Argucias legales
14.12.11 @ 22:42:13. Archivado en La vida misma
No se puede negar que, siendo abogado, todos los culebrones judiciales que salpican la actualidad nacional resultan apasionantes. El juicio a Camps, el de Matas, la instrucción del asunto Urgandarín, el fantasmagórico asunto Millet,... Todos ellos tienen su interés especial, y como digo no solo político, sino también jurídico.
Pero el que me tiene desconcertado es el procedimiento, o procedimientos mejor, porque son varios y diversos, contra Baltasar Garzón, quizá por aquello de ver al alguacil alguacilado. Ya pasó hace muchos años con el tristemente célebre Lluís Pascual Estivill: ver a todo un señor magistrado siendo juzgado por sus colegas tiene un morbo añadido. Pero lo que me asombra en el asunto Garzón es cómo cambian las cosas según uno esté en un papel u otro. Tenía fama Garzón de implacable en sus instrucciones, y no me refiero a su calidad técnica, que según me dicen colegas que le han tratado dejaba bastante que desear, sino a su actitud aplastante e intimidatoria frente a testigos, procesados y abogados. Un super magistrado nunca dispuesto a tolerar que se le pretendiese torear con triquiñuelas legales, añagazas procesales y maniobras dilatorias.
Pues bien, ahora resulta que es precisamente el juez Garzón quien está haciendo un despliegue casi barroco de maniobras procesales, recusando a todo magistrado que se le pone por delante alegando animadversiones, manías, antipatías y odios visigodos. De entrada a uno se le ocurre que Garzón ha cultivado muy pocas amistades en sus años como instructor, si atendemos al ingente número de magistrados que han sido fulminados como consecuencia de sus alegaciones. Tal vez pretenda que le juzgue el Tribunal de La Haya, vayan ustedes a saber.
Pero lo que es chocante es comprobar la poca fe que el hombre tiene en el sistema judicial del que él ha venido formando parte hasta ayer mismo. Su recusación sistemática de juzgadores indica a las claras que no cree en la imparcialidad de unos profesionales entre los que él se contaba, insisto, hasta fecha bien reciente. ¿Era él el único juez imparcial, o le es de aplicación aquello de que cree el ladrón que todos son de su condición?
Es un lamentable ejemplo para el mundo del derecho. Stricto sensu, por dignidad y convicción un juez procesado debería dejarse juzgar sin recurrir a ninguna argucia legal dilatoria, por haber sido precisamente víctimas una y mil veces de las triquiñuelas de los abogados. Defensa sí, garantías todas, pero filibusterismo procesal nunca. Mal síntoma cuando un juez se resiste como un vulgar carterista a ser juzgado.
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Antonio Jaumandreu
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