'El caso Makropulos' de Leoš Janácek llegaba al Teatro Real de Madrid en una producción de la Ópera de París con un elenco especializado en la música de este compositor: el director de escena Krysztof Warlikowski –considerado como uno de los más innovadores del teatro actual– y el director musical Paul Daniel –un especialista en el siglo XX–. Para un aficionado corriente que se enfrenta a esta ópera -e incluso a las obras de Janácek por vez primera-, el balance es complicado: buena música, complicada historia y demencial puesta en escena.
A las dificultades inherentes a una ópera escrita en el siglo XX, se une un libreto ininteligible hasta el tercer acto. En estas circunstancias, un director teatral está más obligado que nunca a facilitar la comprensión del espectador, a potenciar su interés, a mantener su emoción. Máxime cuando la obra tiene un formato muy accesible de tres actos en una hora y cuarenta minutos que por fin el Teatro Real se atrevía a ofrecer sin interrupciones (y sin que consideremos que nuestras continuas críticas a los intermedios excesivos durante esta temporada hayan contribuido en absoluto a tan acertada decisión). Pero no; lo que hace Krzysztof Warlikowski es complicar aún más las cosas con una puesta en escena muy cinematográfica, recurriendo a Willy Wilder, a Marilyn Monroe, a King Kong, introduciendo urinarios desplazables, exigiendo a la protagonista desvestirse no pocas veces en escena, recurriendo a todo tipo de efectos para despistar aún más al pobre espectador, que se esfuerza en comprender qué está pasando a través de una incomprensible traducción simultánea de lo que los cantantes inrterpretan en checo. Así que sólo queda la música; así que emerge enorme una música cautivante y subyugante desde los primeros compases, una música más grande que todo lo demás, una música que se mantiene subyugante sin decaer jamás, a pesar de su trivialización como si de banda sonora cinematográfica se tratara.
Dígame usted que opinaría si como Janácek se levantara de la tumba y saliera en la estación de metro de Ópera a ver qué opinan los madrileños de un trabajo suyo convertido en ilustración de un caos de escenas de películas y documentales, escenarios que ora son un patio de butacas, ora una casa con piscina, ora una sucesión de interiores donde no falta un inodoro y sólo resta un bidet, y donde extraños personajes que no aciertas a situar comen palomitas, fuman puros, se colocan ante micrófonos y hacen en fin toda clase de cosas inconexas. El polaco Krzysztof Warlikowski, nacido en 1962, firmó sus primeros espectáculos en 1992 y enseguida empezó a trabajar con prestigiosos nombres de la escena europea. Fue asistente de Krystian Lupa, de Peter Brook (Impressions de Pelléas) y de Giorgio Strehler, quien le invitó a dirigir, en el Piccolo Teatro de Milán, la obra Pericles de Shakespeare en 1994. Desde su debut profesional ha trabajado muy estrechamente con Malgorzata Szczesniak, con quien realizó numerosos espectáculos escénicos en el Teatro Rozmaitosci de Varsovia (Las Bacantes de Eurípides, Hamlet y La tempestad de Shakespeare, Angels in America de Kusher, Purificados de Kane…), espectáculos que causaron vivas reacciones en la crítica y público de Polonia y fueron invitados a importantes festivales extranjeros, como el Festival de Avignon y las Wiener Festwochen, y teatros de Berlín, Lieja, París, Amsterdam, Tel Aviv, Nueva York, San Petersburgo y Stuttgart. Como director de escena ha realizado anteriormente para la Ópera Nacional de Varsovia, Don Carlos, Ubu Rex de Penderecki, El ignorante y el loco de Pawel Mytien y Wozzeck de Berg; para la Ópera de París Iphigénie en Tauride y Parsifal, y para la Ópera Estatal de Baviera Eugenio Oneguin. Su último montaje de una obra lírica ha sido Médée de Cherubini en el Teatro de la Moneda de Bruselas. Creemos que estga vez al menos, no ha acertado.
Janácek como tantas veces en la historia de la ópera puso maravillosa música a una anécdota. Prescindió de un buen guión y creyó que con sus partituras bastaba. Pero su crónica de un pleito sucesorio que descubre a una diva poseedora del elixir de la eternidad que le ha permitido vivir más de tres siglos encarnando incontables personajes, se queda en telenovela: apenas una reflexiones futiles sobre la condena que supondría vivir tanto, una condena mayor que la de morirnos siempre antes de tiempo. Una vez más, la obra total se resiste, la ópera se cuartea, y la imperfección se enseñorea del escenario ayudada por intentos de enmendar la plana al autor, en vez de averiguar qué quería decir, y entonces decirlo de la mejor manera posible.
Leoš Janáček escribió: 'Los estudios que he realizado acerca de la estructura musical del lenguaje hablado me han llevado a la convicción de que todos los misterios melódicos y rítmicos de la música pueden explicarse por la melodía y el ritmo de los motivos musicales del habla: en mi opinión, no se puede llegar a ser un compositor de música dramática sin haber efectuado esos estudios sobre el lenguaje'. Se puede decir que esta ópera es un intento -acertado según la opinión general- de plasmar la melodía de las palabras, la música del habla.
El escritor Milan Kundera, que como compatriota está más capacitado que nosotros para entender a Janácek, dice: “Al examinar la relación entre una entonación y una emoción, Janácek consigue como músico una lucidez psicológica absolutamente única; por este motivo se ha dedicado especialmente a la ópera, pues aquí la capacidad de “definir musicalmente emociones” ha podido realizarse y confirmarse mejor que en otros campos. Imagen célebre: un hombrecillo con bigote, de espesa cabellera blanca, se pasea, con una libreta abierta en la mano, y escribe con notas musicales las palabras que oye en la calle. Era su pasión: poner la palabra viva en notación musical; ha dejado un centenar de estas “entonaciones del lenguaje hablado”. Esta actividad curiosa lo ha clasificado a los ojos de sus contemporáneos, en el mejor de los casos entre los originales, en el peor, entre los ingenuos que no han entendido que la música es creación y no imitación naturalista de la vida.”
El director musical Paul Daniel, recuerda que el autor de las también célebres Desde la casa de los muertos y Katia Kabanova, durante los minutos previos al estreno, todavía luchaba con ella modificando esta o aquella partitura concreta mientras los músicos de la orquesta tomaban asiento minutos antes de que se alzara el telón. 'Aunque evidentemente hoy en día dispongamos de una edición completa y acabada de la partitura, que por cierto es de una exigencia interpretativa tremenda, siempre he pensado que Janácek habría seguido añadiendo detalles e incorporando cosas nuevas si hubiera podido', dice Daniel, cuyo trabajo fue impecable la tarde que asistimos al estreno del Real: ha recibido el Premio Olivier en 1998 por su destacada labor en el campo de la ópera y en 1999 el Premio Gramophone por la serie de grabaciones de compositores ingleses. Sus compromisos más recientes en el campo operístico han sido Lucia di Lammermoor en Londres (English National Opera), Billy Budd en la Ópera de Fráncfort y Death in Venice en el Festival de Bregenz. En el Teatro Real ha dirigido anteriormente L’Upupa oder der Triumph der Sohnesliebe, de Henze.
La protagonista, Emilia Marty, está llena de matices, algo lógico habida cuenta de que posee una personalidad compleja, poliédrica; indomable, impaciente, seductora, pero amargada en su interior, nerviosa y extremadamente vulnerable. Todas las sopranos que la han encarnado han partido de estos rasgos esenciales para componer el resto del personaje. En lo vocal, Emilia precisa de una cantante que pueda galvanizar el escenario con el solo poderío del texto, pero también que sepa crecer vocalmente en las ondulosas frases del último acto. 'Muy pocas cantantes han estado a la altura de estas exigencias', dice E. Mahoudeau, de la Opéra de Paris. En el papel de esta imposible Emilia, Anna-Katharina Behnke estuvo realmente magnífica, aunque ni ella ni el resto del reparto acertaran con la interpretación teatral de los personajes, histriónicos a menudo, artificiales siempre. Esta soprano austriaca, hija de cantante, recientemente ha interpretado los papeles de Marta (Tiefland) en Viena y en la Ópera Alemana de Berlín, Isolde (Tristan und Isolde) en la Ópera de Bremen y Sieglinde (Die Walküre) en el Teatro São Carlos de Lisboa. En el Teatro Real participó en Wozzeck de Manfred Gurlitt.
En fin, un positivo contacto con la ópera del siglo XX, menoscabado por dificultades de aproximación fácilmente corregibles. Una historia que puede elevarse hasta la clasicidad y una música en la que profundizar sin duda alguna. Y otra vez el ridículo capricho de un escenógrafo buscando inmerecido protagonismo.
RESUMEN
El Doctor Kolenatý, abogado en el caso de Gregor versus Prus, resume a la cantante Emilia Marty las curiosas circunstancias del pleito: hace casi un siglo, el barón Prus falleció sin hacer testamento y, desde entonces, sus familiares directos y los Gregor –aferrados al rumor de que el noble cedió sus bienes en su lecho de muerte a alguien llamado “Mach Gregor”– pugnan por apoderarse de la herencia. Sabedora de algunos detalles del suceso, Emilia descubre al abogado la existencia de un testamento y un sobre sellado ocultos en casa de Prus. Este último documento despierta un interés obsesivo en la artista. El testamento existe, en efecto, y declara beneficiario de la herencia a alguien llamado “Ferdinand”. Aunque Emilia asegura que éste era el nombre del hijo de la también cantante Ellian MacGregor, Prus averigua que en los archivos de la ciudad figura otro Ferdinand, cuya madre era una mujer griega llamada Elina Makropulos. Aportando un documento falso, Emilia intenta apropiarse del misterioso sobre aparecido en casa del barón y lo consigue, al fin, seduciendo a Prus. Al descubrir la falsedad de su escrito, Kolenat´y la amenaza con denunciarla a la policía. Por fin, la dama confiesa que, gracias al efecto de un elixir de la vida eterna ha vivido 337 años. Emilia Marty, Ellian MacGregor y Elina Makropulos son, al fin y al cabo, una misma mujer: la amante de Prus, la madre de Ferdinand y la tatarabuela de Gregor. El sobre sellado contiene la fórmula del elixir. Pero una vez que este secreto vuelve a estar en su poder, devorada por el hastío y la soledad, muere.
ARGUMENTO
Acto I
La obertura se abre con poderosos acordes de metal y preguntas y respuestas de los timbales y la cuerda, luego modificadas y trasladadas a otras familias de la orquesta. En las oficinas del abogado Dr. Kolenatý. Llega Albert Gregor y solicita a Vítek, un empleado del bufete, las últimas novedades sobre el caso de Gregor contra Prus, abierto casi un siglo atrás. Aparece Krista y manifiesta a Gregor, su padre, una gran admiración por la cantante Emilia Marty. Para sorpresa de la joven, Kolenatý entra acompañado de la diva, que se interesa por el famoso pleito. El abogado describe a la artista cómo el barón Josef Ferdinand Prus murió sin dictar testamento y sus bienes pasaron a manos de su primo. Poco después, Ferdinand Gregor los reclamó para sí basándose en un extendido rumor que decía que Prus legó su fortuna a “Mach Gregor” en su lecho de muerte. Emilia asegura a Kolenatý y que “MacGregor” era, en efecto, Ferdinand, hijo de la cantante escocesa Ellian MacGregor, y añade que existe un escrito en la casa del barón que prueba tal teoría. Kolenatý corre en busca del supuesto testamento. Ahora es Gregor quien se aproxima a Emilia. La artista promete ayudarle en su empresa si él le entrega, a cambio, un sobre sellado que hallará junto a los mencionados documentos. Entra Kolenatý, acompañado por Prus, con una valija que contiene el misterioso sobre y el texto en el que el barón cede sus bienes a “Ferdinand hijo”. Prus exige pruebas de que el susodicho Ferdinand es en realidad antepasado de los Gregor. Emilia promete facilitarlas. El acto concluye con un breve y agitado pasaje orquestal, construido a partir de un motivo simétrico de cinco notas.
Acto II
A la mañana siguiente, en el teatro. Prus espera a la diva. También se hallan presentes Krista y su novio Janek, el hijo de Prus. Llega por fin Emilia y, tras ella, Gregor y Vítek. El primero de ambos agasaja a la artista con joyas y flores, que ella desprecia con desdén. Después aparece Hauk- Sendorf. El anciano conde se arrodilla ante Emilia y destaca su extraordinario parecido con Eugenia Montez, una bella gitana española con quien tuvo un romance hace cinco décadas. Toda sombra de ira desaparece del semblante de la artista, que besa tiernamente al viejo caballero. Cuando Hauk abandona la escena, Prus comunica a Emilia que han aparecido unas encendidas cartas amorosas firmadas con las iniciales E.M. Aunque ella insiste en que las misivas fueron escritas por Ellian MacGregor, él lo duda. Prus ha podido saber que en el registro parroquial consta el nacimiento de un niño llamado Ferdinand, hijo de padre desconocido y de una mujer llamada Elina Makropulos (E.M.). Luego añade que si no aparece ningún descendiente de los Makropulos la herencia y el misterioso sobre sellado permanecerán en su poder para siempre. Emilia conversa ahora con Gregor. Enardecido, confiesa a la cantante su pasión por ella –el compositor rubrica la frase “Já vás miluji” (“Te amo”) con una simbólica melodía de la viola d’amore–. Emilia encomienda a Gregor la misión de recuperar un documento que envió a Kolenatý, firmado por Ellian MacGregor. Luego convence al inocente Janek, que también ha caído en sus cautivadoras redes de seducción, para que sustraiga el sobre a su padre. Prus, que ha presenciado la escena, despide enérgicamente a su hijo y dice a Emilia que él mismo se lo entregará al caer la noche.
Acto III
Amanece. Prus y Emilia han pasado la noche juntos. Ella le pide el sobre una vez más y él, por fin, se lo cede. Una camarera entrega una nota a Prus en la que se le informa del suicidio de su hijo. Emilia permanece insensible a la terrible noticia. Aparecen ahora Gregor, Kolenatý, Vítek y Krista. El abogado desvela que el documento que le envió es falso y la amenaza con llamar a la policía. Ella evita la discusión y se retira. Los visitantes aprovechan para registrar sus pertenencias, hallando numerosos documentos con las iniciales E.M. Suena una fanfarria, sobre el sustento de unos acerados trinos de la cuerda y Emilia regresa. Perceptiblemente ebria, la diva revela definitivamente su secreto. Ella es en realidad Elina Makropulos y cuenta 337 años de edad. Su longevidad se debe al efecto de un elixir de la eterna juventud creado por su padre, médico aficionado a la alquimia. Su fórmula fue custodiada por Josef Prus, con quien engendró a su hijo Ferdinand Makropulos. Emilia desfallece. En el conciso interludio que precede a la despedida de la protagonista, la viola d’amore retoma el motivo antes vinculado a las declaraciones amorosas de Gregor. Un lento ritmo de vals acompaña a Emilia en su estremecedor adiós. Mientras agoniza, la artista confiesa que su vida ha sido triste y solitaria. Luego regala la fórmula del elixir a Krista. La hija de Gregor destruye el mágico obsequio y Emilia expira.
VĔC MAKROPULOS
[EL CASO MAKROPULOS]
Leoš Janáček (1854-1928)
Libreto del compositor
basado en la comedia homónima
de Karel Čapek
EQUIPO ARTÍSTICO
Director musical Paul Daniel
Director de escena Krzysztof Warlikowski*
Escenógrafo y figurinista Malgorzata Szczesniak*
Iluminadora Felice Ross*
Concepción y realización de vídeo Denis Guéguin*
Director del coro Joan Cabero
Asistente del director musical Philippe Bach
REPARTO
Emilia Marty Angela Denoke (16, 18, 21, 23, 25, 28, 30)
Anna-Katharina Behnke (17, 22, 29)
Albert Gregor Charles Workman (16, 18, 21, 23, 25, 28, 30)
Pär Lindskog (17, 22, 29)
Jaroslav Prus Vincent Le Texier* (16, 18, 21, 23, 25, 28, 30)
Gerd Grochowski (17, 22, 29)
Dr. Kolenatý Tomasz Koniecznyº
Vítek David Kuebler
Krista Deanne Meekº
Hauk-Šendorf Ryland Davies*
Janek Aleš Briscein*
CORO Y ORQUESTA TITULAR DEL TEATRO REAL
Coro y Orquesta Sinfónica de Madrid
Nueva producción del Teatro Real
en coproducción con la Ópera National de Paris
Junio: 16, 17, 18, 21, 22, 23, 25, 28, 29, 30
20.00 horas; domingos, 18.00 horas
La función del día 28 será retransmitida en directo
por Radio Clásica de Radio Nacional de España
* Por primera vez en el Teatro Real
º Por primera vez en este papel
Un buen reportaje-noticia dentro de la calidad más bien baja de los contenidos de este periódico digital. Celebro que se hable de Janacek explayado en el estreno de esta ópera la cual no he tenido la fortuna de ver y oir. Solo acerté a enterarme de la noticia en una emisora de televisión y me pareció que debía de ser como mínimo interesante asistir a esta representación. Cierto es que al compás de los tiempos los escenógrafos han asumido el estrellato de la feria de las vanidades musical, como en otro orden lo asumieron ya los directores de orquesta en detrimento de los verdaderos protagonistas del hecho, el autor y el-los intérpretes... pero aún con ese riesgo considero que merece la pena asistir a ella por lo menos, como el periodista escribe, para deleitarse con la música de este maravilloso músico checo
Saludos
MAGNIFICA OPERA, INTERPRETES Y PUESTA EN ESCENA.FUERA LA CASPA DEL T. REAL.
Domingo, 22 de noviembre
Marie-José Martin Delic Karavelic
José Donís Català
Juan Luis Recio
Ángel Sáez García
Julián Moreno Mestre
Siro López
Mª Rosario Aldaz Donamaría
Padre Fortea
Juan Fernandez Krohn
Carlos Juan Gómez Martín