
26.06.09 @ 18:43:28. Archivado en Astronomía
Estamos conmemorando los primeros cuatro siglos de astronomía moderna, en los que el telescopio ha servido de base para una revolución científica que aún continúa en la actualidad. Desde una Tierra inmóvil en el centro del Universo, hasta el mundo insignificante que hoy comprendemos, orbitando alrededor de una de las decenas de trillones de estrellas que pueblan el Cosmos, los descubrimientos astronómicos se suceden ahora a un ritmo que supera a los propios científicos. Nuestros ingenios espaciales están abandonando por primera vez en la historia de la humanidad los confines del Sistema Solar. A pesar de estos años de avances, aún en pleno siglo XXI millones de personas, por ignorancia o esnobismo, creen aún en los horóscopos y en las cartas astrales. La astrología, pseudociencia refutada hace siglos, conserva el atractivo fatuo que buscan muchos al suponer un destino fijado en las estrellas. Pero ni si quiera hacen falta conocimientos astronómicos para comprender lo absurdo que es creer que nuestra personalidad o futuro depende del día en que nacimos. ¿Acaso tenían el mismo signo los cientos de víctimas que fallecieron en el trágico accidente de avión sobre el Atlántico de hace unas semanas? ¿No es una forma de discriminación irracional asignar características psicológicas a la personas sobre una base tan arbitraria? ¿Es que los astrólogos han podido vaticinar o demostrar algo útil tras miles de años de engañar a los incautos? Como propone el astrofísico Javier Armentia, del Planetario de Pamplona, 2009, “Año Internacional de la Astronomía”, bien podría proclamarse también como el “año de la erradicación de la astrología”.
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19.06.09 @ 19:41:36. Archivado en Astronomía
Cuando William Herschel, músico y compositor aficionado a la astronomía, avistó telescópicamente el planeta Urano, consiguió una pensión vitalicia que le permitió abandonar su profesión y dedicarse de lleno a su gran pasión: observar el firmamento nocturno. Fue el primer mundo descubierto mediante medios ópticos, al que décadas más tarde se sumaría Neptuno, que actualmente cierra la lista de miembros del Sistema Solar. Antes de Herschel la humanidad sólo conocía los cinco primeros planetas, más el Sol y la Luna, astros antiguamente considerados también planetas por presentar trayectorias “errantes” entre las estrellas fijas. Se llegaba así a la mística cifra de siete, número al que se le atribuyen propiedades mágicas desde tiempos remotos. A cada planeta se le asignó una deidad más o menos conforme a sus características cosmográficas. A Mercurio, el mensajero alado, siempre cercano a Helios -el Sol- le sigue Venus, la ardiente diosa del amor, de brillo intenso. Júpiter, el dios de los dioses, señorea muchas noches con su luminosidad imbatible, y Saturno es Cronos, el dios del tiempo, que tarda una generación humana en dar una vuelta completa al cielo. Existe también una correspondencia con los siete días de la semana, cuya raíz etimológica deriva precisamente del nombre de estos planetas: lunes (Luna), martes (Marte), miércoles (Mercurio), jueves (Júpiter) y viernes (Venus). En español, las palabras que denotan los días del fin de semana derivan de otras raíces, pero en idiomas como el inglés conservan su origen astronómico: el sábado es “Saturday” (literalmente: “día de Saturno”) y el domingo es el “día del Sol” (“Sunday”).
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12.06.09 @ 19:09:17. Archivado en Astronomía
Como viene siendo habitual al acercarse el verano, ha vuelto a propagarse el rumor -difundido sobre todo a través de correos electrónicos- de que este año se producirá una oportunidad histórica para contemplar a simple vista el planeta Marte con un tamaño inusual, semejante al de la Luna en fase llena. No hay que ser especialmente escépticos para desconfiar de Internet como medio de información científica fiable, sobre todo cuando no se aportan fuentes conocidas o pruebas sólidas de tan extraordinarias afirmaciones. El citado mensaje, muy popular desde que algún bromista o ignorante lo vertió al ciberespacio hace seis años, no resulta difícil de rebatir incluso con unos conocimientos rudimentarios de astronomía. Simplemente, Marte nunca puede ser visto tan grande como la Luna. Ese mundo tiene un tamaño aparente de, como mucho, unos 25 segundos de arco; mientras que nuestro satélite tiene unos 30 minutos, es decir, es unas 70 veces mayor. El máximo acercamiento histórico de Marte a nuestro planeta tuvo lugar el 27 de agosto de 2003, cuando se posicionó a poco más de 55 millones de kilómetros de nosotros, suponiendo el mejor acercamiento desde hace 60 milenios, circunstancia que, por cierto, no volverá a repetirse hasta el 2287. Pero incluso entonces no se distinguía en tamaño, a simple vista, de una estrella brillante. Las aproximaciones entre ambos planetas acontecen cada dos años y dos meses, momento llamado "oposición", en el que la Tierra pasa entre Marte y el Sol. ¡Ojalá pudiéramos ver Marte del tamaño de la Luna! De momento, para ver detalles en la faz del Planeta Rojo, necesitaremos la ayuda óptica de un buen telescopio.
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04.06.09 @ 20:43:18. Archivado en Astronomía
Al igual que la física era el tratado sobre la “physis” o la naturaleza, la música era, al menos originariamente, el tratado sobre las Musas, y se consideraba una disciplina más cercana a las ciencias que a las artes. De hecho, la formación científica clásica contemplaba la instrucción musical como una de las materias esenciales, junto con la aritmética, la geometría y la astronomía. En efecto, la música, como arte de ordenar los sonidos en el tiempo, guarda una estrecha relación con las matemáticas, en cuanto que las notas en la escala musical mantienen precisas proporciones numéricas. No es menor la vinculación de la música con la astronomía, ya que, si aquélla estudia el “número en movimiento”, ésta se encarga de observar el “espacio en movimiento”. Estas ideas, procedentes de la tradición filosófica griega, en especial de la escuela pitagórica, condicionaron el desarrollo de la ciencia durante siglos. El mismo Kepler, gran reformador de la astronomía del siglo XVII, dedicó una buena parte de su vida a explorar las conexiones íntimas entre la órbitas planetarias, las figuras geométricas y los tonos musicales, tal como expuso en su libro “La Armonía de los Mundos”. Kepler estaba profundamente convencido de tales relaciones y pensaba que cada planeta emite determinadas notas al girar entorno al Sol, en función de sus respectivas velocidades orbitales, componiendo en conjunto un perfecto y eterno concierto de “música de las esferas”. Nuestro planeta en concreto suena “Mi-Fa”, y Kepler escribió: “La Tierra canta Mi, Fa, Mi: Puede deducirse de estas sílabas que en nuestro hogar podemos esperar miseria y hambre (fa-mine)”.
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