Dicen que la distancia es el olvido
10.11.09 @ 22:37:23. Archivado en La vida misma
Me vino a la memoria esta frase del famoso bolero cuando leí que un analista político relacionaba la distancia a la que se instruyen los sumarios con la dureza de las medidas procesales preventivas que se adoptan. El tema era el siguiente: un juez de instrucción de Barcelona ve el caso Millet, con desviaciones millonarias de fondos y confesiones públicas del inculpado a toda plana en los principales diarios catalanes, y le deja en libertad con cargos, pero sin fianza. Por el contrario, un juez de la Audiencia Nacional instruye el llamado caso Pretoria, también con millones de euros en juego, y también en Barcelona, y ordena la prisión incondicional de varios de los implicados y su traslado a Madrid esposados.
Bien vista la comparación. De ella se infería toda una tesis sobre la conveniencia o no de la proximidad en la toma de decisiones, en este caso judiciales, pero también las políticas. La diferencia de trato es evidente. Sin descartar el “factor Garzón” (que me abstendré de describir aquí, no sea que el infatigable magistrado me procese), parece defendible una teoría que defienda que en un país pequeño como Cataluña, en el que todos nos conocemos, la posibilidad que tiene un juez de primera instancia para actuar de forma contundente contra uno de los “prohombres de la patria” es más limitada que la que disfruta un magistrado que se mueve a 600 kilómetros de distancia. De ahí a discutir sobre el objetivo último de las campañas políticas (y de las previsiones estatutarias) destinadas a conseguir un poder judicial catalán, y una última instancia catalana, va un paso. Un paso importante, y un debate interesante.
Interesante sobre todo porque puede extrapolarse a otras cuestiones. Antes, por ejemplo, se decía que a los inspectores de Hacienda se les enviaba siempre desde provincias lejanas, y que nunca se les permitía arraigar demasiado en un destino, para evitar así la creación de vínculos o amistades digamos peligrosas. La carne es débil, ya saben. Ya lo sé, es injusto suponer la venalidad de todo funcionario, y tratarlos como seres siempre susceptibles de cohecho. Pero es que a veces no es preciso llegar a la figura delictiva: basta la predisposición favorable, el conocimiento amistoso, la relación íntima, la proximidad vecinal.
Qué decir entonces de las áreas de urbanismo en las administraciones públicas. ¿Es sensato poner todo el énfasis en la proximidad como factor de decisión que permite un mejor conocimiento del terreno (nunca mejor dicho)? ¿O quizá sería mejor centralizar ese tipo de decisiones en un número más reducido de personas, más controlables por ser menos, y más fiables por hallarse a mayor distancia, geográfica y sentimental, del lugar en el que se adoptan las decisiones? Dicho de otra forma: la loable proximidad en la toma de decisiones ¿no se ve amenazada por el hecho de que en cualquier pequeña o no tan pequeña población el responsable último de recalificaciones y planificaciones urbanísticas sea ese vecino con tanto arraigo en la villa y tan conocido, con tantos familiares en la comarca y tantos compromisos?
La distancia como factor higiénico en la toma de decisiones políticas, administrativas o judiciales. Ya ven: el mundo al revés. De pronto, parece que todo lo que durante las últimas décadas se nos ha vendido no ya como bueno, sino como indiscutible (la proximidad en la toma de decisiones y la descentralización como elementos definitivos para justificar el creciente poder de las administraciones periféricas), se tambalea ante la evidencia de que esa proximidad puede coartar muy probablemente la libertad de quienes tiene que decidir. Nunca es tarde para replanteárselo todo. Absolutamente todo.
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Antonio Jaumandreu
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