El sofocón de la vice
04.08.09 @ 17:07:37. Archivado en La vida misma
Será al auto desestimando el procesamiento de Camps o será un exceso de exposición al sol durante su periplo americano, pero el caso es que la vicepresidenta De la Vega presentaba ayer una coloración preocupante de la faz. Oscilaba entre un bermellón intenso, un rojo iracundo o un gamba - turista pasado de cocción.
Luego, oyéndola, parece más claro que se trataba del sofoco que le había ocasionado que el Tribunal Superior de Justicia de Valencia hubiese decidido por mayoría de dos tercios no sentar en el banquillo al presidente valenciano. Gran ocasión de callar la que desperdició. Dado que se hallaba en una comparecencia ante la prensa en Costa Rica, junto al mandatario de aquel país, hubiera sido enormemente fácil recurrir al subterfugio de “éste es un tema de política interna que no procede tratar aquí, por cortesía al anfitrión”, o “dado mi viaje oficial no he tenido ocasión de leer la resolución”. Pero no. Diría que incluso resoplando, la vicepresidenta pidió al líder de la oposición que se dejara de “gracietas”, y luego se descolgó con la bomba: el anuncio de que la fiscalía iba a recurrir la resolución judicial. Al cuerno con la independencia de la fiscalía. Sí, sabemos que es un órgano dependiente del ministerio de Justicia y por tanto del Ejecutivo, pero eso no justifica ni su uso partidista ni la sonrojante evidencia de que se mueve a toque de pito del gobierno.
Semejante cabreo no lo veíamos desde el tremendo rapapolvo que le largó la propia De la Vega nada menos que a la presidenta del Constitucional en plena tribuna de autoridades de un desfile militar. Está claro que Dª María Teresa, juez por el cuarto turno, no lleva bien eso de que los tribunales no sintonicen plenamente con la voluntad del gobierno, o sea, la suya y la de su jefe, que tanto monta.
Tengo escrito en algún sitio que lo de Camps y sus trajecitos es cutre y casposo; que la lectura del auto de imputación provocaba sonrojo por la calaña de personajillos que mostraba a la luz; que más allá de la lectura penal del tema, que era previsible que quedase en nada, jibarizaba la figura del presidente valenciano hasta colocarlo al nivel de un mindundi que iba probándose y devolviendo prendas diversas que servilmente pagaban otros; que la defensa utilizada por Camps, consistente en arroparse en palabras grandilocuentes cono dignidad y honor, debía reservarse para ocasiones más solemnes que la justificación del pago de unos trajes que ni siquiera eran precisamente de Brioni. Que a la vista de todo ello queda más demostrado que nunca que, afortunadamente, la elegancia y la clase no las da un traje, y que bien haría el Sr. Camps en cuidar más la selección de sus amistades.
Pero de ahí a la reacción bananera de De la Vega azuzando al fiscal ante las cámaras de la televisión, como cuando Hugo Chávez ordena en directo a un militarote “general, despláceme tres divisiones hacia la frontera con Colombia”, media un mundo. Yo, qué quieren que les diga, a Mistress Pajín se lo aguanto todo. No porque me caiga bien, qué va; también se lo aguantaba a Pepiño Blanco: es simplemente que son los portavoces de su partido, y sólo de su partido, y por lo tanto están en su derecho de cargar de forma mentirosa, zafia e inmisericorde contra el rival. Para eso les pagan. Pero la Vicepresidenta es una alta autoridad del Estado, cuyo sueldo pagamos todos los españoles, y que nos gobierna a todos, a los que le votaron y a los que nos repugna. Está en viaje oficial, igual que oficial es el acto que preside cuando da cuenta de los acuerdos del Consejo de Ministros: ahí no está para criticar a la oposición, por mema que ésta sea. Está desempeñando un cargo público con cargo a los presupuestos del Estado; no está en un acto de partido.
Quizá sería hora de ir pensando en una norma (¿recuerdan aquel sarcasmo del buen gobierno del gobierno…?) que impidiese que los altos cargos de la administración participasen de forma activa en la lucha partidista. Para eso ya están los portavoces que representan a los suyos. Pero es que la vicepresidenta, para mi desgracia, también me representa a mí. Y en su sofocón no me veo reflejado, la verdad.
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Antonio Jaumandreu
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