
29.11.09 @ 12:46:49. Archivado en Astronomía
Nuestro satélite, el cuerpo celeste que tenemos más cerca y el único que hemos visitado, sigue siendo un astro lleno de incógnitas, y no sólo para profanos en Ciencias del Espacio. El mismo Newton decía que le provocaba dolor de cabeza pensar en la Luna. Hace unos días nos preguntábamos la razón por la cual la Luna no cae hacia nuestro planeta, atraída por la fuerza de la gravedad. Hoy responderemos a otra cuestión sobre la que todos hemos reflexionado pero que quizá nos avergüenza preguntar, aunque es un interrogante perfectamente lógico y muy interesante, como todas las grandes preguntas en Astronomía: ¿por qué se ve la Luna de día? En principio puede parecer sorprendente que la Luna (el astro nocturno por excelencia) se vea en ocasiones también de día (¡el Sol no se ve de noche!). En realidad los movimientos de ambos astros están desacoplados. La Tierra invierte un año en completar una vuelta completa alrededor del Sol. Desde nuestro planeta –independientemente de su movimiento diario debido a la rotación de la Tierra- vemos, por tanto, al Sol recorrer toda la bóveda celeste al cabo del año, es decir, recorre los 360º de la circunferencia en unos 365 días, por lo que podemos decir que recorre aproximadamente un grado al día. La Luna, que da una vuelta a la Tierra cada algo menos de un mes, se mueve 13 veces más rápido que el Sol en el cielo (hay unos 13 meses lunares al año), es decir, se mueve 13º al día o medio grado a la hora, por lo que se puede decir que recorre su propio diámetro aparente cada hora. Esto hace que cada día salga por el este y se ponga por el oeste con unos 51 minutos de retraso respecto al día anterior.
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20.11.09 @ 19:20:11. Archivado en Astronomía
Una anécdota, probablemente espuria, cuenta que la teoría de la gravedad fue inspirada a Isaac Newton por una manzana que, al caer del árbol, interrumpió las meditaciones del genio inglés, quien llegó a deducir que la fuerza que atrae al fruto hacia el suelo es la misma que mantiene a la Luna en su órbita. ¿Por qué no se precipita, entonces, nuestro satélite contra la Tierra? Una pregunta que todos nos hemos hecho pero cuya respuesta no es inmediata. Lo que sucede es que la Luna gira alrededor de la Tierra a una velocidad tal que la fuerza centrífuga que genera compensa exactamente la atracción gravitatoria que sobre ella ejerce nuestro planeta. A pesar de ello, debido a las fuerzas de marea, la Luna se está alejando constantemente de la Tierra, a razón de 4 cm por año. La Luna, efectivamente, esta constantemente cayendo hacia la Tierra; pero su movimiento de caída tiene dos componentes: uno vertical, de caída continua hacia la Tierra, y otro uniforme y perpendicular al anterior. La resultante de estas dos componentes es una trayectoria curva que, al cabo de una translación completa, se compensa perfectamente con la curvatura de la Tierra. Dicho de otro modo, la Luna se mueve horizontalmente aproximadamente 1 km cada segundo. En ese tiempo, ha "caído" lo suficiente como para que vuelva a estar a la misma distancia de la superficie de la Tierra. En contraste con esta explicación clásica, la Teoría de la Relatividad propone una solución menos intuitiva: la gravedad de la Tierra curva el espacio-tiempo alrededor suyo de forma que la Luna, en realidad, sigue una trayectoria rectilínea, pero el espacio que atraviesa está curvado.
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13.11.09 @ 18:50:42. Archivado en Astronomía
A diario nos asaltan noticias de grandes desastres naturales que causan miles de víctimas y obstaculizan el desarrollo de muchas regiones. Nuestro mundo puede resultar un lugar tranquilo y apacible si lo miramos con escalas cronológicas limitadas, pero a largo plazo vemos una sucesión constante de fenómenos geológicos y astronómicos que en ocasiones han puesto en peligro la propia subsistencia del fenómeno de la vida. La Tierra ha sido un mar de magma incandescente, una bola de hielo, o el objetivo de intensas lluvias de meteoritos de miles de años de duración. Se calcula que cada aproximadamente 100 millones de años recibimos el impacto de un gran asteroide, con consecuencias devastadoras. Se entiende por Catastrofismo al conjunto de teorías que explican los procesos evolutivos como una consecuencia de una secuencia más o menos arbitraria de catástrofes que se han ido sucediendo a lo largo del tiempo. Se han propuesto teorías catastrofistas para dar cuenta tanto de la evolución de la vida como del propio Universo o de la Tierra. Así, los catastrofistas suponen que los principales rasgos geológicos de nuestro planeta se originaron por profundos y dramáticos cambios acontecidos durante relativamente cortos periodos de tiempo, como por ejemplo colisiones interplanetarias, erupciones masivas de volcanes, etc. Las teorías catastrofistas surgen en el siglo XIX por oposición a los conceptos gradualistas que sostenían que la evolución biológica y geológica es un "continuo" irreducible de pequeños cambios acumulados a lo largo de millones de años. Hoy sabemos que, en efecto, el planeta puede ser en ocasiones un lugar bastante hostil.
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06.11.09 @ 20:08:10. Archivado en Astronomía
La pasada semana veíamos los posibles escenarios que la Astrofísica actual contempla en relación a la evolución de las estrellas y, en concreto, al destino del Sistema Solar. Con los conocimientos científicos actuales, es posible incluso especular con el devenir conjunto del Cosmos. Actualmente se barajan dos posibles futuros para el Universo: uno en el que la fuerza de la gravedad acaba venciendo, provocando el colapso de la materia y el espacio en una gran implosión final llamada “Big Crunch” (por contraposición al “Big Bang” inicial), y otro en el que la actual expansión que acontece en el Universo se prolonga indefinidamente, incluso a velocidades crecientes, de forma que la materia se acaba enfriando y “apagando” sin que exista un límite definido a la duración del Cosmos. El modelo clásico de geometría espacial del Universo sugiere, efectivamente, que nuestro Universo es finito pero ilimitado, el equivalente tridimensional a la superficie de una esfera. Si incluimos la cuarta dimensión (el tiempo), entonces hablamos de la "geometría global" del Universo, y en ese sentido el hecho de que se siga expandiendo o no indefinidamente, y la velocidad con que lo haga, depende esencialmente de la densidad de la materia que contiene -estrellas, planetas, gas interestelar, etc. Aún no sabemos con suficiente precisión cuánta materia alberga el Universo, pero observaciones recientes parecen confirmar que el Universo no sólo se está expandiendo, sino que lo hace a velocidades cada vez mayores. Todo indica que el fin remoto del Universo consistirá, por tanto, en una "muerte térmica" sin que vaya a tener lugar una contracción final.
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30.10.09 @ 19:10:04. Archivado en Astronomía
¿Es posible saber el año en que nos encontramos simplemente observando el cielo nocturno? Dicho de otra forma, al mirar al firmamento, ¿vemos las mismas estrellas y constelaciones que vieron nuestros antepasados? Evidentemente la irrupción de los satélites y otros ingenios ha supuesto un cambio notable, pero si comparamos la posición de las estrellas vistas en la misma fecha, a la misma hora y desde la misma posición, entre años diferentes, la posición de estos astros sería muy aproximadamente la misma, por lo que sería muy difícil saber en qué año se encuentra uno. Ahora bien, si observamos también la posición de los planetas, ésta sí que es característica de una fecha concreta, y en muy difícil que se repita en un intervalo amplio de tiempo; por lo que, en conjunto, la posición de estrellas y planetas sí serviría para "datar" una imagen del cielo. Ahora bien, la posición de las estrellas sería "muy aproximadamente la misma", no "exactamente". Esto es porque la Tierra está dotada de un movimiento conocido como "precesión", por el cual, año tras año las estrellas van girando aparentemente entorno a un punto del cielo llamado "polo eclíptico". Este movimiento es tan lento que tardan en completar una vuelta completa unos 26.000 años. Adicionalmente, hoy sabemos que las estrellas no ocupan tampoco posiciones fijas, se mueven muy lentamente de forma que la figura de las constelaciones se va deformando a lo largo de los milenios. En realidad estos astros se mueven a velocidades increíbles, del orden de decenas de kilómetros por segundo, pero están tan alejadas que desde nuestro planeta este movimiento es prácticamente imperceptible.
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23.10.09 @ 20:19:41. Archivado en Astronomía
La evolución de una estrella depende, esencialmente, de su masa original. Las estrellas de tamaño medio tienen vidas activas generalmente largas, del orden de los 10.000 millones de años. Gran parte de este periodo lo pasan en la llamada "secuencia principal", obteniendo la energía mediante la fusión de hidrógeno en helio, en la que no experimentan cambios fisiológicos de importancia. Al terminarse este "combustible", la estrella experimenta un aumento de tamaño y se transforma en una "gigante roja", fase que dura unos millones de años más. Finalmente, el astro explota liberándose de sus capas superficiales que quedan rodeándola (formando lo que llamamos una nebulosa planetaria) y el núcleo queda reducido a un astro denso y caliente llamado "enana blanca". Las estrellas más masivas consumen hidrógeno mucho más deprisa y están relativamente poco tiempo dentro de la secuencia principal. Al final de sus vidas su diámetro crece enormemente hasta convertirse en "supergigantes rojas" que estallarán en una colosal explosión final llamada "supernova". El núcleo implota sobre sí mismo formando un cuerpo extremadamente denso llamado "estrella de neutrones". Si el astro inicial era suficientemente masivo, el colapso puede continuar hasta formar un cuerpo infinitamente denso: un agujero negro. El Sol, como cualquier estrella, no escapa de este esquema general. Los astrónomos calculan que tiene unos 5.000 millones de años de vida y le quedan aproximadamente otros tantos antes de que comience a expandirse: engullirá probablemente los planetas más cercanos, momento que supondrá el fin definitivo de la Tierra y de lo que hubiera en ella.
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16.10.09 @ 20:25:03. Archivado en Astronomía
Hasta la llegada de la fotografía digital, prácticamente era imposible verificar los resultados hasta varias horas después, muchas veces para comprobar demasiado tarde que la calidad no era satisfactoria. En aplicaciones técnicas -principalmente microscopía y astronomía- se hizo fundamental el desarrollo de métodos de captura digital de la imagen para su visualización inmediata y posterior tratamiento. En 1969, los científicos estadounidenses William Sterling Boyle y George Elwood Smith, de los Laboratorios Bell, desarrollaron un sensor con diminutas células fotoeléctricas conectadas a un circuito integrado que llamaron “dispositivo de carga acoplada”, mas conocido por CCD en sus siglas inglesas. Al recibir los rayos de luz, éstos hacen “saltar” los electrones de ciertos compuestos presentes en tales células (fenómeno llamado “efecto fotoeléctrico”, descrito por primera vez por Einstein a principios del siglo pasado). Estos electrones son conducidos y analizados por un detector, que los transforma en una imagen de gran nitidez. Las cámaras CCD son muy sensibles incluso a la luz más débil, lo cual las convierte en excelentes herramientas para la observación del cielo. Las impactantes imágenes del Telescopio Espacial Hubble, o las astrofotografías tomadas por profesionales y aficionados en todo el mundo se sirven de esta tecnología. Los sensores CCD se han popularizado tanto que hoy los encontramos en todo tipo de cámaras fotográficas compactas e incluso en teléfonos móviles. Por su genial invento, Boyle y Smith, junto con el físico chino-británico Charles Kuen Kao, han sido laureados recientemente con el Premio Nobel de Física.
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09.10.09 @ 20:24:47. Archivado en Astronomía
Observando los “mapamundis” que suelen aparecer en los libros de texto y enciclopedias, se constata que el método de representación cartográfica de nuestro mundo más generalizada es la ideada por el flamenco Gerardo Mercator en el siglo XVI, consistente en imaginar la Tierra embutida en un imaginario cilindro sobre el que proyectan las fronteras y los accidentes geográficos, como si hubiera una suerte de “luz” en el centro de la esfera. Al desenrollar este cilindro obtenemos un mapa donde la silueta de los países se conserva, es decir, es una copia a escala pero fiel a su forma real, mas el área de los territorios aparece inevitablemente deformada. En realidad, por cuestiones geométricas, es imposible reflejar fielmente ambos parámetros a la vez. Así, una de las características los mapas de Mercator es la exagerada proporción con la que representan las regiones norteñas: Alaska, Canadá, Escandinavia y Siberia aparecen mucho mayores, relativamente, que los que son en realidad. África es catorce veces mayor que Groenlandia, sin embargo parecen casi iguales en estos mapas. En este tipo de mapas se refuerza, consciente o inconscientemente, el peso político de los países del primer mundo, permitiendo que hayan sido criterios de índole ideológica los preponderantes a la hora de elaborar la cartografía de uso común en todo el mundo. No en vano, la proyección Mercator ha sido acusada de fomentar una visión colonialista del mundo. Debido a estos problemas, han ido surgiendo otros sistemas de proyección alternativos que, si bien son más complejos, pretenden reflejar de manera más fidedigna la realidad de la superficie terrestre.
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02.10.09 @ 18:06:16. Archivado en Astronomía
A partir de mediados del siglo XIX la Física vivió su particular época dorada al converger múltiples descubrimientos y aplicaciones prácticas derivadas en gran parte de las investigaciones sobre la estructura de la materia. Los científicos se dieron cuenta de que el movimiento de las partículas subatómicas no casaba bien con las sencillas e intuitivas leyes de Newton. Además, en determinados casos tales partículas se comportaban más bien como ondas de energía que como corpúsculos “sólidos”. En 1900, el alemán Max Planck propuso que esta energía se transmitía en forma de pequeños paquetes indivisibles o “cuantos”, fundando así la Física Cuántica, una de las ramas más florecientes del saber contemporáneo, e implicada de lleno en el progreso tecnológico actual. Según la Física Cuántica, es imposible determinar simultáneamente la posición y la velocidad de partículas extremadamente pequeñas, como las que constituyen los átomos. Tal “principio de incertidumbre” entraña profundas implicaciones filosóficas sobre la naturaleza de nuestro mundo que apenas empezamos ahora a intuir. Por ejemplo, no puede asegurarse la propia existencia de la materia a nivel fundamental, únicamente se pueden calcular probabilidades de “semiexistencia”, dibujándose un “caos subatómico” delimitado, sin embargo, por reglas muy precisas. El reto científico actual consiste precisamente en aunar esta “física de lo muy pequeño” con la “física de lo muy grande”, la Relatividad de Einstein. Posiblemente nadie entiende todavía completamente la Física Cuántica, pero a ella le debemos la televisión, la resonancia magnética, los ordenadores o las telecomunicaciones.
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25.09.09 @ 20:00:25. Archivado en Astronomía
Si preguntaran al ciudadano corriente cuáles han sido los grandes descubrimientos científicos del último siglo, con seguridad el ADN, los antibióticos o la energía nuclear ocuparían las primeras posiciones de la lista. Los propios científicos probablemente añadirían en lugares muy destacados dos grandes proezas del intelecto humano que, aunque su relevancia haya pasado desapercibida para muchos, han supuesto una auténtica revolución en nuestra visión del Universo y en nuestra comprensión del funcionamiento de la naturaleza. Nos referimos a la Teoría de la Relatividad de Einstein y a la Mecánica Cuántica. La primera de ellas no dice, como algunos creen, que “todo es relativo”, de hecho establece límites absolutos muy precisos acerca de lo que puede darse en el Cosmos -por ejemplo, nada puede ir más deprisa que la luz-. Einstein demostró también que, en contra de lo que se pensaba hasta entonces, el espacio y el tiempo no resultan disociables y que además pueden deformarse por la acción de la gravedad. Así, hoy sabemos que no hay magnitudes absolutas referidas a los cuerpos (posición, movimiento, masa), sino que éstas dependen de cada observador, es decir, son “relativas”. Una consecuencia secundaria de la teoría einsteniana predice que la materia y la energía son en realidad la misma entidad y que, de hecho, resultan intercambiables, de forma que una pequeña cantidad de materia puede transformarse en grandes cantidades de energía. Nuestro Sol trabaja fusionando dos núcleos de hidrógeno en uno de helio, proceso en el que se pierde algo de masa que se transforma en la luz y el calor que permiten la vida en la Tierra.
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18.09.09 @ 20:15:52. Archivado en Astronomía
El procedimiento de Eratóstenes, mediante el cual este gran sabio de la antigüedad calculó el tamaño de la Tierra, está considerado, por su simplicidad y elegancia, como uno de los experimentos más bellos de la historia. Aplicando métodos geométricos, complementados con datos recogidos a lo largo de largos periodos de observación, los astrónomos griegos hicieron descubrimientos sorprendentes, muchos de ellos olvidados durante siglos hasta su “redescubrimiento” en el mundo moderno. Uno de ellos fue Aristarco de Samos, quien ideó un método para calcular cuán distante está el Sol de nosotros: imaginó un gran triángulo con sus vértices situados en el Sol, la Luna y la Tierra, respectivamente. En el momento del cuarto menguante, el Sol ilumina exactamente la mitad del disco lunar, por lo que el ángulo que incide en nuestro satélite ha de ser necesariamente recto. Midiendo en ese momento el ángulo que separa la Luna del Sol obtenemos otro de los ángulos del triángulo. Con esos dos datos, más la distancia Tierra-Luna -a la que, si se desconoce, se puede asignar un valor arbitrario- cualquier persona con conocimientos rudimentarios de trigonometría puede “resolver el triángulo”, es decir, calcular la longitud del lado Sol-Tierra. La dificultad del método estriba en identificar el instante exacto del cuarto menguante, así como en el inevitable error que se comete al intentar medir con precisión el ángulo Sol-Luna. Así, Aristarco calculó que el Sol estaba sólo 19 veces más lejos de nosotros que la Luna, cuando la cifra correcta es 400. Esto, sin embargo, no resta un ápice de corrección y elegancia al genial método de Aristarco.
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11.09.09 @ 20:08:48. Archivado en Astronomía
A todos nos suena el nombre de esta constelación, pero probablemente pocas personas han tenido la suerte de verla completamente desde entornos urbanos, ya que algunos de sus componentes son tan débiles que requieren cielos bastante oscuros para su apreciación. Está formada por siete estrellas que adoptan una forma de carro o cazo, similar al que dibuja también la cercana Osa Mayor. Su estrella más brillante es, probablemente, la más importante del cielo: la estrella Polar, que, por estar casi exactamente sobre el eje del mundo, es la única que aparenta no moverse a lo largo de la noche y constituye así una excelente referencia visual para hallar la dirección Norte. Precisamente por su cercanía al polo celeste, es una de las pocas constelaciones que se ven durante todo el año desde nuestras latitudes. Si la contemplamos durante un rato, su movimiento entorno a la Polar es evidente. Podemos imaginar que las dos estrellas que forman el extremo del “carro” (las llamadas “guardas” de la Osa Menor) son el extremo de la aguja horaria de un imaginario reloj celeste que funciona en sentido opuesto a los relojes normales y cuya esfera está dividida en 24 horas, en vez de 12. Construimos así una especie de reloj celeste que, con algo de práctica, nos indica la hora nocturna. De hecho, en un episodio del Quijote, Sancho calcula usando este truco astronómico el tiempo que queda hasta la aurora. Esta anécdota nos recuerda el nada despreciable conocimiento sobre el movimiento del cielo, basado en la intuición y en la experiencia, que tenían las gentes simples antaño, probablemente mayor que el de la mayoría de los mortales en la actualidad.
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04.09.09 @ 19:08:49. Archivado en Astronomía
El hecho más notable del movimiento mensual de la Luna es, lógicamente, la presencia de fases. Cuando la Luna está pasando entre el Sol y la Tierra (está en conjunción), la estrella está iluminando la cara que no vemos: es la Luna nueva o novilunio. En la posición diametralmente opuesta (en oposición), el Sol ilumina de pleno la cara visible de la Luna (Luna llena o Plenilunio). En las posiciones intermedias, se ilumina una fracción cada vez menor de la cara visible (fase menguante) hasta rebasar un novilunio, tras el cual la fracción iluminada vuelve a crecer (fase creciente). La edad de la Luna se refiere al número de días transcurridos desde el último novilunio. Cuando Sol, Luna y Tierra forman un ángulo recto (están en cuadratura), se ilumina exactamente la mitad de la cara visible del satélite: es el cuarto creciente (en forma de ‘D’) o menguante (en forma de ‘C’). Cuando la fracción iluminada supera este 50% se habla de luna gibosa, y cuando no llega a él, de lúnula. En realidad, debido a la inclinación de la órbita lunar, ni si quiera durante un plenilunio la iluminación alcanza al 100 % de la cara visible. Análogamente, durante los novilunios, si no fuera por el resplandor solar se vería una estrechísima lúnula dirigida a la estrella. La fase sólo alcanza teóricamente los valores máximos durante los eclipses totales de Sol y Luna (cuando el ángulo Sol-Tierra-Luna alcanza 0º y 180º), respectivamente. En una noche despejada podemos ver un cierto resplandor en la zona no iluminada de la Luna: es la luz cenicienta que, como afirmó Galileo, se debe al reflejo de la luz que a su vez refleja nuestro planeta en su superficie.
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28.08.09 @ 12:58:54. Archivado en Astronomía
Entre los acontecimientos históricos que celebramos durante este Año Internacional de la Astronomía, hay un evento que está pasando injustamente desapercibido, eclipsado por otras efemérides de más renombre: hace exactamente 170 años se tomó la primera “astrofotografía”, concretamente un bello retrato de nuestro satélite natural tomado en 1839 por el inglés afincado en Estados Unidos John W. Draper. La fotografía -realmente un “daguerrotipo” o impresión en una emulsión de sal de plata- muestra la Luna cerca de la fase llena y se conserva en buen estado. Draper, profesor de química en la universidad de Nueva York, empleó un pequeño telescopio y dejó que la luz lunar incidiera sobre la placa durante unos 20 minutos. Desde entonces la evolución de la fotografía astronómica ha sido imparable. Las técnicas tradicionales (con película química) han dado paso definitivamente a la tecnología digital, al alcance de un numero cada vez mayor de personas. Cualquier aficionado armado con un pequeño catalejo y una cámara compacta puede obtener imágenes con una calidad comparable a la que se obtenía en los observatorios profesionales hace sólo unas décadas. Los astrofotógrafos avanzados, combinando pericia y medios modernos, consiguen fotos admirables que se realzan aún mas tras pasar por minuciosos procesos de análisis de imagen. Estas fotografías no sólo tienen interés artístico, pues revelan detalles de gran importancia astronómica demasiado sutiles para la vista humana. Finalmente, tenemos telescopios en órbita que nos envían imágenes espaciales realmente impresionantes que amplían nuestro horizonte científico hasta límites inimaginables.
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21.08.09 @ 16:49:57. Archivado en Astronomía
Esta semana hemos vuelto a disfrutar del magnífico espectáculo que nos ofrece el cielo nocturno a mediados del mes de agosto. Las perséidas son sin duda las estrellas fugaces más famosas del año, y convocan a multitud de aficionados durante las cortas noches estivales. A pesar de su nombre, no tienen nada que ver con “estrellas que caen”, de hecho ni si quiera son fenómenos astronómicos ya que acontecen en la alta atmósfera de la Tierra. Sucede que en estas fechas nuestro planeta “barre” el rastro de partículas que ha ido dejando el cometa Swift-Tuttle en su órbita, como consecuencia del desgaste producido en su núcleo por la radiación solar. Este material, formado por rocas diminutas -del tamaño de granos de arena- penetra en el aire a gran velocidad, y la fricción hace que ardan durante unos breves instantes creando un fenómeno luminoso que vemos como una brillante y efímera estela de luz y que llamamos “meteoros”. Ocasionalmente se ven algunos realmente luminosos, formados por cuerpos mayores, de varios gramos de masa, y que se denominan “bólidos”. Si nos fijamos en sus trayectorias, parece que casi todas ellos proceden de un mismo punto en el cielo, situado en la constelación de Perseo, de la que reciben el nombre. Así, otras lluvias menos famosas pero más intensas son las leónidas (de Leo) o las gemínidas (de Gemini) que, al transcurrir en los fríos meses de invierno reciben menos atención. Nuestro satélite también atraviesa esta nube de polvo cometario y a veces se han visto pequeños destellos de luz correspondientes a su impacto contra la superficie, ya que la Luna carece de ese escudo protector que es la atmósfera.
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14.08.09 @ 17:52:43. Archivado en Astronomía
Durante estas cálidas noches estivales podemos repetir la misma experiencia que realizó el sabio pisano hace exactamente cuatro siglos -hoy lo conmemoramos dedicándole este Año Internacional de la Astronomía- y que se convirtió en icono de la más importante revolución científica de la historia. Al poco de ocultarse el Sol veremos levantarse por el extremo opuesto del cielo un brillante astro que este mes permanece visible durante toda la noche: se trata de Júpiter, el mayor de los planetas que, al pasar ahora cerca de la Tierra, alcanza una luminosidad imbatible. Con unos buenos prismáticos o con un telescopio sencillo ya veremos detalles muy interesantes en su superficie. Fijémonos en las chispitas de luz que le rodean: Galileo identificó hasta cuatro satélites orbitando en torno al planeta y les llamó “astros Medíceos” para honrar a sus mecenas los Medici. Hoy les conocemos como las lunas galileanas de Júpiter, con nombres procedentes de la mitología antigua: Io, Europa, Ganimedes y Calisto. Aparecen siempre en línea recta entorno al planeta aunque, como lo circundan tan rápido, podemos apreciar su movimiento en pocas horas: en ocasiones les veremos agrupados a la izquierda o a la derecha de Júpiter, o formando parejas o tríos a cada uno de sus lados. Otras veces no les veremos todos ya que algunos pueden estar pasando por delante o por detrás del planeta, y de hecho se puede intuir la sombra que proyectan al “eclipsarlo”. Con sus observaciones, Galileo demostró que había astros que orbitaban a otros astros diferentes a la Tierra, lo que sirvió para afianzar de manera casi definitiva el heliocentrismo de Copérnico.
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07.08.09 @ 19:03:17. Archivado en Astronomía
Hace unos días un astrónomo aficionado australiano estaba tomando unas fotografías de Júpiter con un pequeño telescopio instalado en el jardín de su casa. En alguna de las imágenes comenzó a aparecer una mancha oscura en la zona sur del planeta. Inicialmente pensó que se trataba de la sombra proyectada por una de las cuatro principales lunas que orbitan este mundo, pero para esa noche no estaba previsto ningún eclipse de ese tipo, así que avisó inmediatamente la NASA para que se estudiara con más detalle esa intrigante sombra en la superficie joviana. Tras descartarse su relación con algún proceso atmosférico, se confirmó que el aficionado fue el primero en avistar el impacto de un objeto del Sistema Solar -muy probablemente un cometa- contra el planeta gigante, la segunda colisión que se observa de este tipo desde que el cometa Shoemaker-Levy 9 se precipitara contra este planeta en julio de 1994, y que ha atraído la atención de la comunidad astronómica durante estas semanas. Con un telescopio sencillo todavía se pueden apreciar las consecuencias de este nuevo choque, que ha dejado una cicatriz del tamaño de la Tierra en la atmósfera de Júpiter. Hoy sabemos que estos eventos nos son fenómenos extraordinarios, y de hecho este planeta -el mayor de los que orbitan al Sol- actúa como escudo “barriendo” esta clase de astros gracias a su potente atracción gravitatoria e impidiendo que lleguen a los planetas interiores -como el nuestro- donde una colisión de esa magnitud acabaría probablemente con nuestra civilización. Muchos científicos piensan que el éxito de la vida en nuestro mundo se debe en parte a este efecto protector.
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31.07.09 @ 20:26:41. Archivado en Astronomía
Neil Armstrong se convirtió en el primer hombre en caminar por otro mundo durante la tarde del 20 de julio de 1969 -aquí ya la madrugada del día siguiente. Muchos recuerdan cómo velaron aquella noche para contemplar los primeros y titubeantes pasos de nuestra especie en la Luna. Tras tomas las imágenes de rigor frente a la bandera y conversar con el presidente Nixon, Armstrong y Buzz Aldrin aprovecharon sus dos horas de paseo lunar recogiendo muestras de la superficie de nuestro satélite e instalando varios aparatos y experimentos. Uno de ellos consistía en una serie de espejos destinados a reflejar rayos láser enviados desde la Tierra. Calculando el tiempo empleado por el rayo en ir y regresar, se calculó por primera vez la distancia a la Luna con una precisión de centímetros, confirmándose además que este astro se aleja muy lentamente de nosotros. El material lunar mostró ser bastante distinto del terrestre en cuanto a su composición química, aunque se comprobó que, sorprendentemente, las plantas crecen con fuerza sobre ese sustrato. Hasta 1972 se sucedieron otras cinco misiones exitosas (hasta el Apolo XVII) que llevaron a una decena más de hombres a la Luna. Las últimas exploraciones, más largas y asistidas por un pequeño todoterreno, permitieron recabar más información de nuestro vecino cósmico. Como es bien sabido, el Apolo XIII debió regresar a Tierra sin alunizar tras un grave accidente que puso en peligro la vida de los astronautas. A pesar de ello, la pericia de la tripulación y de los ingenieros de la NASA hizo que, desde entonces, se recuerde a esta misión como un éxito mas de la agencia espacial norteamericana.
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21.07.09 @ 16:10:58. Archivado en Astronomía
Como en todos los aniversarios celebrados recientemente de la gesta heroica de la NASA, los medios han dado más pábulo a los “teóricos de la conspiración lunar” que a divulgar las profundas implicaciones históricas que se de derivan del primer alunizaje humano. A estas alturas, dudar de que una docena de hombres han caminado por otro mundo tiene tanto sentido como dudar de que hemos llegado al Polo Sur o a la cumbre del Everest. A pesar de ello subsisten aún grupúsculos de conspiranoicos -seguidos incondicionalmente por ejércitos de ignorantes- que han conseguido mantener y propagar rumores totalmente infundados sobre lo que llaman el “fraude lunar”, eso sí, sin aportar más pruebas que las que ya fueron refutadas hace décadas. Esta especie de movimiento ideológico, alimentado por igual por una incultura científica alarmante y por un antinorteamericanismo pueril es, paradójicamente similar al que sostiene que, por el contrario, los tripulantes del “Eagle” efectivamente llegaron al satélite... para contemplar OVNIs, ruinas extraterrestres y quién sabe qué más disparates semejantes. A pesar de ello, hoy podemos conmemorar el éxito de una empresa que, planteada como un ambicioso proyecto por la administración Kennedy, consiguió movilizar a lo largo de la década de 1960 a toda una nación que ocupa desde entonces la supremacía indiscutible en la carrera espacial. En efecto, muchos sugieren que la posición que actualmente ocupan los Estados Unidos en el mundo se debe en buena parte a los enormes avances tecnológicos y científicos -no necesariamente vinculados directamente con la astronáutica- logrados a lo largo del proyecto Apolo.
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17.07.09 @ 19:02:09. Archivado en Astronomía
Los modernos programas informáticos permiten el cálculo de las circunstancias en las que se desarrollan los fenómenos astronómicos vistos desde determinados puntos del globo. Así, se puede calcular que, entre en año 1500 a.C y el 3000 d.C. se producen un total de 1818 eclipses solares observables desde la capital leonesa; esto es, una media aproximada de uno cada dos años y medio. En este periodo, algo más del 30% de los eclipses comienzan antes de la salida del Sol o acaban tras su puesta. Así, 15 de diciembre de 1982 sólo pudimos vislumbrar los instantes finales de un eclipse que finalizó a las 9 de la mañana, apenas una hora después del amanecer. Análogamente, el 21 de agosto de 2017 comenzará un eclipse solar parcial a las 20:44 h, sólo media hora antes de que el Sol se ponga. El caso más significativo se produjo 15 de febrero de 1961. Ese miércoles se puede decir que prácticamente no hubo amanecer en nuestra ciudad, ya que el Sol salió con un 93% de su superficie ocultada por el satélite. En numerosas ocasiones aparecen años con dos eclipses de Sol, y aunque teóricamente son posibles hasta 5 eclipses solares anuales, no se ha encontrado ningún año con más de esta cifra. La última vez que pasó esto fue en 1982 (20 de julio y 15 de diciembre), si bien se trató de eclipses casi inapreciables. La siguiente ocasión no será hasta 2038, con sendos fenómenos previstos para el 5 de enero y el 2 de julio, también de baja magnitud. En 1386 a.C. se sucedieron dos eclipses separados por tan sólo 147 días, por el contrario, en 2407 no esperan 13 años de sequía sin absolutamente ningún eclipse solar visible sin salir del municipio.
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10.07.09 @ 20:33:56. Archivado en Astronomía
La Luna llena se comporta como un “antisol” de forma que, si la estrella sale en verano muy al N, el satélite lo hará proporcionalmente muy al S, y viceversa, de forma que durante los equinoccios sale y se pone casi exactamente por el E y el W, respectivamente. Los puntos de salida y puesta de las lunas llenas realizarán el mismo recorrido anual que los del Sol, pero en sentido opuesto. Sin embargo, las lunas nuevas, que son diurnas, siguen casi exactamente el camino del Sol -de hecho pueden llegar a eclipsarlo- y compartirán por tanto sus puntos de orto y ocaso. Evidentemente, a fases intermedias les corresponderán puntos de salida y puesta también intermedios entre ambas situaciones. En conclusión, a lo largo de un mes estival, la Luna nueva saldrá y se pondrá muy al N (con el Sol), desplazándose con los días al S hasta llegar a un máximo a las dos semanas (plenilunio), momento en que revierte su camino de nuevo al N para volver a coincidir con el Sol en el novilunio siguiente. La situación es análoga para los meses de invierno, intercambiando S por N. El asunto se complica considerando que, en realidad, Luna y Sol no comparten su trayectoria, sino que la órbita lunar se inclina unos 5º con respecto a aquélla. Podríamos obviar este hecho simplemente sumando o descontando una pequeña distancia constante entre los puntos de salida del Sol y la Luna. No obstante, las intersecciones entre ambos caminos giran a su vez entorno a nuestro planeta una vez cada 18 años, de forma que esta distancia, medida en el horizonte, va aumentando o menguando paulatinamente, completando un ciclo de largo periodo que se superpone al anterior.
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03.07.09 @ 13:28:33. Archivado en Astronomía
En ocasiones nos llegan preguntas realmente incisivas: aparentemente sencillas pero que engloban muchos aspectos diferentes de la Astronomía, y en todo caso siempre interesantes. Por ejemplo: ¿salen y se ponen el Sol y la Luna siempre por el mismo punto del horizonte? Observando en detalle los lugares de salida y puesta del Sol, vemos que éste lo hace por los puntos cardinales E y W sólo dos días al año, los equinoccios de primavera y otoño. A medida que avanza la primavera le vemos salir y ponerse por el horizonte cada vez más al N (desde nuestro hemisferio) hasta que llega un día (el solsticio de verano) en que “da la vuelta” y comienza a salir cada vez más al S, rebasando su posición inicial y llegando al punto más meridional posible en el solsticio de invierno, desde donde retorna hacia el N, etc. La distancia entre ambos solsticios entre los puntos de salida del Sol en el horizonte depende esencialmente de nuestra latitud: desde el Ecuador es de unos 47º, pero a medida que nos acercamos a los polos es cada vez mayor, superando los 360º más allá de los círculos polares, es decir, el Sol no sale (o no se pone) nunca en seis meses. Por el día y por la noche vemos regiones diametralmente opuestas de la eclíptica, que es la trayectoria del Sol a lo largo del año -y de la Luna a lo largo del mes. En verano, el extremo superior de la eclíptica se sitúa a 23º por encima del ecuador celeste a mediodía -es decir, a más de 70º de altura en León- pero por la noche se sitúa 23º por debajo de esa referencia; de ahí que el Sol llegue tan alto (y la Luna tan bajo) en época veraniega. Por supuesto, en invierno la situación se invierte.
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26.06.09 @ 18:43:28. Archivado en Astronomía
Estamos conmemorando los primeros cuatro siglos de astronomía moderna, en los que el telescopio ha servido de base para una revolución científica que aún continúa en la actualidad. Desde una Tierra inmóvil en el centro del Universo, hasta el mundo insignificante que hoy comprendemos, orbitando alrededor de una de las decenas de trillones de estrellas que pueblan el Cosmos, los descubrimientos astronómicos se suceden ahora a un ritmo que supera a los propios científicos. Nuestros ingenios espaciales están abandonando por primera vez en la historia de la humanidad los confines del Sistema Solar. A pesar de estos años de avances, aún en pleno siglo XXI millones de personas, por ignorancia o esnobismo, creen aún en los horóscopos y en las cartas astrales. La astrología, pseudociencia refutada hace siglos, conserva el atractivo fatuo que buscan muchos al suponer un destino fijado en las estrellas. Pero ni si quiera hacen falta conocimientos astronómicos para comprender lo absurdo que es creer que nuestra personalidad o futuro depende del día en que nacimos. ¿Acaso tenían el mismo signo los cientos de víctimas que fallecieron en el trágico accidente de avión sobre el Atlántico de hace unas semanas? ¿No es una forma de discriminación irracional asignar características psicológicas a la personas sobre una base tan arbitraria? ¿Es que los astrólogos han podido vaticinar o demostrar algo útil tras miles de años de engañar a los incautos? Como propone el astrofísico Javier Armentia, del Planetario de Pamplona, 2009, “Año Internacional de la Astronomía”, bien podría proclamarse también como el “año de la erradicación de la astrología”.
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19.06.09 @ 19:41:36. Archivado en Astronomía
Cuando William Herschel, músico y compositor aficionado a la astronomía, avistó telescópicamente el planeta Urano, consiguió una pensión vitalicia que le permitió abandonar su profesión y dedicarse de lleno a su gran pasión: observar el firmamento nocturno. Fue el primer mundo descubierto mediante medios ópticos, al que décadas más tarde se sumaría Neptuno, que actualmente cierra la lista de miembros del Sistema Solar. Antes de Herschel la humanidad sólo conocía los cinco primeros planetas, más el Sol y la Luna, astros antiguamente considerados también planetas por presentar trayectorias “errantes” entre las estrellas fijas. Se llegaba así a la mística cifra de siete, número al que se le atribuyen propiedades mágicas desde tiempos remotos. A cada planeta se le asignó una deidad más o menos conforme a sus características cosmográficas. A Mercurio, el mensajero alado, siempre cercano a Helios -el Sol- le sigue Venus, la ardiente diosa del amor, de brillo intenso. Júpiter, el dios de los dioses, señorea muchas noches con su luminosidad imbatible, y Saturno es Cronos, el dios del tiempo, que tarda una generación humana en dar una vuelta completa al cielo. Existe también una correspondencia con los siete días de la semana, cuya raíz etimológica deriva precisamente del nombre de estos planetas: lunes (Luna), martes (Marte), miércoles (Mercurio), jueves (Júpiter) y viernes (Venus). En español, las palabras que denotan los días del fin de semana derivan de otras raíces, pero en idiomas como el inglés conservan su origen astronómico: el sábado es “Saturday” (literalmente: “día de Saturno”) y el domingo es el “día del Sol” (“Sunday”).
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12.06.09 @ 19:09:17. Archivado en Astronomía
Como viene siendo habitual al acercarse el verano, ha vuelto a propagarse el rumor -difundido sobre todo a través de correos electrónicos- de que este año se producirá una oportunidad histórica para contemplar a simple vista el planeta Marte con un tamaño inusual, semejante al de la Luna en fase llena. No hay que ser especialmente escépticos para desconfiar de Internet como medio de información científica fiable, sobre todo cuando no se aportan fuentes conocidas o pruebas sólidas de tan extraordinarias afirmaciones. El citado mensaje, muy popular desde que algún bromista o ignorante lo vertió al ciberespacio hace seis años, no resulta difícil de rebatir incluso con unos conocimientos rudimentarios de astronomía. Simplemente, Marte nunca puede ser visto tan grande como la Luna. Ese mundo tiene un tamaño aparente de, como mucho, unos 25 segundos de arco; mientras que nuestro satélite tiene unos 30 minutos, es decir, es unas 70 veces mayor. El máximo acercamiento histórico de Marte a nuestro planeta tuvo lugar el 27 de agosto de 2003, cuando se posicionó a poco más de 55 millones de kilómetros de nosotros, suponiendo el mejor acercamiento desde hace 60 milenios, circunstancia que, por cierto, no volverá a repetirse hasta el 2287. Pero incluso entonces no se distinguía en tamaño, a simple vista, de una estrella brillante. Las aproximaciones entre ambos planetas acontecen cada dos años y dos meses, momento llamado "oposición", en el que la Tierra pasa entre Marte y el Sol. ¡Ojalá pudiéramos ver Marte del tamaño de la Luna! De momento, para ver detalles en la faz del Planeta Rojo, necesitaremos la ayuda óptica de un buen telescopio.
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04.06.09 @ 20:43:18. Archivado en Astronomía
Al igual que la física era el tratado sobre la “physis” o la naturaleza, la música era, al menos originariamente, el tratado sobre las Musas, y se consideraba una disciplina más cercana a las ciencias que a las artes. De hecho, la formación científica clásica contemplaba la instrucción musical como una de las materias esenciales, junto con la aritmética, la geometría y la astronomía. En efecto, la música, como arte de ordenar los sonidos en el tiempo, guarda una estrecha relación con las matemáticas, en cuanto que las notas en la escala musical mantienen precisas proporciones numéricas. No es menor la vinculación de la música con la astronomía, ya que, si aquélla estudia el “número en movimiento”, ésta se encarga de observar el “espacio en movimiento”. Estas ideas, procedentes de la tradición filosófica griega, en especial de la escuela pitagórica, condicionaron el desarrollo de la ciencia durante siglos. El mismo Kepler, gran reformador de la astronomía del siglo XVII, dedicó una buena parte de su vida a explorar las conexiones íntimas entre la órbitas planetarias, las figuras geométricas y los tonos musicales, tal como expuso en su libro “La Armonía de los Mundos”. Kepler estaba profundamente convencido de tales relaciones y pensaba que cada planeta emite determinadas notas al girar entorno al Sol, en función de sus respectivas velocidades orbitales, componiendo en conjunto un perfecto y eterno concierto de “música de las esferas”. Nuestro planeta en concreto suena “Mi-Fa”, y Kepler escribió: “La Tierra canta Mi, Fa, Mi: Puede deducirse de estas sílabas que en nuestro hogar podemos esperar miseria y hambre (fa-mine)”.
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29.05.09 @ 11:21:51. Archivado en Astronomía
Esta semana hemos asistido a la exitosa reparación del telescopio espacial Hubble por parte de la tripulación del transbordador espacial, tras cinco intensas jornadas de “actividades extravehiculares” en las que los astronautas se enfundan en sus trajes y salen al espacio exterior, flotando a cientos de kilómetros de altura sobre algún punto de la geografía terrestre. ¿Se han preguntado alguna vez qué sucedería si accidentalmente se rompiera un traje espacial en plena faena? No es cierto que nos congelemos inmediatamente expuestos al vacío del espacio exterior. El cuerpo humano pierde calor a través de tres fenómenos: conducción (transferencia directa de calor a las partículas en contacto con nosotros), convección (a través del desplazamiento de partículas entre regiones con diferentes temperaturas) y radiación (emisión de radiación electromagnética). Suspendidos en el vacío espacial, las dos primeras opciones quedan descartadas, ya que no hay materia a la que transmitir el calor. La única forma de emitir calor es a través de radiación, que a nuestra temperatura corporal se produce esencialmente en forma de radiación infrarroja, un método bastante ineficaz de perder calor. Por lo tanto tardaríamos un buen rato en bajar nuestra temperatura. Mucho más debiera preocuparnos la ausencia de presión atmosférica, aunque podemos sobrevivir a unos segundos de descompresión si esta no es muy violenta. Lo más peligroso realmente es la radiación ionizante procedente esencialmente del Sol y de los rayos cósmicos, de la que en la Tierra nos protege nuestra atmósfera, y que supone siempre un riesgo para las misiones tripuladas al espacio.
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22.05.09 @ 19:56:30. Archivado en Astronomía
Si miramos el cielo a la misma hora todas las noches, nos damos cuenta de que las estrellas van cambiando de posición, moviéndose aproximadamente un grado por día hacia el oeste. Dicho de otra forma, el cielo que vemos esta noche a las 0:00 h es el mismo que veíamos a las 23:00 hace 15 días o a las 22:00 hace un mes. Este retraso se va acumulando de forma que, al cabo del año, las estrellas ya han dado una vuelta completa y las vemos de nuevo en la situación original. Por esta razón no vemos las mismas constelaciones a la misma hora a lo largo del año. En invierno vemos Orión, y no en verano porque está muy cerca del Sol. Esto es debido precisamente al movimiento de translación de nuestro planeta: como la Tierra da una vuelta completa alrededor del Sol -es decir, recorre los 360 grados de una circunferencia- en aproximadamente 365 días, se mueve aproximadamente 1 grado por día, que es exactamente lo que nos parece que se mueve el cielo noche tras noche. El hecho de que la distancia aparente entre las estrellas no se modifique a lo largo del año es debido a la enorme distancia que nos separa de estos astros. Sería como intentar ver dos perspectivas distintas de una alejada montaña desde los extremos opuestos de un autobús. Precisamente por esto dedujo Galileo que la distancia a las estrellas habría de ser enorme. Sólo se observan ligerísimos cambios de posición en las estrellas muy cercanas (por ejemplo, Sirio) cuando se hacen dos observaciones separadas en el tiempo seis meses, es decir, desde extremos opuestos de nuestra órbita alrededor del Sol: se aprecia que su lugar con respecto a las estrellas del fondo ha cambiado.
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15.05.09 @ 18:39:17. Archivado en Astronomía
Desde hace años sabemos que el Universo se está expandiendo. La distancia entre las galaxias aumenta velozmente, no porque estas se desplacen a través de un espacio preexistente, sino más bien porque se “genera” nuevo espacio entre ellas. Es evidente, por tanto, que en un pasado muy remoto todos los astros estaban mucho más cerca entre sí y, en un principio, es esperable que todos ellos estuvieran incluidos en una única partícula primordial que explotó en un gran estallido (“Big Bang”) a partir de la cual aparecieron no sólo la materia y la energía, sino también el espacio y el tiempo, con constituyentes básicos del Cosmos. En la actualidad existe un amplio consenso científico entorno a esta teoría, no obstante existe otra alternativa llamada “del estado estacionario”, propuesta hace varias décadas por los astrofísicos Bondi, Gold y Hoyle, y defendida aún por algunos astrónomos. Esta hipótesis sostiene que el Universo no tuvo un origen en el tiempo, ni tampoco tendrá fin, sino que conserva aproximadamente el mismo aspecto a lo largo del tiempo. Las estrellas que mueren son reemplazadas por otras que se forman, y así sucesivamente. Los científicos del estado estacionario aceptan que el Universo se está expandiendo y, para que ello sea compatible con el mantenimiento de la densidad media de materia que vemos hoy, suponen que la materia se genera espontáneamente del vacío para “rellenar los huecos” que va dejando la expansión. Con que se generen unas cuantas partículas subatómicas por año-luz cúbico es suficiente para compensar esta expansión, y de hecho se conocen procesos por los que esta “generación de la nada” sería posible.
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08.05.09 @ 20:08:25. Archivado en Astronomía
La medida precisa del transcurso del tiempo es uno de los ejes fundamentales de la evolución científica y tecnológica humana, y está íntimamente vinculada a los ciclos astronómicos, como la sucesión de días y noches resultante de la rotación terrestre. La división del día en 24 horas y de la hora en 60 minutos procede de la antigua Babilonia, donde se usaba el sistema sexagesimal, en vez del decimal que usamos hoy. De ahí viene también la división de la circunferencia en 360 grados de 60 minutos cada uno. A medida que se fue ganando precisión con los relojes, fue posible dividir regularmente el minuto en unidades más pequeñas; y para seguir la tradición se dividió en 60 fracciones iguales que conocemos como segundos. La palabra "minuto" procede de la expresión "prima minuta", que significa "primera (división) pequeña" de la hora. "Segundo" procede a su vez de "secunda minuta", que significa "segunda (división) pequeña" de la hora. Posteriormente se estableció con rigor la duración del segundo a nivel internacional para permitir su uso científico, definiéndose como una determinada fracción de la duración del día 1 de enero del año 1900. Pero los astrónomos se dieron cuenta de que la duración de los días no es constante, sino que la rotación de la Tierra se va ralentizando paulatinamente debido, sobre todo, a la atracción gravitatoria que sobre nosotros ejerce la Luna. Así, en la actualidad el segundo se define con independencia de cualquier fenómeno astronómico, que sabemos que son variables a largo plazo, sino con respecto a determinados procesos físicos a nivel subatómico que, hasta donde sabemos, son estables en el tiempo.
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01.05.09 @ 18:58:19. Archivado en Astronomía
Asaph Hall llevaba observando Marte infructuosamente noche tras noche durante varios meses en busca de evidencias que confirmaran la presencia de satélites orbitando alrededor de este mundo, tal como se sospechaba. Si la Tierra tenía una luna y Júpiter cuatro, por razones de armonía matemática era lógico pensar que el Planeta Rojo estuviera acompañado de dos cuerpos menores. En 1877, las condiciones de trabajo en los observatorios astronómicos eran terriblemente duras, y los sucesivos fracasos desalentaron a Hall, que estuvo a punto de abandonar sus investigaciones. En una de las más providenciales intervenciones de la historia de la Ciencia, su mujer Angeline le animó a que lo intentara sólo una noche más. Cerca de las seis de la madrugada de aquél 12 de agosto, el astrónomo vislumbró una débil lucecita muy cerca del disco planetario, que se confirmaría días después como la primera luna marciana vista por el hombre. Pocos días después descubriría el segundo satélite de este planeta. Las lunas fueron bautizadas, respectivamente, como Deimos y Fobos, que significan “terror” y “miedo”, nombres lógicos teniendo en cuenta que son los “hijos” de Marte, el dios de la guerra. En reconocimiento a su persuasión, el principal cráter de Deimos se llama Stickney, apellido de soltera de la esposa de Hall. Las imágenes que tenemos de estos mundos revelan que son grandes rocas irregulares, y parecen ser asteroides capturados por la gravedad marciana hace millones de años. Ambas lunas orbitan Marte en sentidos inversos y Fobos lo hace tan cerca del planeta que la fricción atmosférica acabará frenándolo y haciéndolo caer en un futuro remoto.
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24.04.09 @ 20:23:42. Archivado en Astronomía
En las películas de Hollywood estamos acostumbrados a ver explosiones espaciales como si las presenciáramos en nuestro planeta, es decir, formando "nubes de algodón" ardientes, generadas por la turbulencia producida por el choque de la onda de impacto contra el aire. En realidad esto es imposible, primero porque en es espacio no hay el oxígeno necesario para cualquier reacción de combustión -salvo el que se pueda liberar de una nave espacial-, y además, al no haber atmósfera, no hay presión y tampoco partículas con las que pueda chocar la materia liberada en la explosión. En una explosión en el vacío, en una situación ideal, las partículas de materia se liberan radialmente desde el foco de la explosión y siguen trayectorias perfectamente rectilíneas, salvo aquellas que colisionan entre sí. Desde la distancia se vería como una esfera que crece homogéneamente con el tiempo hasta disiparse. Un buen ejemplo de esto lo vemos en las nebulosas planetarias, que son estructuras circulares de gas formadas tras la explosión de estrellas. Igualmente, si observamos las grabaciones existentes, vemos que las partículas de suelo lunar levantadas por los astronautas a su paso siguen trayectorias perfectamente parabólicas, sin formar nubes de polvo como en la Tierra. En una famosa película, “Misión a Marte”, veíamos cómo, tras una colisión, cierto líquido empezaba a fluir de la nave espacial hasta congelarse en el espacio interplanetario. La ausencia de presión atmosférica haría más bien que tal sustancia se descomprimiera rápidamente, gasificándose del mismo modo que un “spray”, como bien saben los tripulantes de las actuales astronaves.
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17.04.09 @ 19:32:18. Archivado en Astronomía
Diversos estudios científicos han descartado ya que nuestro satélite natural ejerza una influencia apreciable en la fisiología humana, pero sabemos que la presencia de la Luna ha sido determinante para explicar la historia biológica y geológica del planeta. Especulemos un poco y pensemos qué ocurriría si súbitamente dejara de existir. El principal efecto sería la atenuación de las mareas oceánicas, si bien seguiría habiendo unas ligeras mareas debidas a la atracción solar. Esto provocaría profundos cambios en los ecosistemas marinos, al desaparecer los ambientes intermareales de los que dependen muchos organismos (y gran parte de la actividad pesquera). Probablemente se modificarían también las corrientes oceánicas y atmosféricas. La Luna igualmente estabiliza la inclinación del eje de rotación de la Tierra, que actualmente fluctúa muy pocos grados entorno a un valor constante de unos 23,5 º. En ausencia de este efecto estabilizador, esta inclinación podría aumentar, con lo cual las estaciones climáticas serían mucho más extremas y se afectaría en gran medida la vida sobre la Tierra, incluyendo la humana. Adicionalmente, las fricciones generadas por las mareas diarias frenan paulatinamente el movimiento de giro de la Tierra, de forma que los días se alargan aproximadamente un segundo cada 100.000 años. Existen pruebas paleontológicas que demuestran que hace 600 millones de años los días sólo duraban 22 h. Como consecuencia también de las mareas, la Luna se está alejando continuamente de la Tierra -unos 4 cm cada año- si bien cada vez más lentamente, tal como demostraron los experimentos realizados durante el programa Apolo.
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10.04.09 @ 13:30:39. Archivado en Astronomía
En la actualidad se han descubierto más de 100.000 asteroides, no todos ellos numerados o nombrados todavía. Cualquier aficionado puede descargarse por Internet de forma gratuita una base de datos actualizada con sus parámetros orbitales y utilizarla con programas informáticos de dominio público para verificar si en la zona que está estudiando debería o no haber asteroides o cometas. A pesar de la imagen popularizada por las películas de ciencia-ficción, los asteroides del cinturón principal están tan alejados entre sí que las colisiones entre ellos son fenómenos excepcionales, si bien no lo fueron en épocas más remotas. Más frecuentes son las perturbaciones gravitacionales mutuas o que sufren a al pasar cerca de grandes cuerpos como Júpiter, siendo estas alteraciones orbitales predecibles hasta cierto punto con los modernos sistemas de cálculo computerizados. Se han dado casos de cuerpos menores a los que se les "pierde la pista" tras su primer avistamiento y se redescubren años o décadas más tarde, si bien el registro fotográfico automático del cielo que hacen diversos observatorios permite en la actualidad un seguimiento más detallado. Todos los asteroides son regularmente monitorizados, en ocasiones con observaciones espaciadas entre sí como máximo uno o dos años, gracias a redes observacionales en las que colaboran astrónomos aficionados y profesionales. Se presta especial atención a aquellos que, por sus características orbitales, pueden representar un peligro potencial de colisión con nuestro planeta, como los denominados Objetos Cercanos a la Tierra (NEOs) que, a largo plazo, pueden representar una amenaza seria.
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03.04.09 @ 18:55:06. Archivado en Astronomía
Hace unas semanas, los astrónomos del observatorio de Calar Alto, en Almería, avistaron por primera vez un asteroide –una pequeña roca de 15 m de diámetro- pasando a sólo 7 millones de km de distancia, bastante cerca en términos astronómicos. Contribuciones de este estilo son bastante frecuentes incluso para los simples aficionados a la Astronomía. Si disponemos de un cielo suficientemente oscuro y un equipo adecuado podemos ser los protagonistas, por una noche, de un descubrimiento científico de ámbito internacional fraguado desde nuestro propio jardín o terraza. Cuando algún observador cree haber descubierto un nuevo astro circundando al Sol, lo primero que hace es calcular sus coordenadas e informar a algún organismo internacional que verifique esta posición y, en su caso, acreditar el descubrimiento como un nuevo objeto del Sistema Solar. En el caso de asteroides, este organismo es el MPC (siglas del Minor Planet Center), que reúne toda la información a nivel mundial sobre observaciones de asteroides y cometas y envía regularmente mensajes a diversos observatorios de todo el mundo para que éstos confirmen o no estos descubrimientos. Una vez superado este trámite, se hace un cálculo preliminar de su órbita a partir de varias posiciones separadas varios días o semanas. La órbita se va corrigiendo y perfeccionando a medida que aumentan las observaciones y éstas se van espaciando más en el tiempo. Por último, se le asigna un número correlativo al orden de descubrimiento, y un nombre, siguiendo ciertas normas, propuesto por el o los descubridores, y validado por la Comisión de Nomenclatura de la Unión Astronómica Internacional.
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27.03.09 @ 19:20:24. Archivado en Astronomía
Existe cierta confusión entre los términos “vacío”, “espacio” e “ingravidez”. El vacío supone la ausencia de materia en cualquiera de sus estados. En la Tierra, rodeados de nuestra atmósfera, podemos crear con máquinas vacíos artificiales para determinados experimentos. El espacio exterior técnicamente comienza donde acaba nuestro aire, es decir, donde comienza el vacío interplanetario, únicamente poblado por el tenue gas hidrógeno que engloba todo el Sistema Solar. Más allá, entre las estrellas y, sobre todo, en los grandes espacios intergalácticos, sólo hallamos unos cuantos átomos por metro cúbico. La fuerza de gravedad que ejercen los cuerpos como la Tierra permea también por todo el Universo, de forma que teóricamente no existe la “ingravidez”, pero sí podemos contrarrestar esta atracción por otros medios. Por ejemplo, los tripulantes de la Estación Espacial Internacional “flotan” no porque estén fuera de la influencia gravitatoria de la Tierra, sino porque compensan ese “tirón” gravitatorio con la fuerza centrífuga que generan al dar vueltas al planeta una vez cada hora y media. En la superficie de la Luna no hay prácticamente atmósfera, pero sí gravedad (seis veces más débil que la que tenemos aquí), gracias a la cual los astronautas se mueven grácilmente a pesar de sus voluminosos trajes espaciales. En 1971, David R. Scott, comandante del Apolo XV, hizo un singular experimento desde nuestro satélite: dejó caer a la vez un martillo y una pluma, y ambos objetos llegaron simultáneamente al suelo lunar. Se demostró así que Galileo, quien creía que la velocidad de caída de los cuerpos no depende de su masa, tenía razón.
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20.03.09 @ 19:12:26. Archivado en Astronomía
En contra de la creencia popular, todos los planetas hasta Saturno son observables a simple vista. Es más, en determinadas épocas son especialmente brillantes y su luminosidad puede superar a la del resto de astros del firmamento. Eso sí, no veremos más que puntos brillantes en el cielo; para apreciar detalles superficiales hay que emplear algún aparato óptico. A lo largo del año podemos ver un número variable de planetas por la noche. Habrá algunas en los que no sea visible ninguno y otras excepcionalmente favorables en las que podamos apreciar los cinco en diferentes momentos. Mercurio y Venus, como son planetas "internos" a la órbita de la Tierra, sólo se ven durante unas horas tras anochecer o antes de amanecer. Mercurio, el más cercano al Sol, únicamente se hace visible durante unos minutos en el crepúsculo, y no llega a brillar demasiado. Venus, por el contrario, puede llegar a ser el astro más brillante del cielo nocturno después de la Luna (como lo es actualmente). Marte, Júpiter y Saturno pueden aparecer a cualquier hora de la noche, incluso durante todo el periodo nocturno. Hay varios criterios para distinguir un planeta de una estrella: en primer lugar, destacan por su luminosidad, pudiendo llegar a brillar tanto o más que el resto de astros. Además, su brillo no titila, sino que es constante, sin parpadear como lo hacen las estrellas. Los planetas se encontrarán siempre en una banda estrecha del cielo llamada "zodiaco", y es imposible, por ejemplo, ver un planeta en la Osa Mayor. Las estrellas tienen posiciones fijas entre sí, pero los planetas se mueven lentamente noche tras noche a través de las estrellas.
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13.03.09 @ 18:25:05. Archivado en Astronomía
Por diversas circunstancias históricas, el papel de la mujer en la actividad investigadora ha sigo infravalorado, sin embargo encontramos en todas las disciplinas científicas contribuciones decisivas protagonizadas por mujeres, y la Astronomía no es una excepción. Hipatia de Alejandría –astrónoma, matemática y filósofa del siglo IV- revisó el saber astronómico de la antigüedad y murió víctima de la intolerancia religiosa. Fátima de Madrid escribió un tratado sobre el astrolabio en la Córdoba del siglo X. Carolina Herschel descubrió ocho cometas y fue la primera mujer en ingresar en la Real Sociedad Astronómica de Londres. Las observaciones de Annie Jump Cannon fueron determinantes para nuestra actual clasificación estelar. Otra astrónoma americana, Mina Fleming, catalogó más de 10.000 estrellas y descubrió cientos de objetos de cielo profundo. Cecilia Payne fue la primera persona en doctorarse en Astronomía por la universidad de Harvard en 1925. María Winkelmann, autodidacta, llegó a ser ayudante en el observatorio astronómico de Berlín. Gracias a los estudios de Henrietta Leavitt (1868-1921) hoy podemos medir con bastante precisión la distancia que nos separa a estrellas muy lejanas, desarrollando el método de las variables ceféidas, el equivalente a la “piedra Rosetta” de la Astrofísica. A pesar de ello murió en la miseria y sin ningún tipo de reconocimiento. Algo similar le pasó a Jocelyn Bell, quien descubrió los púlsares mientras realizaba su tesis doctoral. En 1971 su director de tesis y sus colaboradores recibieron el Premio Nobel de Física por este hallazgo, sin tener en cuenta la contribución de su estudiante.
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06.03.09 @ 12:59:25. Archivado en Astronomía
Veíamos la semana pasada cómo el sector de elipse que nuestro planeta dibuja entre el 15 de diciembre y el 15 de enero ha de ser igual al que dibuja entre el 15 de junio y el 15 de julio. Esto es así porque, aunque recorre un arco mayor en un mes de invierno (va más rápido), el radio-vector es entonces más corto, y viceversa, por lo que a la postre los dos sectores barridos por el radio-vector tienen igual superficie, aunque distinta forma. Así, por ejemplo, nuestro planeta se mueve 1 km/s más deprisa al acercarse al Sol, lo que implica que, para el hemisferio boreal, el invierno, que acontece en el periodo de máximo acercamiento a la estrella, dura varios días menos que el verano. Por último, la tercera ley de Kepler, publicada diez años después en su “Armonía de los Mundos” dice que los cuadrados de los períodos de los planetas -el tiempo que tardan en describir una translación completa- son proporcionales a los cubos de sus distancias medias al Sol. Esto significa que el "año" de los planetas más cercanos al Sol es más corto que el de los más lejanos, no sólo por el hecho de que describen elipses más cortas, sino porque, además, van más rápido, es decir, cubren una mayor fracción de su órbita en el mismo tiempo. Veamos un ejemplo: en el caso de la Tierra, que dista unos 150 millones de km del Sol (la llamada Unidad Astronómica), tarda en completar su órbita algo más de 365 días, pero Mercurio, mucho más cercano al Astro Rey (0,39 Unidades Astronómicas de media), es más veloz y completa su circuito en tan sólo 88 días. Con una sencillo cálculo podemos comprobar que el genial astrónomo alemán también tenía razón en este caso.
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28.02.09 @ 18:09:38. Archivado en Astronomía
La primera Ley de Kepler dice simplemente que la órbita de un planeta (en general la órbita de un astro que gira alrededor de otro) es una elipse, no una circunferencia como se pensaba hasta entonces. Dentro de una elipse, a lo largo de su eje mayor, existen dos puntos especiales llamados focos, tales que, cuando sumamos la distancia de un punto cualquiera de la elipse a cada uno de estos focos obtenemos un valor constante. La circunferencia no es más que un caso especial de elipse en el cual los dos focos coinciden entre sí y con el centro de la figura. En toda elipse se define un parámetro llamado "excentricidad", que mide cuán "achatada" es la elipse. Cuanto más achatada es una elipse (más excéntrica es), tanto más se alejan los focos entre sí y del centro de la elipse, y viceversa. Kepler dice además que el Sol está en uno de esos focos, y esto hace que la distancia del planeta al Sol varíe a lo largo de su periodo orbital. La Tierra, por ejemplo, a principios de enero está cinco millones de km más cerca del Sol que a principios de julio. La segunda ley de Kepler dice que el radio-vector (el segmento que une el centro del planeta con el del Sol) barre áreas iguales en tiempos iguales. Para que esto sea así, el planeta ha de ir necesariamente más rápido cuando está pasando cerca del Sol que cuando está lejos de la estrella, es decir, los planetas se mueven tanto más rápido cuanto más cerca pasan del Sol. Por ejemplo, el sector de elipse que nuestro planeta dibuja entre el 15 de diciembre y el 15 de enero ha de ser igual al que dibuja entre el 15 de junio y el 15 de julio. Continuaremos con estos razonamientos la próxima semana.
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21.02.09 @ 12:41:30. Archivado en Astronomía
Entre las numerosas efemérides astronómicas que celebramos este año, hay una muy especial que, aunque pasa desapercibida, es de importancia equiparable a la gesta galileana: la publicación, hace exactamente 400 años, de un libro titulado “Nueva Astronomía” por parte de Johannes Kepler. Este científico alemán descubrió que los planetas orbitan alrededor del Sol en órbitas elípticas: estudiando los datos recopilados durante varios años por el insigne astrónomo Tycho Brahe sobre la órbita de Marte, encontró que las observaciones no eran consistentes con el hasta entonces indiscutible dogma de trayectorias circulares gobernando el etéreo mundo supralunar. El error acumulado era tan sólo de ocho minutos de arco (la cuarta parte del diámetro aparente de la Luna), y bien podría Kepler haber hecho la “vista gorda” y acomodar los números sobre una reelaborada astronomía ptolemaica; pero era consciente de la enorme precisión y fiabilidad de las anotaciones de Tycho (a pesar de que aún desconocía el telescopio) y, en un acto de honradez intelectual que le redime de sus anteriores flirteos con la astrología y otras pseudociencias, echó por tierra todos sus prejuicios para edificar desde el principio una nueva astronomía basada únicamente en la evidencia observacional sobre la que se asienta buena parte de la revolución científica de la Era Moderna. Kepler llegó a definir los principios que caracterizan el movimiento de los planetas a lo largo de sus órbitas en sus famosas “tres leyes”, y las dos primeras vieron la luz en el libro que conmemoramos en el Año Internacional de la Astronomía. Las detallaremos durante las próximas semanas.
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13.02.09 @ 11:06:02. Archivado en Astronomía
Cuando Galileo apuntó su rudimentario telescopio a Saturno hace cuatro siglos probablemente quedó impresionado por el extraño aspecto de este astro. En sus dibujos vemos un planeta flanqueado por dos cuerpos menores, a veces unidos al principal como si fueran “orejas”. La interpretación correcta de estas observaciones vendría mucho después, cuando se identificó la presencia de un anillo que rodeaba a este mundo sin tocarlo en ningún punto. Posteriormente se identificarían estructuras similares alrededor de todos los planetas gaseosos. Hoy sabemos que los anillos están formados por infinidad de rocas de hielo que orbitan alrededor de estos astros, tal como revelan las imágenes proporcionadas por las sondas espaciales que se han enviado. En las fotografías se aprecian cientos de finos anillos, que recuerdan a los microsurcos de un disco de vinilo, en ocasiones interrumpidos por pequeñas lunas. Los de Saturno son los únicos fácilmente observables desde la Tierra, incluso con pequeños catalejos. Como sólo tienen unos pocos cientos de metros de espesor, se puede ver el planeta a través de ellos, y la sombra que proyectan sobre su superficie. Nuestro planeta atraviesa cada 15 años el plano de los anillos de Saturno, momento en que desde aquí los vemos de canto e incluso llegan a desaparecer aparentemente. La próxima vez que ocurra esto será el 4 de septiembre y de hecho ya aparecen muy inclinados, con lo que el planeta pierde parte de su brillo característico pero sin embargo se aprecian mejor sus satélites. Saturno comienza estos días a verse a medianoche por el Este, ocasión idónea para intentar cazarlo con nuestros telescopios.
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06.02.09 @ 12:39:32. Archivado en Astronomía
El movimiento de rotación, que difícilmente percibimos, es causa sin embargo de fenómenos naturales muy importantes, de sobra conocidos por la Ciencia. El ecuador de la Tierra mide unos 40.000 km de longitud y, como nuestro planeta completa un giro sobre si mismo cada 24 horas, podemos concluir con un sencillo cálculo que en las regiones ecuatoriales nos desplazamos a más de 1.600 km/h debido a esta rotación. A latitudes como las de León, esta velocidad desciende hasta los 800 km/h, es decir, existe una variación en la velocidad de rotación a lo largo de la superficie del planeta o, como dicen los físicos, una aceleración, que en este caso recibe el nombre de aceleración de Coriolis. Cuando las masas de aire descienden hacia las zonas tropicales, se van acelerando paulatinamente, ya que en esta zona la Tierra se mueve más deprisa, y van quedando atrás formando corrientes oblicuas que nosotros llamamos “vientos alisios”. Causas análogas son responsables de buena parte de la circulación de las aguas oceánicas. De hecho, existe la creencia muy extendida de que, si vaciamos un cierto volumen por un desagüe –por ejemplo, al destapar una bañera- el líquido se arremolina en direcciones opuestas en cada hemisferio de la Tierra. Se trata de uno de los mitos científicos más polulares. La aceleración de Coriolis efectivamente existe, y teóricamente afecta a todos los fluidos del planeta, pero es demasiado debil como para afectar significativamente a pequeñas masas de agua como la que pueda haber en un desagüe. De hecho, el sentido de giro dependerá más del movimiento que se le imprima a la masa de agua, de la forma de la cubeta, etc.
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31.01.09 @ 11:20:53. Archivado en Astronomía
Los astros están a distancias tan descomunales que, vistos desde la Tierra, parecen estar todos en el mismo plano. De hecho, las constelaciones son figuras planas aparentes formadas por la observación, desde nuestra perspectiva particular, de estrellas que en realidad no tienen generalmente ninguna vinculación física entre sí. De esta forma, dispuestas más o menos al azar en el cielo, las estrellas parecen dibujar figuras caprichosas que nos recuerdan la silueta de personas, animales u objetos conocidos. Así, diferentes civilizaciones han querido ver sus propios elementos culturales reflejados en el firmamento, de forma que cada una desarrolló su particular mapa celeste, usualmente asociada a una cosmología bastante compleja. Nosotros hemos heredado la tradición grecolatina, por lo que de noche reconocemos a Perseo, Andrómeda y otros personajes mitológicos helénicos, probablemente reelaborados a su vez a partir de versiones anteriores. En el hemisferio sur del cielo, observado sistemáticamente a partir del siglo XVI, plasmamos inventos y descubrimientos propios de la era moderna, como el telescopio o el sextante. Astrónomos de la época completaron el trabajo creando nuevas constelaciones para “rellenar” los huecos existentes entre las figuras clásicas. Un siglo después hubo intentos de sustituir esos nombres “paganos” por otros procedentes de la Biblia, intentos que no pudieron vencer a la inercia de miles de años de tradición. Finalmente, en 1928, los astrónomos aprovecharon estos esquemas para repartir completamente toda la bóveda celeste en 88 constelaciones perfectamente delimitadas, tal como se reconocen hoy en día.
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23.01.09 @ 10:36:50. Archivado en Astronomía
Cualquier recorrido visual por el firmamento merece detenerse largo tiempo en esta interesantísima región del cielo, una de las mayores constelaciones del hemisferio norte, que todavía puede verse durante estas largas noches de invierno. Sus tres astros principales (Markab, Scheat y Algenib) forman, junto con la estrella más brillante de Andrómeda (Alpheratz) un cuadrado casi perfecto fácilmente reconocible y prácticamente desprovisto de luminarias brillantes. De hecho, los astrónomos, contando el número de estrellas observables a simple vista en esta región, pueden estimar rápidamente la calidad visual del cielo desde ese lugar. De entre sus objetos más célebres, asequibles con unos simples prismáticos, destaca el llamado “cúmulo globular M15”, una densa agrupación de soles situada cerca de la estrella Enif, 51 Pegasi, astro en torno al cual se descubrió el primer planeta extrasolar en 1995, o el sistema IK Pegasi, una de cuyas componentes evolucionará con toda probabilidad hacia un estallido supernova, el más cercano a nuestro planeta detectado hasta la fecha. En la mitología clásica, Pegaso era el caballo alado de Perseo, e hijo de Poseidón y Medusa. Se dice que, al nacer, de una coz creó la fuente del monte Helicón, que desde entonces sirve de inspiración divina. Criado por las Musas, cierto día voló hasta el Olimpo y allí Zeus le encargó la tarea de conducir los rayos y los truenos. Apresado por Belerofonte, lucho con él contra las Amazonas y la Quimera. Los dioses castigaron el exceso de orgullo del jinete, que presumía de poder volar como ellos. Pegaso lo dejó caer desde el Olimpo para vagar eternamente por la Tierra.
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16.01.09 @ 13:05:43. Archivado en Astronomía
Einstein demostró que la velocidad de la luz en el vacío es insuperable. Este hecho, que parece ser una característica básica de la naturaleza, implica una serie de fenómenos sorprendentes y contraintuitivos, como el hecho –demostrado experimentalmente- de que los cuerpos adquieren masa al acelerarse: cuando se aplica una fuerza a un objeto, a velocidades bajas casi toda la energía transmitida se transforma en más velocidad y sólo una pequeña parte se transforma en más masa para el objeto. Cerca de la velocidad de la luz, sin embargo, casi toda la energía se transforma en masa adicional y prácticamente nada acelera ya al objeto. Al llegar a la velocidad de la luz, toda la energía aplicada se transforma en masa y ya es imposible que el objeto adquiera más velocidad. Adicionalmente, la dimensión longitudinal del objeto acelerado (en el sentido de su movimiento) se va acortando a medida que se acerca a la velocidad de la luz, cuando llega a ella tendría una longitud cero y más allá, negativa, lo cual es absurdo. Además, el transcurso del tiempo dentro del objeto se ralentiza a medida que el objeto acelera, deteniéndose al llegar a la velocidad de la luz. Todo esto, como demuestra Einstein, depende de la perspectiva del observador. Dentro de una nave espacial que se desplazara a velocidades cercanas a la de la luz uno no observa estos cambios, pero sí si mira a los objetos fuera de la nave. No se puede decir que una de las dos perspectivas sea la "correcta" y la otra una "ilusión", ambas son facetas de la misma realidad desde el punto de vista de la física moderna. Por ello se llama a este principio “teoría de la relatividad”.
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09.01.09 @ 10:26:32. Archivado en Astronomía
Los astros están tan alejados de la Tierra que, vistos desde aquí, perdemos la sensación de profundidad al observarlos y todos ellos parecen estar a la misma e indefinida distancia. Las estrellas que forman una constelación nos parece que están en el mismo plano, cuando lo cierto es que algunas están muchísimo más lejos que las otras (lo compensan brillando más). Así, decimos, por ejemplo, que Saturno está en la constelación de Los Gemelos, aunque mirando a simple vista da la sensación de que realmente este planeta está pasando entre las estrellas de esta constelación, sabemos que Saturno está incomparablemente más cerca. De esta forma, todos los astros parecen estar en un mismo plano, lo que, por un efecto óptico, nos produce la sensación de estar en el centro de una bóveda o cúpula, llamada bóveda o esfera de la cual contemplamos su superficie interna. A lo largo de la noche vemos las estrellas salir por el este y ocultarse por el oeste, de forma que esta esfera gira aparentemente entorno a dos puntos inmóviles que llamamos "polos celestes", el norte, situado muy cerca de la estrella más brillante de la constelación de la Osa Menor, que por esta razón llamamos "estrella polar". Al contemplar la esfera celeste en dos dimensiones, podemos fijar cualquier punto en ella mediante una pareja de coordenadas, tal como hacemos en nuestro planeta cuando hablamos de la latitud y la longitud de una ciudad en el mapa. En el cielo, estos términos se traducen, respectivamente, por declinación y ascensión recta, dos números que encontramos en cualquier atlas celeste para ubicar los astros y poder hallarlos fácilmente con el telescopio.
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02.01.09 @ 13:58:47. Archivado en Astronomía
Los astrónomos utilizan una escala de brillo llamada magnitud, que se establece de forma que a los astros más brillantes les corresponden magnitudes más bajas. En una noche despejada y sin luna, lejos de la luz de las grandes ciudades, una persona con vista normal puede ver estrellas de hasta magnitud 6, es decir, podemos ver más de 3.000 estrellas. Las más brillantes tienen magnitud 0 e incluso negativa (-1). Pues bien, hay cinco planetas con magnitudes inferior a 6: Mercurio, Venus, Marte, Júpiter y Saturno. Todos estos no sólo resultan visibles a simple vista, sino que destacan especialmente por su luminosidad, a excepción quizás del pequeño Mercurio, que está siempre demasiado cerca del Sol. En condiciones ideales, un observador experimentado puede ver también Urano, considerado habitualmente como el límite de la visión humana. Esto no significa que todas las noches veamos estos seis planetas, ya que se desplazan por la bóveda celeste alcanzando diferentes posiciones relativas en cada época del año. En la actualidad podemos contemplar, por ejemplo, Venus y, avanzada la noche, Saturno. Lo habitual es que podamos ver uno o dos de ellos a la vez, rara vez los seis, y muchas veces ninguno de ellos, al situarse todos en el hemisferio "diurno". Los planetas se distinguen de las estrellas por varias características: en primer lugar, su brillo, normalmente superior al del resto de las estrellas. Venus, por ejemplo, es el astro más brillante del cielo, después del Sol y la Luna. Además, al contrario que las estrellas, no parpadean, y se desplazan lentamente entre ellas, como podemos comprobar al observarlos en noches sucesivas.
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