Empresario malo
27.07.09 @ 13:11:28. Archivado en La vida misma
Poco se puede esperar de quien jamás en su vida se ha ganado la vida trabajando en algo que no sea la política. Ni siquiera la administración pública, donde se pueden aprender cosas aunque solo sea por el contacto cotidiano con la gente de la calle. No, Rodríguez Zapatero nunca, jamás de los jamases, ha hecho otra cosa que calentar escaño. Y de ahí pasó sin escalas a la presidencia del gobierno que rige los destinos de todos los españoles. Así nos va.
Ahora la ha emprendido con los empresarios. Mal haríamos en focalizar el tema en su presidente Sr. Díaz Ferran, que es lo que pretende Rodríguez. Lo que ha hecho el Gobierno con su nota oficial es un ataque en toda regla al empresariado, es la habitual huida de las propias responsabilidades señalando un culpable que resulte antipático y pueda convertirse en blanco de las iras de la masa.
El problema es que empresarios hay muchos. No se agota el empresariado en Florentino Pérez, Entrecanales o Del Pino. Cualquier autónomo es, incluso sin saberlo y a su pesar, un empresario. La peluquera, el panadero, la dueña de la papelería y librería, el titular del taller mecánico: todos ellos son empresarios. También los profesionales que tenemos personal a nuestro cargo lo somos: abogados, médicos, arquitectos,… Cientos de miles de españoles, millones más bien, estemos o no integrados en la CEOE (y muchos lo están sin siquiera saberlo a través de organizaciones de rango inferior) estamos siendo acusados por Rodríguez Zapatero, el presidente de nuestro gobierno, de ser los culpables de que no se haya alcanzado un pacto social, que vete a saber qué cuernos es eso más allá de la foto en la escalera de La Moncloa.
A ningún empresario le gusta despedir, y es que hay obviedades que resulta grotesco tener que repetir. Me recuerda aquella estúpida campaña de hace unos años, en la que a los coches se les ponía un adhesivo con una bandera blanca con la leyenda “no a los accidentes”. Pero almas de cántaro: ¿es que alguien está a favor de los accidentes? Pues lo mismo: el empresario desea fervientemente contratar, porque eso significa que su negocio crece, si contrata es que hay trabajo; si hay trabajo hay facturación; si hay facturación hay beneficio.
Claro está, el empresario (y muy especialmente ese pequeñísimo, diminuto empresario que es el autónomo) también quiere saber que no se está casando de por vida con su empleado. La relación laboral es muy sencilla: tú trabajas, yo te pago por ello. O si lo prefieren, yo te pago y tú a cambio me haces un trabajo. Simple, ¿no? Pues no: hoy por hoy es mucho más sencillo divorciarse que deshacerse de un trabajador que ya ha concluido la prestación del servicio para el que fue contratado, o que ha dejado de tener tareas efectivas que desempeñar, por cualquier motivo. No pedimos el despido libre, y mucho menos, como pretende la nota mentirosa del ministerio, “sin defensa jurídica para los trabajadores”. Pedimos simplemente un trato razonable que permita hacer contratos para trabajos o épocas concretos, que contemple la posibilidad de resolver la relación laboral si no precisamos al trabajador, sin necesidad de embarcarnos en litigios interminables. Que la negociación colectiva no sea tan colectiva, y que sea, como debería entenderse cualquier negociación, una vía de doble sentido: no puede ser que todo lo que logran los sindicatos se convierta en un derecho adquirido ya irrenunciable, y que la negociación siempre avance en una única dirección en la que unos siempre ceden y los otros siempre avanzan, y en la que el verdadero trabajador tiene muy poco que decir, secuestrada su voz por sindicalistas y liberados.
No olvidemos además que a quien más perjudica la rigidez del sistema laboral es precisamente al microempresario, al autónomo para quien despedir a un trabajador con años de antigüedad puede significar patearse los ahorros de media vida. Aquel que acaba haciendo más horas que un reloj porque no se atreve a contratar a otro empleado más.
Repito: somos muchos más empresarios de los que quieren hacernos creer. Yo personalmente me siento agredido por esa nota ministerial, y me reiría a carcajadas, si no fuese patética, ante la afirmación admonitoria de Rodríguez Zapatero de que “él es el presidente de todos los españoles”. El, precisamente él, que ha hecho del sectarismo y del frentismo y los cordones sanitarios una máxima de conducta, se acoge ahora a que representa a todos los españoles. El, que nunca ha pactado una sola norma ni iniciativa legal con la oposición que representa a casi el 50 % del país. El, que legisla mayormente contra los otros y que ha encontrado en la creación de enemigos ficticios su mejor arma estratégica.
Y todo para rehuir su responsabilidad, que es gobernar. Claro, a lo mejor resulta que las únicas recetas válidas con las que el rojo de La Moncloa no puede propugnar, desde su progresismo de salón, y hacía falta la coartada de los capitalistas y la clase obrera en la foto.
Preparémonos, porque el nuevo lema es “empresarios malos”. O sea, que además de crujirnos a impuestos y soportar sobre nuestras espaldas el peso mayor de la crisis, y poner en riesgo nuestro patrimonio para garantizar el mantenimiento de nuestras empresas, tenemos que aguantar que nos culpabilicen de todo. Pues bueno, pero que sea consciente el gobierno de que un animal herido y acosado es peligroso. Que la diversidad de nuestros intereses, dada por la diferencia de nuestras actividades productivas, puede acabar pasando a segundo plano si se nos asfixia demasiado, y además se nos insulta. Y el día que todos los pequeños empresarios de España decidan dar un puñetazo en la mesa, el tablero se va a paseo. Costará llegar a ese día, pero cada vez es más probable. Un solo ejemplo: ¿qué pasaría si todos los autónomos se diesen de baja durante un mes, alegando que están de vacaciones y cierran la tienda? ¿Qué sucedería si las arcas del Estado dejasen de ingresar las cuotas de los 3.000.000 largos de autónomos durante un mes? No sólo los sindicatos pueden convocar huelgas y medidas de presión.
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Antonio Jaumandreu
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