El blog de Gustavo de Arístegui

Pesadillas despierto

21.07.06 | 11:33. Archivado en Líbano
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Se escucha un distante pero brutal estruendo, como un golpe seco en el pecho, segundos más tarde, una estremecedora y violenta explosión, es el impacto de un obús, el cohete o incluso el misil que ya ha alcanzado su objetivo, casi siempre ciego, que rompe, destroza, desgarra y revienta lo que toca. Y así docenas cada hora, durante largas noches, interminables días de eternas semanas. Unos al refugio, los afortunados que lo tienen, otros a un sótano de paredes de papel, que aun sabiendo de su fragilidad, creen que es mejor que esperar a la muerte segura en el cuarto de estar. Los que pueden a la montaña cercana pero ajena a la violencia del horror, muchos miles al doloroso, triste y casi siempre solitario exilio. Éste es el tremendo sentimiento de los que viven en la guerra.

Este es mi personal e hiriente álbum de recuerdos, son las desgarradoras memorias de mi juventud, la crónica de mis navidades y veranos en Beirut. El Beirut de los reporteros de guerra y los 250.000 muertos en 15 años sobre una población de cuatro millones de habitantes. Son las heridas y los recuerdos de mis visitas entre 1984 y 1990, cuando de manera casi inconsciente nos acostumbrábamos al espanto y al horror. Para los que éramos unos “eventuales” de la guerra como yo, ésas eran unas terribles vacaciones de terror, pero “distintas y originales”. ¡Qué estúpidos! Esta es la reflexión que me provoca la inconsciencia de aquellos años, la de quien ha vivido demasiadas veces al filo de la navaja, sin que, aparentemente, pasase nada grave. Hasta que siempre, fría e inevitablemente ocurre, casi siempre irreparable, irremediable, inasumible. El desgarro no se cura casi nunca, se aprende a vivir con él, a llevarlo con resignación. En ocasiones, si eres de una determinada pasta, lo moldeas y deja de ser lastre para convertirse en catalizador.

La naturaleza humana se manifiesta de diversas formas en tiempos de guerra, yo creo haber identificado cuatro. He aprendido a reconocerlas, y que me perdone el lector tanta referencia personal, pues tras haber vivido los peores episodios de Argentina, la guerra civil nicaragüense, el terrorismo etarra en Guipúzcoa, las guerras del Líbano o la crisis de Lockerbie en Libia, creo que hoy debo volver a compartirlo, aunque sólo sea para que las almas insensibles piensen, aunque sea por una fracción de segundo, en la maldad que el ser humano es capaz de engendrar, regodeándose y relamiéndose en ella. La primera es el miedo paralizante, que anula el raciocinio incluso de los más brillantes y lúcidos seres y que indefectiblemente te mata. La segunda es todo lo contrario, la ausencia de miedo, la total ignorancia del riesgo, el espíritu irresponsablemente temerario, éste es también, y dramáticamente, carne de estadística de guerra. El tercero, es el peor, la sabandija y la sanguijuela bélica. Son aquellos individuos, compañías o incluso Estados que de forma repulsiva, abyecta y pútrida, sacan provecho del terror, el miedo, las miserias, la angustia, el dolor y la desolación ajenos. Desde los “empresarios” que explotan ferrys de desguace, llenos de ratas y cucarachas –ninguna peor que ellos mismos- para “evacuar” a refugiados a la seguridad de alguna isla que se enriqueció con la sangre y la muerte de tanta gente. ¿Julio 2006? No, es mi particular y desoladora crónica de los indelebles recuerdos libaneses. Hay un cuarto tipo, que increíblemente es el más frecuente en estas trágicas circunstancias. Decía un amigo mío, reportero de guerra de raza y carácter ya fallecido: “Querido Gustavo, la única ventaja de la guerra es que es el mejor y más eficaz detector de hijos de puta y de mierdas de la historia”. Si querido amigo, pero el precio es demasiado alto.
Beirut-Haifa, Haifa-Beirut. Poco importa. Las poblaciones civiles son todas inocentes, no así los actores. Los terroristas, los fanáticos, los feudatarios y tributarios de guerras “vicarias” -como las ha calificado con brillantez un columnista de este periódico- son los que buscan la muerte, la coacción, el terror y la angustia, como objetivo principal de sus repulsivas naturalezas. Son los que se refugian en causas supuestamente nobles para perpetuarse en el poder. Nadie los elige y nadie los controla. La censura y la crítica están castigadas con la muerte -en el mejor de los casos civil- en el peor, la tortura y la eliminación. “El Líbano vuelve a ser el campo de batalla de fuerzas que no controla”, decía el líder del Partido Socialista Progresista y jefe de la comunidad drusa del Líbano Walid Jumblatt. Qué lúcida es esa afirmación. La actual guerra vicaria tiene actores tan maquiavélicos como no tan lejanos, vecinos y no tan vecinos, que seguirán sacando buena tajada del dolor de una pequeña y hoy indefensa república de emprendedores y trabajadores incansables que riegan al mundo entero con su imaginación y esfuerzo. Malditos hizbulás, maldito Nasralá, maldito, siempre malditos, los que no aceptáis la independencia del Líbano, malditos los que en nombre de causas nauseabundas, asesináis, secuestráis y torturáis. Sabed que los de la cuarta categoría son invencibles, porque son más que vosotros y creen en los valores que diferencian a los hombres de las bestias.


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