EL primero de septiembre de 1969 unos jóvenes y ambiciosos oficiales nacionalistas árabes dieron un golpe de Estado contra el decadente rey Idriss Senoussi. El país inmenso, despoblado, profundamente tribal y sin instituciones dignas de tal nombre iniciaba una andadura dictatorial y revolucionaria que duraría 42 años. El Consejo del Mando de la Revolución decide poner al frente del Estado a un joven capitán de transmisiones Muamar Gadafi. La razón muy simple: los miembros de las principales tribus del país se oponían a que otra de las grandes tuviese el poder. Gadafi se hace con el poder por la teoría de Claudio revolucionaria y tribal.
En 1977 Gadafi decide crear el «Estado de las Masas» -un delirio más de los muchos-, así nace La Gran Yamahiria Árabe Libia Popular y Socialista. Pasa por varias fases: el nacionalismo árabe socialista antioccidental; el apoyo y financiación del terrorismo; la práctica del terrorismo de Estado (los atentados terribles contra los aviones de la UTA y de la Pan Am, son la terrible muestra de ello). Libia no tiene constitución y la ley es papel mojado, la justicia es un órgano más de represión del Estado, y las fuerzas armadas han sido reducidas a la mínima expresión, la fuerza, la coacción, el capricho, el latrocinio, el haber convertido Libia en un cortijo cuyos habitantes eran esclavos y títeres en manos de los delirios gadafianos.
Pasé casi tres años en ese país como segundo jefe de la Embajada de España en Trípoli, donde pude comprobar la brutalidad del régimen, su carácter implacable, la persecución de la más mínima discrepancia, el asesinato político impune de propios y extraños. El asesinato en el extranjero de disidentes por parte de la siniestra Mathaba Internacional que dirigió el sanguinario Mussa Kussa, hoy ministro de Asuntos Exteriores del dictador revolucionario.
Gadafi es un personaje colérico, irascible, sanguíneo, iracundo, bipolar, impredecible y ridículo. Sus disfraces, uniformes y actitudes caprichosas, incluidas las famosas jaimas en las que no dormía, le hacían la perfecta caricatura del dictador estrafalario y disparatado. Sería cómico si no fuese por la brutalidad de un régimen que durante algunos años empezaba y terminaba los telediarios de la televisión oficial, y única, con las ejecuciones de los condenados a muerte.
El régimen tiene varios servicios de seguridad e inteligencia a cual más bestial, todos en competencia entre ellos para demostrar su barbarie al orate de su patrón supremo, el líder de la revolución del primero de septiembre, es decir que no es formalmente el jefe de Estado. El problema es que Libia no es un Estado y lo que puede quedar después de la previsible caída del dictador, no será gran cosa. Libia era un aparato represor y de recaudación al servicio de un clan que no conocía la moral, los límites a la avaricia y la voracidad, que carecía del más mínimo sentido de la humanidad o de la compasión. La Libia de Gadafi era de los lugares más siniestros del mundo de los dictadores, que ya es decir.
El país es en realidad la suma de tres regiones extremadamente heterogéneas, la Tripolitania en el Occidente del país, que es claramente magrebí; la Cirenaica, antigua colonia de la Grecia clásica, en el Oriente del país cuya capital es Bengasi, que es más próxima a Egipto; y el sur, el Fezzan, la inmensa zona desértica más cercana en todos los sentidos, al Sahel vecino. Pero además Libia es uno de los países más tribales del mundo árabe, mundo en el que las rivalidades entre las tribus más importantes, pueden ser potencialmente devastadoras. A todo esto hay que añadir la brutal represión de lo que queda del régimen con sus mercenarios a la cabeza -se calcula que pueden ser más de 30.000- pues algunas fuentes destacan que en torno al 90% de las fuerzas armadas libias han desertado y se han unido a las filas de manifestantes y de disidentes.
Sin embargo, Gadafi no se rinde, sus mercenarios atacan a los manifestantes de manera implacable, con aviones, helicópteros y armas pesadas. No se puede calcular el número de víctimas, lo que sí podemos asegurar, conociendo al personaje, es que va a morir matando, que no le importa la imagen internacional, y que se dispara indiscriminadamente sobre las manifestaciones e incluso los funerales y los entierros. Gadafi y sus secuaces han declarado, en discursos de tono histérico, que los manifestantes arrestados serán ejecutados. Este sanguinario es el que se declaraba amigo de los pobres y desheredados del mundo, y ya le van quedando pocos amigos, el más conocido, Hugo Chávez Frías, que en las últimas fechas ha estado más callado.
Por ello es especialmente importante que las nuevas autoridades establezcan instituciones creíbles, estables, garanticen las libertades fundamentales, y puedan establecerdar cierto orden, para conjurar el posible deterioro a tres capas: régimen contra manifestantes, regiones entre ellas, o los posibles enfrentamientos tribales.
Europa y Occidente tenemos que hacer una seria reflexión. Todas estas revoluciones nos han cogido con el paso cambiado, Europa ha practicado una silenciosa y cómplice realpolitik que ha creído al pie de la letra que estos regímenes eran los únicos garantes de la paz y de la estabilidad en la región, los únicos capaces de controlar al islamismo radical, y que la alternativa era el caos, la violencia, el terrorismo o regímenes antioccidentales de corte islamista radical.
Es evidente que nos hemos equivocado, es evidente que caímos en la trampa de pensar que la democracia llevaría a los radicales al poder, que la democracia y el mundo árabe eran incompatibles. Occidente y Europa hemos actuado desde el miedo muchas veces paralizante, hemos sido un juguete en manos de regímenes que nos vendieron una mercancía averiada y caducada, estabilidad a cambio de apoyo. En el diálogo con dictadores y regímenes totalitarios hay que hablar siempre de derechos humanos y no hacerlo de manera selectiva. Obviamente cada país es un mundo y el tono y energía del mensaje debe modularse, pero de lo que no puede caber duda es de que la promoción de la democracia debe ser el principal motor de nuestra política exterior, la española y la europea.
La diplomacia europea, nuestras nuevas instituciones han brillado por su ausencia, la señora Ashton ha reaccionado tarde y de forma tibia, las Naciones Unidas y su trasnochada estructura surgida de la Segunda Guerra Mundial y consagrada por la Guerra Fría, ha tardado 10 días en dar una respuesta mínimamente razonable a la barbarie gadafiana. Las sanciones de la ONU son lo mínimo, las escenas un tanto patéticas de las palmadas en la espalda al embajador libio en la ONU tras anunciar su disidencia respecto del régimen libio, nos demuestran lo perdidos que estamos. Todo esto son primeros pasos tímidos, a todas luces insuficientes. El mundo debe dar serios pasos hacia la reforma de sus Organizaciones Internacionales, el multilateralismo ha sido todo menos eficaz, y los europeos hemos rozado el ridículo.
No podemos tampoco llamarnos a engaño, los riesgos de una grave explosión en las regiones del Magreb, Oriente Próximo y el Golfo sigue siendo muy alto. Las transiciones son inciertas, las fuerzas políticas moderadas débiles, poco arraigadas o desconectadas con el pueblo llano de cada uno de los países afectados. La falta de experiencia de la clase política en la gestión política acorde con los principios democráticos y escrupulosamente respetuosa con los derechos y libertades fundamentales, es clamorosa, y potencialmente desestabilizadora, pues los nuevos gobiernos provisionales pueden caer fácilmente en el descrédito, lo que puede reiniciar un interminable círculo vicioso de revueltas contra cualquier Gobierno que surja de estos procesos revolucionarios y que no gusten a algún sector de los manifestantes. El caos y la inestabilidad podrían instalarse durante un tiempo indeterminado, hay que empezar a hacer seriamente los deberes y prepararse para cualquier escenario, algunos muy preocupantes.
El desafío para Europa y nuestros vecinos es monumental. La única salida viable es la rápida, sólida y creíble institucionalización democrática de esos países, para evitar que el vacío de poder y la incertidumbre den alas a los islamistas radicales, que no han sido protagonistas de estas revueltas, pero que esperan agazapados a la primera oportunidad que se les brinde. Si eso ocurre los árabes habrán cambiado dictaduras implacables del siglo XX, por dictaduras sanguinarias medievales, las del islamismo radical y el yihadismo.
CAMBIO SI, REVOLUCIÓN NO.
Muchos en Europa se esperaban un cataclismo de la misma naturaleza que los que hemos visto en otros países de la Región, en Marruecos no pocos eran escépticos sobre la capacidad de convocatoria de los organizadores de una marcha poco espontánea y convocada desde hace semanas. Todo fue muy pacífico en la manifestación más concurrida, la de Rabat, 2000 personas según las Fuerzas de Seguridad, de 10.000 según algún experimentado periodista, 24.000 según los organizadores. De lo que no puede caber duda es que habrá un antes y un después de esta pacífica marcha. Pero antes algunos detalles importantes.
1. Buena parte de los problemas que denuncian los convocantes son ciertos, y no puede negarse o esconderse. La pobreza, las desigualdades, los casos de nepotismo, la corrupción que irrita a la aplastante mayoría de los marroquíes, corrupción que inhabilita incluso a la Justicia, pues su problema es más ese que la subordinación al poder. El desempleo, la falta de viviendas dignas para los menos favorecidos, la falta de perspectivas, el subempleo, los salarios bajos o de miseria en algunos casos.
2. La protesta pacífica fue organizada por los partidos de extrema izquierda PADS y Renacimiento Democrático, marxista-leninistas y que fueron durante la Guerra Fría pro-soviéticos, y los islamistas ilegales pero tolerados del movimiento Justicia y Caridad, con la participación individual de diputados, otros militantes destacados y las juventudes del PJD, los islamistas que están en las Instituciones. La curiosidad es la participación de dos riquísimos empresarios, según algún observador, participaban desde un cierto oportunismo. Según los testigos más de tres cuartas partes de los manifestantes eran islamistas, y entre los más vociferantes y activos estaban los familiares de los presos de terroristas salafistas, los yihadistas más duros e implacables. Éstos sí que corearon consignas contra la monarquía, pero no reflejaban la opinión de la mayoría que quiere cambios pero ni la revolución y mucho menos el caos.
3. Pero que nadie se llame a engaño, aunque los protagonistas hayan sido los radicales de la extrema izquierda y del islamismo radical –es decir la más extrema de las derechas- los motivos que provocaron la protesta son compartidos por muchos que no participaron, porque no querían que la minoría que la organizaba se apropiaran de las ansias claras de cambio que tienen los marroquíes. Se podría decir que no hay un marroquí sensato con el que yo haya hablado en estras últimas semanas que no diga que las cosas no pueden seguir como hasta ahora, que hay que hacer cambios. Las iras de quienes estaban y de quienes no estaban, se centraban contra una parte del Gobierno, algunos de los partidos más arraigados, el Primer Ministro, el ministro de Exteriores y la familia Fasi, algún consejero del Rey y el PAM, el partido político de Fuad Ali el Hima, un hombre muy influyente en Marruecos.
La conclusión es clara, la gente quiere cambios, dentro de la tranquilidad, no ponen en cuestión la monarquía, sí al gobierno. Los marroquíes quieren que cambien los estilos, las estrategias, las normas, quieren verdadera democracia, igualdad, justicia y dignidad. El deseo de la mayoría es que todo se corone con reformas constitucionales e institucionales, para garantizar la continuidad y la estabilidad de sus reivindicaciones y que se recupere el espíritu la transición, que tantas esperanzas despertó al principio del reinado de Mohamed VI, y que hace unos años se estancó muy claramente. Pero la noticia de hoy y de la semana está en Libia, donde sin el más mínimo escrúpulo la Yamahiria, el “Régimen de las Masas” lleva asesinadas a cerca de 300 personas.
LA TRANSICIÓN EGIPCIA
Egipto no es cualquier país árabe, uno de cada cuatro árabes es egipcio, en Egipto nacieron el nacionalismo árabe, pues más allá del ideólogo sirio, Michel Aflaq, fundador del partido Baaz, la figura del presidente egipcio Gamal Abdel Nasser, fue el símbolo del nacionalismo árabe contemporáneo. Egipto es también la cuna del islamismo radical moderno, pues el egipcio Hassan Al-Banah fundó allí la organización de los Hermanos Musulmanes en 1928. La ideología salfista tiene su primer antecedente en las ideas y en los escritos del muy radical intelectual Sayid Quttub, verdadero inspirador de islamismo radical y del yihadismo modernos.
Por otra parte el Estado Egipcio, con sus debilidades e ineficiencia, es muy grande y tiene presencia en todas partes del país, ejerce un poder real sobre el país, y las Fuerzas Armadas del país representan más de la cuarta parte del Estado, es decir que tiene un peso relativo en la sociedad egipcio infinitamente mayor que sus homólogos tunecinos, a los que el ex presidente Ben Alí mantenía deliberadamente debilitados.
Sin embargo el régimen político que pretendía perpetuarse en el país había perdido contacto con su sociedad, habían terminado por divorciarse de su propio país, ignorando las crecientes, si bien tímidas, muestras de descontento que venían sucediéndose en diferentes ámbitos de la sociedad. Parece claro que a la falta de libertades y a la pobreza y el desempleo, se le vino a unir el latrocinio corrupto de ciertos responsables políticos. Muchos coinciden en señalar que lo que acabó por agotar la paciencia de unos y otros fue la indisimulada pretensión del presidente de convertir a la República Árabe de Egipto en un feudo privado hereditario, en la persona de su hijo Gamal Moubarak, a pesar de la oposición frontal de las Fuerzas Armadas, y el rechazo explícito de la opinión pública e incluso de muy amplios sectores del régimen y del propio partido de Moubarak el PND. Por otra parte conviene tener en cuenta que en torno a 64% de los egipcios es menor de 30 años, y que por lo tanto nacieron en la era de poder de Moubarak, y que en consecuencia, la aplastante mayoría de los egipcios no conocen nada distinto desde que tienen uso de razón.
Mucho hablan expertos y enterados del elemento islamista, lo que los ignorantes llaman el elemento islámico, no conviene olvidar las constantes declaraciones de los Hermanos Musulmanes y otras organizaciones islamistas menos importantes, sobre la necesidad de elecciones inmediatas en el país. La urgencia para los islamistas es evidente, cuanto más pronto se celebren las elecciones más posibilidades tienen de llenar el vacío de poder o de conquistarlo por las urnas y una vez controlen el Estado, no los sacaría nadie de allí. De hecho otros líderes islamistas como el argelino Abassi Madani lo decía sin sonrojo tras la primera vuelta de las elecciones argelinas de 1990, que una vez en el poder no haría falta convocar elecciones nunca más. Puede creer el lector que los islamistas egipcios no son distintos. Si los Hermanos Musulmanes llegan al poder, su agenda es conocida, establecer un régimen opresivo y medieval, convirtiendo al país más importante del Mundo Árabe en una bomba de relojería y en una amenaza en la región más delicada del planeta. Espero de verdad que la miopía irresponsable de algunos líderes mundiales a este respecto se corrija cuanto antes. No hay un proyecto islamista radical que no tenga estos objetivos, otra cosa bien distinta son los partidos políticos moderados de inspiración islámica, lo que e ha dado en llamar el “Islam político”.
Los ritmos y los plazos de la transición son determinantes, si las elecciones se celebran en un plazo muy corto, serán los islamistas radicales los que se harían con el poder. No olvidemos que la Constitución egipcia establece que si el presidente muere o dimite, es reemplazado por el presidente del Parlamento y que se tienen que convocar elecciones en el plazo de dos meses. Éste es el escenario que los islamistas radicales están intentando provocar, y que dejaría a la incipiente y desorganizada oposición no islamista, desarbolada y sin la más mínima posibilidad de éxito. Lo cierto es que figuras como Mohamed El Baradei, el premio Nóbel de la Paz, ex Director General de la AIEA no tienen arraigo popular. Amr Moussa, secretario general de la Liga Árabe, se presenta también como alternativa, y se declara favorable a la inmediata dimisión del presidente, lo que no deja de resultar sorprendente viniendo de quien le debe toda su carrera a Moubarak, de quien fue ministro de Asuntos Exteriores, y quien le propuso como secretario general.
Es esencial en estos momentos que la transición, sus plazos, equipos, mensajes, transparencia y credibilidad, sean impecables, pues de lo contrario la inestabilidad, el caos y la violencia, podrían extenderse al resto de la región. Estados Unidos está siendo un factor determinante en este momento tan delicado en el Mundo Árabe, la Unión Europea francamente desaparecida, y los análisis de muchos medios internacionales, preocupantemente elementales. Éste es un punto de inflexión mundial, esta por ver que estemos la altura de sus retos.
¿LA SORPRESA TUNECINA?
En 1987 un joven y dinámico primer ministro que había sido militar de carrera (alumno de la prestigiosa Academia Militar de Saint Cyr de Francia), agregado militar en Rabat y Madrid, embajador en Polonia y ministro del Interior, aparta del poder al presidente Habib Bourguiba, fundador del Túnez independiente, en una maniobra de palacio, más que un verdadero golpe de Estado. Es curioso que cuando era aun coronel agregado militar, su ambición era dejar el Ejército y montar una compañía electrónica, puesto que Ben Alí es también ingeniero electrónico, y ya ven, llegó a presidente. El legado de “Papá” Bourguiba, como le llamaban algunos tunecinos, era ciertamente notable, un país estable, con una creciente clase media, buena educación, sanidad pública razonablemente buena, espectacular para los estándares de los países en vías de desarrollo, y un código de familia y un catálogo de derechos de la mujer sin parangón en cualquier otra parte del mundo Islámico. El nuevo presidente inauguró lo que dieron en llamar el “espíritu del 7 de noviembre” fecha del golpe de palacio, que fue en realidad el comienzo del montaje de su Estado policial.
Túnez era un país apacible, tranquilo, casi aburrido, con dosis justas de exotismo, buenas playas y bellos paisajes, todo en pequeñito, manejable, sin sobresaltos, previsible…o eso creían algunos. Menudo fracaso de los analistas. Cuando era segundo jefe de la embajada de España en Tripoli, Libia, recorrí Tunez en coche de norte a sur y alguna vez de este a oeste, no podía uno evitar notar que buena parte de esa tranquilidad y aburrimiento se debía a que el país se había convertido ya en un eficaz Estado policial. El presidente, ex ministro del Interior, conocía a la perfección el “oficio”, y sabía controlar a sus Fuerzas de Seguridad, cuatro veces más numerosas que sus Fuerzas Armadas (120.000 frente a 35.000).
Mis amigos tunecinos, profesores de universidad, funcionarios de la ONU, algún político, diplomáticos, directores de cine, artistas, activistas de derechos humanos, me decían todos más o menos lo mismo, queremos paz y tranquilidad pero no a costa de los derechos y libertades fundamentales. Temían el peligro que representan los islamistas radicales, pero el presidente no podía pretender un cheque en blanco. Todos reconocían que era su país el que en mejores condiciones estaba para instalar una sólida y moderna democracia, en la que los extremismos fuesen marginales, pero buena parte de ellos reconocían también, que la represión sólo alimentaba las filas de los extremistas.
Todo parecía perfectamente bajo control, un pueblo tranquilo y apacible como el tunecino se acabó indignando. La gota que colmó el vaso no fue, a mi juicio, el suicidio a lo bonzo -para entender la trascendencia del acto hay que tener en cuenta que el suicidio tiene un terrible estigma social y religioso en el mundo Islámico- del licenciado en Derecho desempleado y vendedor ambulante a la fuerza, Mohamed Bouazizi. Son de hecho un flujo continuo de abusos de poder del clan del presidente y sobre todo de su segunda mujer Leila Trabelsi y de su codiciosa familia, a la que todos conocían como la peluquera en referencia a su oficio antes de convertirse en primera dama. El hartazgo más se parece al clamor popular en Nicaragua contra el latrocinio sin límites de los Somoza, que provocó el levantamiento popular a cuyo frente se puso el Frente Sandinista, pues quien echó a Tacho Somoza fue el pueblo nicaragüense y no el FSLN. Túnez se había convertido en una disparatada cleptocracia, sin Estado de Derecho ni seguridad jurídica, en la que todo giraba en torno a la voracidad desenfrenada de la primera dama y de su clan, que extendían sus tentáculos a cuanto podían, el latrocinio y el capricho abusivo había llegado a límites insospechados.
Hay un punto de inflexión fundamental de esta crisis, el enfrentamiento entre el ex presidente Ben Alí y el jefe del Estado Mayor del Ejército de Tierra el general Rachid Amar, a quien el presidente le ordenó disparar sobre los manifestantes en las ciudades de Kasserine, Thala y Sidi Bouzid. El general se negó rotunda y airadamente, y Ben Alí lo destituyó fulminantemente. El Ejército tunecino tiene una bien merecida reputación de no mezclarse en cuestiones políticas, otra herencia de Bourguiba. El temor que despertaba en el presidente sus compañeros de armas era evidente, y siempre se ha sabido que el presidente Ben Alí practicaba una irresponsable e injusta política de mantener a sus Fuerzas Armadas infradotadas de medios humanos y materiales. La sospecha se extiende, además, a la muerte en un extraño e inexplicado accidente de helicóptero de la totalidad de los trece principales mandos de las Fuerzas Armadas en abril de 2002, entre ellos del prestigioso y respetado general Abdelaziz Rachid Skik. Es evidente que las FAS tunecinas no apoyaron la delirante huida hacia delante de Ben Alí.
Hay varias lecciones que pueden sacarse de este y otros incidentes parecidos pero no idénticos, el primero es que el vacío de poder tras la huida de un Jefe de Estado es extraordinariamente peligroso, y la historia nos demuestra que el vacío lo ocupan los mejor organizados y fuertemente ideologizados, como fue el caso del imam Jomeini y de los ayatolás radicales, tras la caída y huida del Shah de Irán en 1979. Ese riesgo existe hoy caramente en Túnez. Los islamistas radicales dentro del país están escondidos, agazapados, esperando su momento. Los que están en el exilio, como el muy radical Rachid Ghannoushi –que a nadie engañe sus declaraciones aterciopeladas, que estudien su historial de incitación al odio y a la violencia- han anunciado su vuelta, y su intención de “desmontar” el régimen, más habría que leer en sus declaraciones montar un régimen islamista radical, que es exactamente lo contrario que las clases medias y los manifestantes tunecinos quieren. Los islamistas radicales no van a dejar escapar esta ocasión, y van a maniobrar y hacer todo lo que esté en su mano para hacerse con el poder, y si no lo logran tratar de aprovecharse de las aguas revueltas ya que las protestas e inestabilidad continúan en el país. Tampoco conviene descartar que el terrorismo aproveche el momento para asestar un golpe de efecto.
Mucho se ha hablado en estas horas siguientes a la caída de Ben Alí del efecto contagio. No se puede descartar en absoluto el efecto mimético, por diferentes que sean las circunstancias de cada país. Sin embargo los vecinos no tienen la estructura social de Túnez, sus clases medias son pequeñas en relación a la población total, su influencia es aun limitada. Sin embargo se ha visto el devastador efecto que tiene sobre la opinión pública la corrupción y el latrocinio cósmico desde los clanes del poder. Además hemos visto como se han producido tres inmolaciones en Argelia, que siguieron a graves disturbios en las grandes ciudades del país, con varios muertos y numerosos heridos. Como consecuencia de los mismos, el gobierno ha anunciado ya que no va a subir los precios de los productos de primera necesidad, que es una verdadera espoleta de revueltas sociales en los países en vías de desarrollo.
Marruecos tampoco está inmunizado del efecto contagio, la pobreza y la falta de libertades son un caldo de cultivo de descontento y la transición tantas veces anunciada ha sufrido un serio parón, como reconocen en privado numerosos políticos marroquíes. El poder económico y el poder político muchas veces se encuentran en las mismas manos, lo que puede ser una muy importante fuente de irritación social y potencial desencadenante de seria inestabilidad política y social.
Por otra parte están as sucesiones pendientes en algunas repúblicas árabes que se anuncian ya, como Siria, hereditarias. No estamos en el año 2000 cuando Bashar Al Assad sucedió a su padre Hafed Al Assad, habrá que ver como se toman los egipcios la designación de Gamal, hijo del presidente Hosni Moubarak (ya se conoce el rechazo de las Fuerzas Armadas), pues lo que parecía bien atado hace unos meses, es incierto hoy.
La revolución de jazmín sigue viva, esperemos que siga siendo de jazmín, y ha puesto de manifiesto que la influencia en la región de Europa, y especialmente de Francia, ha mermado en beneficio de otros actores. Este es el momento de trabajar más intensamente en fortalecer seriamente el papel geoestratégico de la UE, especialmente con sus vecinos más próximos.
No es sólo el Mundo Árabe el que tiene que sacar sus conclusiones sobre lo ocurrido en Túnez, nos toca a todos los demócratas del mundo. Se ha producido un punto de inflexión histórico en Túnez que puede acabar siendo un brillante ejemplo para los países en transición a la democracia, o degenerar gravemente hacia el desorden, la violencia y el caos. Ha llegado el momento de defender las libertades con decisión y coraje más allá del pragmatismo cínico de la realpolitik.
ÁRABES CRISTIANOS Y CRISTIANOS DE ORIENTE.
Siriacos, maronitas, melquitas (griego-católicos), ortodoxos, caldeos, asirios, nestorianos, coptos, latinos, protestantes de diversas ramas e incluso los armenio-católicos de Oriente Próximo, ya arabizados. Son todos ellos cristianos, y son además árabes, son étnica, cultural y lingüísticamente árabes. El nacionalismo árabe cuenta enre sus principales pensadores y fundadores a cristianos.
En Oriente Próximo las comunidades cristianas-árabes han sido esenciales en la independencia de esos países, han formado parte de sus elites políticas, económicas, académicas y cultutrales. Antes del Concilio Vaticano II, sólo los católicos de Oriente (maronitas, asirios, siriacos, latinos y melquitas) podían celebrar la Misa en su lengua, el árabe. Entre palestinos llegaron a ser más del 15 % de la población, hoy no llagan al 5%. La presión de islamistas radicales, los atentados y en algunos países, no en todos, la restricciones al culto, las discriminaciones visibles y sobre todo las invisibles, les han forzado al exilio.
La mayoría de musulmanes moderados lamenta amargamente su partida, censura su persecución y condena los atentados que sufren. Conviene recordar que los musulmanes moderados, que son la mayoría, son perseguidos por los terroristas yihadistas como apóstatas, no como infieles, que es lo que los islamistas radicales consideran a los no-musulmanes, para los moderados son “Gentes del Libro”, monoteístas que deben ser respetados. Perseguir a cristianos, y mucho más asesinarlos, es profundamente anti-islámico. Eso mismo han declarado un número de imames importantes, que subrayan la obligación de defender a los cristianos, de respetarlos, diciendo que los cristianos son elementos esenciales de sus comunidades, y que sin ellos pierden en riqueza, diversidad y tolerancia.
Cosa bien distinta es el caso de los cristianos en países donde no hay comunidades originarias, y los que hay son expatriados o conversos, éstos muy perseguidos, puesto que se les considera el peor tipo de apóstata, no es ya el que no es buen musulmán, es el que abraza otra religión. Éstos son perseguidos de forma intensa e implacable, y en algunos países el delitos de la apostasía está castigado con la muerte. Un defensor de la tolerancia y enemigo jurado del islamismo radical fue el gobernador del Estado de Punjab Salman Tasir, el más poblado de Pakistán con más de 80 millones de habitantes, vilmente asesinado por uno de sus escoltas justamente por oponerse a las acusaciones infundadas e insidiosas de blasfemia contra algunos cristianos. Su ejemplo no ha muerto y debemos honrar la memoria de los cristianos víctima del fanatismo y de los musulmanes que son perseguidos y asesinados defendiendo la moderación, el respeto y la lucha valiente contra la barbarie fanática yihadista.
Sábado, 26 de mayo
Gustavo de Arístegui
Antonio Cabrera
Vicente Torres
Juan Fernandez Krohn
Manuel Molares do Val
Pedro Fernández Barbadillo
Vicente A. C. M.
Miguel Torres Galera
Carlos Ruiz Miguel
Josep Carles Laínez
Raúl González Zorrilla
Rufino Soriano Tena
José Pómez