
19.05.09 @ 11:02:29. Archivado en La vida misma
Hoy les voy a hablar de mí. O de un asunto personal, al menos. Ya me sabrán disculpar. Oigan, y si no, con no leer…
Verán, mi abuelo era un suizo que llegó a España con 20 añitos, una mano delante y otra detrás, y fue cazado a lazo nada más atravesar la frontera por una recia pubilla ampurdanesa. Corrían los primeros años 20 del siglo pasado. Tras arduos esfuerzos, avatares mil, traslados de domicilio y epopeyas diversas, alcanzaron una considerable holgura económica que, a mediados de los 50 si mal no recuerdo, les llevó a adquirir unos terrenos en El Masnou, entonces apacible pueblecito marinero situado 15 kilómetros al norte de Barcelona, muy de moda entre los veraneantes más o menos acomodados de la época.
Allí se construyeron una casa, y posteriormente otra vecina, que con el tiempo se compuso de tres viviendas y un pequeño local comercial, amén de adquirir un par más de propiedades en el pueblo. Esas construcciones pagaron por supuesto sus permisos de obras, impuestos diversos, etc. Y su valor fue escrupulosamente declarado a partir del momento en que existió la obligación legal de hacerlo.
Falleció el abuelo suizo en 1981, y sus tres hijos heredaron las propiedades divididas en lotes más o menos equivalentes. Hubo que pagar los impuestos de sucesiones y las plusvalías municipales, y el patrimonio ya sufrió por ello una merma, puesto que cada uno de los herederos tuvo que vender algo para poder asumir el coste fiscal de su porción hereditaria. A mi madre le correspondió esa casa de las tres viviendas y el local, y otra próxima, que hubo de venderse para poder pagar los tributos y así lograr conservar la otra.
Durante largos años, mi familia ocupó dos de esas viviendas y su jardincillo anexo, y la otra vivienda y el local se arrendaron, de acuerdo con la antigua ley de alquileres que implicaba prórroga forzosa, derecho preferente de adquisición para el inquilino a precio tasado, y posibilidad muy limitada de aumentar las rentas. Pero ahí pasamos nuestros veranos, escarbando en el patio y destrozando geranios a balonazos. Por supuesto, mi madre siguió declarando escrupulosamente su patrimonio año tras año, pagando sus contribuciones y viendo cómo en los solares próximos se edificaban hermoso bloques de siete u ocho alturas que paulatinamente iban limitando las horas de sol en el patio.
Mi madre falleció hace un año. Mi hermana y yo cometimos entonces el terrible pecado de devenir herederos. Esos tres pisitos, el jardincillo y el local devengaron, primera sorpresa, un impuesto de sucesiones por valor de 120.000 euros. Lo traduciré a pesetas, para que nos entendamos: 20 millones de pesetas de impuesto de sucesiones que reclamó la Generalitat. A continuación, el Ayuntamiento de El Masnou reclamó su parte del pastel en forma de plusvalía (ahora le llaman impuesto sobre el incremento del valor de los terrenos, que suena menos marxista): 15.000 euros más.
Evidentemente, mi hermana y yo no disponíamos de 25 millones de pesetas (cuenten con los notarios y registros) ahorrados “para heredar”, y mi madre no dejó cantidad alguna líquida, ya que sus últimos ahorros, y buena parte de los nuestros, se fueron en los gastos de su larga y dramática enfermedad, que la llevó a acreditar el grado máximo de dependencia, honrosa distinción que sin embargo no le permitió llegar a percibir un solo euro de las tan cacareadas ayudas públicas. En consecuencia, se impuso hipotecar la casa (añadiendo esa carga a las hipotecas que ya cada hijo pudiese tener para sus respectivas viviendas).
Bien, mi hermana y yo ya somos felices propietarios de la casa en la que han gozado de los veraneos hasta cuatro generaciones, si cuento a mi sobrino, y para ello hemos tenido que hipotecar nuestras vidas para saciar el apetito voraz de las administraciones local y autonómica.
No acaba todo ahí: ahora me llega el primer recibo de las exacciones municipales de nuestra flamante propiedad: 2.300 euros de IBI y algo más de 550 de vado y basuras (perdón: residuos). Total, casi 3.000 euros anuales de tasas municipales. Para que nos hagamos una idea: un asalariado que perciba un sueldo de 2.500 euros netos mensuales, que no es una retribución espectacular, pero tampoco ridícula, debería destinar un 10 % de su sueldo neto anual a los tributos municipales por el simple hecho de ser propietario de un bien inmueble.
Reconozco nuestro pecado: tres generaciones de imbéciles decidieron mantener tal cual esa casa de verano, en vez de sucumbir a la tentación de especular vendiendo el terreno y creando 20 pisos. Por cierto: ahora ya no podríamos. El Ayuntamiento traza sobre el mapa unas caprichosas líneas que determinan que, pese a estar casi adosados a un par de bloques de seis o siete alturas, en nuestro solar no puede levantarse más que planta y un piso. Misterios del urbanismo.
Ahora, sencillamente, nos planteamos que no podemos pagar todo eso. No podemos destinar 3.000 euros anuales (sí, 500.000 pesetas) a tributos municipales y buena parte de nuestros ingresos de los próximos 15 años, que es el plazo por el que hemos constituido la hipoteca, a financiar la adquisición de lo que en realidad ya era nuestro. Y es que si bien lo miran el tema es fantástico: hemos de hipotecarnos para “adquirir” la propiedad de algo que lleva siendo nuestro (de la familia) más de 50 años.
Por supuesto, si vendemos tendremos que declarar las correspondientes ganancias patrimoniales en nuestra renta, y volver a pagar por ello.
Es gracias a todo este proceso que he conseguido entender finalmente el concepto socialista de la redistribución de la riqueza: se trata básicamente de que quien no tenga mucho dinero no pueda ser propietario de una casa por herencia, y que si le toca tamaña desgracia lo que ha de hacer es vender a alguien que sí tenga dinero. Redistribución, en efecto. Curiosa, pero redistribución a la postre.
Otra enseñanza es que cuando puedas, especules. Vende, edifica, promueve, y sácate de encima ese incómodo patrimonio. A quién se le ocurre anclarse en ese romanticismo absurdo y trasnochado de mantener la casa familiar durante generaciones, respetando el entorno de las casas típicas del pueblo…
Como ven, todo muy progresista. Porque claro, huelga decir que tanto la Generalitat como el Ayuntamiento de El Masnou están gobernados por el partido socialista, en amalgama con Izquierda Unida y Esquerra Republicana.
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11.02.09 @ 21:46:30. Archivado en La vida misma
"¡Declamar…! Mientras preso del delirio, no sé lo que digo, ni lo que hago… Y sin embargo, es necesario que te esfuerces… Bah, ¿eres acaso un hombre? ¡Eres un payaso! Vistes el jubón y te enharinas la cara; la gente paga y quiere reír… (…). Ríe, payaso, y todos aplaudirán. Transformas en chanzas el dolor y el llanto; en burlas los sollozos. ¡Ríe, payaso…! (…)”.
Ya me perdonarán, pero anoche escuchando y viendo a Zapatero tarareaba para mis adentros esta aria de la ópera Pagliacci cuya traducción un poco chapucera del italiano les he puesto ahí arriba, y cuya audición les recomiendo encarecidamente. Es que es la viva imagen de lo sucedido ayer en el Congreso. Zapatero recibió una somanta de tortas como hace años no se veía en un hemiciclo. Ni uno sólo le perdonó. Rajoy, en particular en su última réplica de cinco minutos, estuvo inmisericorde, y eso que la muy protectora TVE no enfocó el rostro del Presidente ni un momento. Momento glorioso cuando, papel en mano, le felicita por la decisión de reducir el gasto corriente en 1.500 millones de euros, medida idéntica en cantidad a la enmienda que propuso el PP a los presupuestos, y que el PSOE rechazó hace menos de dos meses. Cuando parecía que amainaba, aparece Duran i Lleida y se pone a arrearle con parecida saña. No mejoró la cosa con el portavoz del PNV, que en afortunada imagen comparó al Gobierno con una tortuga panza arriba. Pero hay más: es que incluso Ridao, el taciturno y desaliñado portavoz de ERC, se descolgó anoche con una sucesión de bofetones realmente cruel. Rosa Díez le reclamó directamente elecciones anticipadas. Y cerró el círculo, tal vez el más inane, el difunto Llamazares.
Cuando volvió a la lona abandonando su protector rincón, el Presidente era la viva imagen del boxeador sonado: frases inconexas, deslavazadas, tópicos como la laboriosidad del pueblo alemán (¿?), apelaciones a la gravedad de la crisis internacional (si no fuera por eso seguiríamos creciendo, balbuceó), encogimiento de hombros, mirada perdida y acuosa, y el labio inferior más tembloroso que de costumbre. Pero eso sí, y de ahí mi inspiración operística: con una sonrisita nerviosa, a medio camino entre despectiva y huidiza, como queriendo mostrar una cierta superioridad intelectual, una seguridad de la que evidentemente carece. ¡El Presidente se reía, se sonreía al menos, mientras todo el hemiciclo le acusaba de ineficaz, torpe, mentiroso, ignorante, sectario y, en definitiva, cobarde! Transformando en sonrisas el dolor de los ciudadanos, y en burlas las quejas de sus representantes, mientras presa del delirio declama sin saber lo que hace ni lo que dice.
Ridi, pagliaccio…
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18.01.09 @ 23:21:41. Archivado en La vida misma
Se explica la anécdota de una crítica teatral que se limitaba a decir “anoche se estrenó en el teatro X la última obra de Fulanito: ¿por qué?”. Me ha venido a la cabeza, aunque no recuerdo el nombre del ingenioso y cruel crítico ni el del desdichado autor, al ver las fotos de Soraya Sáenz de Santamaría en El Mundo. Por más que le doy vueltas, el porqué se me escapa. ¿Qué ha podido pasar por la mente de esta política que aspira a hacer carrera, y que de hecho ha llegado ya muy alto, para posar en condiciones digamos que manifiestamente inadecuadas para un diario de amplia tirada nacional, con la que está cayendo? ¿Qué extraño cálculo político, o qué inmensa torpeza, o qué refinada maldad por parte del diario, se ocultan tras estas imágenes que producen sonrojo?
Bien, en justicia debería decir que al menos me lo producen a mí. Ya sé que lo políticamente correcto exige que no me pronuncie sobre las imágenes en sí, so pena de ser tachado de machista, retrógrado y qué sé yo. Muy hábil ha estado ahí el PSOE dejando claro que no opina, con lo cual ya lo ha opinado todo. Pero qué quieren que les diga, no me voy a privar: no me han gustado las fotos; esa expresión fallida de mórbida provocación; ese cuidadoso despeinado pretendidamente indicador de una noche loca (tal vez en celebración de que por una vez se le aceptase una moción parlamentaria); ese sentarse en el suelo con impostada informalidad; esa apariencia de resaca apenas amortiguada; y ese pie, por Dios, ese pie…
Pero al margen de esa opinión, ¿en qué sofisticado gabinete de imagen han aconsejado a doña Soraya para que en un momento en que Solbes se desmorona reconociendo que el país se hunde en la recesión; en un tiempo en que los ciudadanos pasan diariamente por miles a engrosar las filas del paro; en un instante en que las más sombrías nubes se ciernen sobre la prosperidad nacional; en una fase en que el Gobierno muestra más flancos abiertos que nunca; quién le ha aconsejado, digo, para que opte por aparecer de esa guisa durante varios días en la portada de uno de los mayores periódicos de España? La portavoz de la oposición posando en plan vampiresa de pacotilla (lo de femme fatale, sinceramente, le viene muy, muy grande) mientras a los ciudadanos, los que votan a su partido y los demás, se les hace un nudo en la garganta cuando atisban las perspectivas que parecen abrirse ante ellos… Bien, señores de la oposición, bien.
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15.01.09 @ 23:21:33. Archivado en La vida misma
Es la palabra de moda, es el nuevo mantra de la progresía, de los rojos verdosos y de los verdes rojizos, de los ecologistas a la remanguillé y de los neocomunistas, y por supuesto de los socialistas, que se adhieren con fervor a todo aquello tras lo que intuyen que puede ocultarse un alijo de votos. Tráfico sostenible, turismo sostenible, industria sostenible, comercio sostenible, energía sostenible. Pronto hablaremos de amor sostenible, y si no al tiempo.
Catañufla, ese experimento social que ha convertido en redil de borregos a la antes llamada Cataluña, que antaño fuera una de las regiones más modernas y activas de España, es ahora el paraíso de la sostenibilidad. Todo aquí ha de ser sostenible, hasta los abetos de Navidad, que por supuesto no son abetos ni conmemoran la Navidad, y se iluminan a pedales.
En una demostración de que quien manda, manda, el gobierno catalán, ése que según el nuevo estatuto tiene competencias exclusivas sobre el ocio de los catalanes, ha decidido implantar un sistema de señalización variable de la velocidad en las autopistas de acceso a Barcelona. Uno, en su ingenuidad, esperaba que tras un año de circular a 80 por autopistas de cuatro carriles, incluso cuando van vacías, la limitación variable de la velocidad consistiese en ampliar el límite en esas horas “valle”. Qué tontería, esto es Catañufla, no lo olvidemos, y los catalanes estamos en pleno proceso de ser reeducados como disciplinados y sumisos catañuflos. No, qué va: la novedad consiste en que el límite de velocidad puede verse reducido, tachán, tachán, ¡a 40 kilómetros por hora en esas autopistas fastuosas!
Todo, claro está, en aras de la sostenibilidad y por el bien del ciudadano. Menos contaminación, menos accidentes, menos qué sé yo. Hombre, no deja de ser cierto: si queremos reducir la mortalidad a cero bastaría con poner el límite de velocidad a 10 por hora. O incluso, como aún así podría quedar algún imbécil que se hiciese pupa, prohibir directamente el uso del automóvil, ese pernicioso invento capitalista.
De todos modos, me encantaría conocer las estadísticas reales de siniestralidad, pero no las generales, sino las correspondientes precisamente a esas zonas de limitación de la velocidad a la de un caballo. Transito diariamente la autopista de Mataró en sus 10 o 12 kilómetros de velocidad limitada. Hace años que no sé de un accidente mortal, ni siquiera grave, en esa pista. Golpes por alcance, muchos. Pero me juego lo que quieran a que en materia de mortalidad, en las zonas afectadas por el experimento, no se ha conseguido nada, porque no hacía falta.
Y lo de la contaminación, ah amigos, eso es otro cantar que me fascina. No soy científico, pero desde mi incultura oceánica me planteo lo siguiente: si hago un trayecto de 15 kilómetros a 120 por hora, tardo 7,5 minutos. Si lo hago a 80, tardaré 11,25 minutos. Invertiré por lo tanto un 50 % más de tiempo en el mismo recorrido. Lo que es lo mismo, mi coche estará contaminando durante un 50 % más de tiempo que de la otra manera. Para equilibrar eso sería preciso que el vehículo emitiese un 50 % menos de partículas. ¿Realmente es así? Sin contar, claro, que uno circula con marchas más largas a 120 que a 80, y por supuesto que a 40. En fin, si hay algún ingeniero en la sala, que tenga la amabilidad de aclararlo.
En Catañufla, admitámoslo, lo único verdaderamente insostenible es el gobierno y, en general, la casta política. Muy en particular el feudo postcomunista y ecologista del conseller Saura. Sí, es este señor, consejero de Interior, que se manifestó el otro día contra Israel y a cuya vera apareció un encapuchado esgrimiendo una pistola. Al buenazo de Saura no se le ha ocurrido más que decir que era de atrezzo, parte de una escenificación. Digo yo: ¿puedo pasearme por la calle encapuchado y con una pistola de mentirijillas en la mano si alego que estoy escenificando algo? Digo más: ¿debe el consejero de Interior participar en una escenificación que apologiza la violencia sin siquiera criticarla o desmarcarse de ella? Sí, claro: esto es Catañufla, un país sostenible.
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03.07.08 @ 09:39:53. Archivado en La vida misma
Aquí me tienen de nuevo, no sé si con energías renovadas pero sí con ganas de tocar un poco lo que no suena, y disculpen la vulgaridad. Y es que lo que está sucediendo en el PP catalán, miren por dónde, me ha despertado de mi letargo. Les cuento.
El sistema es modélico como ejemplo de democracia interna y respeto a los votantes: dejamos que los candidatos recojan avales para el congreso, y cuando los han obtenido intentamos mandarlos a todos a casa y forzamos una candidatura de consenso (bonito eufemismo), de modo que la única candidata sea precisamente una persona que no ha recogido un solo aval. Formidable. 
Pues ése es el mecanismo que el Partido Popular ha diseñado para Cataluña. Y además, poniendo, proponiendo, disponiendo o imponiendo como candidata nada menos que a Dª Alicia Sánchez Camacho, quien tiene como gran mérito ser la número uno de la lista por Gerona, la única circunscripción en la que el PP no ha obtenido escaño en las últimas generales. Por cierto, que para premiar tan distinguida trayectoria, se pidió a Sirera que renunciase a su escaño en el Senado en favor de ella. Había que garantizarle un puesto de trabajo, claro está. Ya ven, otra muestra más del respeto que el PP tiene a sus votantes: que yo sepa, los senadores se escogen marcando nombres concretos en una lista. No importa: quítate tú, que has recibido los votos, para hacerle sitio a esta compañera, que se ha quedado sin escaño en el Congreso, que es a lo que aspiraba. Qué más da que el electorado hubiese decidido con sus votos, precisamente, que ella no estuviese en el Parlamento. Los escaños no son más que sueldos públicos a repartir entre los fieles. 
Parece que finalmente Montserrat Nebrera ha decidido mantener su candidatura pese a la alianza de la recién desembarcada con los otros dos candidatos, ahora tiernos borreguitos sumisos cuando hace 24 horas se insultaban públicamente. Probablemente Nebrera no tenga opciones, y a veces su estilo resulta desconcertante (tal vez por lo insólito en medio de este paisaje), pero me descubro ante el valor de la única militante del PP que, en Barcelona o en Valencia, se ha atrevido a dar un paso al frente y plantar cara a este establishment vergonzoso, a esta política de patio de vecinos, a este reparto de porciones de un poder inexistente. Y además algo totalmente inusual: le he oído pronunciar como argumento la palabra "honor", y sonaba convincente. Pues eso: más vale honra sin barcos que barcos sin honra.
Y si algún compromisario del PP catalán lee esto, y términos como honor y dignidad aún le dicen algo, tiene en su mano una oportunidad de oro para mostrar que, con posibilidades de victoria o sin ella, hay ocasiones en las que se debe dar un paso al frente, al menos para que no le incluyan a uno, por omisión, en el bando de la ignominia.
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02.01.08 @ 22:50:22. Archivado en La vida misma
Hace unos meses escribí un artículo titulado “Misantropía estival”, que me valió por igual encendidas felicitaciones y severas reprimendas. Tentado he estado de repetir con motivo de las fiestas navideñas, y a fe que no faltaba inspiración, a poco que uno recorriese centros comerciales, reparase en los tópicos que se profieren sin medida en estas fechas, narrase comidas y cenas de empresa o describiese los más patéticos medios de felicitar las fiestas. Pero no, miren por dónde voy a optar por todo lo contrario, que es referirme a uno de los pocos eventos que le reconcilian a uno con la humanidad, aunque sea durante un par de horas.
Me refiero al famoso Concierto de Año Nuevo que cada uno de enero TVE tiene a bien retransmitirnos desde la Sala Dorada del Musikverein de Viena, a cargo de la Filarmónica de la capital austriaca y con un programa basado esencialmente en obras de la familia Strauss y otros compositores más o menos contemporáneos. En esta ocasión, además, con el aliciente de ver a un director, el francés George Pretre, de 83 años de edad, hecho fantástico donde los haya en esta época de jubilaciones anticipadas a los 55 años. Por cierto, que habría que hacer un estudio para averiguar el misterioso motivo de la pasmosa longevidad en plenitud de facultades de tantos insignes directores de orquesta.
Los más celebérrimos valses vieneses se van desgranando uno tras otro, a menudo teniendo como fondo impresionantes tomas de los palacios imperiales o del curso del Danubio. No cuesta trasladarse mentalmente a aquella época, de la que uno no puede dejar de pensar que, tal vez., fue el momento en que el mundo estuvo más próximo a una cierta perfección. Sí, lo sé: es políticamente incorrecto, puesto que se trataba de una sociedad profundamente clasista, de una era en la que el colonialismo estaba en su apogeo, de una etapa en la que la civilización europea había alcanzado probablemente la más amplia superioridad sobre cualquier otra, debido en buena medida a los grandes avances que estaba propiciando la revolución industrial. Por supuesto, siempre que alguien se refiere a una época como aparentemente idílica lo hace suponiendo que, de haber vivido en ella, lo hubiera hecho entre las clases dominantes. Pero no me negarán que la etapa histórica que, de hecho, acabó con la Primera Guerra Mundial y la Revolución Rusa, para sumirse ya en los más abominables abismos con el nazismo y el comunismo, fue como el canto del cisne del poder europeo. Una época con un poder militar, industrial, científico, cultural y artístico tan aplastante que por fuerza tenía que desparramarse fuera de los límites del continente para alcanzar los últimos rincones del planeta. Y por fuerza también, como inevitablemente sucedió, tenía que llevar a tantas naciones poderosas a enfrentarse entre sí de manera sangrienta para establecer la supremacía entre tanto poderío.
Exuberantes palacios, inverosímiles jardines, voluptuosas esculturas, deslumbrantes joyas, abigarrados uniformes y vaporosos vestidos, todo ello al ritmo de tres por cuatro de los valses, auténticas pinceladas históricas muchos de ellos, muestra tan plástica como un cuadro del modo de vida de los poderosos de la época, aunque tampoco el pueblo llano fuese ni mucho menos ajeno al baile y a la música. Por decirlo de algún modo, parece como si durante un determinado período de tiempo todo el mundo supiese cuál era su lugar y no todo estuviese en cuestión permanentemente. El honor, la gloria, el valor, la autoridad, la victoria,… términos hoy tan en desuso como el respeto, la elegancia, la verdadera nobleza. Otros tiempos, otras costumbres que una vez al año reviven durante dos horas en un concierto delicioso. El año no puede empezar mejor… aunque también es cierto que a partir de ahí no puede sino empeorar.
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14.12.07 @ 11:55:35. Archivado en política
Lamento comunicar a los escasos, pero fieles e inteligentes lectores de este blog, que este artículo es el telón que cae sobre el escenario al finalizar la obra. Si lo prefieren, "the final curtain", según la primera frase de My Way, una de las mejores canciones de todos los tiempos, especialmente en la versión de Sinatra (¿es que hay otra...?).

Me he cansado. Estoy aburrido, asqueado, agotado, desmoralizado, decepcionado, y añadan ustedes todos los sinónimos y afines que encuentren en su vocabulario. Cansado de la política española, muy en particular de la catalana, un infame mercado en el que lo único que brilla, pero por su ausencia, es la falta absoluta de principios. Todo está en venta, todo es negociable, es el reino del relativismo moral más despótico. Un espeso manto cenagoso, pegajoso y asfixiante, legamoso diría una buena amiga, que se cierne sobre los individuos que aún desean serlo y no pasar a ser miembros aborregados de la colectividad manipulable. Parafraseando al anuncio que últimamente triunfa en la televisión, vivimos con la permanente sintonía del “esto no se toca, en el salón no se juega, en el sofá no se come...”, a la que sólo le falta ser emitida día y noche por altavoces colocados en cada esquina.
Creo que no exagero si digo que padecemos la clase política más lamentable que pueda imaginarse. Gentes que en cualquier país del entorno en el que se supone que debería moverse España no serían aceptados ni siquiera para desempeñar puestos de tercera fila. Nunca la gobernación del Estado y de sus Comunidades Autónomas había estado, salvo honrosas y escasísimas excepciones, en tan malas manos. La política es una auténtica pelea de perros que acaba contaminando todo lo que encuentra a su alrededor, y buena muestra de ello son los medios de comunicación, enzarzados en riñas barriobajeras capaces de erizar el vello de las personas sensibles.
Nada tiene valor: la vida o la muerte son ya cuestiones relativas. Se puede negociar con asesinos, si con ello se asegura la permanencia en el poder de una determinada pandilla de indocumentados. Se puede manifestar comprensión por siniestros mengeles de bolsillo que trituran fetos de ocho meses, porque en definitiva están en el bando de los abortistas y eso los sitúa automáticamente frente al conservadurismo, con lo cual sus crímenes merecen una cierta solidaridad. Todo vale. Y si eso sucede con la vida y la muerte, qué no pasará con conceptos más lejanos a la preocupación cotidiana del súbdito, como la nación, la igualdad o la verdadera libertad.
La lógica y el sentido común han perdido su lugar en este país. Palabras como dignidad, imparcialidad, sensatez, honor, objetividad, principios o valores han quedado arrumbadas en el baúl de los recuerdos, y además sin el menor atisbo de nostalgia para la mayoría de los ciudadanos españoles: son reliquias de otro tiempo, sin ningún valor en el mercadeo actual en que los votos se compran y se venden presupuesto en mano, y los ministros del gobierno de España se mantienen en su cargo más allá de los límites de la más flagrante incompetencia porque aquí solo rige el “y tú más”.
Estamos gobernados por un personaje siniestro, esquivo, turbio y peligroso. Peligroso por su insensatez y por su ambición desmedida, combinación explosiva donde las haya, y por su total carencia de escrúpulos a la hora de alcanzar sus designios, muestra viviente como nunca antes la hemos tenido del que gobierna no sólo para los suyos, sino en contra de quienes no lo son. Y tenemos enfrente a un supuesto líder incapaz de darle un vuelco a la situación, que camina con paso desconcertado hacia lo que promete ser una debacle, mientras a su alrededor sus propios compañeros esperan el desastre para postularse. Y entre tanto la nación se escurre por un sumidero que con cuatro años más de gobierno zapaterino puede alcanzar dimensiones de auténtico agujero negro que engulla la materia y la antimateria. Triunfarán las “nacioncillas rabiosas” que bautizó uno de los pocos políticos cuerdos que quedan en el páramo, igual que triunfan los hombrecillos rabiosos en la vida cotidiana: en la calle, en la carretera, en las tiendas y en los bares, en la prensa y en la televisión. Todo está a favor de quien más chilla, empuja y gesticula, y en contra de quien razona, argumenta y respeta. Todo son derechos, y ya no hay obligaciones. Todo son reclamaciones, pero ninguna responsabilidad. El poder difuso de las administraciones es cada vez más aplastante, porque ya se realiza al margen de la seguridad jurídica que antes protegía al ciudadano. Las administraciones simplemente incumplen de manera sistemática las leyes y las sentencias judiciales que no les convienen, y no pasa nada: en última instancia, paga el ciudadano. Pueden interferir impunemente en vidas y haciendas, y hasta en conciencias y lenguas, y lograr que en una parte de España uno no pueda estudiar en español, cumbre del sin sentido, o que un señor de Córdoba se empeñe en farfullar en un idioma que no es el suyo para hacerse perdonar su origen y así conseguir lo único importante, el poder.
Los túneles se hunden, los trenes no llegan los aeropuertos se colapsan, los hospitales se incendian, la ciudad queda sin luz, y la consecuencia es que queremos la independencia. Los que simplemente queremos la eficiencia somos unos crispadores profesionales, sólo equiparables a los que osan exhibir la bandera española o defender la Constitución, indefendible por otra parte a la vista de sus resultados. El dinero público se va en campañas publicitarias, y a través de las comunidades históricas (valiente filfa) en formar el espíritu nacional: televisiones y radios propias y tendenciosas, policía propia, política lingüística, selecciones deportivas propias, pseudoembajadas,... Miles de millones en la construcción nacional, mientras las infraestructuras se derrumban y los niños fracasan estrepitosamente en sus estudios aunque, magnífico consuelo, lo hacen en catalán. Y el ciudadano decide permitir que todo siga igual quedándose en casa a la hora de votar, y otorgando así carta blanca para que la casta dominante, integrada única y exclusivamente por nacionalistas, frente a la realidad social mucho más plural, se perpetúe en el poder.
No pasa nada. No pasará nada. No hay que esperar nada más que el desastre final, del que con seguridad, como de todas las guerras, surgirá un mundo nuevo que, sin embargo, no cabe esperar que sea mejor. Estamos derribando la sólida casa de nuestros ancestros, nuestra cultura, nuestros principios, para llenar el terreno resultante con un poblado de chabolas donde sólo rija el principio de que quien no llora no mama, y de que para mamar más hay que llorar más alto que el vecino. A última hora, la magnánima ubre del Estado acaba alimentando a quienes más protestan, en especial si para ello recurren a la violencia y la amenaza.
La justicia, que quienes nos dedicamos al derecho siempre considerábamos el último reducto de los hombres justos, el recinto mágico donde al final acababan devolviendo las cosas a su cauce, ya ha sido invadido y devastado por el virus de la política, y mientras los jueces ya salen de la oposición con la etiqueta de su adscripción política cosida a la toga, los periodistas se empeñan en considerarlos buenos o malos en función exclusiva de que sus fallos sean favorables o contrarios a las posturas que defienden ante sus micrófonos o en sus editoriales. Paradigma de esa valoración tan objetiva es lo sucedido recientemente, por ejemplo, con la acusación popular: es una figura jurídica ejemplar si nos permite empapelar a nuestros enemigos, pero abusiva cuando alcanza a los amigos. Vamos, que igual sirve para arremeter contra los del bórico, como para sentar en el banquillo al presidente de la AVT. ¿Es la institución el problema, o una vez más su uso partidario?
Y todo ello sin que sea de aplicación siquiera el consolador adagio del Cantar del Mío Cid: “Dios, qué buen vasallo, si hubiera buen señor”. No, buena parte de la ciudadanía española ya no merece ni esa especie de absolución última: es lamentable, y me duele especialmente decirlo, pero toda esa casta dominante que se extiende a políticos, intelectuales y comunicadores es ya un fiel reflejo de la mayoría social imperante, y eso es lo que hace la situación desesperada. España es Marte, y las Crónicas Marcianas de Sardà constituyen la mejor radiografía de la esencia mayoritaria de su ciudadanía.
Me he cansado de predicar en el desierto. Y no me refiero a la escasez de lectores, cosa que ni me preocupa ni me sorprende. De hecho, sí me ha gratificado enormemente la calidad humana de los que me han honrado con sus mensajes y con su fidelidad. Tampoco quiero decir que me considere mejor que nadie, ni ofendido porque mis opiniones, tan válidas o absurdas como otras cualesquiera, no lleven a ninguna parte. Es un hartazgo generado por la evidencia que se obtiene hablando con la gente, escuchando comentarios en televisión, o en la cafetería. Ya nada escandaliza, ya nada subleva, ya nada sirve para que la gente deje de serlo para dar un puñetazo en la mesa y convertirse en ciudadanos individuales, única calidad respetable y digna frente a la masa. Nada parece desgastar al poder, siempre que éste aparezca cubierto de la preceptiva pátina de progresismo. Se puede defender alternativamente lo blanco y lo negro, y si se cuenta con los medios de comunicación a favor nada de ello pasará factura, la contradicción y la inconstancia serán vistas como pragmatismo y “cintura política”.
Me exilio. De momento, a mi propio interior, al menos en lo que a la política se refiere. Me he hecho el firme propósito de no escribir más sobre estos temas, de no escuchar más tertulias políticas ni leer más artículos de opinión que los que me atraigan por su calidad literaria. Ni un minuto más de mi tiempo dedicado a la gran impostura. Tal vez más adelante venga otro tipo de exilio menos introspectivo y más real, pero ésa es otra cuestión. No me voy a privar de recomendar una serie de blogs: visiten inexcusablemente al amigo que escribe con germánica lucidez, aunque sea asturleonés, en “Desde el exilio”; al luchador suevo que gobierna “Lugo liberal” en medio de las galernas del incipiente nacionalismo gallego; al renacentista Granados, que se explaya en el relajante y magnífico “Y sin embargo se mueve”, y que además escribe formidables novelas históricas; a la luchadora Anghara que defiende con el más noble empeño y ejemplar abnegación la causa de la libertad desde “Es la libertad de expresión, idiotas”; a Angel, Frid y sus amigos que están poniendo en órbita con esfuerzo y éxito “Aragón Liberal”, cuyo título lo dice todo y no engaña; a Inmaculada Sánchez Ramos, que cuando tiene un hueco en sus mil obligaciones cotidianas nos deja pensativos con sus reflexiones “Desde la libertad”. A todos ellos los tienen en Foro Liberal, que es donde yo nací, y en donde se alojan y refugian otros muchos miembros de la resistencia, o de la disidencia si prefieren.
Sí, decididamente me gusta el término disidencia aplicado a nuestra postura. Ya no estamos ni en la oposición, sino directamente en la disidencia, en la resistencia discrepante al Régimen que las mayorías gobernantes nos están imponiendo con ánimo totalitario de impedir la alternativa normal en cualquier país plenamente democrático. España ya se divide en marcianos y disidentes.
A todos, muchas gracias. Si la inspiración me sorprende en alguna esquina traicionera quizá les describa una puesta de sol recortándose contra la silueta de la Ciudad Condal que se divisa en el horizonte desde mi ventana, o el placer de una exposición, o la anécdota banal, pero siendo sinceros hay que admitir que uno es más redactor que escritor, así que es poco probable.
Señoras, señores: gracias y hasta siempre.
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06.12.07 @ 20:40:09. Archivado en política
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03.12.07 @ 16:47:03. Archivado en política
En Cataluña ha entrado en vigor la norma por la cual en todo el área metropolitana de Barcelona no se puede circular a más de 80 kilómetros por hora. Ayer tuve ocasión de comprobar que las señales han sido cambiadas y los paneles luminosos avisan con gran despliegue de imágenes de que lo que se pretende es reducir la contaminación y los accidentes.
La imagen era muy curiosa ayer domingo, una mañana soleada en la que por la autopista que lleva a la costa al norte de Barcelona circulaban apenas una decenas de coches, a velocidad ridícula, casi imposible. Tres carriles de magnífico asfalto y perfecta visibilidad, prácticamente vacíos, y los coches a ochenta por hora, sin atreverse a adelantarse los unos a los otros. La sensación era como la de aquellas películas de ciencia ficción de serie B, en que los abducidos por los extraterrestres se mueven con extraña lentitud, como guiados por una fuerza externa que marca sus movimientos. No falta mucho para que las autoridades catalanas nos digan cómo hemos de colocar las manos en el volante, y cuántas veces por segundo podemos parpadear mientras conducimos. Magnífica metáfora de la realidad catalana, por cierto.
Y a mí que me surge una duda siempre que me dicen que la menor velocidad reduce la contaminación. .. Vamos a ver, yo me desplazo cada día a 15 kilómetros de Barcelona. Suponiendo que lo haga a 120 kilómetros por hora, mi coche está en la carretera durante 7,5 minutos. Si voy a ochenta, el mismo recorrido dura 11,25 minutos. ¿Alguien puede asegurarme que mi vehículo ha contaminado menos yendo a ochenta, pese a que he aumentado el período de emisión de gases en un 50 %? Yo no lo veo muy claro, pero si hay algún ingeniero en la sala y me lo puede aclarar, será de gran ayuda. Quiero ser un ciudadano sostenible conde los haya, pero necesito que me convenzan con argumentos, qué le vamos a hacer: será por eso que no soy el catalán modélico.
Ah, y la traca final: el Director General de Tráfico pillado a 130 en un tramo señalizado a 90. Él, el gran Pere Navarro, el hombre que nos aterra con campañas sangrientas y terroríficas y que amenaza con enchironar a medio país, saltándose a la torera los límites de velocidad. Habrá dimitido ya, ¿no? ¿Que no? No me lo puedo creer...
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02.12.07 @ 19:04:38. Archivado en política
Qué idiotez, ¿verdad? Pues no andan muy lejos los independentistas catalanes. En el Maresme, comarca costera al norte de Barcelona, cuelgan desde hace días pancartas con la siguiente e inteligente leyenda: “Hoy he vuelto a llegar tarde al trabajo por culpa de RENFE. ¡Por eso quiero la independencia!”. Palabra de honor, las he visto. Más o menos el mismo era el trasfondo de la manifestación del sábado en la capital catalana: los trenes van mal, luego queremos la independencia. Con el desparpajo que les caracteriza, los políticos catalanes (excepción hecha del PSC, que se moría de ganas pero tenía el corazón partío) aplican el axioma que les es propio e indiscutible: cualquier cosa, si la gestionasen los nacionalistas catalanes, funcionaría mejor. Algo que nunca ha sido demostrado, por cierto, pero tanto da: ¿se dan cuenta de que hace muchos años que, salvo contadas y muy honrosas excepciones, los políticos han renunciado a discutir las afirmaciones de los nacionalistas, dándolas sin más como hechos probados? Y entrando acto seguido, claro está, directamente en la negociación sobre cómo compensar con transferencias y dinero el supuesto agravio.
Hoy mismo el diario El Mundo revela en sus páginas de economía que el gobierno no publica sus balanzas fiscales “para no desmentir a los nacionalistas”. Quien lo entienda que me lo explique: resulta que al parecer tenemos guardadas en un cajón las pruebas que demostrarían que uno de los argumentos más recurrentes del independentismo es falso. Pero no las exhibimos, no se vayan a ofender los farsantes. Claro, necesitaremos sus votos en la próxima investidura…
Pero es que además, a mi modo de ver, es imposible elaborar una balanza fiscal que dé un resultado mínimamente objetivo e imparcial. Por ejemplo, si nos referimos al IVA, ¿quién soporta realmente el coste del impuesto, la empresa que lo liquida a Hacienda o el consumidor final que en definitiva es quien lo paga? Es decir, si mi fábrica situada en Cataluña tiene su principal cliente en Segovia, si a él le facturo el 90 % de mis ventas más el 16 % del IVA, ¿quién hace el esfuerzo fiscal, de dónde sale en definitiva el dinero: de mi bolsillo o del de quien me ha pagado a mí antes? Bien, no se me ofendan los nacionalistas, planteémoslo a la inversa: una fábrica de tapones de corcho con sede en Extremadura, que vende el 90 % de su producción a los fabricantes de cava catalán por valor de un millón de euros, más 160.000 de IVA. Los cavistas pagarán al empresario extremeño 1.160.000 euros, y éste liquidará a Hacienda los 160.000 menos el IVA deducible de que disponga. ¿Es justo que consideremos ese pago imputable al esfuerzo fiscal del fabricante de tapones, cuando los 160.000 euros han salido de la empresa de cava? Que a su vez lo percibirá de sus compradores, que probablemente estén repartidos por toda España. Bien, yo no tengo la respuesta, evidentemente: tan sólo pretendo decir que elaborar una balanza fiscal rigurosa e inapelable es imposible, y que por tanto los resultados serán siempre a conveniencia de quien la encargue.
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01.12.07 @ 13:48:50. Archivado en política
Ahora resulta que cuando alguien por primera vez se lanza a publicar balanzas fiscales, vieja aspiración del nacionalismo catalán (que no del vasco, luego se verá porqué), las cifras no arrojan los resultados esperados.
El BBVA ha publicado un estudio que demuestra, oh cielos, que el contribuyente madrileño es el que más aporta a la solidaridad interterritorial. Las reacciones han sido diversas: desde un vástago de Pujol que no ha tenido mejor ocurrencia que animar a Madrid a sumarse a la reclamación de una nueva financiación, hasta quienes reprochan total falsedad al estudio, por omitir según dicen determinadas inversiones en aeropuertos y museos.
La primera consecuencia de todo ello, y probablemente la única que se pueda sacar en claro al final, es que lo de las balanzas fiscales es una auténtica filfa. De entrada, porque no hay un método comúnmente aceptado que permita llegar a unas conclusiones objetivas, sino que, como en el gazpacho, cada uno tiene su receta que probablemente vendrá dada por el interés político que le guíe. Aunque en honor a la verdad hay que decir que merece aparentemente mayor credibilidad el informe de una entidad bancaria en principio neutral que el de una fundación presidida por un destacado dirigente de ERC.
La segunda conclusión es que, como habitualmente sucede con el nacionalismo, la discusión es inacabable por mucho que los datos se desplomen de forma aplastante sobre sus argumentos. Hasta ahora, las balanzas fiscales serían la revelación máxima, definitiva, total, que acabaría por dejar en evidencia al estado opresor. Ahora resulta que no está tan claro, sino más bien lo contrario… pues no pasa nada, vamos a otra cosa y sigamos lamentándonos, no sea que la realidad de las cifras, una vez más, nos chafe el espléndido banderín de enganche del victimismo y el expolio, esa leyenda urbana…
En tercer lugar, obtenemos la demostración palmaria de que los nacionalismos no pretenden sino la destrucción del Estado, y para nada la equidad en el reparto. No siendo así, sería lógico esperar que los catalanistas clamasen ahora contra la comunidad vasca, que merced a unos privilegios que podemos calificar sin exageración de feudales, insolidarios, abusivos e injustificados, acaba resultando beneficiaria neta en el reparto del pastel. O sea, que una de las comunidades más ricas e industriosas de España (y una de las que más se queja de la opresión española) recibe cada año dinero de las demás comunidades, en lugar de aportar. Quizá debieran los nacionalistas catalanes modificar el objetivo de sus iras y sus reivindicaciones, en lugar de unirse como hacen a los vascos en todas sus reivindicaciones. Pero claro, eso sería así si el objetivo fuese realmente obtener un trato justo para todos, y no lo es: la meta final de unos y otros nacionalistas es cargarse la estructura actual del Estado, y para ello están dispuestos a tragar las ruedas de molino de la evidencia: Cataluña no le está dando dinero a Madrid. Se lo está dando, entre otros, a Vitoria. ¡Euskadi nos roba!
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30.11.07 @ 20:18:02. Archivado en política
Siempre he pensado que algo no funciona en un país, en una sociedad, en los que el apelativo “comunista” todavía no es considerado un epíteto denigrante, un insulto como lo es el de “fascista”. No es una exclusiva española, por supuesto, sino que el curioso fenómeno se extiende por todo el mundo, en algunos lugares con más intensidad que en otros. Pero ciertamente en nuestro país la cuestión alcanza niveles sonrojantes, en especial a raíz de las últimas tendencias en materia de lo que se ha dado en llamar memoria histórica.
La perversión del lenguaje es total: si unos vándalos son neonazis o fascistas, a los de enfrente no se les califica de comunistas, sino de antifascistas, con lo cual automáticamente se está justificando de alguna manera su actuación: tan sólo están reaccionando a la agresión fascista. Hace poco, con ocasión del 20-N, se celebró en Tele5 un pseudodebate sobre grupos fascistas. Pilar Rahola, que evidentemente sabía de antemano a lo que iba, se ausentó diciendo que ella no compartía mesa con fascistas. ¿Haría lo mismo con comunistas?
El fascismo causó sin duda millones de víctimas a lo largo del siglo XX, especialmente en su primera mitad. Podríamos debatir largamente si determinadas dictaduras posteriores al final de la Segunda Guerra Mundial eran fascistas o eran totalitarismos de otro tipo. Pienso en Pinochet, Videla, Franco, Stroessner, Somoza, pero tanto da: contabilicemos sus muertos en el haber del fascismo. Al menos igual número de víctimas causó el comunismo. Y lo que es peor: las sigue causando. Esa es una diferencia fundamental con el fascismo: éste nació y murió en un plazo relativamente corto, en medio de una orgía de fuego y destrucción, mientras que el comunismo, que participó en esa matanza desde el bando contrario, persistió en su empeño durante décadas, y de hecho persiste en algunos lugares. También es interesante profundizar en el estudio de hasta qué punto los fascismos europeos surgieron precisamente como reacción a la aparición previa del comunismo soviético, pero en cualquier caso eso no justificaría sus desmanes, que curiosamente nadie, excepto un puñado de iluminados, discute. No sucede lo mismo con las atrocidades del comunismo, negadas o justificadas por multitud de intelectuales y políticos de todo pelaje. En España, sin ir más lejos, tenemos al inefable Llamazares defendiendo la dictadura cubana y a unos cuantos auténticos criminales de guerra de los años 30 en nuestro país.
Sigamos con la comparación: visite usted cualquier librería, grande o pequeña. Sin problemas de ningún tipo encontrará usted multitud de libros que loan, alaban o analizan con benévolos criterios a personajes como Ché Guevara, Fidel Castro y otros. Busque usted, si tiene interés, que ya son ganas, alguna obra que con similar talante justifique los crímenes del nazismo. No sólo no la hallará, sino que según y cómo puede acabar procesado por un delito tan peculiar como el de negación del holocausto. Hay en Barcelona una librería, llamada Europa para mayor escarnio, donde una pandilla de miserables divulga libros que niegan o cuestionan los crímenes nazis, organizan conferencias a las que invitan a personajes tan indignos como un líder del Ku Klux Klan, o vende ediciones comentadas del Mein Kampf. Su dueño ha sido detenido, procesado, condenado, su local registrado, sus libros confiscados,… ¿Pasaría lo mismo si ese mismo personaje se hubiese volcado en propagar la ideología comunista e idolatrar la figura de Stalin en lugar de la de Hitler? Apunte para el debate en otro momento: ¿debe prohibirse la difusión de ciertas ideas? ¿Quién puede hacerlo?
Item más: ¿existe actualmente alguna dictadura fascista en el mundo? Curiosamente pueden citarse unas cuantas comunistas, y otros tantos regímenes que bajo una apariencia supuestamente democrática encubren el germen de una dictadura de izquierdas. Corea del Norte es el paradigma, por supuesto, pero ahí están Cuba, Venezuela, China, Bolivia,… Por no hablar de los movimientos terroristas, guerrilleros, subversivos o como se les quiera llamar: ¿dónde hay terrorismo fascista que ponga en jaque a gobiernos y estados, dónde hay bandas organizadas neonazis que supongan un verdadero desafío al poder democrático de un país? Sí las hay en cambio en el terreno contrario, y Colombia es el ejemplo perfecto de este asunto, sin perder de vista la ideología leninista de ETA para no irnos tan lejos.
Otro tema que nos llevaría muy lejos, y que podemos dejar para mejor ocasión, es la interesada identificación que desde los medios de la izquierda se ha hecho y se hace, con enorme éxito por cierto, entre los fascismos y la derecha, por muy democrática que esta sea en sus comportamientos e historiales. Daría mucho de sí un debate sobre si el nazismo, que por cierto no es más que abreviatura de nacional-socialismo, aunque eso casi siempre suele omitirse cuidadosamente, era un sistema político que por sus fundamentos resultaba más próximo al socialismo o al liberalismo conservador. Desde luego que si nos guiamos por algunos caracteres básicos como la primacía del estado frente al individuo, la colectivización de medios de producción, la planificación económica, la propaganda y la penetración estatal en todas y cada una de las facetas de la vida privada, la aversión al catolicismo y el carácter policíaco del estado, habremos de convenir que poco o nada tienen que ver con lo que tradicionalmente se ha considerado la derecha, y mucho en cambio con la izquierda, por definición anticapitalista, antirreligiosa y defensora de los intereses colectivos frente a los individuales.
En definitiva, ¿quién teme al fascismo feroz? ¿No estaremos nuevamente ante un espantajo sumamente útil para, debidamente magnificado, convertirlo en instrumento propagandístico y justificar así la eterna lucha contra un enemigo prácticamente inexistente?
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