ANIVERSARIO DE LA INFAMIA
Hace 110 años Theodore Roosevelt pronunciaba su primer discurso como presidente de los EEUU delante del ataúd de su predecesor el presidente McInley, el de la Guerra de Cuba, asesinado por un terrorista anarquista. El contenido del discurso, si se omiten las referencias temporales y personales, habría podido ser el de cualquier jefe de Estado del siglo XXI tras un atentado terrorista. Casi exactamente un siglo después el 11 de septiembre de 2001, Osama Bin Laden inaugura una terrible era del mega-terrorismo global. El terrorismo es una realidad mutante en sanguinaria espiral ascendente y debemos ser conscientes de que, ni es nuevo ni va a desaparecer en las próximas décadas. El terrorismo es una lacra profundamente enquistada en las sociedades humanas, cuyos zarpazos han jalonado la historia del último siglo. Sin embargo fue el shock indescriptible de ver las dos torres gemelas de World Trade Center, desplomarse ante nuestros ojos, el que ha dejado una cicatriz horrenda y eterna en el corazón de la humanidad. En efecto, el sol se puso en un mundo radicalmente distinto aquel infausto día.
La violencia extrema, la crueldad infinita del terrorismo se instala en la subasta permanente de la barbarie para superar el hecho de que la opinión pública acaba habituándose a la violencia y sus víctimas, siempre y cuando no le toque de cerca. Son noticias en la televisión, cosas que les pasan a otros. El terror tiene que ser cada vez más bestial y brutal, con más muertos, mostrarse cada vez más sádico para obtener el efecto de amedrentar a aterrorizar a millones con el asesinato de algunos. Pero incluso no pocos analistas, periodistas o políticos, han acabado acomodados en la creencia de que el terrorismo no es un enemigo tan peligroso ni tan eficaz como algunos decíamos. Al fin y al cabo, dicen algunos, no ha logrado reconquistar Afganistán –ya veremos que ocurre cuando las fuerzas internacionales se retiren- hacerse con Iraq, sacudir Oriente Medio o hacer caer gobiernos de países importantes. Se equivocan gravemente. El terrorismo es de los fenómenos con mayor capacidad desestabilizadora del mundo, y el terrorismo pretende el poder absoluto, el hecho de que no vaya a lograr sus objetivos no quiere decir que haya renunciado a ellos. La muerte de Bin Laden ha contribuido a este irresponsable exceso de optimismo.
La violencia y el fanatismo que están en la base del terrorismo, deben ser abordados como problemas estratégicos y no tácticos, las organizaciones, sus células y criminales son las manifestaciones tácticas de un problema estructural que tiene alcance y consecuencias geopolíticas. Los servicios de inteligencia y los cuerpos de seguridad del mundo han aprendido mucho en estos años, han ganado en eficacia y en conocimiento profundo de las redes y de sus protagonistas. A pesar de los esfuerzos y de los inmensos medios puestos a disposición de esta lucha no hemos avanzado en el terreno estratégico, aunque sí en el táctico. Se ha capturado a un número muy importante de terroristas, se ha conseguido debilitar ciertas redes y organizaciones, que no derrotarlas, y hasta se ha conseguido evitar atentados de posibles consecuencias devastadoras. Sin embargo debo insistir en que el problema es de alcance y por lo tanto corresponde a los gobiernos y sus máximos dirigentes diseñar una lucha multidimensional y de dimensión geoestratégica para poder atisbar resultados serios, por lo menos a medio plazo.
Una de las claves de la lucha de dimensión estratégica es la lucha contra el fanatismo y las ideologías que lo alimentan e impulsan. El yihadismo es el peor enemigo del Islam, no solo de Occidente, la primera víctima del terrorismo yihadista es el Islam y los musulmanes. Ésta no es sólo una frase efectista, si se hace una mínima investigación se podrá comprobar que la gran mayoría de las víctimas de terrorismo yihadista son musulmanes, conviene no olvidarlo. Derrotar la ideología es fundamental, atacar la credibilidad y la apariencia de legitimidad que tienen el yihadismo alimentado por el islamismo radical, debería ser una de las prioridades fundamentales de la comunidad internacional. Es una tarea difícil y que requiere del trabajo conjunto de los Estados afectados y las democracias más avanzadas del mundo. Es una cooperación internacional que va más allá del imprescindible aspecto policial y de seguridad, se trata de derrotar la ideología para que no pueda alumbrar nuevas semillas del mal.
La estabilización de las regiones en las que opera el terrorismo, la reconstrucción nacional y fortalecimiento institucional de Estados fallidos, la promoción de la democracia o la defensa de los derechos humanos, son elementos esenciales de la lucha, que socavará de manera irremediable, la eficacia y arraigo del yihadismo en ciertas sociedades. La consolidación de la democracia en los países que se encuentran en procesos de transición, será una gran victoria contra el terror.
No conviene olvidar los aspectos de seguridad estratégicos en esta lucha, los aspectos militares y de seguridad global. Se decía que no se podía combatir el terrorismo con carros de combate, helicópteros artillados o aviones de caza. En ciertos casos habría que decir que no se puede combatir el terrorismo sólo con esos medios, pero tampoco se lo puede combatir sin esos medios. La OTAN y las Fuerzas Armadas de países como el nuestro han tenido, y seguirán teniendo, un ejemplar papel en la lucha contra el terror tanto en su dimensión militar y estratégica como en la de la reconstrucción de los estados infectados por el terrorismo. Por último es una deuda de honor rendir homenaje de respeto, gratitud y admiración a los hombres y mujeres que defienden nuestra democracia en conflictos, que aunque lejanos, tienen consecuencias directas e inmediatas para nuestra seguridad y nuestro futuro en libertad.
Los acontecimientos de las últimas semanas en el mundo árabe abren muchos interrogantes sobre el futuro de la región y sus consecuencias para sus pueblos y vecinos, incluidos nosotros. Las terribles imágenes de la sórdida tortura pública del criminal dictador libio, han sacudido las conciencias de medio mundo. El que las críticas hayan sido más discretas que públicas demuestra hasta qué punto no hemos logrado de sacudirnos la hipocresía de la que hace apenas nueve meses abjuramos tras el derrocamiento de Ben Alí.
Es cierto que no debemos adelantarnos a los acontecimientos, que debemos juzgar sólo los resultados y no las perspectivas, pero no podemos por menos que reconocer que el horizonte se presenta sombrío. Las primeras declaraciones del presidente del Consejo Nacional de Transición de Libia, Mustafa Andel Jalil tras la muerte de Gadafi, sobre la inspiración islamista (que no islámica) que tendría la legislación Libia, alarmaron seriamente a políticos, analistas y medios de comunicación. Ante la reacción mediática, procedieron a una improvisada y artificiosa rectificación que no pareció demasiado sincera.
En Túnez ha ganado el movimiento En-Nahda y sus aliados, organización con un oscuro pasado de violencia y extremismo, ha querido convencer a su opinión pública y la del resto del mundo de su evolución y moderación, asegurando que va a respetar las conquistas de las mujeres logradas por empeño del fundador del Túnez independiente, Habib Burghiba. Habrá que verlo. Tenemos que esperar a ver qué medidas y reformas toma, cómo gobiernan y el grado de tolerancia y respeto que muestran a quienes se sienten aconfesionales o incluso a los muchos tunecinos partidarios de un Estado laico, que también tiene derechos. Los islamistas han sumado a sus votos ideológicos, no pocos votos de simpatía por haber sido percibidos como la vanguardia de la oposición al tirano. Es más que probable que en convocatorias futuras ajusten seriamente su resultado. Por eso mismo quieren que el mandato de la Asamblea Constituyente sea lo más corto posible para que esa sangría de votos, cuya magnitud es imposible de prever, no se produzca.
La clave está en Egipto, que es más de la cuarta parte de los 350 millones de árabes y que celebrará elecciones el 28 de noviembre, el auge de las opciones islamistas, incluso de los más extremistas, los salafistas, parece asegurada. ¿Qué ocurrirá con un parlamento dominado por diversas formaciones islamistas? ¿Qué papel van a jugar las fuerzas políticas moderadas, atomizadas en decenas de siglas? ¿Qué relevancia van a tener los islamistas moderados –más bien habría que hablar de islámico en este caso- del partido “Al Wasat al Jadid” (nuevo centro)? Hay que tener en cuenta que en Egipto el arraigo social del islamismo es mucho más fuerte que en Túnez, y que las escuelas coránicas gratuitas, dispensarios médicos, y organizaciones caritativas pertenecientes o asociadas al islamismo, han jugado un papel muy intenso en el país, por lo que hay un densa y sólida red clientelar. Por mucho que haya muchos contrapesos en el país, una sociedad civil emergente, una elite intelectual prestigiosa, los empresarios y las Fuerzas Armadas, no podemos olvidar que es el parlamento el que va a redactar la nueva constitución, y que éste va a estar dominado por los islamistas, que van a dejar su impronta ideológica y su programa en la nueva Carta Magna.
Todo esto nos abre inmensas incertidumbres, de las que n podemos ser más que respetuosos espectadores. La alternativa es que los partido democráticos europeos ayuden y acompañen a sus afines ideológicos, formando cuadros y que los gobiernos contribuyan al fortalecimiento institucional, para evitar que las brutales dictaduras del siglo XX sean sustituidas por oscuras e implacables dictaduras medievales.
Los acontecimientos de las últimas semanas en el mundo árabe abren muchos interrogantes sobre el futuro de la región y sus consecuencias para sus pueblos y vecinos, incluidos nosotros. Las terribles imágenes de la sórdida tortura pública del criminal dictador libio, han sacudido las conciencias de medio mundo. El que las críticas hayan sido más discretas que públicas demuestra hasta qué punto no hemos logrado de sacudirnos la hipocresía de la que hace apenas nueve meses abjuramos tras el derrocamiento de Ben Alí.
Es cierto que no debemos adelantarnos a los acontecimientos, que debemos juzgar sólo los resultados y no las perspectivas, pero no podemos por menos que reconocer que el horizonte se presenta sombrío. Las primeras declaraciones del presidente del Consejo Nacional de Transición de Libia, Mustafa Andel Jalil tras la muerte de Gadafi, sobre la inspiración islamista (que no islámica) que tendría la legislación Libia, alarmaron seriamente a políticos, analistas y medios de comunicación. Ante la reacción mediática, procedieron a una improvisada y artificiosa rectificación que no pareció demasiado sincera.
En Túnez ha ganado el movimiento En-Nahda y sus aliados, organización con un oscuro pasado de violencia y extremismo, ha querido convencer a su opinión pública y la del resto del mundo de su evolución y moderación, asegurando que va a respetar las conquistas de las mujeres logradas por empeño del fundador del Túnez independiente, Habib Burghiba. Habrá que verlo. Tenemos que esperar a ver qué medidas y reformas toma, cómo gobiernan y el grado de tolerancia y respeto que muestran a quienes se sienten aconfesionales o incluso a los muchos tunecinos partidarios de un Estado laico, que también tiene derechos. Los islamistas han sumado a sus votos ideológicos, no pocos votos de simpatía por haber sido percibidos como la vanguardia de la oposición al tirano. Es más que probable que en convocatorias futuras ajusten seriamente su resultado. Por eso mismo quieren que el mandato de la Asamblea Constituyente sea lo más corto posible para que esa sangría de votos, cuya magnitud es imposible de prever, no se produzca.
La clave está en Egipto, que es más de la cuarta parte de los 350 millones de árabes y que celebrará elecciones el 28 de noviembre, el auge de las opciones islamistas, incluso de los más extremistas, los salafistas, parece asegurada. ¿Qué ocurrirá con un parlamento dominado por diversas formaciones islamistas? ¿Qué papel van a jugar las fuerzas políticas moderadas, atomizadas en decenas de siglas? ¿Qué relevancia van a tener los islamistas moderados –más bien habría que hablar de islámico en este caso- del partido “Al Wasat al Jadid” (nuevo centro)? Hay que tener en cuenta que en Egipto el arraigo social del islamismo es mucho más fuerte que en Túnez, y que las escuelas coránicas gratuitas, dispensarios médicos, y organizaciones caritativas pertenecientes o asociadas al islamismo, han jugado un papel muy intenso en el país, por lo que hay un densa y sólida red clientelar. Por mucho que haya muchos contrapesos en el país, una sociedad civil emergente, una elite intelectual prestigiosa, los empresarios y las Fuerzas Armadas, no podemos olvidar que es el parlamento el que va a redactar la nueva constitución, y que éste va a estar dominado por los islamistas, que van a dejar su impronta ideológica y su programa en la nueva Carta Magna.
Todo esto nos abre inmensas incertidumbres, de las que n podemos ser más que respetuosos espectadores. La alternativa es que los partido democráticos europeos ayuden y acompañen a sus afines ideológicos, formando cuadros y que los gobiernos contribuyan al fortalecimiento institucional, para evitar que las brutales dictaduras del siglo XX sean sustituidas por oscuras e implacables dictaduras medievales.
EL CAMBIO NECESARIO EN POLÍTICA EXTERIOR.
Llegamos al final de casi ocho años de gobierno socialista, instalado en graves errores, sin que la política exterior haya podido escapar a esta tragedia. Ningún gobierno responsable y serio puede degradar una política de Estado y convertirla en un eje esencial de su táctica partidista, lo que ha convertido a la España bajo gobierno socialista, en un elemento excéntrico de nuestro entorno. Rodríguez Zapatero y el PSOE bajo su dirección, la utilizaron, por una parte, como un elemento de definición ideológica de sus políticas más a la izquierda de la socialdemocracia, y por otra como una eficaz estrategia de fidelización del voto de izquierda e izquierda extrema. Sólo así se puede entender que se quebrase la sensatez, el equilibrio y la centralidad en la gestión de la política y presencia internacionales de España. No podemos olvidar que la política exterior debe ser uno de los instrumentos esenciales de defensa de los intereses de España y de sus ciudadanos, la promoción de la democracia y la defensa de los derechos humanos. Veremos cómo el gobierno socialista ha fracasado en todos estos frentes.
El gobierno socialista definió la relación de España con la primera potencia mundial en función del inquilino de la Casa Blanca, subordinando los intereses generales de España a sus sensibilidades ideológicas. No siempre se estará de acuerdo con todas las democracias con las que tenemos relaciones, ni tan siquiera con nuestros socios y aliados de la UE o la OTAN, pero el tensar las relaciones por la animosidad hacia un presidente de los EEUU o su partido, es de una irresponsabilidad sin precedentes. Recordemos cómo el ministro de Fomento declaró cuando ganó el presidente Obama, desde la más grave ignorancia de los usos y costumbres diplomáticos, “han ganado los nuestros”, un perfecto disparate.
Decíamos que la promoción de la democracia y de los derechos y libertades individuales deben constituir uno de los ejes esenciales de la política exterior de cualquier democracia avanzada. Por ello resulta incomprensible la política de acercamiento, cordialidad y total y completa laxitud frente a la dictadura de los hermanos Castro o el régimen populista y caudillista de Hugo Chávez Frías, que cada día está más instalado en el más feroz e indisimulado totalitarismo. La actitud de un gobierno serio ante las dictaduras debe ser de firmeza y exigencia sin importar el color político de la misma. No se puede pretender, como ha dicho en público algún dirigente socialista, que estaban “más cerca de ellos” –por la dictadura cubana- que del PP. Increíble pero cierto.
Fracaso de la Alianza de civilizaciones certificado por las revueltas en el mundo árabe, y antes por la revolución “verde” de Irán, país islámico chií no árabe, contra el pucherazo de Ahmadineyad. Otro golpe certero a la defensa de la democracia y los derechos humanos. Las revueltas en el mundo árabe, como antes la de los iraníes contra su régimen totalitario, pone de manifiesto que los pueblos del mundo árabe y del mundo islámico no árabe quieren democracia, libertad, dignidad y justicia, y la Alianza tal y como la concibe el gobierno socialista, legitima a esos regímenes, pues muchas de las dictaduras derrocadas o contestadas eran activos partícipes de la iniciativa. No debemos confundir la concepción socialista de su improvisada ocurrencia con el ejercicio de la ONU que surge en 2001 con el nombre de diálogo de civilizaciones, hoy de nombre homólogo a la del gobierno socialista pero de contenido bien distinto.
Todos esto ha provocado una preocupante pérdida de peso e influencia internacionales de España. Para poner remedio a esto, la política exterior debe volver a ser una política de Estado, fundamentada en el consenso, la defensa de nuestros intereses desde la sensatez y la firmeza, la promoción de la democracia y la defensa de los derechos humanos. Un país como el nuestro víctima del terrorismo durante décadas, debe poner en el centro del diseño de su política exterior la lucha contra el terrorismo en todos los ámbitos internacionales, los multilaterales como la ONU, entre nuestros socios en el seno de la UE, y en nuestra política bilateral, pues algunos países, aun hoy, mantienen actitudes de complicidad o encubrimiento de terroristas, ya sea de ETA como de cualquier otra ideología. La firmeza internacional con ellos debe ser total. Del mismo modo el crimen organizado debe formar parte de nuestra acción exterior, pues es una muy grave amenaza a nuestra seguridad y estabilidad.
En tiempos de crisis económica es un momento muy propicio para impulsar el aspecto económico, comercial, inversor y financiero de la política exterior. Conviene recordar que España ha llegado a tener el primer déficit exterior del mundo en términos relativos, después de los EEUU, y el segundo en términos absolutos. El estado debe ayudar a nuestras empresas a mejorar de manera sustancial su presencia y posición en los mercados internacionales. Otros países de nuestro entorno llevan décadas haciéndolo y la diferencia es abismal, las embajadas e incluso los consulados deben convertirse en agentes comerciales activos y tenaces de los intereses económicos de nuestro país.
España tiene una larga historia, una rica y diversa cultura y un idioma común universal, que tiene un valor económico, político y de prestigio e influencia internacionales, literalmente sin límites. El español se habla como lengua materna por más de 500 millones de seres humanos. Sólo este dato no da una proyección mundial incalculable.
La Política Exterior, con mayúsculas, debe centrarse en la defensa de España, de sus intereses, de su democracia, libertad, soberanía y de sus ciudadanos. Se debe diseñar una política sólida, moderada, sensata, equilibrada, con altura de miras, sentido de estado, comprensión global de la geoestrategia y de graves desafíos a los que se enfrenta el mundo del siglo XXI. España tiene obviamente unas prioridades geopolíticas que se han ido ampliando en los últimos años más allá de Europa, el Magreb y Oriente Medio e Iberoamérica, que seguirán siendo esenciales y estratégicos para nosotros. Por otra parte la incorporación a nuestras prioridades de otras zonas geográficas de creciente y fundamental importancia en el mundo como Asia-Pacífico y África, debe tener contenido real, sabiendo adaptar nuestros medios necesariamente mermados por la crisis, a las necesidades reales y perentorias de nuestra política exterior.
Muchas veces hemos escuchado el clásico discurso socialista de que España es una potencia media, lo que es cierto desde el punto de vista de nuestro tamaño y población. Pero nuestros intereses y proyección deberían tener vocación global, de ahí que el gobierno del PP se planteó la necesidad de formar parte del G-8, siendo criticado por el PSOE. Hoy debemos confirmar nuestra pertenencia de pleno derecho al G-20 que va a jugar un papel de revigorizada importancia en el mundo globalizado e interdependiente, de nuevos actores internacionales y de viejos y nuevos retos, desafíos y amenazas, muchos de ellos muy graves y peligrosos, que muchas veces la crisis económica nos ha ocultado.
LOS HITOS DEL HISTRIÓN
La dictadura gadafiana fue derrotada hace ya semanas, y el dictador y un puñado de sus fieles creyeron que desde su feudo de Sirte podrían reconquistar el poder. Tal disparate sólo se le podía ocurrir a quien estaba completamente desconectado de realidad, y que vivía en un mundo irreal y delirante, en un grado superlativo con respecto a cualquier otro dictador. Este mundo de fantasía le llevó a creerse un nuevo Nasser, un campeón del nacionalismo árabe, pasó por la fase de creer que había inventado una nueva forma de Estado, la Yamahiriya, su interpretación del Islam era también heterodoxa, se sintió siempre un revolucionario, y pensó que la financiación a adiestramiento de organizaciones terroristas, formaba parte de su “deber revolucionario”.. No hay que olvidar su obsesión con África, sintiéndose una especie de padre espiritual de la esencia del continente. Puede parecer imposible que nadie en su sano juicio pudiese de verdad creer todos estos dislates, pero es que justamente no estaba en sus cabales.
Se ha dicho mucho sobre la personalidad de Gaddafi, incluso quienes le conocían bien se sorprendían de sus cambios radicales de humor, se dice que era bipolar, en realidad en él convivían decenas de personalidades a cual más extravagante, ridícula en ocasiones, pero siempre violento, vengativo, implacable, irascible, iracundo, imprevisible, megalómano, eufórico, depresivo, vulnerable, colérico, paternalista disparatado, en fin un compendio de trastornos graves de la personalidad.
Todo esto explique cómo y por qué un país con un potencial realmente envidiable, nunca llegó a ser una verdadera nación sino un régimen que pasó por diferentes fases sin llegar a consolidar un Estado ni un proyecto real y viable de Nación. En su primera fase Gaddafi era el revolucionario nacionalista árabe más prosoviético, de extrema izquierda, adalid de revolucionarios y protector, adiestrador y financiero de terrorista y criminales mercenarios de la peor calaña como Ilich Ramírez, el Chacal o Carlos. En esa primera etapa montó un régimen no muy distinto a otros golpistas de izauierda radical, pero no llegó a montar un partido único, pero si un Consejo de Mando de la Revolución con todos los ingredientes del buen régimen revolucionario marxista-leninista, sin serlo del todo. En esos momentos fue el gran amigo, poco fiable por delirante, de la URSS, la DDR, Cuba, Rumanía y demás dictaduras comunistas.
En la segunda fase fue peor, escribe su esperpéntico libro verde y convierte a su país en un “régimen de masas”, es decir ni república, ni monarquía, ni dictadura personal, un régimen político en el que se suponía que “las masas” tenían el poder. En fin pocas masas podría haber en un país que en 1977 no llegaba a los tres millones de habitantes en más de 1.750.000 km2. En este tiempo los libios sufrieron el endurecimiento del régimen, el creciente aislamiento del orate de Sirte era cada vez más evidente, si bien seguía regando con petrodólares libios organizaciones y países por todo el continente, en la esperanza de comprar influencia. Fue entonces cuando rompe con algunos terroristas, se distancia de otros y estrecha sus relaciones con monstruos como Ahmed Jibril,. Por otra parte su aliado y fiel amigo Siria, que era el amo de Jibril, lo que explica la implicación de Jibril y del régimen sirio en el atentado de Lockerbie. Como consecuencia de las sanciones que la ONU le impuso en 1992, se convirtió en un apestado internacional durante cerca de tres lustros hasta que entregó a los dos sospechosos miembros de sus sanguinarios servicios de inteligencia a la Justicia internacional.
En esos momentos ya el régimen se había convertido en un negocio familiar, pues sus hijos habían crecido y se dedicaban al latrocinio cósmico y a ejercer el poder omnímodo y despiadado, en lugar de un dictador histriónico, había un clan sangriento a voraz de poder y de dinero. En esos años rompió un poco su aislamiento, vendiendo sus “éxitos” contra el terrorismo yihadista, y haciendo valer su abultada bolsa de dinero. Hoy los libios están aliviados sabiendo que su monstruoso dictador ya no podrá torturarlos más. La lección es sencilla, no podemos comprar la mercancía podrida de estabilidad aparente a cambio de nuestra complacencia. Todos los pueblos merecen y quieren ser libres. Los libios desean serlo...¿Podrán lograrlo?
Sábado, 26 de mayo
Gustavo de Arístegui
Antonio Cabrera
Vicente Torres
Juan Fernandez Krohn
Manuel Molares do Val
Pedro Fernández Barbadillo
Vicente A. C. M.
Miguel Torres Galera
Carlos Ruiz Miguel
Josep Carles Laínez
Raúl González Zorrilla
Rufino Soriano Tena
José Pómez