La orquesta del Titanic
02.01.12 @ 00:13:28. Archivado en La vida misma
Hace una eternidad que sigo puntualmente, cada primero de enero, el concierto de Año Nuevo de la Filarmónica de Viena desde la Sala Dorada del Musikverein. Mi madre me inculcó esa costumbre, facilitada por otra parte por mi escasa predisposición a la celebración de Nochevieja, lo cual hace más llevadero despertarse a una hora razonable.
Siempre resulta una experiencia agradable, plácida, puntual, placentera y rigurosamente previsible. Pero en los últimos años, y en éste más que nunca, no puedo evitar que me venga a la cabeza, mientras lo veo y escucho, la imagen de la orquestina del Titanic tocando sobre la cubierta inclinada del monstruo agonizante. Todo en la retransmisión emana una cálida decadencia, añoranza por un mundo que ya dejó de existir hace un siglo, admiración por una cultura y una vitalidad irrepetibles, por una época que dió a Europa su máximo esplendor.
Ahora más que nunca, acuciada por la crisis económica y por las amenazas exteriores, la vieja Europa es un transatlántico suntuoso e iluminado que se hunde irremisiblemente, no en el océano, sino en un plácido lago centroeuropeo, contemplado por los ojos atónitos y pétreos de arrogantes esculturas barrocas que glorificaron a monarcas, artistas, literatos, mariscales, archiduques y princesas que en su tiempo se deslizaron por las fastuosas pistas de baile a los acordes de esta música. La misma, por cierto, que también el pueblo bailaba en las tabernas.
Las marchas triunfales, los redobles de tambores militares que suavizaron sus ritmos de conquista para adaptarlos a las necesidades del baile, nos remiten a un tiempo en que el poder de Europa se expandía por el mundo llevando explotación de recursos, pero también cultura y bienestar, civilización y progreso. Hoy suenan vacías, ridículas cuando son seguidas con aplausos rítmicos por un público que ya ha convertido esa anécdota en categoría y se siente obligado a palmotear cada vez que la Marcha Radetzky suena en cualquier rincón del mundo, sin saber siquiera quién dió nombre a la pieza. Y los valses, ésos que ya solo se bailan en las bodas y previo ensayo, justo antes de pasarse al último hit discotequero, se deslizan desmayadamente mientras la realización de la televisión austríaca nos hace recorrer palacios de ensueño en los que ya no reside poder alguno, pabellones de caza a orillas de lagos brumosos en los que ya no se citan a escondidas marquesas y húsares, salones inimaginables en los que ya no se decide nada, cascarones vacíos tan espectaculares como tristes, con la misma tristeza que transmiten las casas cuando sus habitantes han fallecido. Europa, aquella Europa, falleció hace décadas, pero sigue sonando a lo lejos el estribillo: "Mein Lebenslauf ist Lieb und Lust...".
Al mismo tiempo que la Filarmónica seguía el cauce del Danubio, no muy lejos Irán desarrollaba otro tipo de celebraciones, probando misiles y ensayando el bloqueo del Estrecho de Ormuz. Mientras, indescifrables operaciones financieras llevan y traen miles de millones de euros arriba y abajo. Y al propio tiempo varios millones de inmigrantes permanecen absolutamente ajenos, cuando no hostiles, a las celebraciones propias de la esencia europea. Y simultáneamente la inmensa mayoría de la ciudadanía europea no se siente en absoluto eso, europea, sino alemana, francesa, española, italiana,... Europa es para ellos solo burocracia, funcionariado, normativas abstrusas. Este es el verdadero iceberg que rasga el casco de la nave. Son demasiadas europas para poder ser una sola, potente y fuerte. Y nadie quiere renunciar a la suya.
La orquesta toca en cubierta, y como es propio de quien mucho fue, no es una orquestina, sino una filarmónica. Pero el barco se hunde, y los que se hallan próximos se aprestan más bien a apoderarse de los tesoros que a rescatar a los náufragos.
Que siga sonando la música. Quizá lo más sensato será que sea la orquesta la que se salve en un bote, y así algo de todo aquello perdure.
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Antonio Jaumandreu
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