
24.04.09 @ 20:23:42. Archivado en Astronomía
En las películas de Hollywood estamos acostumbrados a ver explosiones espaciales como si las presenciáramos en nuestro planeta, es decir, formando "nubes de algodón" ardientes, generadas por la turbulencia producida por el choque de la onda de impacto contra el aire. En realidad esto es imposible, primero porque en es espacio no hay el oxígeno necesario para cualquier reacción de combustión -salvo el que se pueda liberar de una nave espacial-, y además, al no haber atmósfera, no hay presión y tampoco partículas con las que pueda chocar la materia liberada en la explosión. En una explosión en el vacío, en una situación ideal, las partículas de materia se liberan radialmente desde el foco de la explosión y siguen trayectorias perfectamente rectilíneas, salvo aquellas que colisionan entre sí. Desde la distancia se vería como una esfera que crece homogéneamente con el tiempo hasta disiparse. Un buen ejemplo de esto lo vemos en las nebulosas planetarias, que son estructuras circulares de gas formadas tras la explosión de estrellas. Igualmente, si observamos las grabaciones existentes, vemos que las partículas de suelo lunar levantadas por los astronautas a su paso siguen trayectorias perfectamente parabólicas, sin formar nubes de polvo como en la Tierra. En una famosa película, “Misión a Marte”, veíamos cómo, tras una colisión, cierto líquido empezaba a fluir de la nave espacial hasta congelarse en el espacio interplanetario. La ausencia de presión atmosférica haría más bien que tal sustancia se descomprimiera rápidamente, gasificándose del mismo modo que un “spray”, como bien saben los tripulantes de las actuales astronaves.
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17.04.09 @ 19:32:18. Archivado en Astronomía
Diversos estudios científicos han descartado ya que nuestro satélite natural ejerza una influencia apreciable en la fisiología humana, pero sabemos que la presencia de la Luna ha sido determinante para explicar la historia biológica y geológica del planeta. Especulemos un poco y pensemos qué ocurriría si súbitamente dejara de existir. El principal efecto sería la atenuación de las mareas oceánicas, si bien seguiría habiendo unas ligeras mareas debidas a la atracción solar. Esto provocaría profundos cambios en los ecosistemas marinos, al desaparecer los ambientes intermareales de los que dependen muchos organismos (y gran parte de la actividad pesquera). Probablemente se modificarían también las corrientes oceánicas y atmosféricas. La Luna igualmente estabiliza la inclinación del eje de rotación de la Tierra, que actualmente fluctúa muy pocos grados entorno a un valor constante de unos 23,5 º. En ausencia de este efecto estabilizador, esta inclinación podría aumentar, con lo cual las estaciones climáticas serían mucho más extremas y se afectaría en gran medida la vida sobre la Tierra, incluyendo la humana. Adicionalmente, las fricciones generadas por las mareas diarias frenan paulatinamente el movimiento de giro de la Tierra, de forma que los días se alargan aproximadamente un segundo cada 100.000 años. Existen pruebas paleontológicas que demuestran que hace 600 millones de años los días sólo duraban 22 h. Como consecuencia también de las mareas, la Luna se está alejando continuamente de la Tierra -unos 4 cm cada año- si bien cada vez más lentamente, tal como demostraron los experimentos realizados durante el programa Apolo.
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10.04.09 @ 13:30:39. Archivado en Astronomía
En la actualidad se han descubierto más de 100.000 asteroides, no todos ellos numerados o nombrados todavía. Cualquier aficionado puede descargarse por Internet de forma gratuita una base de datos actualizada con sus parámetros orbitales y utilizarla con programas informáticos de dominio público para verificar si en la zona que está estudiando debería o no haber asteroides o cometas. A pesar de la imagen popularizada por las películas de ciencia-ficción, los asteroides del cinturón principal están tan alejados entre sí que las colisiones entre ellos son fenómenos excepcionales, si bien no lo fueron en épocas más remotas. Más frecuentes son las perturbaciones gravitacionales mutuas o que sufren a al pasar cerca de grandes cuerpos como Júpiter, siendo estas alteraciones orbitales predecibles hasta cierto punto con los modernos sistemas de cálculo computerizados. Se han dado casos de cuerpos menores a los que se les "pierde la pista" tras su primer avistamiento y se redescubren años o décadas más tarde, si bien el registro fotográfico automático del cielo que hacen diversos observatorios permite en la actualidad un seguimiento más detallado. Todos los asteroides son regularmente monitorizados, en ocasiones con observaciones espaciadas entre sí como máximo uno o dos años, gracias a redes observacionales en las que colaboran astrónomos aficionados y profesionales. Se presta especial atención a aquellos que, por sus características orbitales, pueden representar un peligro potencial de colisión con nuestro planeta, como los denominados Objetos Cercanos a la Tierra (NEOs) que, a largo plazo, pueden representar una amenaza seria.
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03.04.09 @ 18:55:06. Archivado en Astronomía
Hace unas semanas, los astrónomos del observatorio de Calar Alto, en Almería, avistaron por primera vez un asteroide –una pequeña roca de 15 m de diámetro- pasando a sólo 7 millones de km de distancia, bastante cerca en términos astronómicos. Contribuciones de este estilo son bastante frecuentes incluso para los simples aficionados a la Astronomía. Si disponemos de un cielo suficientemente oscuro y un equipo adecuado podemos ser los protagonistas, por una noche, de un descubrimiento científico de ámbito internacional fraguado desde nuestro propio jardín o terraza. Cuando algún observador cree haber descubierto un nuevo astro circundando al Sol, lo primero que hace es calcular sus coordenadas e informar a algún organismo internacional que verifique esta posición y, en su caso, acreditar el descubrimiento como un nuevo objeto del Sistema Solar. En el caso de asteroides, este organismo es el MPC (siglas del Minor Planet Center), que reúne toda la información a nivel mundial sobre observaciones de asteroides y cometas y envía regularmente mensajes a diversos observatorios de todo el mundo para que éstos confirmen o no estos descubrimientos. Una vez superado este trámite, se hace un cálculo preliminar de su órbita a partir de varias posiciones separadas varios días o semanas. La órbita se va corrigiendo y perfeccionando a medida que aumentan las observaciones y éstas se van espaciando más en el tiempo. Por último, se le asigna un número correlativo al orden de descubrimiento, y un nombre, siguiendo ciertas normas, propuesto por el o los descubridores, y validado por la Comisión de Nomenclatura de la Unión Astronómica Internacional.
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