El problema al que nos enfrentamos no es tan sólo el terrorismo y sus atentados. Es, sobre todo, la ideología que le sirve de motor, justificación y combustible: el islamismo radical. El islamismo radical no es Islam; de hecho, es la máxima perversión del Islam y no nos cansamos de repetir que el Islam y los musulmanes son las primeras víctimas del islamismo. El carácter expansivo, violento y despiadado del islamismo radical lo convierte en uno de los enemigos más preocupantes a los que se han enfrentado la democracia y la libertad en toda su existencia.
No obstante lo anterior, no conviene olvidar que los países y sociedades que han promovido, protegido o fomentado las formas más ultraconservadoras, ultrarrigoristas y ortodoxas del Islam han impulsado, plantado y cosechado -¿sin quererlo?- el crecimiento y la expansión del islamismo.
En esos ambientes resulta extraordinariamente fácil el reclutamiento de militantes islamistas radicales dispuestos a casi todo. La educación en escuelas coránicas ultrarrigoristas, los sermones de los viernes por parte de imanes o muftis ultraconservadores o incluso ya islamistas está plantando la semilla del odio y la confrontación que dará como fruto el fanatismo, la intolerancia y el terrorismo.
Las fronteras entre el Islam conservador y el Islam radical son cada vez más difusas, y los límites entre éstos y el islamismo empiezan a desaparecer, lo que favorece de manera preocupante el crecimiento del fanatismo islamista. Corresponde a los gobiernos y a los poderes públicos de los países afectados, de las autoridades religiosas, ministerios de asuntos religiosos, consejos superiores islámicos, a la emblemática Universidad de Al Azar de El Cairo (única relevante reconocida en el mundo musulmán suní), tomar las medidas necesarias para que los profesores e imanes, los libros de texto y las escuelas coránicas enseñen con rigor y con solidez la religión islámica, puesto que, según dice el presidente de la universidad islámica del Reino Unido, el profesor Badawi, hay una relación directa entre falta de formación teológica y religiosa y el fanatismo islamista.
Por otra parte está la terrible e inminente realidad de Al Qaeda, así como, lamentablemente, la incapacidad de Occidente de ir más allá de un nombre o de unas siglas. En nuestras sociedades hay que identificar con claridad al enemigo, olvidando que en la II Guerra Mundial tan terrible era Hitler como la ideología nazi y que, mientras Hitler desapareció, el nazismo desgraciadamente le ha sobrevivido. Nos encontramos ante una situación parecida, y tenemos que comprender que Al Qaeda es la más peligrosa y conocida manifestación de la terrorífica y violenta ideología del islamismo radical.
Este es, por lo tanto, un problema a largo plazo que supera en el espacio y en el tiempo a Al Qaeda y a cualquier otra organización islamista conocida. El enemigo que hay que derrotar es el islamismo, y no sólo a sus manifestaciones terroristas.El día, esperemos que cercano, en que se haya podido derrotar a Al Qaeda, el islamismo servirá de combustible al terrorismo que adoptará, seguramente, otras siglas, manifestaciones y otras estructuras.
Jueves, 16 de febrero
Gustavo de Arístegui
Manuel Molares do Val
Juan Fernandez Krohn
Antonio Javier Vicente Gil
José Pómez
Carlos Ruiz Miguel
Pedro Fernández Barbadillo
Rufino Soriano Tena
Enrique Zubiaga
Vicente Torres
Vicente A. C. M.
Raúl González Zorrilla
Pedro Rizo