Atmósferas (I)
22.05.08 @ 10:37:25. Archivado en Astronomía
La envoltura gaseosa que presentan muchos planetas determinan en buena medida sus características superficiales, sus rasgos observables al telescopio y, lo que es más importante, su habitabilidad. En la Tierra, el aire no sólo supone un reservorio de oxígeno –que permite la vida de los organismos complejos- sino que, además, estabiliza la temperatura en un rango de variabilidad no muy amplio, nos protege de las radiaciones perjudiciales y de los meteoros procedentes del espacio y crea la presión atmosférica suficiente como para que exista agua abundante en estado líquido. El que un planeta tenga una atmósfera más o menos desarrollada depende esencialmente de su tamaño y de su distancia al Sol. Así, la intensa fuerza gravitatoria en un planeta masivo permite retener gases complejos formando parte de su atmósfera, pero si la temperatura es muy elevada las moléculas que la forman se mueven demasiado deprisa y acaban perdiéndose por el espacio. En el Sistema Solar encontramos mundos como Mercurio o nuestra Luna que carecen prácticamente de atmósfera. En ellos, la superficie es constantemente acribillada por rocas espaciales y rayos cósmicos. El terreno está inundado de cráteres de impacto que se acumulan con el tiempo y que sólo el paso de los eones borra paulatinamente. Las diferencias de temperatura, de cientos de grados, entre el día y la noche, dilatan y contraen periódicamente las rocas hasta que se desgajan y fragmentan. En nuestro satélite se ha formado así el llamado “regolito”, el polvo blanquecino depositado en el suelo sobre el que los astronautas norteamericanos dejaron sus huellas imborrables hace cuatro décadas.
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