Sólo se puede admitir esta afirmación en sentido figurado, ya que las llamas no pueden producirse físicamente en el espacio vacío. A pesar de las elevadas temperaturas que caracterizan a las estrellas, la insuficiencia de oxígeno impide que su materia arda tal como se queman los combustibles en la Tierra. Ya los primeros científicos que se interesaron por esta cuestión descartaron la combustión como proceso físico generador de la radiación solar. Además, es imposible que este proceso mantenga esa descomunal producción energética durante mucho tiempo. Cuando se descubrió que la Tierra, y por lo tanto el Astro Rey, tenían miles de millones de años, hubo inevitablemente que invocar otra hipótesis para explicar cómo el Sol, aparentemente imperturbable, sigue relumbrando a lo largo de los milenios. La respuesta vino a partir de la famosa ecuación de Einstein, que afirma que la materia es una forma condensada de la energía, tanto que si conseguimos liberar toda la energía contenida en un solo gramo de materia obtendremos el equivalente a 2.000 toneladas de petróleo. Esto explica, por ejemplo, el enorme poder destructivo de las bombas de hidrógeno. En el interior del Sol se están produciendo constantemente fusiones de partículas, la más común es la combinación de dos núcleos de hidrógeno para producir uno de helio, con la salvedad de que en el proceso se pierde algo de masa o, mejor dicho, ésta se transforma en energía, en luz y calor. Esta pequeña pérdida de materia, a la escala de una estrella, supone que el Sol “adelgaza” del orden de 4 millones de toneladas cada segundo que pasa.