Terriblemente simple
12.11.11 @ 20:14:11. Archivado en La vida misma
Lucía Méndez citaba en El Mundo esta semana la frase de uno de los personajes de la película Margin Call. Cuando ya los empleados del banco en el que se centra la película en cuestión tienen clara la ruina a la que se enfrentan y las terribles fuerzas que van a desatar cuando se haga pública la insolvencia de la entidad (una referencia a Lehman Brothers y el supuesto origen de la crisis), uno de ellos tiene un momento de debilidad y se compadece de lo que va a perder "la gente normal". El otro le contesta que la gente normal "compró casas y coches que no podían pagar", y concluye con un rotundo "que se jodan".
Lo cierto es que el diagnóstico que encierra ese resumen contenido en una frase brutal y vulgar es perfecto. Probablemente piensen ustedes que simplifico mucho cuando digo que todo el problema viene de que todos, ciudadanos y estados, decidimos hace muchos años vivir por encima de nuestras posibilidades reales. Tal como dice el personaje de esa película, todos compramos coches y casas que no podíamos pagar, y los políticos prometieron cosas que no podían pagar, y las administraciones construyeron obras y prestaron servicios que no podían pagar, y algunas se embarcaron en guerras que no podían pagar, y todos se prestaron entre sí dinero que en realidad no existía para simular un tren de vida que en realidad ni podíamos permitirnos, ni nos habíamos ganado, ni nos merecíamos. C'est tout. Y de repente el mundo se viene abajo, y empieza de una forma ridícula como casi todos los grandes cataclismos: porque un puñado de "ninjas" no puede pagar sus deudas, lo cual pone en evidencia a todo el sistema. Las garantías no valen lo que se dijo, los balances no son como se pretendía, las inversiones dejan de tener valor y todo se va al carajo.
Y eso no es culpa del capitalismo, sino esencialmente de la pérdida de unos valores, de la desaparición de la cultura del mérito, de la responsabilidad, del esfuerzo, de la constancia, del reconocimiento, para su sustitución por la de la apariencia, del subsidio, de la irresponsabilidad, del gratis total, de la envidia y la simulación. Pero también es cierto que sin préstamos arriesgados la economía no se habría movido como lo hizo, las constructoras no habrían edificado sin compradores potenciales y todo ello generó un torrente artificial de riqueza frágil como un castillo de naipes.
En el fondo es estremecedoramente simple: hemos querido creer que éramos ricos sin serlo, en todos los aspectos. En el individual por supuesto, pero también en el colectivo, reclamando como innatos derechos y servicios públicos que probablemente no estaban ni remotamente a nuestro alcance.
Y ahora, ¿quién paga el estropicio? Solo hay una fórmula, sumamente dolorosa y humillante: asumir que no somos lo que creíamos ser. Que hay que trabajar más por menos, y que no todos los miembros de la sociedad pueden avanzar al mismo ritmo. Que el número de ciudadanos que pueden permitirse en España un vehículo de 40.000 euros no es ni de lejos el que parecía ser. Que no tanta gente puede adquirir viviendas de 500.000 euros. Que no era verdad que todos pudiésemos sustituir año tras año las tradicionales vacaciones en el pueblo de los abuelos por suntuosos cruceros al Caribe. Que todo lo que aquí producimos pueden producirlo muchísimo más barato en otras partes del mundo. Y que eso, precisamente eso último, no tiene hoy por hoy remedio.
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Antonio Jaumandreu
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