Si bebes, no asesines
10.11.09 @ 22:39:42. Archivado en La vida misma
Propone una subcomisión del Congreso que actuar bajo los efectos del alcohol o de las drogas sea considerado una circunstancia agravante en los casos de lo que ahora se llama violencia de género. Curiosamente, por aquellos azares de la legislación penal, incomprensibles para el común de los mortales, resulta que esa misma circunstancia es hoy por hoy atenuante en nuestro Código. Efectos del progresismo rampante que luego, cuando gobierna, la derecha no es capaz de desincrustar de la legislación. Se trata de incidir de forma totalmente desproporcionada en las garantías del delincuente, que según esa teoría penalista, al no ser responsable de sus actos por efectos de cualquier sustancia, no debe responder de ellos. Algo así como una enajenación mental transitoria, vamos.
En todo caso, reconocerán que cada una de las posibilidades, aisladamente considerada, ya resulta absurda: ¿por qué el hecho de haberse atiborrado de whisky antes de matar a alguien ha de revertir en beneficio del asesino reduciendo su pena? O bien, ¿por qué la circunstancia de haberse puesto ciego de heroína ha de hacer más grave un asesinato?
Pero es que si juntamos ambas en un mismo ordenamiento jurídico el resultado ya es de traca: según en qué delitos, ir bebido o drogado puede ser circunstancia atenuante o agravante. Entremos sin rubor en el terreno de la simplificación y si me apuran de la demagogia, en la caricatura que sin embargo en este caso es terriblemente real: si el marido mata a la esposa bajo los efectos del alcohol verá su pena agravada. Si por el contrario es ella la que le mata a él bajo los mismos influjos, la ingesta alcohólica le servirá de atenuante. Sí, lo sé: no es nuevo. Es sólo una vuelta de tuerca más al disparate de castigar de forma diferente dos crímenes idénticos, en función de que víctima y asesino sean hombres o mujeres.
No voy a extenderme en el despropósito que supone, desde un punto de vista jurídico, semejante diferencia de trato para delitos idénticos. Antes y después de la vuelta de tuerca. Me interesa más elevarlo a la categoría: estamos en manos de unos gobernantes, de una clase política que ha decidido prescindir por completo de cualquier clase de principio estable en aras de la improvisación legislativa. Conceptos en otros tiempos sagrados como la seguridad jurídica o la igualdad han quedado arrumbados en el baúl de los recuerdos. La legislación ya no tiene límites ni referencias: cada gobierno puede decidir, en función de la alarma social, la presión de las encuestas, la ideología dominante o las urgencias electorales, que las leyes dejen de ser iguales para todos y que convivan en artículos contiguos disposiciones absolutamente contradictorias. El fin justifica los medios, si éstos vienen avalados por un número de votos suficiente.
Siempre he defendido que no es precisa una legislación penal específica para la violencia de género: un asesinato es un asesinato, lo cometa quien lo cometa y lo padezca quien lo padezca. Dado el carácter eminentemente pasional (por usar la terminología antigua) de estos casos, no creo que la superior dureza de la legislación arredre al marido violento. Hay que arbitrar, eso sí, muchos medios preventivos y de protección, policiales, de acogimiento, acelerar trámites, agilizar respuestas y garantizar alejamientos. Pero este tipo de chapuzas jurídicas sólo tienen un efecto práctico: que poco a poco vayamos abandonando el respeto por lo que eran principios sagrados del derecho penal, y admitiendo que absolutamente todo es disponible por el legislador de turno. Eso sí es realmente peligroso.
Antonio Jaumandreu
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