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09.11.10 @ 13:44:16. Archivado en La vida misma
Hoy voy a hacer pocos amigos, pero es que a veces hay que salir del carril por el que nos empeñamos en circular contra viento y marea.
Dice Felipe González que siendo presidente en una ocasión estuvo en su mano la decisión de volar el edificio donde se reunía la cúpula de ETA. Que decidió no hacerlo, y que a estas alturas no sabe si hizo bien o no, pensando en que tal vez hubiese evitado muchas víctimas inocentes.
Rasgar de vestiduras, grandes exclamaciones, escándalos mayúsculos: eso es que está reconociendo que él era la X del GAL, claman unos, ya que demuestra que a su mesa presidencial llegaban las decisiones sobre matar o no matar terroristas mediante métodos de guerra sucia u operaciones encubiertas. Otros, los suyos, le defienden, alaban y vitorean: el mejor presidente de la A a la X, ha dicho Bono, rematando la agudeza diciendo que omite la Z porque ésa es de Zapatero.
Yo entiendo que es obligación de la prensa, en especial de la que en su momento destapó el escándalo de los GAL y que sufrió por ello duras represalias, amplificar esta afirmación un tanto cínica del socialista. ¿Veis como teníamos razón?, vienen a decir. Pero me parece que la oposición se equivocará mucho si intenta hacer sangre con eso.
Y es que, no nos engañemos, la mayoría de la ciudadanía, desde cualquier punto del abanico político, comprendía, justificaba, disculpaba y hasta celebraba la iniciativa de ir a buscar a los terroristas a sus escondrijos (santuarios se les llamaba impropiamente) y cargárselos sin más trámite. ¿O no? Lo que realmente resultó insufrible para la sociedad española fue el carácter escandalosamente chapucero y torpe de aquella guerra sucia, a cargo de personajes patibularios como Amedo, y el paralelo enriquecimiento obsceno de buena parte de sus protagonistas. Pero pocos cuestionaban en aquellos tiempos el fondo de la cuestión: no olvidemos que morían 150 personas al año a manos de los etarras.
Lo que ha dicho González es la simple narración (probablemente innecesaria, eso sí) de lo que a cualquier mandatario de un país serio le sucedería. ¿O acaso creen ustedes que un primer ministro británico no tendría sobre su mesa un plan concreto de sus servicios secretos para cargarse de una tacada a toda la dirección del IRA, si ésta se hubiese puesto a tiro y la detención se antojase inviable? Es lo menos que puede esperarse de unos servicios secretos, digo yo. Luego, por supuesto, al político le tocará tomar la terrible decisión. Pero es muy fariseo escandalizarse por estas afirmaciones. Puede discutirse si González hizo lo correcto o no, pero el hecho de que se le plantease la opción es, insisto, lo mínimo que cabe esperar del gobierno de un país medianamente serio.
Por cierto, ¿qué hubieran decidido ustedes…?
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Antonio Jaumandreu
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