
25.09.09 @ 20:00:25. Archivado en Astronomía
Si preguntaran al ciudadano corriente cuáles han sido los grandes descubrimientos científicos del último siglo, con seguridad el ADN, los antibióticos o la energía nuclear ocuparían las primeras posiciones de la lista. Los propios científicos probablemente añadirían en lugares muy destacados dos grandes proezas del intelecto humano que, aunque su relevancia haya pasado desapercibida para muchos, han supuesto una auténtica revolución en nuestra visión del Universo y en nuestra comprensión del funcionamiento de la naturaleza. Nos referimos a la Teoría de la Relatividad de Einstein y a la Mecánica Cuántica. La primera de ellas no dice, como algunos creen, que “todo es relativo”, de hecho establece límites absolutos muy precisos acerca de lo que puede darse en el Cosmos -por ejemplo, nada puede ir más deprisa que la luz-. Einstein demostró también que, en contra de lo que se pensaba hasta entonces, el espacio y el tiempo no resultan disociables y que además pueden deformarse por la acción de la gravedad. Así, hoy sabemos que no hay magnitudes absolutas referidas a los cuerpos (posición, movimiento, masa), sino que éstas dependen de cada observador, es decir, son “relativas”. Una consecuencia secundaria de la teoría einsteniana predice que la materia y la energía son en realidad la misma entidad y que, de hecho, resultan intercambiables, de forma que una pequeña cantidad de materia puede transformarse en grandes cantidades de energía. Nuestro Sol trabaja fusionando dos núcleos de hidrógeno en uno de helio, proceso en el que se pierde algo de masa que se transforma en la luz y el calor que permiten la vida en la Tierra.
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18.09.09 @ 20:15:52. Archivado en Astronomía
El procedimiento de Eratóstenes, mediante el cual este gran sabio de la antigüedad calculó el tamaño de la Tierra, está considerado, por su simplicidad y elegancia, como uno de los experimentos más bellos de la historia. Aplicando métodos geométricos, complementados con datos recogidos a lo largo de largos periodos de observación, los astrónomos griegos hicieron descubrimientos sorprendentes, muchos de ellos olvidados durante siglos hasta su “redescubrimiento” en el mundo moderno. Uno de ellos fue Aristarco de Samos, quien ideó un método para calcular cuán distante está el Sol de nosotros: imaginó un gran triángulo con sus vértices situados en el Sol, la Luna y la Tierra, respectivamente. En el momento del cuarto menguante, el Sol ilumina exactamente la mitad del disco lunar, por lo que el ángulo que incide en nuestro satélite ha de ser necesariamente recto. Midiendo en ese momento el ángulo que separa la Luna del Sol obtenemos otro de los ángulos del triángulo. Con esos dos datos, más la distancia Tierra-Luna -a la que, si se desconoce, se puede asignar un valor arbitrario- cualquier persona con conocimientos rudimentarios de trigonometría puede “resolver el triángulo”, es decir, calcular la longitud del lado Sol-Tierra. La dificultad del método estriba en identificar el instante exacto del cuarto menguante, así como en el inevitable error que se comete al intentar medir con precisión el ángulo Sol-Luna. Así, Aristarco calculó que el Sol estaba sólo 19 veces más lejos de nosotros que la Luna, cuando la cifra correcta es 400. Esto, sin embargo, no resta un ápice de corrección y elegancia al genial método de Aristarco.
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11.09.09 @ 20:08:48. Archivado en Astronomía
A todos nos suena el nombre de esta constelación, pero probablemente pocas personas han tenido la suerte de verla completamente desde entornos urbanos, ya que algunos de sus componentes son tan débiles que requieren cielos bastante oscuros para su apreciación. Está formada por siete estrellas que adoptan una forma de carro o cazo, similar al que dibuja también la cercana Osa Mayor. Su estrella más brillante es, probablemente, la más importante del cielo: la estrella Polar, que, por estar casi exactamente sobre el eje del mundo, es la única que aparenta no moverse a lo largo de la noche y constituye así una excelente referencia visual para hallar la dirección Norte. Precisamente por su cercanía al polo celeste, es una de las pocas constelaciones que se ven durante todo el año desde nuestras latitudes. Si la contemplamos durante un rato, su movimiento entorno a la Polar es evidente. Podemos imaginar que las dos estrellas que forman el extremo del “carro” (las llamadas “guardas” de la Osa Menor) son el extremo de la aguja horaria de un imaginario reloj celeste que funciona en sentido opuesto a los relojes normales y cuya esfera está dividida en 24 horas, en vez de 12. Construimos así una especie de reloj celeste que, con algo de práctica, nos indica la hora nocturna. De hecho, en un episodio del Quijote, Sancho calcula usando este truco astronómico el tiempo que queda hasta la aurora. Esta anécdota nos recuerda el nada despreciable conocimiento sobre el movimiento del cielo, basado en la intuición y en la experiencia, que tenían las gentes simples antaño, probablemente mayor que el de la mayoría de los mortales en la actualidad.
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04.09.09 @ 19:08:49. Archivado en Astronomía
El hecho más notable del movimiento mensual de la Luna es, lógicamente, la presencia de fases. Cuando la Luna está pasando entre el Sol y la Tierra (está en conjunción), la estrella está iluminando la cara que no vemos: es la Luna nueva o novilunio. En la posición diametralmente opuesta (en oposición), el Sol ilumina de pleno la cara visible de la Luna (Luna llena o Plenilunio). En las posiciones intermedias, se ilumina una fracción cada vez menor de la cara visible (fase menguante) hasta rebasar un novilunio, tras el cual la fracción iluminada vuelve a crecer (fase creciente). La edad de la Luna se refiere al número de días transcurridos desde el último novilunio. Cuando Sol, Luna y Tierra forman un ángulo recto (están en cuadratura), se ilumina exactamente la mitad de la cara visible del satélite: es el cuarto creciente (en forma de ‘D’) o menguante (en forma de ‘C’). Cuando la fracción iluminada supera este 50% se habla de luna gibosa, y cuando no llega a él, de lúnula. En realidad, debido a la inclinación de la órbita lunar, ni si quiera durante un plenilunio la iluminación alcanza al 100 % de la cara visible. Análogamente, durante los novilunios, si no fuera por el resplandor solar se vería una estrechísima lúnula dirigida a la estrella. La fase sólo alcanza teóricamente los valores máximos durante los eclipses totales de Sol y Luna (cuando el ángulo Sol-Tierra-Luna alcanza 0º y 180º), respectivamente. En una noche despejada podemos ver un cierto resplandor en la zona no iluminada de la Luna: es la luz cenicienta que, como afirmó Galileo, se debe al reflejo de la luz que a su vez refleja nuestro planeta en su superficie.
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