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Antes muerta que inteligente

Permalink 31.07.10 @ 18:17:58. Archivado en La vida misma

Tiene a bien declarar hoy en El Mundo la Excelentísima Señora Ministra de Igualdad, Doña Bibiana Aído, que "no podría tener una pareja de derechas". No sé si alguien se ha hecho el próposito de imaginar a algún alto cargo francés, inglés, alemán, holandés, qué sé yo, emitiendo una declaración semejante. El sectarismo no conoce límites; la ignorancia es omnipotente en su atrevimiento; la falta de respeto intelectual a la ciudadanía es inextinguible por parte de quienes se supone que tienen la obligación de gobernar para la totalidad de los españoles. Claro que en cualquiera de los países citados cabe suponer que llegan a ministros únicamente los mejores, tras ardua selección y extensa experiencia, como culminación de una carrera. El nuestro es en cambio el país de los ministros - cometa, que aparecen de la nada administrativa para alcanzar velozmente el cénit de un sillón ministerial antes de perderse nuevamente en la oscuridad del partido, en el agujero negro del olvido, sin dejar de su paso por la gobernación más que una estela de idioteces.

Esta señorita, que al parecer no es consciente de haber sido elegida por su condición de florero por un presidente que necesitaba rodearse de una serie de imágenes que diesen verosimilitud visual a sus proclamas de talante y modernidad, añade que si Lehman Brothers hubiese sido Lehman Sisters otro gallo nos hubiera cantado. Sesuda observación a medio camino entre lo económico, lo social, lo psicológico y lo imbécil, con clara tendencia a esto último.

Una ventaja tiene la Srta. Aído: dado que su ministerio es de nueva creación y de existencia probablemente fugaz, su retrato oficial no podrá desentonar en ninguna galería de antecesores que con dignidad hubiesen desempeñado anteriormente el cargo. Creo que en su caso con una referencia en la Frikipedia bastará.

Qué raro...

Permalink 27.07.10 @ 22:45:32. Archivado en La vida misma

No me lo explico. La Generalitat no ha salido todavía a anunciar a bombo y platillo que dos de las siete entidades financieras que en toda Europa no han superado la prueba de fortaleza (stress test, si prefieren) son catalanas. Dos de las siete, entre centenares. No es mal promedio. Si fuese al revés, es decir, que dos de las más solventes entidades de Europa fuesen catalanas, no me cabe la menor duda de que la Generalitat en pleno (y hasta la oposición) nos lo estarían restregando por la cara día y noche.

Y una de ellas además presidida nada menos que por un prohombre de la patria, el mismísimo D. Narcís Serra.

Claro, será que están muy atareados con el debate sobre la prohibición de los toros, cuestión que sin duda absorbe también todas las preocupaciones de los ciudadanos.

Si yo no fuese catalán...

Permalink 22.07.10 @ 23:31:47. Archivado en La vida misma

Si yo no fuese catalán, pensaría que si Montilla considera que su proyecto estrella ha sido mutilado por el Tribunal Constitucional, debería dimitir reconociendo así su incompetencia como legislador, o como protesta digna en caso de seguir considerando que el proyecto era legítimo.

Si yo no fuese catalán, al escuchar al líder de ERC proclamar que el gobierno tripartito está acabado esperaría la consecuencia lógica de ver dimitir ipso facto a todos sus consejeros en ese gobierno.

Si yo no fuese catalán, me extrañaría que el presidente de la comunidad expoliada tenga un sueldo que casi dobla al del presidente del estado explotador. De hecho, me resultaría rarísimo que la práctica totalidad de los cargos públicos y funcionarios de la Cataluña oprimida, incluida la policía, tenga retribuciones sensiblemente mayores que sus equivalentes en la España opresora.

Si yo no fuese catalán me preguntaría si el monstruoso déficit de la Generalitat no tendrá más que ver con cosas como éstas que con el legendario expolio. Y me enfurecería vivir en una de las comunidades con mayor presión fiscal.

Si yo no fuese catalán me escandalizaría que un gobierno autonómico convoque una manifestación contra una sentencia que todavía no se ha publicado.

Si yo no fuese catalán me preguntaría muy seriamente cómo va a ser viable una Cataluña independiente, si podrá pagar sus pensiones, su administración de justicia, su representación diplomática, su policía que hoy paga en buena medida el Estado, quién sabe si unas fuerzas armadas propias,…

Si yo no fuese catalán le preguntaría al señor Montilla si opina que la España en que fue alumbrado es o no una nación. Y si lo es, le pediría que me dijese si su relación con la nación catalana que recientemente ha descubierto es de superposición, o de yuxtaposición, o de subordinación, o secante, o tangente, o concéntrica,…

Si yo no fuese catalán me preocuparía tener una administración tan intervencionista que determina que los niños adoptados sean obligatoriamente informados de tal circunstancia antes de cumplir doce años, o que obliga a sus ciudadanos a rotular sus negocios o escribir sus circulares en un determinado idioma, bajo amenaza de sanción.

Si yo no fuese catalán, interrogaría sorprendido al presidente Montilla sobre la curiosa circunstancia de que lleve a sus hijas a un colegio extranjero en el que no hay inmersión lingüística, cuando ésta es la práctica obligatoria en todas las escuelas públicas o concertadas.

Si yo no fuese catalán, me indignaría que el presidente de la Generalitat se reúna con el del gobierno español para decidir cómo soslayar la aplicación de una sentencia del Tribunal Constitucional, dando un lamentable ejemplo al conjunto de los ciudadanos que sí deben cumplir con las leyes y resoluciones judiciales.

Si yo no fuese catalán, me avergonzaría comprobar la unanimidad sorprendente con que la clase política y la prensa apoyan el ideal nacionalista, cuando el sentir social que desvelan las encuestas es bien distinto.

Si yo no fuese catalán, me molestaría constatar que mis gobernantes tienen un nivel formativo insultantemente bajo.

Si yo no fuese catalán, me preguntaría por qué en la inmensa inversión que ha supuesto la flamante nueva Ciudad de la Justicia de Barcelona no ha habido una mínima partida para que la rotulación esté también en español.

Si yo no fuese catalán, me embargaría la ira al comprobar cómo las muestras de corrupción política salpican a todas las formaciones políticas que ostentan poder en Cataluña y son sistemáticamente tapadas con la complicidad de la prensa.

Si yo no fuese catalán, me preocuparía seriamente la creciente catalanización de la política española.

Si yo no fuese catalán, me agotaría el victimismo incesante y me avergonzaría ver a mis representantes en perpetua queja, reivindicación, gesto de dignidad ofendida, lloriqueo y mohines diversos.

Si yo no fuese catalán, me sorprendería la ligereza con la que los dirigentes se atribuyen la portavocía de la voluntad de la absoluta totalidad de los catalanes, sin excepción, y la sofocante frecuencia con que la palabra Cataluña aflora en sus discursos.

Si yo no fuese catalán, pensaría que un estatuto con cerca de 275 artículos es manifiestamente desproporcionado, y me sentiría ofendido al ver cómo se instrumentaliza mi voto en un referéndum para defender algo que no tiene nada que ver, como es la legalidad constitucional o no de un proyecto de ley, para cuya calificación la inmensa mayoría de los ciudadanos no está cualificada.

Si yo no fuese catalán estaría francamente cabreado con el hecho de que terminado hace apenas unos meses el arduo debate de la financiación, con una suculenta tajada para el Principado, ya se esté planteando el sistema foral de cupo como nueva meta.

Si yo no fuese catalán, empezaría a pensar seriamente que los catalanes son, por encima de todo, unos pesados de dimensiones cósmicas, y que a lo mejor no es tan mala idea que se asomen al abismo de la independencia para ver cuán dura será la caída.

Pero afortunadamente nada de eso me sucede, porque soy catalán, y como tal me han inculcado la convicción de que pertenezco a una especie de casta superior, que está por encima de leyes, constituciones y sentencias; de que el resto del estado español está en deuda conmigo en virtud de no importa qué agravios históricos; de que si fuésemos independientes ataríamos los perros con longanizas; de que es bueno para mí que me impongan en qué idioma he de expresarme o ver las películas o educar a mis hijos, sin posibilidad de elección; de que tengo derecho, por no decir obligación, a manifestarme perpetuamente ofendido, humillado e incomprendido. De que formo con mis compatriotas, en definitiva, una auténtica unidad de destino en lo universal, que decía aquél.

Decididamente, ser catalán es agradable. Caro, pero agradable. Si uno aprende a no preguntarse cosas, resulta realmente cómodo.

Me debo haber perdido algo

Permalink 07.07.10 @ 16:02:46. Archivado en La vida misma

Uno: ¿alguien ha tenido acceso a la sentencia íntegra del Tribunal Constitucional? Que yo sepa, no.

Dos: sin tener conocimiento de su contenido real, ¿ya se ha convocado una manifestación preventiva en su contra?

Tres: ¿esa manifestación la convoca o secunda una autoridad del Estado (el presidente de la Generalitat) contra otra autoridad del Estado (el Tribunal Constitucional)?

Cuatro: ¿oí ayer a Bibiana Aído proclamar que es inaudita la rebeldía de algunas autonomías contra la ley del aborto, mientras otra autonomía que su propio partido preside se rebela contra la sentencia del Constitucional?

Cinco: los catalanes (ya saben que siempre vamos en un solo pack, "los catalanes quieren", "Catalunya demanda", etc.) se van (o nos vamos, que no sé yo si será obligatorio) a manifestar de forma unitaria contra algo que aún no hemos leído, y tan unitaria será la manifestación que ni siquiera son (¿somos?) capaces de acordar si la abrirá una pancarta o una bandera.

Seis: "som una nació". Vale, ¿le importaría a alguien definirme qué es una nación, y así podré saber si estoy de acuerdo? Gracias.

Séptimo: se emite por televisión un spot animando a manifestarse. ¿Quién lo paga?

En fin, que si alguien tiene a bien informarme se lo agradecería mucho, de verdad.

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