Los árboles y el bosque

Una ovación transversal

30.10.16 | 11:59. Archivado en La vida misma

El debate de investidura del Sr. Rajoy celebrado ayer en el Congreso de los Diputados registró un momento trascendental, que casi me atrevería a calificar de histórico si tuviese continuidad, como espero que suceda.

Paradójicamente ese momento vino propiciado por la lamentable intervención del más patético de los parlamentarios que se acomodan en los escaños del hemiciclo. No voy a reproducir aquí los términos de su discurso, plagado de insultos, improperios, ofensas, deslavazado y dirigido principalmente con rabia, odio y rencor a las bancadas socialistas por lo que el indigno diputado Rufián considera una traición a la izquierda: la abstención mayoritaria de los diputados del PSOE a fin de posibilitar que pueda formarse un gobierno y desbloquear así la situación política española, ante la evidencia aritmética de que no hay alternativa posible. Añadamos para completar el cuadro que en el exterior del Congreso empezaban a concentrarse unos pocos miles de extremistas profiriendo acusaciones de traición y proclamando el carácter para ellos ilegítimo y antidemocrático de la investidura del Sr. Rajoy.

A lo que iba: el discurso del diputado Rufián fue tan excesivo, tosco y violento que el portavoz socialista Sr. Hernando tuvo que tomar la palabra para defender a su grupo. Y lo hizo con emoción y fuerza, con enfado apenas contenido. Tampoco viene a cuento reproducir aquí los términos exactos de su réplica, porque no es eso lo importante. Lo verdaderamente novedoso, trascendente y esperanzador fue que la bancada socialista se levantó a aplaudirle, como es lógico, pero también lo hicieron los diputados populares y los de Ciudadanos, los regionalistas canarios, navarros y asturianos. No puedo asegurar ahora que lo hiciesen o no los del PNV o los de lo que queda de Convergència. Por supuesto no lo hicieron los de Podemos ni los satélites de la izquierda abertzale.

Y ese es el hecho novedoso y trascendental. Por primera vez en muchísimo tiempo el hemiciclo se dividió visualmente entre constitucionalistas y demócratas por un lado, sin distinción ideológica, y antisistema y extremistas de diverso pelaje por el otro. De pronto el PSOE se vio metido, no sé si a su pesar o no, ni sé si íntegramente (ignoro si los disputados díscolos se unieron a la ovación a su portavoz), en el bloque de los agredidos, de los acosados, de los insultados. Ese bloque hasta hace poco reservado exclusivamente a “la derecha”. El extremismo, que en España hace décadas que solo proviene de la izquierda y del nacionalismo, había obrado el milagro de empujar a los restos decentes del PSOE al lugar que les corresponde: el cálido ámbito de la legalidad constitucional, de la democracia parlamentaria, de la alternancia civilizada y natural en el poder. El ámbito de la normalidad europea y occidental, en suma.

Tras los devaneos protagonizados por el Sr. Sánchez, a quien sin duda y con justicia el Sr. Iglesias podría calificar como “nuestro hombre en el PSOE”, el partido socialista dio ayer la sensación de haber regresado “a la senda constitucional” (esperemos que no de forma tan falsaria como lo hizo el inventor de esa expresión). Es evidente que no puede pretenderse que una organización tan grande sea monolítica y se mueva como un solo hombre. Si el resultado de la catarsis de hace unas semanas es la depuración de aquellas excrecencias que parecían haberse adueñado del hasta ahora principal partido de la izquierda española, bienvenida sea. Demos por amortizados a los diputados del PSC, víctimas irrecuperables del “mal catalán” que se extiende a las Baleares y Valencia y que habrá que atajar, y a los cinco o seis díscolos vocacionales, que serán debidamente triturados por la maquinaria institucional de Ferraz que no tiene porqué pagar traidores. Y ayudemos, sí, aunque me cueste escribirlo, a ese “nuevo” PSOE que parece haberse caído del caballo y visto de nuevo la luz de la democracia parlamentaria, de la más o menos noble lucha política por el poder.

La ovación transversal de anoche en el Congreso, por mucho que formalmente incomodase al Sr. Hernando y propiciase que el Sr. Rufián gesticulase indicando algo así como “¿lo veis? Todos sois los mismos”, es una imagen que debería significar un antes y un después. Y es que sí, todos son los mismos, todos somos los mismos: los que creemos en la democracia parlamentaria con todos los matices que se quieran respecto a la forma de Estado o a la ideología que haya de impregnar a cada gobierno sucesivo. Fuera solo están ellos, gritando, vociferando, insultando, amenazando y agrediendo, y vomitando toneladas de demagogia y mentira. Les votan muchos aún, demasiados. Pero les votarán menos. Está por definir cuántos de los votos que reciben Podemos y sus satélites son sufragios fruto de la rabia, del desencanto, de la indignación de buenas gentes que en un momento determinado no se sintieron representados por los partidos tradicionales y creyeron honestamente en el carácter democrático de unas formaciones que en realidad no pretenden otra cosa que cargarse, por todos los medios, el sistema constitucional que nos ha garantizado cuarenta años de prosperidad y paz, con la sangrante excepción de la pústula terrorista. Dudo seriamente que muchos de esos votantes sigan considerando apoyar a una formación que es capaz de estar simultáneamente en el Congreso cobrando por su escaño y en la calle insultando a los demás parlamentarios, que se apoya en personajes estrafalarios como los diputados Rufián y Tardà y que no le hace ascos a la compañía de los post etarras.

Por eso, bienvenidos sean los rufianes y los matutes: démosles cancha y difusión, hagamos que sus mensajes de odio y violencia lleguen a los oídos y las retinas de esos millones de votantes que acudieron a Podemos en plena orfandad. Y dejemos que sientan vergüenza ajena y, como ayer el PSOE, regresen a la ovación transversal de quienes, sin tener ahora mismo mucho que celebrar, tienen claro a qué lado de la raya están y quieren seguir estando.

Eso sí: para ello será preciso que el PSOE se emplee a fondo en conseguir que el amenazador periplo que ayer anunció el Sr. Sánchez acabe siendo la “muerte política de un viajante” cuyo destino es seguramente un escaño a la sombra del mesiánico líder de Podemos. Que no cometa el error el PP de querer destruir a este PSOE aprovechando su debilidad. Un panorama compuesto por PP, Ciudadanos y PSOE es el mejor escenario para una España próspera en los próximos años. Un escenario que trace una nítida línea en torno al peligro que para la democracia representan Podemos, sus satélites y los independentistas.

La ovación de ayer fue como ese apretón de manos que se dan después de mucho tiempo dos personas a las que la vida ha separado y enfrentado. Un saludo que no borra diferencias ni discrepancias radicales, pero que pretende recuperar la nobleza y el respeto en una convivencia cotidiana que no tiene porqué ser fácil, pero que la acechanza de los enemigos comunes hace necesaria. Ayer pareció que el PSOE entendía quiénes son los enemigos comunes y quiénes los simples rivales políticos.


¿Borrell?

25.10.16 | 22:04. Archivado en La vida misma

Se rumorea que Josep Borrell podría presentar su candidatura a dirigir el PSOE en un futuro inmediato que se presenta convulso para el que fuera gran partido de la izquierda española. Realmente ha acabado pasando lo que todas las leyes de la física y la química permitían vaticinar: no hay partido político, por grande y poderoso que sea, que resista dos dirigentes consecutivos tan insolventes como José Luis Rodríguez Zapatero y Pedro Sánchez. En una ocasión, y permítanme que me salga un momento del tema, el recientemente fallecido ex ministro Antoni Asunción nos explicaba en el transcurso de una cena el desconcierto que cundió en el partido cuando vieron que aquel personaje al que habían llamado a última hora, poco menos que porque pasaba por ahí, para dificultar el camino a un excesivamente arrollador José Bono se hacía efectivamente con las riendas de la formación. Y el pánico sin paliativos que les asaltó cuando oyeron que “José Luis ha ganado las elecciones”. La frase del ex ministro en esa ocasión fue “pero qué hemos hecho”.

A la incompetencia de Zapatero, que se atrevió a tocar los cimientos mismos del Estado (la nación como concepto discutido y discutible, los pactos entre volutas de humo con Artur Mas, la aceptación de lo que le viniese del parlamento catalán, la cesión ante ETA, la derogación de la pena de cárcel para quienes convoquen referendos ilegales,…) sin considerar que con ello debilitaba enormemente el edificio institucional, le sucedió un hombre sin más horizonte que una ambición personal ciega y desmedida. Esta doble dosis de desastre ha llevado al PSOE a los peores resultados de su historia y a una crisis interna sin precedentes en la que se ha hecho más visible que nunca que en realidad el socialista ya no es un partido nacional, sino un conglomerado de partidillos regionales, cada uno con su respectivo “barón” al frente, que en el mejor de los casos mira solo por sus intereses electorales en su propio terruño y en el peor parece dispuesto a aliarse con lo peor de cada casa cuestionando la soberanía nacional sin empacho alguno.

Por eso, la idea de un Josep Borrell al frente del partido envía un doble mensaje: primero, el de una solvencia intelectual y una experiencia a años luz de sus lamentables predecesores. Segundo, un mazazo a las aspiraciones de los independentistas catalanes. A nadie se le oculta que Borrell es un furibundo y sólido antinacionalista, y que a catalán no le gana nadie, y que por tanto su presencia al timón del todavía segundo gran partido nacional supondría una especie de “lasciate ogni speranza” de fragmentar la soberanía nacional mediante acuerdo con el Estado, amén de privarles del argumento victimista, el principal de los que componen su panoplia.

Eso sí: Borrell tiene un problema que viene dado en buena medida por esa superioridad intelectual antes apuntada. Y es que su arrogancia es equiparable a esa ventaja. No llega a la gente con facilidad, el eslogan fácil no es su terreno preferido. Sus argumentos elaborados y metódicamente expuestos son la antítesis de lo que estos tiempos de 140 caracteres reclaman.

Un Borrell en Ferraz pondría sin duda las cosas muy difíciles en Barcelona a un Iceta dispuesto a confundirse con el paisaje nacionalista “mà non troppo” a base de escenificar distancias con un PSOE que considera demasiado “españolizado”, cosas veredes… Y le tocaría a ese Borrell decidir si el PSOE ha de presentarse o no con marca propia en Cataluña. Un panorama apasionante.


Alsasua, Madrid... ¡Reaccionemos!

23.10.16 | 18:31. Archivado en La vida misma

En Alsasua, como consecuencia de la agresión multitudinaria con tintes de linchamiento a dos guardias civiles y sus parejas, cuatro representantes de las víctimas del terrorismo se han enfrentado en la calle a cara descubierta a varias decenas de abertzales vociferantes. En Madrid, un puñado de radicales de izquierda ha impedido a gritos y empujones que Felipe González y Juan Luis Cebrián celebrasen un acto en una universidad de Madrid. Dos hechos dispares pero con elementos comunes que son los que motivan mi reflexión.

Los héroes de Alsasua han mostrado una dignidad y un valor por encima de toda medida. Salir a la calle en esa población en defensa de la Guardia Civil y en espantosa inferioridad numérica requiere unos arrestos que no están al alcance de todos los mortales. Y Alsasua no está en la Guipúzcoa profunda, sino en la supuestamente muy noble y leal Navarra, lo cual nos lleva a preguntarnos por las causas de ese desequilibrio numérico en un lugar en el que aparentemente los proetarras no tendrían porqué ser masa dominante. Pero lo son. En la calle y en las instituciones.

En un mundo ideal, uno esperaría que poco a poco los postigos de las puertas y ventanas se fuesen abriendo y que más y más vecinos, primero tímidamente y luego en gesto más desafiante, se hubiesen unido a los cuatro héroes. No sucedió. Y puedo entenderlo. Tener que comprar cotidianamente en las tiendas de esos hijos de puta, aparcar el coche en la calle al alcance de sus manos y piedras, tener que compartir barra en el bar con quienes controlan la calle y el poder municipal y autonómico exige una elemental prudencia. Quiero creer que tras esos postigos cerrados había puños cerrados, labios mordidos y lágrimas furtivas. ¿He visto demasiadas películas, tal vez? Puede ser. Pero necesito creerlo así.

Pero en Madrid... No lo entiendo. Unas decenas de comunistas se lanzan a boicotear e impedir un acto a cargo de dos personas que, nos merezcan mayor o menor simpatía, han sido y son importantes miembros de la sociedad española. El rector decide no recurrir a la policía para defender el derecho de los ponentes a hablar y de los asistentes a escucharles. Supongo que actúa bajo el influjo de esa curiosa leyenda urbana que dice que en un recinto universitario no debe entrar la policía. Ni siquiera a defender derechos constitucionales, al parecer.

Ahora bien. No sé cuántos asistentes se disponían a escuchar a González y Cebrián. Sin duda, bastantes más que los agresores. ¿Cómo se explica que nadie fuese capaz de ponerse en pie y plantear en voz alta a los demás si iban a permitir que un puñado de radicales les impidiese asistir al acto que querían oír? Madrid no es Alsasua, y con seguridad el factor numérico tampoco era el mismo. ¿Qué nos está pasando? ¿Por qué hemos perdido el reflejo de plantar cara a los violentos incluso cuando lo tenemos todo a favor? No pido que González o Cebrián actuasen como Fraga en aquella legendaria ocasión en que, hallándose en una tesitura similar, se despojó de la americana, se arremangó y se lanzó a por los boicoteadores poniéndolos en fuga. Eso ya no se lleva, sin contar con que probablemente Fraga sabía que ahí fuera estaba su policía y que además no parece sensato (aunque no sé bien porqué) que un ponente azuce a los oyentes contra los alborotadores.

Pero quizá conviene que pensemos que, si no queremos que algún día toda España sea una inmensa Alsasua, algo tendremos que poner de nuestra parte. Que va siendo hora de que al famoso panfleto “¡Indignaos!” de Hessel opongamos un digno “¡Reaccionemos!”. O eso, o asumir nuestro papel de víctimas propiciatorios a la espera de que las fuerzas del orden nos salven para a continuación, eso sí, criticar con severidad el uso que hayan tenido que hacer de la fuerza.


¿Locos?

25.07.16 | 11:25. Archivado en La vida misma

Si no fuese porque estamos cayendo como moscas resultaría hasta enternecedor en su patetismo el esfuerzo denodado que realizan las autoridades europeas por buscar, encontrar y difundir cualquier explicación alternativa a la de un ataque terrorista de corte islamista para las matanzas que se suceden en el territorio de la Unión en los últimos meses.

Que si una depresión, que si sufrió acoso en su infancia, que si quiso suicidarse... Con la entusiasta colaboración de la izquierda mediática, siempre dispuesta a justificar comprender y compadecer al asesino que se ensaña con víctimas occidentales, los jefes policiales y ministros del ramo comparecen circunspectos aportando todo tipo de informes psiquiátricos y soslayando cuidadosamente las aparentes motivaciones político religiosas de estos crímenes que siguen al pie de la letra la pauta del terrorismo que la OLP puso en marcha allá por los lejanos años 70 del pasado siglo: llevar el terror a cada ciudadano, a cada casa, a cada autobús, avión, centro comercial o terraza de bar. Es la famosa socialización del dolor que también ETA defendía con ahínco, a sabiendas de que las sociedades son mucho más cobardes que los individuos que las componen y que, en la tesitura de tener que afrontar una guerra o ceder en cuanto sea necesario, optarán sin duda por lo segundo. Debidamente aduladas, claro, por hordas de políticos sin más horizonte que la próxima convocatoria electoral y la ambición personal de garantizar su modus vivendi.

Otro gallo nos cantara si, en lugar de Hollande, Rajoy, Cameron y demás hierbas tuviésemos un Churchill que nos avisase que esto solo se va a acabar con sangre, mucha, con esfuerzo, sudor y lágrimas, muchas también. Sí, Valls ya nos ha dicho, y es muy cierto, que vamos a tener que ir acostumbrándonos a estas incomodidades que suponen el salir de compras o a tomar un café y acabar acribillado en plena calle. Y miren, sí, podríamos asimilarlas y convivir con ellas como se convive con la guerra si supiésemos que aquí y allí se está haciendo todo lo posible por acabar con el problema.

Que el problema terrorista requiere resolver otros más profundos que lo alimentan lo entiende hasta el más tonto, y a ello hay que ponerse. Pero seguramente en sentido absolutamente opuesto al que viene aplicándose. Menos contemporizar y más afrontar. Menos reconocer y más obligar. Menos dialogar y más exigir. Menos desarme moral y más reciprocidad exigente. Menos ocultar y más explicar. Y por supuesto, sin perjuicio de tratar esas causas de fondo, ser implacable extirpando, aquí y allí, donde sea preciso y como sea preciso, sus manifestaciones purulentas, violentas.

Y hay que implicar a la sociedad en esa guerra. Menos flores y más eficacia. Menos velas y más contundencia. Y claro, eso pasa ineludiblemente por impedir que cientos de miles de refugiados entren en oleadas incontroladas por nuestras fronteras. Nada nos obliga, nada absolutamente, a acoger a millones de personas de otras latitudes que quieren venir a establecerse a nuestros países y a beneficiarse de todas las ventajas que a lo largo de siglos hemos construido, sin hacer el menor esfuerzo por integrarse y adaptarse, ellos y no nosotros, al lugar que han elegido. No podemos consentir que constituyan en nuestro territorio sociedades paralelas ajenas a nuestras leyes y principios esenciales. Y ese planteamiento, de puro sentido común, no deberían los partidos dejarlo en manos de movimientos extremistas y populistas. No van a conseguir disfrazar el horror eternamente. Siguiendo el refrán, más vale ponerse colorado una vez que amarillo cien, y asumir por tanto la gravedad del reto involucrando en él a toda la sociedad, cuyo apoyo e implicación en todos los aspectos de esta guerra es imprescindible.

Mientras tanto, sigamos hurgando en informes psiquiátricos y justificaciones pintorescas. Los dioses ciegan a aquellos a quienes quieren perder.


La guerra de las palabras

13.07.16 | 19:09. Archivado en La vida misma

Seguro que no es la primera vez que hablo de esto, ni será la última. La historia y la actualidad se escriben con palabras. Y quien controla las palabras controla la verdad, la actualidad y por tanto la realidad. Y en eso la izquierda muestra una maestría hasta ahora inigualable. Pero que ahora lo sea no significa que deba seguir siéndolo ni que debamos resignarnos a esa fatalidad.

Miren hacia donde quieran: empezando por el término “progreso”, del que se han apropiado con su variante “progresismo”. No es ya que el progreso resulte un concepto en sí mismo simpático, que transmite avance, modernidad, sino que por exclusión sitúa a los demás en la antítesis odiosa, llámese reacción, retroceso... No creo sinceramente que pueda defenderse con solvencia que la izquierda haya traído más progreso que otras ideologías, pero tanto da, el concepto ha calado con pasmosa facilidad sin que nadie se haya molestado en combatirlo.

En el terreno del feminismo sucede algo semejante. Resulta que, con abismal diferencia, ha sido “la derecha” la que ha demostrado su verdadero respeto por la igualdad y por el mérito dando el poder a mujeres como Merkel, Thatcher, la recién llegada May, Lagarde, y en España fue el Partido Popular quien designó a las primeras presidentas del Congreso, quien tiene una secretaria general, quien tuvo antes que nadie “baronesas” como Aguirre, Rudi, Camacho, la propia Cospedal... Pero el mérito en la defensa del feminismo, una vez más y por aclamación, se lo lleva la izquierda.

Sigamos con el propio concepto de “derecha”. Es asombroso ver cómo la izquierda se enorgullece y vanagloria de serlo y descalifica por definición a una “derecha” que atemorizada y confusa se niega incluso a aceptar el calificativo, y lo rechaza como una lacra. Por no mencionar la interesadísima identificación de los regímenes totalitarios de principios del siglo XX con la derecha, cuando si por algo se caracterizaban tanto el fascismo como el nazismo es por un intervencionismo sofocante, por una sumisión total del individuo al colectivo, al estado, característica esencial de la izquierda. De hecho, Mussolini procedía del partido socialista y los alegres muchachos de Hitler llevaban incluso ese calificativo en el nombre de su partido.

Tanta es la modernidad de esa izquierda que sigue cantando La Internacional un siglo después, con su puño en alto y todo, sin el menor atisbo de vergüenza.

Podríamos seguir con el racismo: Colin Powell o Condoleeza Rice dirigieron importantes departamentos en la muy retrógrada administración Bush. De color (negro) ambos y mujer una de ellos. Y si no me falla la memoria la fiscal general del estado designada por los republicanos, partido paradigma de la derecha, también fue mujer por primera vez.

Me decía un querido tuitero el otro día que la derecha ni quiere ni necesita hacer ruido ni propaganda, que su público es de los que prefieren silencio y discreción (cuanto menos se oiga hablar de un gobierno, mejor). Tal vez eso sea cierto si nos referimos a la capa de mayor edad del electorado, educada en otros sistemas de comunicación y propaganda. Pero el futuro no va por ahí. Hay que combatir en todos los frentes, casa por casa y habitación por habitación. Y contamos con una ventaja: no están preparados para esa discusión, porque jamás han tenido necesidad de sostenerla. Hagan la prueba, como les decía no hace mucho en otro post referido a los nacionalistas: cuestionen, discutan, no den nada por sentado y nieguen la mayor. Si no, antes de empezar ellos ya tienen conquistada la mitad larga del terreno de juego y nos tienen encerrados en nuestro área. Hay que atacar la retaguardia, es de manual. Y en modo guerra de guerrillas. Twitter, sí, redes sociales. Pero también en nuestra vida cotidiana. Que ya está bien de callar y dar la razón por omisión. Seguro que nos llevaremos algún chasco y algún sofoco, pero también es seguro que despertaremos a alguna otra “célula durmiente”.


Escenas ciudadanas

11.07.16 | 08:55. Archivado en La vida misma

Llega uno a Barcelona a las seis de la mañana, a fin de coger un tren. Al ir a aparcar el coche se encuentra con que, en medio de la calzada de una de las arterias principales del Ensanche, junto al hotel Palace y otros establecimientos hoteleros, cuatro o cinco energúmenos patean a un tipo que está en el suelo. Haces luces, tocas el claxon y por un momento se dispersan. Pero vuelven a la carga a los pocos segundos, cuando el agredido ha conseguido alcanzar la acera. Unos pocos viandantes evitan la escena horrorizados, algunos coches y autobuses se limitan a esquivar al grupo cambiando de carril. La paliza es de las que pueden acabar en muerte.

Evidentemente el más elemental instinto de supervivencia invita a no apearse y acercarse, salvo que lleves una pistola en el bolsillo, que no es el caso. Llamo a la policía, me dicen que ya tienen aviso y están en camino. Entre tanto algunos aparentes amigos del agredido, entre ellos una chica, aparecen e intentan en vano detener el aluvión de golpes que la víctima encaja ya inerte. Finalmente los agresores huyen calle arriba.

Llega un coche patrulla con dos agentes de los Mossos, les contamos hacia dónde han huido y salen zumbando en su busca, creyendo divisarlos a unos cien metros. La recepcionista de un hotel repite con semblante horrorizado que lo ha visto todo desde el principio y describe a los agresores. La víctima yace junto a un escaparate, atendido por los suyos. Se oyen más sirenas a lo lejos. El coche policial regresa a toda velocidad en contra dirección.

Sale de un portal una vecina con un perro. Y ni corta ni perezosa cruza la calle para encararse con la empleada del hotel con gesto airado y suficiencia: “lo que no entiendo es porqué el hotel no ha llamado antes, si han estado media hora así”. La chica la mira con estupor, supongo que preguntándose, como yo, si la propia vecina ha llamado a la policía, o si sabe cuánto hace que el hotel ha avisado a los agentes y cuánto han tardado éstos. La vecina airada vuelve a cruzar y se lleva a su perrito a un árbol, mientras sigue rezongando contra los del hotel. La chica casi llora. He de coger un taxi para ir a la estación. Nadie me ha pedido mis datos por si es precisa mi declaración como testigo.

Para un taxista con el piloto verde apagado y me ofrece subir. Me explica que a esas horas a menudo circulan así, y seleccionan a quién recoger. Que eso es el pan nuestro de cada día a la salida de ciertos locales, y que concretamente ahí al lado hay uno conocido por congregar público latino que suele acabar con cierta frecuencia en peleas multitudinarias en plena calle.

Al poco estoy en el AVE y ver amanecer en los campos desde el aséptico vagón adquiere un significado distinto, reparador. La ciudad y su madrugada quedan atrás. Los pandilleros, el alcohol, la droga, la violencia, los trabajadores de la noche, y hasta los vecinos que prefieren arremeter contra el hotel, todo se convierte en una especie de pesadilla irreal.


Viva San Fermín

07.07.16 | 18:48. Archivado en La vida misma

Voy a hacer amigos. De hecho, me han sugerido que no escriba este artículo, así que intentaré hacerlo sutil para que al menos los insultos queden más injustificados.

Veamos. Si yo me siento a tomar algo en las Ramblas de Barcelona o en una terraza de Malasaña y dejo sobre la mesa sin vigilancia alguna un móvil de última generación, o un reloj caro, o mi cartera, tengo una alta probabilidad de que me lo roben. Si eso sucede, una cosa está clara y hay que dejarla establecida de antemano: el único culpable del robo será el ladrón. Pero yo seguramente podía haber puesto de mi parte alguna diligencia para proteger mi propio patrimonio.

Otro caso. Circulo a cierta velocidad por una calzada principal y se anuncia una incorporación a mi derecha. Conozco la vía y sé que tengo preferencia porque en esa incorporación hay un stop. Veo acercarse un camión. Un cierto instinto de conservación me hará moderar la velocidad de mi automóvil al acercarme al punto de encuentro, aún a sabiendas de que el camión tiene ante sí un stop y por tanto deberá detenerse. Pero si no lo hago y no levanto el pie del acelerador, nuevamente hay que dejar una cosa clara: si el camión se salta el stop y me aplasta, él es el único culpable, y yo tendré toda la razón. Pero yo estaré aplastado. Y sin que pueda reprochárseme nada, lo cierto es que por mi propio interés podría haber tomado la precaución de levantar el pie del acelerador para poderme detener con mayor facilidad y evitar el choque.

Tercer supuesto. Me marcho de vacaciones y no se me ocurre mejor idea que colocar un aviso en la puerta para que los carteros y repartidores sepan a qué atenerse: “Estoy de vacaciones desde el 1 hasta el 15 de agosto. Por favor, dejen la correspondencia y las entregas al vecino de la derecha”. Tengo bastantes posibilidades de encontrar mi casa desvalijada. De nuevo, los únicos culpables son los cacos, pero yo podía haber sido más cuidadoso con mis propios intereses.

Y a qué viene todo esto se preguntarán ustedes... Nada, cosas mías. Estuve viendo el chupinazo que abre las fiestas de San Fermín y asocié ideas. Cuando se comete un delito el culpable es el delincuente, sin paliativos ni objeciones. Pero creo que, respecto a nosotros mismos, todos tenemos un cierto deber incluso moral de diligencia acerca de nuestros propios bienes, de nuestro patrimonio, de nuestra propia integridad física. Lo cual no implica que no nos asista el derecho a no ser víctimas de ese delito. Pero el más elemental sentido común aconseja tomar ciertas precauciones, nada excepcional, lo que la simple lógica indica. En los tres supuestos indicados yo no estoy autorizando ni mucho menos invitando a nadie a que me robe, me arrolle o me desvalije. Pero, pudiendo, no habré hecho gran cosa para evitar que eso suceda.

A partir de aquí, que cada uno concluya lo que quiera.


Torrevieja como síntoma

05.07.16 | 08:32. Archivado en La vida misma

Telediario de Antena3. “En Torrevieja no es posible bañarse en el mar porque no hay socorristas municipales”. Explica el locutor que el ayuntamiento no puede permitirse el coste de la contratación de socorristas para la temporada veraniega, y ha colocado banderas rojas en la playa. Sale el alcalde, se queja de los recortes y de las penurias municipales y, por supuesto, aclara que no es culpa de su equipo de gobierno.

Luego empieza lo divertido, cuando el esforzado reportero veraniego se lanza, micrófono en ristre, a entrevistar a diversos bañistas, de los perfiles “jubilado deportista”, “mamá indignada”, “abuela protectora” y “cuñado enterado”. Lo que suele encontrarse en toda playa que se precie.

La mamá dice que ahora tendrá que estar más pendiente de sus niños cuando se bañan. El cuñado dice que es inadmisible que con el calor que hace no se pueda uno meter en el agua. La abuela farfulla algo que no recuerdo. Y el abuelo, jaleado por un coro de colegas del Imserso, dice indignado que todo es una excusa que se monta el ayuntamiento para eludir su responsabilidad si a alguien le pasa algo.

A esas alturas del noticiario uno ya ha agotado sus reservas de estupefacción y ha concluido que no puede bañarse en el mar si el municipio en que se sitúa la playa en cuestión no pone socorristas. Que el consistorio es el responsable de la seguridad de los bañistas, y no los propios bañistas. Que las madres y los padres al parecer no tienen que estar pendientes de sus niños porque el ayuntamiento tiene que haber dispuesto que haya socorristas velando por ellos. Que ese hecho de estar pendientes de sus hijos constituye una indudable molestia y una no menos evidente injusticia social. Y que de cualquier desgracia que suceda por el muy cotidiano e individual acto de sumergirse en el mar ha de existir una responsabilidad imputable a alguna administración pública.

Es un fantástico paradigma de nuestra sociedad. Queremos, deseamos que nos tutelen, que exista un ente superior que nos diga cuándo podemos y cuándo no bañarnos. Bandera roja, no bañarse porque el ojo del gran hermano no puede vigilarnos. Es omnipotente pero no tiene pasta. Bandera verde, bañarse: papá estado nos vigila. Hemos asumido que el cuidado de nuestros hijos debe dejarse en manos de la administración. Tenemos interiorizado que todos los riesgos cotidianos que encierra el mero hecho de vivir han de estar cubiertos por alguna responsabilidad genérica, intangible, indefinida pero omnipresente. Debe ser eso que llaman el estado del bienestar, que nos ha privado de cualquier sentido de la responsabilidad, de la previsión, que nos hace creer que la vida es una actividad sin riesgos, y que si alguno existe no hemos de asumirlo, evaluarlo ni tomar decisión alguna al respecto, porque alguien proveerá. No Dios, por supuesto, que eso ya no se lleva, pero sí nuestro nuevo dios, que además presenta la ventaja respecto al otro de que se le puede demandar ante los tribunales y se le puede poner verde en televisiones y redes sociales.


Repensar la democracia

02.07.16 | 00:13. Archivado en La vida misma

Les sonará el término “test de stress”, que se aplicó a las pruebas de solvencia y solidez a que se somete a las entidades financieras. Son pruebas que fuerzan sobre el papel todas las situaciones en que puede encontrarse una entidad, incluso las más imprevisibles e improbables, para asegurarse de que podrá cumplir con sus obligaciones frente a accionistas, inversores, depositarios, etc.

Visto lo visto últimamente, se me ocurre que nuestras democracias occidentales deberían someterse a tests de stress para ver cómo responden a circunstancias extremas y para corregir lo que sea necesario para que, si esas circunstancias se dan, las puedan afrontar con garantías no para sus accionistas, sino para sus ciudadanos.

Miren si no: en Austria han de repetir las elecciones por una cuestión de procedimiento en el recuento. En Reino Unido han celebrado un referéndum que millones de personas quisieran repetir y que tendrá consecuencias muy serias para los británicos y para toda Europa. En España acabamos de repetir elecciones por la incapacidad de los partidos para ponerse de acuerdo. Y el resultado obtenido no permite descartar que vayamos a unas terceras. Y en una parte del territorio hay quien ha decidido tomarse la democracia por su mano e intentar saltarse las normas trasladando el ámbito de la soberanía a donde le conviene. Y en buena parte de Europa corremos el riesgo (sí, el riesgo) de que en no muchos años la mayoría de votantes sean, por ejemplo, musulmanes. Motivos suficientes, no me negarán, para cuestionarse la fiabilidad y la viabilidad de un sistema.

¿Están nuestros sistemas y nuestros ordenamientos, nuestras democracias en suma, preparados para situaciones extremas, extravagantes? ¿Y para albergar en su seno, en las propias instituciones, a aquellos que quieren socavarlos, a sabiendas de que aprovecharán todos los subterfugios legales para conseguir sus objetivos? ¿Dónde está el límite de la tolerancia y la libertad de nuestro sistema? Dicho de otra forma: ¿no habrá que repensar la democracia si queremos salvaguardar la democracia?

Hemos sacralizado el concepto de la democracia, sin pararnos a analizar si se dan las garantías necesarias para que ese sueño de la razón que es ese sistema político no produzca monstruos que acaben devorándolo. ¿Es la democracia un fin en sí mismo o un instrumento para la consecución de fines superiores, como la libertad, la igualdad y el progreso, que no el progresismo? Si es un fin, no hay más que plantearse. Salvo que una vez alcanzado puede convertirse en herramienta para fines espurios que la acabarán envileciendo y a la postre destruyendo. Pero si es un instrumento, resulta sin duda posible, es más, necesario incluso y exigible, su perfeccionamiento y modernización para que sirva a sus fines superiores, evitando que pueda ser mal utilizada de modo que se impida su consecución.

No, la democracia occidental no está pensada para que los representantes del pueblo se refocilen en sus egoísmos llevándonos de comicio en comicio. Ni para que un gobernante irresponsable rete a un pulso a su ciudadanía. Ni para que unos ineptos decidan alterar las reglas del juego para adaptarlas al tamaño de su mediocridad. Ni para que un mal entendido derecho de sufragio universal e igualitario permita que se impongan gobiernos y leyes totalmente ajenos a nuestra cultura y a los principios esenciales de nuestra civilización.

Urge someter a nuestras democracias a un test de stress, y repensarlas hasta donde sea posible.


Consultas

30.06.16 | 19:46. Archivado en La vida misma

Hice el otro día unos cuantos enemigos en twitter al preguntarme si tenía sentido someter al voto de los ciudadanos cuestiones que de manera evidente superan las capacidades de decisión y los conocimientos de la inmensa mayoría de ellos. Lo sé, es muy provocador plantear siquiera que haya cosas sobre las que “la gente” no está en condiciones de opinar.

Quizá me haga menos odioso el admitir que yo mismo me incluyo decididamente en las filas de quienes no deberían decidir, por ignorantes, sobre una muy amplia serie de asuntos. Pero tanto da: lo cierto es que cada vez me siento más y más contrario a las consultas, a los referendos. Claro que, viviendo en Cataluña, eso se deberá probablemente a que el organismo ha generado unas defensas frente a la contumaz pertinacia de los nacionalistas en exigirlo.

El caso británico me ratifica en la convicción. Por cierto, permítanme decir que me encanta la facilidad anglosajona para crear vocablos pegadizos. Primero fue el brexit, al que se opuso a última hora el bremain. Ahora asoman el bregret y el breturn. Formidable. Al hilo de eso, el mero hecho de que se esté considerando repetir la consulta es un argumento demoledor contra los referendos: la posibilidad de repetirlos impunemente hasta que se obtenga el resultado deseado los convierte en herramienta infame.

A lo que iba: ¿quiénes de entre los que me leen (sin excepción gente formada, brillante, sabia y culta, como demuestra precisamente el hecho de que me leen) se verían con ánimos de pronunciarse con conocimiento suficiente sobre las implicaciones de toda índole que supondría la salida de España de la Unión Europea?

Añadan a ese desconocimiento, que voy a dar groseramente por supuesto, un inmisericorde bombardeo de “argumentos” sentimentales, xenófobos o radicalmente falseados. Sazónenlo todo con la posibilidad aparentemente gratuita de patear el culo del gobierno de turno, o del partido político que les cae mal, defienda la postura que defienda en la consulta. Sí, ésa gloriosa sensación de impunidad, la ocasión del linchador para hacer en cuadrilla aquello que individualmente jamás se atrevería a hacer, pensando que no tendrá consecuencias para él. Y créanse además que tienen ustedes un sacrosanto “derecho a decidir”. No, no lo tienen, al menos así en abstracto. Existen derechos de algunos a decidir sobre algo, no el derecho de cualquiera a decidir sobre cualquier cosa.

El referéndum, una idea en apariencia noble, se ha prostituido hasta convertirse en un instrumento en manos de políticos irresponsables para envolverse en un resultado que les dé nuevas alas frente a sus rivales. No es cierto que sea más democrático lo que se decide mediante referendo. Como no lo es que los juicios con jurado sean más democráticos. La justicia no tiene porqué ser democrática, sino eficaz y justa, si se me permite la redundancia. Pero el ejemplo me viene al pelo. Saben ustedes que a los miembros del jurado se les aísla, de modo que lo único a lo que pueden acceder es a las pruebas, los hechos, sin intromisiones ni interferencias de ningún tipo. Tal vez si eso pudiese garantizarse en el caso de los votantes podríamos conseguir algo lejanamente semejante a una consulta justa y democrática. Imposible, ¿verdad? Pues eso.


Notas postelectorales

28.06.16 | 13:58. Archivado en La vida misma

A modo de reflexiones postelectorales:

- Solo un partido ha ganado, y esta vez esa afirmación insólita en unos comicios es rigurosamente cierta. El PP ha ganado por tercera vez consecutiva unas elecciones, y en esta ocasión con mejores resultados que en las anteriores. Y todos los demás han perdido, sin paliativos.
- El ganador le saca más de 50 escaños y 11 puntos porcentuales al segundo.
- El PSOE, pese a estar en la oposición en una etapa de duros recortes y sacrificios, pierde votos y escaños elección tras elección, lo cual demuestra un serio problema de credibilidad, liderazgo o ambas cosas.
- Podemos, tras su OPA a Izquierda Unida, no ha conseguido su inconfeso objetivo principal, que no era otro que superar a los socialistas en votos, escaños o ambos.
- Ciudadanos hace sistemáticamente un análisis erróneo de su electorado: los líderes y hasta el programa se proclaman de centroizquierda pero sus votantes no se reconocen en esa definición. En diciembre, un buen número de votantes se inclinó por los naranjitos esperando un pacto con el PP que atemperase a esta formación. La aritmética no dejó a Rivera muchas más opciones que flirtear con el PSOE, pero probablemente fue demasiado lejos firmando un pacto sin tener bien atadas las mayorías y negando docenas de veces el pan y la sal al PP, pese a ser éste el ganador de las elecciones.
- En el tema de la corrupción se ha alcanzado posiblemente el punto de saturación, a partir del cual el votante deja de dar importancia, aunque sea por incapacidad de asumirlo, a cada nuevo caso que aparece, salvo que sea de magnitud colosal. También es cierto, en este terreno, que hay afortunadamente un sector mayor del que se supone en la sociedad que empieza a ser capaz de separar en esta materia el grano de la paja. Y es que si se es capaz de objetivar la cuestión, se ve claramente, por ejemplo, que la acusación de que Rajoy se llevaba dinero negro no es más, de momento y mientras no se acredite lo contrario, que la afirmación de un tesorero que, él sí, atesora millones en el extranjero. O que el macro sumario de la juez Alaya se desinfla por momentos. Es mucha la gente que empieza a pensar que trasladar siempre y ante cualquier supuesto de corrupción la responsabilidad a la cúpula no es justo. O que recibir un bolso, por caro que sea, no es un delito si no se demuestra un paralelo favor político.
- Podemos asusta. Asusta su agresiva verborrea y su estética excesivamente alternativa para los puestos a los que aspira. Y sus inquietantes apoyos y referentes internacionales. Y hasta su sofocante presencia mediática y su arrogancia intelectual, a menudo no respaldada por un contenido consistente. Pero ha asustado también la gestión que ha desarrollado en determinados ayuntamientos y muy en especial el perfil de los personajes que ha designado para ocupar las alcaldías.
- Ciudadanos, y en particular Rivera, se equivocará mucho si persiste en su veto a un presidente que, por antipático que pueda resultarnos, ha sido respaldado con cien escaños más que la propia formación naranja. De acuerdo, en campaña se dicen muchas cosas que luego la realidad aritmética impide ejecutar. Si eso es así para los gobernantes, cómo no ha de serlo para el cuarto partido del hemiciclo. Es absurdo mantenerse en la cerrazón del “Rajoy no”, cuando Rajoy te ha pasado por encima como una apisonadora. Nadie perdonaría a Rivera que nos empujase a unas terceras elecciones por una cuestión de personalismo.
- Qué decir de Pedro Sánchez. Ha salvado los muebles de secretario general al haber evitado el famoso sorpasso, pero con los peores resultados de la historia del partido, marca que parece empeñado en batir en cada nueva convocatoria. Su desesperada ambición personal le hace capaz de lo que sea con tal de no tener que renunciar a su sueño de presidir el gobierno. Pero un mínimo gesto de grandeza personal y de responsabilidad le obliga a permitir que quien le ha ganado las elecciones con holgura pueda gobernar. Lo intentó y fracasó. Ahora le toca hacerse a un lado.
- Y Mariano... Se agotan los adjetivos con este personaje que ha hecho de la terquedad, la resistencia y el inmovilismo una de las bellas artes. No es ya que no se sepa si sube o baja la escalera, es que la escalera es suya. Nunca des a Mariano por muerto: como en cualquier película de terror que se precie, en la última escena su mano surgirá de la tierra para agarrarte el tobillo. Un auténtico killer de la política, frío, silencioso e implacable. Se ha intentado todo para defenestrarle pero, como el dinosaurio, cuando despiertas sigue ahí. Torpón, desgarbado, esquivo, pero tenaz y ambicioso como nadie. Qué quieren que les diga: intentado todo, y todo fracasado, se ha ganado otra oportunidad.


Espías

23.06.16 | 20:08. Archivado en La vida misma

Lo del ministro Mortadelo y el director antifraude Filemón es impresentable se mire por donde se mire.

Que un ministro del interior, el jefe de la policía, pueda ser grabado en su despacho es directamente surrealista, por no decir hilarante.

Que esto aparezca ahora, a cuatro días de unas elecciones, obliga a preguntarse quién ha manejado esa información, o mejor la ha ocultado, durante dos años. La pregunta elemental es el legendario cui prodest, a quién beneficia. Pero viniendo de otras elecciones tan recientes y siendo las grabaciones anteriores a éstas, otra pregunta forzosa es por qué esa misteriosa mano que mece la cuna decidió que en aquellos comicios no era oportuno o necesario. Y eso lleva a otra pregunta: ¿es el autor de las grabaciones quien ha decidido este tempo, o es el periódico que las ha publicado?

¿Qué ha cambiado de diciembre a ahora? Eso nos devuelve al cui prodest. Es evidente que no al PP, y sí a cualquiera que compita directamente con él. Pero de forma muy directa a Convergència. A ver si va a resultar que cuando Pujol hablaba de sacudir las ramas para que cayesen todos los nidos no hablaba a humo de pajas... Al independentismo le ha venido Dios a ver. O lo ha invocado. Porque no sólo no es desdeñable, sino altamente probable, así lo indica la lógica, que el responsable de la grabación sea el interlocutor del inmensamente torpe ministro.

Una operación como ésta que, consideraciones morales al margen, es de alto nivel, requiere o unos medios muy sofisticados o unos contactos muy bien introducidos en los círculos policiales, lo cual apuntaría bien a ajustes de cuentas entre clanes policiales, o bien al PSOE que desde tiempos de Rubalcaba al parecer mantiene buenos contactos en el ministerio. No parece que ahí puedan tener nada que ver Ciudadanos ni Podemos, aunque la infiltración de estos últimos, visto el fichaje del ex Jemad, parece más profunda de lo esperado.

El beneficiario más directo es CDC, y el independentismo de rebote. De una tacada demuestra la existencia de guerra sucia (no entremos ahora en sí es legítima o no, eso no cuenta a efectos de imagen); siembra la duda sobre la veracidad de todas las tramas de corrupción catalanas; espolea el victimismo como reacción a una agresión exterior; evidencia la incompetencia del jefe de los cuerpos de seguridad; y, si es obra de agentes adscritos a la Generalitat, es un triunfo enorme de David frente a Goliath.

No es ningún disparate: más de una vez ha manifestado la Generalitat su voluntad de crear servicios de inteligencia propios, y de hecho ha destinado recursos a ello. Y tampoco es nuevo que agentes autonómicos hayan protagonizado seguimientos y escuchas a políticos. Y al Generalitat independentista está en guerra abierta con el estado. Una guerra sin declarar y sin armamento, pero con todos los demás elementos de una guerra.

Pero evidentemente no puede cerrarse este texto sin hacer mención al contenido de la conversación, una vez analizado el hecho de la grabación clandestina. El tono de la charla, como siempre suele suceder (por ejemplo las llamadas entre los de la trama Púnica o los corruptos valencianos) revela un nivel que produce escalofríos. Por lo elemental, por lo básico, por lo alejado de la elevación que se le supone a una conversación entre altos responsables políticos y policiales. Todo es cutre, bajo, mediocre. Y por supuesto vergonzoso cuando se constata que el ministro insiste de forma tenaz en encontrar indicios y se agarra a pequeños clavos ardiendo que su propio interlocutor considera endebles. Indicios contra rivales políticos. Esta no es la misión del ministro del interior. Sería probablemente aceptable, con la boca pequeña, en el jefe del CNI o de cualquier servicio secreto. En las cloacas del estado. Pero no en el ministro, no en las moquetas. Una vergüenza difícilmente asumible para cualquier ciudadano decente.


Jueves, 30 de marzo

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