Me resulta chocante que el pacifismo de tantos sea tan terriblemente selectivo. Nadie se acuerda de Ruanda o de Burundi, las guerras olvidadas de África no sacuden
ya las conciencias de los occidentales antioccidentales, Darfur parece interesar sólo a algunos en Europa y a pocos más en Estados Unidos, quizá se deba al gancho de George Clooney, hasta para esto somos frívolos. Hay conflictos terribles que cierta progresía conoce de memoria: datos, detalles y hasta las estadísticas muchas veces infladas y siempre blandidas como afiladas espadas contra el adversario. Si no que se lo pregunten al flamante vicesecretario general del PSOE, que recurre a ellos constantemente. Me resulta curioso que a la hora de redactar estas líneas no hayamos visto ninguna declaración significativa del PSOE, pero que esta guerra, que en pocas horas, muy pocas, ha causado más de 3.000 muertos entre la población civil, no merezca declaración alguna de nadie, me resulta cuanto menos sorprendente.
En estos días de serpientes de verano y plácidas matinées olímpicas, las primeras páginas de los periódicos y las horribles imágenes en televisión de Osetia del Sur y de Georgia ya no conmueven a casi nadie, quizás es que no hay rédito político que sacar de este espantoso conflicto. La invasión del giga-Goliat contra un micro-David, sorprende por su dureza e implacabilidad, parece que se quiere dejar el trabajo bien hecho antes de que la comunidad internacional despierte de su indolente letargo estival. Pero hay varios aspectos de esta crisis que conviene analizar lo más desapasionadamente posible:
1º No podemos permitir que se produzca una reedición de la Guerra Fría, una vez que Rusia ha logrado superar su crisis política, económica y hasta de identidad tras la implosión de la URSS. Es indudablemente positivo que Rusia haya logrado la estabilidad y consolidar sus instituciones postsoviéticas, y que la revisión de su historia haya sido tan fluida como en apariencia ha sido. Ya sabemos que desde el final de la Guerra Fría ha habido algunas tentaciones nacionalista cuyos excesos, normalmente, se han desvanecido en la bruma de la compleja política rusa.
2º Rusia siempre ha mostrado una profunda desconfianza e indisimulada irritación ante cualquier desplazamiento de las antiguas repúblicas soviéticas hacia las posiciones occidentales de sus otrora enemigos jurados. En este sentido, siempre se opuso a que, por ejemplo, las Repúblicas Bálticas se integrasen en la OTAN o en la UE. El pretexto fue, como lo es ahora con Osetia del Sur, la presencia de una minoría rusa y la defensa de sus derechos e identidad. La diferencia radica en que en alguna República Báltica la proporción de población rusa llegaba a casi el 30%, mientras que en Georgia es de apenas unas decenas de miles de personas que escasamente llegarían al 7% de la población.
3º Rusia ha querido marcar con claridad su área de influencia, oponiéndose frontalmente a la instalación del escudo antimisiles estadounidense en Europa, cuando resulta evidente, ante su despliegue y número, que el
objetivo no son los misiles de medio y largo alcance rusos, sino los que eventualmente puedan venir de Oriente Medio y Asia Central. Moscú volvió a enseñar los dientes en la Cumbre de la OTAN de Bucarest, cuando Ucrania y justamente Georgia quisieron ingresar en la Alianza Atlántica. Esta vez Europa se arrugó y cedió.
4º Rusia ha jugado con habilidad su carta energética: es uno de los primeros productores mundiales de petróleo y de gas y ha sabido presionar políticamente con enorme eficacia, si bien con nulo estilo versallesco, abriendo y cerrando el grifo de oleoductos y gasoductos según le conviniese.
5º Existe una manifiesta contradicción entre quienes se opusieron a la independencia de Kosovo y hoy invaden Osetia del Sur para promover el secesionismo de una parte de Georgia, incluso si sus habitantes de etnia rusa no desean formar parte de Rusia. Los hechos consumados y la violencia nunca han sido el camino. Yo me opuse firmemente a la independencia de Kosovo, me sigue pareciendo un atropello a la soberanía e integridad territorial de Serbia y a la legalidad internacional. Igual que en el caso de Osetia del Sur.
Quienes promovieron esos polvos de la ilegal e irresponsable independencia kosovar, son corresponsables de estos sangrientos lodos, conviene que no lo olviden.
6º Nadie habla del tema, pero hay otro asunto de la máxima gravedad que afecta a Georgia: se trata de la región de Abjasia en el noroeste del país, de mayoría musulmana, y en la que los fanáticos islamistas radicales son una minoría, pero extraordinariamente activa, y donde las organizaciones terroristas yihadistas más sanguinarias tienen fuerte implantación. No olvidemos que para las más crueles de entre ellas, como Al-Qaeda, ese territorio se ha convertido en uno de los principales frentes de batalla de su «yihad global y total» para imponer su ideología en el mundo entero, pero, sobre todo y ante todo, a los musulmanes moderados, aplastantemente mayoritarios, que son sus principales víctimas. Este conflicto debilita a Georgia y, en consecuencia, fortalece de forma exponencial las posiciones yihadistas en esa región, lo que no viene bien a nadie, especialmente a Rusia, que tiene que enfrentarse a ese mismo fenómeno en Chechenia y en otros lugares de la geografía de la Federación.
Las conclusiones no pueden ser más inquietantes:
Primero, Europa corre el riesgo de mostrar, una vez más, lo peor de sí misma. Capaz de dar lecciones de democracia y estabilidad en el mundo e incapaz de resolver sus propias y sangrientas crisis, antes los Balcanes y ahora el Cáucaso; triste, casi patético.
Segundo, son los intereses geoestratégicos de Europa en su conjunto los que están en juego. Por buena que sea la relación con Estados Unidos, por coincidente que sea la posición con nuestros aliados de allende el Atlántico, por coordinados que lleguemos a estar en esta crisis, Europa en su conjunto, y no sólo la UE, debe tomar medidas urgentes, y tomar conciencia de que esta crisis de hoy tendrá consecuencias indelebles para nuestro futuro común si no tenemos el coraje y la firmeza que la situación exigen. Nuestra credibilidad y, sobre todo y más importante, nuestra estabilidad y bienestar futuro, están en juego.
Tercero, hay un sector ideológico (las izquierdas más radicales) que no sólo perdona cualquier cosa a sus afines ideológicos, sino que se las perdonan a cualquiera que no forme parte de su catálogo de bestias negras. Si la ofensiva de Rusia en Georgia la hubiese protagonizado Estados unidos, Israel, el Reino Unido, Francia o hasta cualquier otro país occidental y con una fracción de las víctimas civiles, hoy tendríamos las calles de buena parte del mundo inundadas de manifestantes pacifistas exigiendo el fin de las hostilidades. Es evidente que ante estos protagonistas, prefieren seguir de vacaciones.
Cuarto, a nadie se le escapa la evidente, hasta imprescindible, diría yo, necesidad de llevarse bien con Rusia, de reconocer su influencia y su legítimo orgullo nacional, pero eso ni puede ni debe significar que claudiquemos de los principios que defendemos enérgicamente en otros lugares del mundo y que defendamos, con la prudencia y la sensatez necesarias, nuestros intereses, nuestra estabilidad, la paz, y la defensa de la democracia desde el pleno respeto a los derechos y libertades fundamentales. Rusia es un actor fundamental en el mundo, nadie debe querer aislarlos o alienarlos, pero debe actuar de forma responsable. Rusia es un actor global y no puede actuar como una pequeña potencia regional que defiende intereses meramente coyunturales. En el siglo XXI, su papel seguirá siendo fundamental. Pero son actuaciones como ésta las que van a debilitar su posición, su prestigio y su credibilidad. Medvedev y Putin deberán recordar la máxima de Bismarck y elegir entre una y otra: «El político se preocupa de las siguientes elecciones, el hombre de Estado se preocupa de las siguientes generaciones». Que se apliquen urgentemente el cuento.
Éstos deben ser los parámetros de actuación de las democracias más avanzadas del mundo. La pusilanimidad, la cobardía, la laxitud frente a la presión o el ser acomodaticios ante los intereses cortoplacistas, debe ser desterrado del modus operandi democrático. La tragedia de Osetia del Sur debería convertirse en una señal de alarma que despierte a Europa de su letargo suicida. Nuestro futuro en común está en juego.
Los últimos acontecimientos de la política nacional e internacional, incluida la Eurocopa, junto a la profunda crisis económica que padecemos, han hecho que olvidemos la existencia de la grave y desestabilizadora amenaza que supone el terrorismo yihadista. La opinión pública mundial solo se preocupa normalmente de estas cosas cuando se produce un atentado terrorista.
Sin embargo están sucediendo importantes y sustanciosas novedades en el mundo del terrorismo yihadista y muy especialmente en el seno de la más conocida y temida red que es Al Qaeda. Al Qaeda es la heredera de la MAK, una de las muchas redes de apoyo a combatientes yihadistas que, enfervorecidos por el odio, llegaban a Pakistán con el deseo de cruzar la frontera y expulsar a los soviéticos de Afganistán. La MAK fue creada por el jordano Abdalla Azzam, verdadero padrino terrorista de Osama Bin Laden, que entonces era apenas un chaval fanatizado en busca de gloria y notoriedad. Poco a poco el joven Osama fué escalando posiciones y, entre la influencia que ejercía sobre su maestro, además de las importantes contribuciones económicas que canalizaba o que él mismo hacía, se convirtió en una figura indiscutible de la organización. Entre los compañeros de la Yihad afgana de Bin Laden destacaba por su fanatismo, envuelto en una aparente serenidad, el pediatra egipcio Ayman Zawahiri. El joven Bin Laden, influido por sus nuevos amigos egipcios, pronto discrepó profundamente de su mentor en torno a la estrategia a seguir después de la que entonces parecía inminente derrota de los soviéticos en Afganistán. Para Azzam era imprescindible que la revolución yihadista se centrase en un objetivo concreto en cada momento, es decir, que las piezas del dominó fueran cayendo una tras otra. Para Bin Laden y sus camaradas egipcios, por el contrario, era preciso montar una yihad global y total, simultánea e intensa, valiéndose, además, de los mismos instrumentos propagandísticos que, a su juicio, habían servido tan eficazmente a Occidente. Ante la negativa de Azzam, Bin Laden y sus cómplices decidieron asesinarle, acción que inmediatamente fué atribuida, por el yihadismo, a Israel y a los Estados Unidos.
Desde finales de los 80 hasta hoy Bin Laden y Zawahiri parecían formar un tándem indisoluble, una especie de “Bonnie and Clyde” del terrorismo. Sin embargo, el enfrentamiento entre ellos ha estallado de manera pública y ostensible, y lo que venía rumoreándose desde hacía algunos años ha quedado manifiestamente patente por medio de la multiplicación ad nauseam de las presencias públicas del número dos de la red terrorista. Ayman Zawahiri aparece constantemente en los medios lanzando arengas que, en apariencia, siguen las mismas pautas ideológicas que las de su jefe y otrora respetado amigo. Sin embargo el inconmensurable afán de protagonismo del pediatra egipcio, que ha llegado a decir que estaba dispuesto a someterse a las preguntas de la prensa y de la opinión pública, demuestran que hay una intensa y profunda pugna por el poder en el seno de Al Qaeda.
Entre los dos jefes terroristas vuelve a surgir el viejo diferendo de concepciones y estrategias en torno a esa yihad global y total. Las contradicciones, incoherencias y, sobre todo, su cruel barbarie, están causando un efecto muy importante de desafectación incluso entre islamistas radicales que en otros tiempos veneraban a Al Qaeda y a su líder como los salvadores del Islam y los vengadores de “las humillaciones” de Occidente. Pero hechos tan dramáticos como que la diferencia entre víctimas musulmanas y no musulmanas de los atentados terroristas de Al Qaeda sea abismal, admiten pocas dudas respecto de las verdaderas intenciones de estos monstruos. Para el islamismo radical en general y para el terrorismo yihadista en particular, todavía más que a Occidente y los Estados Unidos o Israel, se odia al musulmán no radical, al no islamista, e incluso al islamista que no sigue al pie de la letra sus brutales postulados. Para el yihadismo todos los musulmanes que no obedezcan ciegamente y al milímetro todos sus dogmas son, pura y sencillamente, unos apóstatas que habrán de ser destruidos, asesinados. A los musulmanes se les impone la “conversión” a lo que los yihadistas llaman “Islam puro”. A los “infieles” la sumisión.
En los comunicados de Zawahiri, como antes en los de Bin Laden se aprecia de forma inequívoca la profunda, diría yo que hasta abismal, separación entre sus análisis del mundo y la realidad. Su desconexión y desconocimiento, no ya del mundo en general o de Occidente, sino incluso del mundo islámico, es alarmante. Los atentados indiscriminados, con víctimas inocentes (partiendo de la base de que para mi cualquier víctima del terrorismo, tenga la posición que tenga, es ya una víctima inocente), mujeres, niños, ancianos o, por ejemplo, estudiantes de colegios de primaria o sus maestros, como hace Al Qaeda en Afganistán, donde el sólo hecho de estudiar constituye para los talibanes aliados de Al Qaeda, un crimen imperdonable castigado con la muerte. A esto hay que añadir los ataques contra mercados o contra bodas de chiíes en Iraq, o ataques contra médico, personal sanitario o cooperantes, demuestran que Al Qaeda solo entiende el terror como un método de imposición totalitario, sanguinario e implacable de su monstruosa ideología.
Las peleas internas, la lucha por la notoriedad y, más aún, la creciente evidencia ante la opinión pública islámica de la más absoluta ignorancia de la doctrina teológico-religiosa del Islam, por parte de Al Qaeda y sus dirigentes, subrayan su más radical falta de credenciales religiosas, o de autoridad teológica de ningún tipo. Los estudiosos y teólogos del Islam moderado llevan años analizando y desmontando los disparates doctrinales del islamismo radical y de su brazo terrorista el yihadismo. Queda aún mucho camino por recorrer, pero notables avances se han realizado entre imanes tanto en Europa como en el mundo islámico. Desenmascarar a estos terroristas, que además son farsantes teológicos, es una necesidad imperiosa para ganar esta feroz lucha contra el terror yihadista. Al Qaeda, como ya hiciera en 1989, considera que además de Afganistán, hay muchos otros frentes, tanto en el mundo islámico como a lo largo y ancho del planeta, que deben seguir abiertos de forma simultánea, con sus ataques crueles y sádicos, en su implacable lucha por el poder total. A la crueldad y barbarie del terrorismo yihadista se une su profunda ignorancia, todo teñido de unos increíbles delirios de grandeza, de un egocentrismo megalómano, que ha acompañado a todos los monstruos de la historia de la humanidad.
Estos síntomas que, en apariencia, nos pintan una organización desconectada de la realidad, instalada en la demencia y con apoyos menguantes, incluso entre sectores islamistas radicales, ni puede ni debe hacernos creer que la victoria sobre este tipo de terrorismo y a los fanáticos que lo inspiran, esté cerca. Muchas veces desde occidente nos obsesionamos con las siglas, con las redes concretas, con las organizaciones específicas o con los nombres propios de ciertos dirigentes terroristas. Esta es la batalla a corto y medio plazo, pero hay una mucho más importante para la victoria final sobre estas fuerzas del mal, conocer a nuestro enemigo, estudiarlo y buscar todos sus puntos débiles. Por ello es de vital importancia no confundir a estas alimañas con el verdadero el Islam, que es exactamente lo que ellos buscan para con ello ser más eficaces en el reclutamiento de nuevos adeptos. Este es, sin duda, uno de los mayores errores que tanto el mundo islámico como Occidente pueden cometer. Debemos subrayar sus incoherencias e inconsistencias, su ignorancia y su manipulación repugnante de la religión que profesan casi 1500 millones de personas. Resulta evidente que tanto musulmanes moderados como occidentales somos sus víctimas y sus objetivos, por lo que en consecuencia, debemos actuar unidos en la batalla contra este enemigo común. El respeto al Islam moderado es esencial para la victoria final sobre el fanatismo yihadista. Por ello, responsables políticos y opinadores deberían ser especialmente cuidadosos al analizar estas cuestiones tan extraordinariamente delicadas. No estoy hablando de autocensura, y mucho menos de callar ante el fanatismo, sino de denunciarlo sin ambages y de exigir a los moderados de una y otra parte que tengan el coraje necesario para dar un paso al frente en contra del terror y del fanatismo. Muchos dirán que esta no es su batalla, que por qué no lo hacen los poderes públicos, que por qué los gobiernos no se ocupan de garantizar la seguridad de sus ciudadanos. Otros dicen que si no nos movemos no nos pasará nada. Todas estas apreciaciones pueden tener su justificación, y hasta su lógica, sin embargo, la última es claramente el síntoma de sociedades enfermas. Sin embargo solo a través de la unión de los moderados de todo el mundo, solo a través de nuestra acción concertada, la derrota de esta plaga será posible.
Hugo Chávez Frías lleva una década al frente de su país tratando de instalarse a perpetuidad en el poder. Su revolución bolivariana y su socialismo del siglo XXI, son instrumentos al servicio de un proyecto claramente autocrático, en el que los intereses y los problemas de su ciudadanía poco o nada importan al máximo líder del país.
Miércoles, 3 de diciembre
Gustavo de Arístegui
Francisco Rubiales
ADIÓS AYER
Vicente A. C. M.
Carlos H. Echevarría
Manuel Molares do Val
Pedro Fernández Barbadillo
JUAN JULIO ALFAYA
Doctor Shelanu
Juan Fernandez Krohn
Juan Ramón Moscad Fumadó