El año 2006 empezó con un alto grado de incertidumbre por el infarto cerebral de Ariel Sharon, los negros presagios se confirmaron con la victoria electoral de Hamas que, según la Unión Europea, es un grupo terrorista. Las elecciones israelíes no es que ralentizaran, prácticamente pararon cualquier avance en el proceso de paz, aunque poco podría haberse negociado con un Gobierno que, hasta ahora, ni siquiera reconocía el derecho a existir del Estado de Israel, ni aceptaba la legitimidad de las decisiones del anterior Gobierno, ni había renunciado a la violencia terrorista.
En Oriente Próximo los avances se parecen más a los bailes, a veces son tres pasos adelante y uno atrás, otras veces son uno adelante y tres hacia atrás, y otras uno de costado y dos para atrás, o para adelante, según como sea la canción.
El resultado es que rara vez se avanza de verdad. Hoy nos encontramos en una situación en la que se constata el deterioro político, social, económico y geoestratégico llevando a la región a un callejón sin salida.
La crisis de Gobierno palestina, forzada hábilmente por el órdago de Abú Mazen, presidente de la Autoridad Nacional Palestina (ANP), pareció meter en razón a Hamas, incluso se llegó a hablar de reconocimiento del Estado de Israel y de vuelta a la mesa de negociaciones; los líderes de Hamas en los territorios empezaban a cambiar, aunque fuera de forma imperceptible al principio, sus intransigentes posiciones.
El primer ministro de Israel, Ehud Olmert, que logró mantener la ventaja que le otorgaban los sondeos de opinión, sin ser el padre del Kadima, partido centrista que fundó Sharon, ha sorprendido por su temple, descolocó a la opinión pública internacional cuando parecía desprenderse de alguna declaración de su Gobierno, que las fronteras del 67 no estaban descartadas como solución definitiva.
Como tantas veces les hemos dicho en estas mismas páginas, la Ley de Murphy no es que sea de aplicación permanente en Oriente Próximo, es que parece que la región sea su más pura quintaesencia.
«Todo lo que pueda ir mal irá mal» reza el aforismo de Murphy, en esta ocasión hasta cuando los levísimos rayos de esperanza parecían clarear por el horizonte, los nubarrones y las tormentas vienen inmediatamente a aplacar, e incluso a anular, todo síntoma de optimismo.
El secuestro del soldado Guilad Shalit ha provocado una reacción que a algunos partidos políticos europeos y analistas les ha parecido excesiva, lo que no es otra cosa que una doctrina ya arraigada en las Fuerzas Armadas israelíes según la cual no se abandona nunca a un soldado en el campo de batalla, muerto, herido o, en este caso, secuestrado.
La verdad es que la situación es tan tensa que todo pende de un hilo, la más mínima chispa puede encender una inmensa hoguera, sin embargo hay que tener un poquito más de visión estratégica, ver un poco más allá del humo, la niebla y los obstáculos visuales, hay que reconocer ciertos síntomas de cambio, de dinamismo en la región, tan es así que de superarse estas tensiones podrían estar ante algún tipo de avance sustancial, cuando hace apenas seis meses el diálogo y el progreso por la agenda de la paz parecía bloqueado e imposible.
Gaza es un gueto del horror, el 60% de la población vive bajo el umbral de la pobreza, sus infraestructuras son más del cuarto mundo que del tercer mundo. En 340 kilómetros cuadrados hay más de un millón de personas, sus hospitales son insuficientes para dar atención a una población con una baja esperanza de vida y elevados índices de mortalidad infantil. La iniciativa económica está ahogada por el conflicto, por unas autoridades islamistas que consideran al turismo, incluso palestino, como una verdadera maldición.
El auge del sentimiento islamista en Gaza hasta ahora parecía imparable. Hasta tal punto que Cisjordania y Gaza, a veces, parecen países distintos. Un episodio más de violencia y enfrentamiento, una vez más hablan los carros de combate, las bombas, los lanzamisiles y lanzacohetes.
Mi amigo Mohamed Dahlan, en otros tiempos encargado de la seguridad en Gaza y, después, ministro del Interior, afirmaba que el principio del fin del conflicto árabe israelí comenzaría el día que las Fuerzas de Seguridad palestinas tuviesen una autoridad incontestable, que Hamas, Yihad o las Brigadas de los Mártires de Al Aqsa no fungiesen como un estado dentro del Estado, él mismo le dijo a Arafat que podría acabar con el caos de seguridad en Gaza, que podría terminar con las Brigadas de Izedin Al Qasam. Lamentablemente la orden del rais nunca llegó.
Esta es la enésima ocasión en que ambas partes no han perdido la oportunidad de perder una oportunidad. Hasta ahora en este terreno el lado palestino y, especialmente Arafat, llevaban mucha ventaja. Israel debe saber que empatar o perder ese partido ni es una opción ni sería bueno.
Israel tiene derecho a defenderse de grupos terroristas como Hamas o Yihad Islámica, pero debe apostar con mayor contundencia por los sectores moderados palestinos a los que, cierto es, la corrupción y la ineficacia los han destrozado política y electoralmente, pero también la falta de avances en el proceso de paz.
Sábado, 18 de febrero
Gustavo de Arístegui
Vicente Torres
Manuel Molares do Val
Raúl González Zorrilla
Vicente A. C. M.
Antonio Javier Vicente Gil
Pedro Fernández Barbadillo
Cesar Sinde
Toni García Arias
Juan Fernandez Krohn
José Pómez
Francisco Rubiales
Carlos Ruiz Miguel