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Más que un concierto

Permalink 02.01.08 @ 22:50:22. Archivado en La vida misma

Hace unos meses escribí un artículo titulado “Misantropía estival”, que me valió por igual encendidas felicitaciones y severas reprimendas. Tentado he estado de repetir con motivo de las fiestas navideñas, y a fe que no faltaba inspiración, a poco que uno recorriese centros comerciales, reparase en los tópicos que se profieren sin medida en estas fechas, narrase comidas y cenas de empresa o describiese los más patéticos medios de felicitar las fiestas. Pero no, miren por dónde voy a optar por todo lo contrario, que es referirme a uno de los pocos eventos que le reconcilian a uno con la humanidad, aunque sea durante un par de horas.

Me refiero al famoso Concierto de Año Nuevo que cada uno de enero TVE tiene a bien retransmitirnos desde la Sala Dorada del Musikverein de Viena, a cargo de la Filarmónica de la capital austriaca y con un programa basado esencialmente en obras de la familia Strauss y otros compositores más o menos contemporáneos. En esta ocasión, además, con el aliciente de ver a un director, el francés George Pretre, de 83 años de edad, hecho fantástico donde los haya en esta época de jubilaciones anticipadas a los 55 años. Por cierto, que habría que hacer un estudio para averiguar el misterioso motivo de la pasmosa longevidad en plenitud de facultades de tantos insignes directores de orquesta.

Los más celebérrimos valses vieneses se van desgranando uno tras otro, a menudo teniendo como fondo impresionantes tomas de los palacios imperiales o del curso del Danubio. No cuesta trasladarse mentalmente a aquella época, de la que uno no puede dejar de pensar que, tal vez., fue el momento en que el mundo estuvo más próximo a una cierta perfección. Sí, lo sé: es políticamente incorrecto, puesto que se trataba de una sociedad profundamente clasista, de una era en la que el colonialismo estaba en su apogeo, de una etapa en la que la civilización europea había alcanzado probablemente la más amplia superioridad sobre cualquier otra, debido en buena medida a los grandes avances que estaba propiciando la revolución industrial. Por supuesto, siempre que alguien se refiere a una época como aparentemente idílica lo hace suponiendo que, de haber vivido en ella, lo hubiera hecho entre las clases dominantes. Pero no me negarán que la etapa histórica que, de hecho, acabó con la Primera Guerra Mundial y la Revolución Rusa, para sumirse ya en los más abominables abismos con el nazismo y el comunismo, fue como el canto del cisne del poder europeo. Una época con un poder militar, industrial, científico, cultural y artístico tan aplastante que por fuerza tenía que desparramarse fuera de los límites del continente para alcanzar los últimos rincones del planeta. Y por fuerza también, como inevitablemente sucedió, tenía que llevar a tantas naciones poderosas a enfrentarse entre sí de manera sangrienta para establecer la supremacía entre tanto poderío.

Exuberantes palacios, inverosímiles jardines, voluptuosas esculturas, deslumbrantes joyas, abigarrados uniformes y vaporosos vestidos, todo ello al ritmo de tres por cuatro de los valses, auténticas pinceladas históricas muchos de ellos, muestra tan plástica como un cuadro del modo de vida de los poderosos de la época, aunque tampoco el pueblo llano fuese ni mucho menos ajeno al baile y a la música. Por decirlo de algún modo, parece como si durante un determinado período de tiempo todo el mundo supiese cuál era su lugar y no todo estuviese en cuestión permanentemente. El honor, la gloria, el valor, la autoridad, la victoria,… términos hoy tan en desuso como el respeto, la elegancia, la verdadera nobleza. Otros tiempos, otras costumbres que una vez al año reviven durante dos horas en un concierto delicioso. El año no puede empezar mejor… aunque también es cierto que a partir de ahí no puede sino empeorar.

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