Eclipses (y III)
22.08.08 @ 11:33:04. Archivado en Astronomía
Los eclipses lunares, además de constituir formidables espectáculos, tienen su utilidad desde distintos campos de la Ciencia. La Luna actúa en esos instantes como gran pantalla de proyección de la sombra de nuestro planeta; y el hecho de que invariablemente presentara una silueta circular se utilizó históricamente como uno de los principales argumentos a favor de la esfericidad de la Tierra. Colón observó atentamente desde la actual Jamaica el eclipse de Luna acontecido el 29 de febrero de 1504, gracias a lo cual se pudo estimar la posición geográfica del nuevo continente. El grado de oscurecimiento de la Luna durante el máximo del eclipse se utiliza también para valorar la cantidad de materia en suspensión que contiene el aire. Como se pudo observar en el eclipse de hace unos días, la sombra de la Tierra no consigue ocultar completamente a nuestro satélite, esto es debido los rayos solares que atraviesan tangencialmente nuestra atmósfera se refractan, tiñendo la superficie de la Luna de un color rojizo apagado. Una Luna eclipsada será tanto más oscura cuanto más polvo y partículas existan flotando en el aire, incluyendo los contaminantes derivados de las actividades industriales. El astrónomo francés André-Louis Danjon propuso en el siglo pasado una escala visual para calcular este efecto. Desde entonces se han registrado eclipses prácticamente inapreciables, coincidiendo con atmósferas inusualmente limpias; hasta Lunas prácticamente invisibles en eclipses inmediatamente posteriores a grandes erupciones volcánicas, como el observado en diciembre de 1992 tras el trágicamente recordado estallido del Monte Pinatubo, en Filipinas.
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