Armonía en la diversidad

Caelibatus delendus est! Hay que abolir el celibato sacerdotal obligatorio

13.09.18 | 17:24. Archivado en Iglesia

En la avalancha de publicaciones que han llovido estos días en la red sobre los abusos eclesiásticos de menores, leí en un artículo de Religión Digital que “la bomba de la pederastia abolirá en breve la ley del celibato sacerdotal”, pues el papa Francisco escribió contra los abusos diciendo que “decir no al abuso, es decir enérgicamente no a cualquier forma de clericalismo”; lo que supondría que “el Pontífice tiene ya la idea de ir eliminando el clericalismo y el celibato que lo alimenta” (Josemari Lorenzo Amelibia, https://www.periodistadigital.com/religion/opinion/2018/08/24/religion-iglesia-opinion-pederastia-bomba-celibato-clerical-obligatorio-abolicion-papa-abusos-sexuales-poder-escandalos.shtml). Más aún, la abolición de la ley del celibato sería “algo próximo”, “los días del celibato obligatorio están contados”.
Yo pensaba: ¡Dios te oiga! Lo llevo diciendo ya desde hace más dos décadas, en artículos y entrevistas. Sobre todo desde que me convertí en un cura-católico-casado, reivindicando que soy ambas cosas y dándole muchas gracias a Dios por ello. Aunque esto no se ha convertido en el objeto preferencial de mi quehacer teológico –como saben bien los que conocen mi obra, cf. mi post en este blog “Mis libros en el día del libro”-, sí ha sido objeto de iras e insultos por parte de la caverna; los reaccionarios de siempre, más papistas que el papa y que, por eso mismo, ahora se han vuelto “antipapistas”… contra el papa Francisco, que les ha roto sus planteamientos clericales y eclesiolátricos, tan firmes como antievangélicos.

Estoy convencido, como ya están manifestando tímidamente más colegas en este momento, que lo que cohesiona el clericalismo es el celibato. El compromiso obligatorio del celibato –antes revestido de sotana y la tonsura- íntimamente unido a la ordenación sacerdotal, se convirtió en la ley fundamental de los sacerdotes de la Iglesia católica romana, que los hacía “sagrados”, separados; con ello entraban a formar parte de la clerecía, la casta superior y gobernante en la Iglesia, con poder absoluto sobre los fieles. Una clerecía formada únicamente por varones; a la que ya se opone cada vez más el movimiento por la ordenación de la mujer y la realidad ya existente en la Iglesia católica de mujeres presbíteras, que no quieren formar parte de ésta clerecía sino romperla para hacer de la Iglesia un “discipulado de iguales”, en la que ellas buscan solamente presidir la eucaristía y ser servidoras de la comunidad.

Este clericalismo es el que la gobierna la Iglesia desde que ésta dejó de ser un movimiento popular para convertirse en una religión institucional e incluso oficial durante siglos. “La obsesión por reivindicar el ministerio presbiteral como poder y no como servicio, latente ya en el mismo nombre de sacerdote, y tan opuesta al espíritu de Jesús que ordenaba rechazar los títulos de padre o maestro y prohibía aprovecharse del ministerio para obtener ventajas personales (cf. Mt 23,) ha sido con casi seguridad una de las causas estructurales de la peste que hoy lamentamos”, escribe González Faus en unos de sus últimos trabajos (“¡Perdón! Reflexión de instituciones católicas sobre los escándalos de pederastia”).

Ergo, si el clericalismo empieza a ser cuestionado ahora desde la misma cúpula de la Iglesia, como madre de los más graves males de ésta –“genera una escisión en el cuerpo eclesial que beneficia y ayuda a perpetuar muchos de los males que hoy denunciamos” y para abusos y “ascender en el escalafón clerical”, dice el papa en su carta-, los días del celibato obligatorio estarían contados.
No sé si será el momento inminente –¡ojalá!- de la eliminación de la obligatoriedad del celibato eclesiástico en la Iglesia-católica-romana-occidental, o aún habrá que esperar absurdamente un tiempo más, que no hará sino corromper más la situación. Pero lo que sí sé es que, aun teniendo sus cosas buenas, el celibato sacerdotal ha traído más males que bienes a la Iglesia; sobre todo por el hecho de ser obligatorio, pues la opción celibataria libre manifestará mejor sus valores, haciendo a los que la tomen personas libres, como libre fue Jesús de Nazaret. Ha habido a lo largo de la historia, y aún hay, un grupo más o menos numeroso de buenos presbíteros que han llevado el celibato con elegancia y algunos incluso gozosamente; éste ha generado entrega y generosidad, disponibilidad para la evangelización y el servicio a los más pobres hasta el sacrificio de la propia vida.

Pero lo cierto es que el celibato obligatorio ha producido mucho escándalo, hasta el punto de dejar de hacer creíble para el pueblo de Dios incluso el de los que lo cumplen. El celibato obligatorio ha producido sufrimiento y verdaderos tormentos a muchos presbíteros hasta perder la propia vida, y como mínimo padecer por esta norma la intolerancia de la Iglesia. “El cura o casado o capado”, dice la expresión popular. Un poco bruta, pero no le falta razón, y el tiempo se la ha dado a lo largo de la historia de la Iglesia. Curas rasos y curas promocionados, coadjutores y párrocos, vicarios, delegados episcopales y curas con altas responsabilidades, monseñores, obispos, arzobispos, cardenales e incluso papas. Todos se han saltado la solemne ley del celibato. Algunos, siendo consecuentes con un hermoso amor que había llegado inesperadamente, hicieron público ese amor y se casaron; ya con la licencia canónica de la secularización –y su vergonzosa “reducción al estado laical” que presupone que los laicos son de segunda categoría en la Iglesia, y que supuso a los presbíteros renegar de lo que habían sido–, o bien sin ella, ante la sociedad con un matrimonio civil y ante la Iglesia con la bendición de otro hermano presbítero y de la comunidad. Otros, ocultado sus relaciones, a veces bien sinceras y vividas con sumo dolor hasta el extremo de la muerte; y otros abusando una y mil veces de solteras y casadas, de jóvenes y de niñas o niños, de mujeres y de hombres, con una homosexualidad mal asumida y peor vivida, para más inri calumniando a sus compañeros.

“Cuando la dimensión espiritual que acompaña al ejercicio de la sexualidad no es el amor –dice Faus en el texto citado-, suele ser muchas veces la del poder: la experiencia de un señorío absoluto al que nada se resiste y que engrandece al que lo posee”. El descubrimiento de la abundancia de la pederastia clerical es uno de los frutos emponzoñados de esta ley; que ha sido mucho más que un vicio individual, porque con el amparo de la institución era más fácil ejercer esos abusos contra el menor o la menor.
“La bomba ha caído contra la ley celibataria”, dice el comentarista que he citado, “el tsunami de la pederastia clerical está provocando una de las peores crisis de credibilidad en la Iglesia católica” y parece que va a acabar con el clericalismo, decía Ramón Alario, líder del MOCEOP (Movimiento pro celibato opcional). Creo que es hora de decir ya rotundamente: delendus est caelibatus!, debemos acabar con la ley del celibato obligatorio. Pienso sinceramente que es el kairós, el tiempo adecuado para eliminar la nefasta unión que se ha establecido en la Iglesia Romana occidental entre presbiterado y celibato. El presbítero es el servidor de la comunidad y no puede estar por encima de ésta, basándose en ninguna norma absurda que lo haga sentirse aparte y superior. Esa es la raíz del clericalismo.
Urge ir elaborando –¿no lo estará ya?-, hacer pública y efectiva una normativa sobre el celibato presbiteral no obligatorio sino opcional. Una opción tiene que poder cambiarse en cualquier momento en la vida de cada presbítero, pues ser humano es estar en constante evolución, cambiar, decidir, aun dentro de una opción fundamental, que para el cristiano es el seguimiento de Jesús de Nazaret el Cristo.
Ya hay un movimiento de renovación profunda de la Iglesia –Refounding our Church in the aftermath of the sex-abuse scandals, “Refundación de nuestra Iglesia después de los escándalos de abuso sexual”– que quiere sacar las consecuencias de esta abolición del clericalismo y la misma casta clerical, madre de los abusos denunciados, y que está pidiendo un nuevo concilio, con decisiones radicales al respecto. Hablaremos de este movimiento en un próximo post.
Es hora de hacerlo. ¡Ya!


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