco en dos tiempos y un intermezzo lunático' ha estado diez días de visita en el Teatro Español con poco éxito de crítica y público. Se trata de un ingenioso compendio del teatro de Moliére a través de una recreación con situaciones célebres y personajes famosos de sus obras. ¿Merecía la pena mezclar en un mismo escenario al Avaro, al Enfermo Imaginario, al Burgués Gentilhombre, a la sabionda Filaminta y a la espabilada Dorina? El autor, Juan Antonio Castro, dedicó no poco ingenio a la tarea, y el productor y director, Esteve Polls, no ha hecho mal trabajo. Buenos son los actores y estimable la puesta en escena. Pero el entretenimiento es más que ligero, pueril, y más que divertido, tontuelo para los tiempos que corren.
Otra pieza 'clásica' del pasado siglo que se ha quedado en tedio. Otro escándalo rupturista de hace cincuenta años que hoy sólo puede interesar a los arqueólogos o los pasotas. La temporada teatral 2009-2010 parece un revival de los sesenta. Cuando no es Bertolt Brecht, es Arthur Miller; cuando no es 'Glengarry Glen Ross', le toca a '1984'; vamos de Samuel Beckett a Lorca, y no es que todo ello sea malo en sí, pero el teatro público en Madrid, ya sea estatal, autonómico o municipal, este año huele a rancio más de lo acostumbrado. Y encima La Abadía se suma a la tendencia: 'Las criadas' fue escrita en 1947 por el 'maldito' francés Jean Genet, quien pasara la segunda parte de su vida rentabilizando impúdicamente las desdichas de una primera parte en la que fue niño de la inclusa, delincuente juvenil, carne de presidio, prostituto y criminal hasta ser condenado a cadena perpetua y salvado de la misma por intervención directa de un selecto grupo de intelectuales, que en la tarea de deconstruir los valores de la sociedad burguesa, sacaron del abismo a este dinamitero para que ayudara en la tarea.
Va a resultar que el Siglo de Oro español del XVII fue superior al Hollywood Dorado de los años cincuenta del XX en producción de comedias. El empeño de la Compañía Nacional de Teatro Clásico está recuperando título tras título de estupendas piezas de capa y espada, de enredo, de figurón, de ricos y pobres, de noviazgos divertidos y cuernos complicados, de pretendientes ridículos y jovencitas tremendas, de amores secretos y alcobas perversas, líos amorosos que parecen escritos para Cary Grant o Gary Cooper con corbata en vez de gola, textos y tramas vivitos y repletos de encanto, atractivo e ingenio cuatro siglos después.
'El baile' es una buena producción de una obra sin el menor interés. Apena tanto esfuerzo de tan buenos profesionales para llevar a la escena una historia tan trivial y superficial. O la novelita original ha sido horriblemente traducida, o la adaptación teatral la ha desfigurado, o sencillamente no merecía la pena. La pobre autora, Irène Némirovsky, murió en el campo de concentración de Auschwitz en 1942, sin cumplir los 40 años de edad, después de haber conocido de adolescente la huída de la revolución soviética junto a su familia, la de un banquero ucraniano. Una biografía corta y tremenda que no la impidió escribir varias novelas, casi todas publicadas póstumamente, entre ellas en 1930 la que nos ocupa -El baile-, ya adaptada en su época al teatro, que narra las difíciles relaciones de una mujer madura con su hija adolescente, a la que no quiere, y la venganza de ésta a sus continuas humillaciones y desamores.
Una obra menor? ¿Esta maravilla creada en la primera mitad del siglo XIX, veinte años antes que la primera sinfonía de Bramhs, por un Richard Wagner de 26 años de edad, prófugo y superviviente entre penalidades? Duda de esta opinión dominante el maestro López Cobos, y también disentimos vehementemente nosotros. El equilibrio absoluto de 'El holandés errante' marcaría para nuestro gusto una cima en Wagner frente a los excesos posteriores de la tetralogía, en fondo y forma, en música e ideología, que recogen entre los melómanos tantas adhesiones inquebrantables como resistencias insalvables, que combinan los momentos más excelsos con períodos tediosos, que necesitan de sumisión y sufrimiento para ser asimilados.
Sigue gozando en nuestros días el Impresionismo del máximo favor de todos los públicos a la hora de decantarse por una época o tendencia concreta en toda la historia de la pintura. Parecería que 'a grosso modo' ya lo sabemos todo de esos pintores tan populares, y de su vida y obra. Pero el París de finales del siglo XIX sigue siendo un yacimiento inagotable a poco que se remuevan los convencionalismos. Esta vez se trata de reivindicar a aquellos otros artistas contemporáneos que no abrazaron completamente la tendencia e intentaron avanzar por parámetros más académicos y realistas, lo que les ha costado un ostracismo de un siglo. En todo el mundo vuelve a valorarse aquel modernismo contenido, la pintura histórica, las escenas hogareñas y laborales, los bodegones y los retratos de aquel fin de siglo décimonónico. Véase como ejemplo cercano el éxito de la antológica reciente de Sorolla y la recuperación de la pintura del siglo XIX española en del Prado.
'En la Roca' es una pieza de teatro de bolsillo mucho más interesante de lo que pueda parecer a simple vista. Se ha presentado, erróneamente en mi opinión, como el encuentro de dos espías soviéticos de nacionalidad británica en Gibraltar para preparar un atentado con contra Franco en el verano de 1937, poco después del bombardeo de Gernika, mientras los nacionalistas catalanes y los comunistas desatan una alevosa matanza contra miles de anarquistas y troskistas en Barcelona, cuando ya está más que claro que la República está minada y no puede aplastar el llamado alzamiento nacional.
Enrique Jardiel Poncela es nuestro Oscar Wilde, un señor inteligente e irónico, que canalizó en el humor su desajuste, que murió prematuramente porque no podía aguantar este jodido mundo, y que ha sido en las últimas décadas injustamente marginado por esa conspiración de los necios que rige todos sus estamentos y especialmente el creativo. Juan Carlos Pérez de la Fuente se atreve a rescatarlo y con ello se adentra en una ruta -la del teatro español contemporáneo sin prejuicios politiqueros- que está esperando adaptaciones competentes, y que puede darle muchos y merecidos éxitos. Parece vacunado contra la pandemia de lo políticamente correcto y eso hoy es una excepción que agradecemos.
Lunes, 13 de febrero
José Lozano Galera
Chris Gonzalez -Mora
Padre Fortea
Mª Rosario Aldaz Donamaría
Juan Luis Recio
Juan Carrasco de las Heras
Ángel Sáez García
Paulino Toribio
Julián Moreno Mestre
Antonio García Fuentes
Juan Fernandez Krohn
Atticus-444