Si yo no fuese catalán...
22.07.10 @ 23:31:47. Archivado en La vida misma
Si yo no fuese catalán, pensaría que si Montilla considera que su proyecto estrella ha sido mutilado por el Tribunal Constitucional, debería dimitir reconociendo así su incompetencia como legislador, o como protesta digna en caso de seguir considerando que el proyecto era legítimo.
Si yo no fuese catalán, al escuchar al líder de ERC proclamar que el gobierno tripartito está acabado esperaría la consecuencia lógica de ver dimitir ipso facto a todos sus consejeros en ese gobierno.
Si yo no fuese catalán, me extrañaría que el presidente de la comunidad expoliada tenga un sueldo que casi dobla al del presidente del estado explotador. De hecho, me resultaría rarísimo que la práctica totalidad de los cargos públicos y funcionarios de la Cataluña oprimida, incluida la policía, tenga retribuciones sensiblemente mayores que sus equivalentes en la España opresora.
Si yo no fuese catalán me preguntaría si el monstruoso déficit de la Generalitat no tendrá más que ver con cosas como éstas que con el legendario expolio. Y me enfurecería vivir en una de las comunidades con mayor presión fiscal.
Si yo no fuese catalán me escandalizaría que un gobierno autonómico convoque una manifestación contra una sentencia que todavía no se ha publicado.
Si yo no fuese catalán me preguntaría muy seriamente cómo va a ser viable una Cataluña independiente, si podrá pagar sus pensiones, su administración de justicia, su representación diplomática, su policía que hoy paga en buena medida el Estado, quién sabe si unas fuerzas armadas propias,…
Si yo no fuese catalán le preguntaría al señor Montilla si opina que la España en que fue alumbrado es o no una nación. Y si lo es, le pediría que me dijese si su relación con la nación catalana que recientemente ha descubierto es de superposición, o de yuxtaposición, o de subordinación, o secante, o tangente, o concéntrica,…
Si yo no fuese catalán me preocuparía tener una administración tan intervencionista que determina que los niños adoptados sean obligatoriamente informados de tal circunstancia antes de cumplir doce años, o que obliga a sus ciudadanos a rotular sus negocios o escribir sus circulares en un determinado idioma, bajo amenaza de sanción.
Si yo no fuese catalán, interrogaría sorprendido al presidente Montilla sobre la curiosa circunstancia de que lleve a sus hijas a un colegio extranjero en el que no hay inmersión lingüística, cuando ésta es la práctica obligatoria en todas las escuelas públicas o concertadas.
Si yo no fuese catalán, me indignaría que el presidente de la Generalitat se reúna con el del gobierno español para decidir cómo soslayar la aplicación de una sentencia del Tribunal Constitucional, dando un lamentable ejemplo al conjunto de los ciudadanos que sí deben cumplir con las leyes y resoluciones judiciales.
Si yo no fuese catalán, me avergonzaría comprobar la unanimidad sorprendente con que la clase política y la prensa apoyan el ideal nacionalista, cuando el sentir social que desvelan las encuestas es bien distinto.
Si yo no fuese catalán, me molestaría constatar que mis gobernantes tienen un nivel formativo insultantemente bajo.
Si yo no fuese catalán, me preguntaría por qué en la inmensa inversión que ha supuesto la flamante nueva Ciudad de la Justicia de Barcelona no ha habido una mínima partida para que la rotulación esté también en español.
Si yo no fuese catalán, me embargaría la ira al comprobar cómo las muestras de corrupción política salpican a todas las formaciones políticas que ostentan poder en Cataluña y son sistemáticamente tapadas con la complicidad de la prensa.
Si yo no fuese catalán, me preocuparía seriamente la creciente catalanización de la política española.
Si yo no fuese catalán, me agotaría el victimismo incesante y me avergonzaría ver a mis representantes en perpetua queja, reivindicación, gesto de dignidad ofendida, lloriqueo y mohines diversos.
Si yo no fuese catalán, me sorprendería la ligereza con la que los dirigentes se atribuyen la portavocía de la voluntad de la absoluta totalidad de los catalanes, sin excepción, y la sofocante frecuencia con que la palabra Cataluña aflora en sus discursos.
Si yo no fuese catalán, pensaría que un estatuto con cerca de 275 artículos es manifiestamente desproporcionado, y me sentiría ofendido al ver cómo se instrumentaliza mi voto en un referéndum para defender algo que no tiene nada que ver, como es la legalidad constitucional o no de un proyecto de ley, para cuya calificación la inmensa mayoría de los ciudadanos no está cualificada.
Si yo no fuese catalán estaría francamente cabreado con el hecho de que terminado hace apenas unos meses el arduo debate de la financiación, con una suculenta tajada para el Principado, ya se esté planteando el sistema foral de cupo como nueva meta.
Si yo no fuese catalán, empezaría a pensar seriamente que los catalanes son, por encima de todo, unos pesados de dimensiones cósmicas, y que a lo mejor no es tan mala idea que se asomen al abismo de la independencia para ver cuán dura será la caída.
Pero afortunadamente nada de eso me sucede, porque soy catalán, y como tal me han inculcado la convicción de que pertenezco a una especie de casta superior, que está por encima de leyes, constituciones y sentencias; de que el resto del estado español está en deuda conmigo en virtud de no importa qué agravios históricos; de que si fuésemos independientes ataríamos los perros con longanizas; de que es bueno para mí que me impongan en qué idioma he de expresarme o ver las películas o educar a mis hijos, sin posibilidad de elección; de que tengo derecho, por no decir obligación, a manifestarme perpetuamente ofendido, humillado e incomprendido. De que formo con mis compatriotas, en definitiva, una auténtica unidad de destino en lo universal, que decía aquél.
Decididamente, ser catalán es agradable. Caro, pero agradable. Si uno aprende a no preguntarse cosas, resulta realmente cómodo.
Comentarios:
Después de leer esta columna llena de preguntas totalmente obvias, profundas y demoledoras, cuya respuesta viene a ser "es igual, diga usted lo que quiera, nosotros vivimos de este cuento, porque no servimos para otra cosa", sólo se me ocurre repetir sus palabras, mencionando la valiente actuación del Rey de España: esto le va a salir caro. No se puede ser valiente, defensor de los valores más elementales de la democracia en un estada parafascista como el de esta comunidad, sin pagar un alto precio por ello.
¡Mucha suerte, y todo mi respeto, señor Jaumandreu! Necesitamos más personas como usted en un estado que permite ser ninguneado y vender esa actitud como "juego democrático" ¡Anda ya hombre, a otro perro con ese hueso!
Inmaculada
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Antonio Jaumandreu
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