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Antonio JaumandreuAntonio Jaumandreu

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Redistribución de la riqueza

Permalink 19.05.09 @ 11:02:29. Archivado en La vida misma

Hoy les voy a hablar de mí. O de un asunto personal, al menos. Ya me sabrán disculpar. Oigan, y si no, con no leer…

Verán, mi abuelo era un suizo que llegó a España con 20 añitos, una mano delante y otra detrás, y fue cazado a lazo nada más atravesar la frontera por una recia pubilla ampurdanesa. Corrían los primeros años 20 del siglo pasado. Tras arduos esfuerzos, avatares mil, traslados de domicilio y epopeyas diversas, alcanzaron una considerable holgura económica que, a mediados de los 50 si mal no recuerdo, les llevó a adquirir unos terrenos en El Masnou, entonces apacible pueblecito marinero situado 15 kilómetros al norte de Barcelona, muy de moda entre los veraneantes más o menos acomodados de la época.

Allí se construyeron una casa, y posteriormente otra vecina, que con el tiempo se compuso de tres viviendas y un pequeño local comercial, amén de adquirir un par más de propiedades en el pueblo. Esas construcciones pagaron por supuesto sus permisos de obras, impuestos diversos, etc. Y su valor fue escrupulosamente declarado a partir del momento en que existió la obligación legal de hacerlo.

Falleció el abuelo suizo en 1981, y sus tres hijos heredaron las propiedades divididas en lotes más o menos equivalentes. Hubo que pagar los impuestos de sucesiones y las plusvalías municipales, y el patrimonio ya sufrió por ello una merma, puesto que cada uno de los herederos tuvo que vender algo para poder asumir el coste fiscal de su porción hereditaria. A mi madre le correspondió esa casa de las tres viviendas y el local, y otra próxima, que hubo de venderse para poder pagar los tributos y así lograr conservar la otra.

Durante largos años, mi familia ocupó dos de esas viviendas y su jardincillo anexo, y la otra vivienda y el local se arrendaron, de acuerdo con la antigua ley de alquileres que implicaba prórroga forzosa, derecho preferente de adquisición para el inquilino a precio tasado, y posibilidad muy limitada de aumentar las rentas. Pero ahí pasamos nuestros veranos, escarbando en el patio y destrozando geranios a balonazos. Por supuesto, mi madre siguió declarando escrupulosamente su patrimonio año tras año, pagando sus contribuciones y viendo cómo en los solares próximos se edificaban hermoso bloques de siete u ocho alturas que paulatinamente iban limitando las horas de sol en el patio.

Mi madre falleció hace un año. Mi hermana y yo cometimos entonces el terrible pecado de devenir herederos. Esos tres pisitos, el jardincillo y el local devengaron, primera sorpresa, un impuesto de sucesiones por valor de 120.000 euros. Lo traduciré a pesetas, para que nos entendamos: 20 millones de pesetas de impuesto de sucesiones que reclamó la Generalitat. A continuación, el Ayuntamiento de El Masnou reclamó su parte del pastel en forma de plusvalía (ahora le llaman impuesto sobre el incremento del valor de los terrenos, que suena menos marxista): 15.000 euros más.

Evidentemente, mi hermana y yo no disponíamos de 25 millones de pesetas (cuenten con los notarios y registros) ahorrados “para heredar”, y mi madre no dejó cantidad alguna líquida, ya que sus últimos ahorros, y buena parte de los nuestros, se fueron en los gastos de su larga y dramática enfermedad, que la llevó a acreditar el grado máximo de dependencia, honrosa distinción que sin embargo no le permitió llegar a percibir un solo euro de las tan cacareadas ayudas públicas. En consecuencia, se impuso hipotecar la casa (añadiendo esa carga a las hipotecas que ya cada hijo pudiese tener para sus respectivas viviendas).

Bien, mi hermana y yo ya somos felices propietarios de la casa en la que han gozado de los veraneos hasta cuatro generaciones, si cuento a mi sobrino, y para ello hemos tenido que hipotecar nuestras vidas para saciar el apetito voraz de las administraciones local y autonómica.

No acaba todo ahí: ahora me llega el primer recibo de las exacciones municipales de nuestra flamante propiedad: 2.300 euros de IBI y algo más de 550 de vado y basuras (perdón: residuos). Total, casi 3.000 euros anuales de tasas municipales. Para que nos hagamos una idea: un asalariado que perciba un sueldo de 2.500 euros netos mensuales, que no es una retribución espectacular, pero tampoco ridícula, debería destinar un 10 % de su sueldo neto anual a los tributos municipales por el simple hecho de ser propietario de un bien inmueble.

Reconozco nuestro pecado: tres generaciones de imbéciles decidieron mantener tal cual esa casa de verano, en vez de sucumbir a la tentación de especular vendiendo el terreno y creando 20 pisos. Por cierto: ahora ya no podríamos. El Ayuntamiento traza sobre el mapa unas caprichosas líneas que determinan que, pese a estar casi adosados a un par de bloques de seis o siete alturas, en nuestro solar no puede levantarse más que planta y un piso. Misterios del urbanismo.

Ahora, sencillamente, nos planteamos que no podemos pagar todo eso. No podemos destinar 3.000 euros anuales (sí, 500.000 pesetas) a tributos municipales y buena parte de nuestros ingresos de los próximos 15 años, que es el plazo por el que hemos constituido la hipoteca, a financiar la adquisición de lo que en realidad ya era nuestro. Y es que si bien lo miran el tema es fantástico: hemos de hipotecarnos para “adquirir” la propiedad de algo que lleva siendo nuestro (de la familia) más de 50 años.

Por supuesto, si vendemos tendremos que declarar las correspondientes ganancias patrimoniales en nuestra renta, y volver a pagar por ello.

Es gracias a todo este proceso que he conseguido entender finalmente el concepto socialista de la redistribución de la riqueza: se trata básicamente de que quien no tenga mucho dinero no pueda ser propietario de una casa por herencia, y que si le toca tamaña desgracia lo que ha de hacer es vender a alguien que sí tenga dinero. Redistribución, en efecto. Curiosa, pero redistribución a la postre.

Otra enseñanza es que cuando puedas, especules. Vende, edifica, promueve, y sácate de encima ese incómodo patrimonio. A quién se le ocurre anclarse en ese romanticismo absurdo y trasnochado de mantener la casa familiar durante generaciones, respetando el entorno de las casas típicas del pueblo…

Como ven, todo muy progresista. Porque claro, huelga decir que tanto la Generalitat como el Ayuntamiento de El Masnou están gobernados por el partido socialista, en amalgama con Izquierda Unida y Esquerra Republicana.

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