El último puesto de trabajo
15.06.10 @ 19:57:25. Archivado en La vida misma
Zapatero ya solo está luchando por salvar el último puesto de trabajo, el único que realmente le importa: el suyo. Tanta impostación, tanto envolverse de pronto en la bandera del servicio a la patria arrostrando para ello cualquier desgaste personal no tiene en realidad más objetivo que ése: permanecer en el poder a cualquier precio. Que hay que renunciar a las propias creencias, se renuncia. Que hay que mentir descaradamente, se miente. Que hay que dejar en ridículo día sí, día también, a los colaboradores, aunque tengan rango de ministros o vicepresidentes, se hace. Que hay que engañar, con horas de diferencia apenas, a tirios y a troyanos, pues se les engaña.
No hay más: es la lucha por la supervivencia, por mantenerse en el sillón a cualquier coste. Cualquier persona íntegra, y más alguien que tanto ha pregonado la fidelidad a unos principios e ideales, cuando se ve obligado a aplicar todo lo contrario a aquello que decía defender, se va a su casa con la cabeza bien alta dejando que sean otros quienes se ensucien las manos con tan despreciables formas de gobierno. Cualquier persona decente dejaría a salvo a menos su ética personal. Pero para eso hay que tenerla, la ética.
Primero fue la guerra. No a la guerra, Aznar asesino, y ahora estamos más implicados que nunca en el conflicto de Afganistán y la guerra contra el terrorismo internacional, aportando mucho más esfuerzo bélico del que probablemente nuestro potencial real nos permite.
Luego fue el estatuto de Cataluña y su “apoyaré todo lo que salga del parlament”, para luego en encuentros privados traicionar a unos y a otros y confiar en que el Constitucional resuelva la papeleta, aunque la institución perezca en el intento, para así luego poder echar la culpa a “la derecha”.
Antes o después, no lo sé, estuvo la negociación con los asesinos, y sus proclamas de inflexibilidad mientras bajo la mesa se intercambiaban cromos en forma de propuestas inmorales.
Tampoco hay obstáculo para proclamarse radicalmente laicista y acudir a un desayuno de oración en la América profunda o ir a visitar al Papa.
Ahora le toca a la economía: jamás mientras estemos en el poder se recortarán los derechos sociales, hasta que toca recortarlos, claro está, y en ese momento se hace, sin pestañear.
Este hombre no puede seguir siendo presidente. No por mucho rectificar uno es más sabio. La reiteración en la rectificación lo único que constata es la contumacia en la equivocación, es la ignorancia supina, es la imprudencia suprema, es la incompetencia máxima. Quien constantemente ha de rectificar es porque constantemente se equivoca.
Se lo diré con un ejemplo brutal: no basta con condenar la violencia tras años de asesinar inocentes, sino que hay que pagar por los crímenes cometidos. El arrepentimiento atenúa la condena, pero no exime de ella. Pues lo mismo: no basta con renegar de todos los principios que se han revelado errados, sino que hay que pagar además por ello. Y el precio es la dimisión.
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San Agustín
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Antonio Jaumandreu
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