
27.06.08 @ 15:32:19. Archivado en Astronomía
Desde la Tierra percibimos el transcurso de las estaciones como cambios en la duración del periodo diurno, así como en el punto del horizonte por donde sale y se pone el Sol. A medida que avanza la primavera, el Sol sale y se pone cada vez más al Norte (y llega más alto al mediodía), y también vemos que, simultáneamente, amanece más pronto y anochece más tarde, por lo que los días se van alargando. El día del solsticio de verano es el día en que sale y se pone más al norte, y también es el día más largo del año, con más de 15 horas de sol; pero curiosamente no es el día en que el Sol sale antes (que en nuestras latitudes es el 14 de junio) ni en que se pone más tarde (el 27 de junio). El Sol parece quedarse unos días saliendo por el mismo punto del Noroeste antes de retornar al Sur, de ahí viene la palabra Solsticio ("Sol estático"). La diferencia de duración entre el periodo diurno y nocturno se acentúa al desplazarnos al norte. En los países nórdicos gozan de muy pocas horas de noche y, más allá del Circulo Polar Ártico, el Sol ni si quiera se pone y los días son de 24 h. Una conocida atracción turística en el Cabo Norte (Noruega) consiste en ver el "Sol de medianoche": el Sol se acerca al horizonte pero, en lugar de ponerse, se detiene y vuelve a ascender. Desde la prehistoria se ha percibido la importancia astronómica de este día como culminación del ciclo anual. Por todo el mundo se celebran festividades que conmemoran la noche más corta del año, con un elemento común: el fuego, símbolo de purificación y renovación. La tradición cristiana ha absorbido esta fiesta pagana en forma del "día de San Juan", el 24 de junio.
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19.06.08 @ 20:48:47. Archivado en Astronomía
El transcurso de las estaciones es consecuencia de que el eje de giro de la Tierra está algo inclinado y, lo que es más importante, apunta en la misma dirección durante todo el año. Así, hay ocasiones en que los rayos solares inciden de forma más vertical en el hemisferio Norte y, simultáneamente, de forma oblicua en el hemisferio Sur, situaciones que identificamos, respectivamente con "verano" e "invierno", pues es el ángulo de incidencia de los rayos solares el principal factor que regula la temperatura media del planeta. Medio año después, la Tierra se sitúa en el punto opuesto de su órbita y es en nuestro hemisferio donde recibimos los rayos solares muy inclinados (y viceversa), por lo que aquí es invierno. Entre ambas situaciones acontecen dos puntos intermedios en los que ambos hemisferios reciben los rayos solares con una inclinación moderada y similar: son la "primavera" y el "otoño" respectivamente. En realidad, como todos los planetas presentan un eje de giro inclinado, todos ellos presentan estaciones más o menos acusadas. En verano existe un día llamado "solsticio" (20-21 de junio) que, convencionalmente, hemos elegido como inicio de esta estación astronómica y meteorológica, aunque más propiamente debería ser el día "central" del verano. Durante el mediodía de ese día los rayos solares llegan prácticamente verticales (en España, con un ángulo de unos 15º - 20º respecto a la vertical). En el Trópico de Cáncer este ángulo es nulo: el sol del mediodía se sitúa directamente sobre la cabeza y los objetos no arrojan sombra. Es el lugar más al norte donde puede suceder esto, precisamente el día del solsticio.
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13.06.08 @ 12:10:03. Archivado en Astronomía
El movimiento circular -o, más exactamente, el elíptico- es una constante en todo el Universo. Prácticamente todos los astros que conocemos se mueven girando unos respecto a otros y rotando alrededor de su propio eje. En la Tierra percibimos este movimiento con la sucesión de los días y las noches, aunque parece que lo que realmente se mueve es el cielo entorno a nosotros (por eso decimos que el sol “sale” o la luna “se pone”). Los periodos de rotación de los planetas son, sin embargo, bastante dispares. Nuestro planeta completa un giro cada algo menos de 24 h, en Marte los días son unos 40 minutos más largos y en los planetas gigantes la rotación es sorprendentemente rápida: el día de Júpiter dura 10 h y, al ser de naturaleza fluida, las zonas cercanas a los polos tardan algo menos en completar una vuelta. Algo parecido, pero a la inversa, sucede en el Sol, que tarda de media unos 26 días en girar sobre sí mismo. El día en Mercurio dura nada menos que 58 días terrestres, por lo que el Sol abrasa cada zona de su superficie continuamente durante casi durante un mes. El récord, sin embargo, lo ostenta Venus, en el que, con 243 días, el día dura más que el año, pues tarda 224 días en dar la vuelta al Sol. Además es el único planeta que gira “al revés” que los otros. En efecto, el sentido normal de rotación en el Sistema Solar es el contrario a las agujas del reloj, sin embargo en Venus el Sol sale por el Oeste y se oculta por el Este. Se piensa que esta anomalía es consecuencia de un impacto cataclísmico hace millones de años que literalmente “dio la vuelta” al planeta, de forma que sus polos Norte y Sur estarían invertidos.
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06.06.08 @ 15:14:00. Archivado en Astronomía
Más allá del cinturón de asteroides comienza el mundo de los gigantes gaseosos, planetas así denominados por su enorme tamaño y por su naturaleza básicamente fluida. Júpiter, el mayor de ellos, pesa dos veces y media más que el resto de planetas juntos. Al contemplarlo no vemos su superficie sólida, sino la densa capa atmosférica que lo cubre, formada esencialmente por hidrógeno y helio, con nubes de amoníaco y otros compuestos que le confieren su bandeado característico, visible incluso con pequeños telescopios. Entre estas nubes destaca la llamada “gran mancha roja”, observada por primera vez en el siglo XVII por Robert Hooke, que parece ser un inmenso anticiclón (dentro cabrían dos Tierras) que ha permanecido estable en el tiempo. Esta estructura atmosférica es común a Saturno, Urano y Neptuno, si bien en ellos las bandas ecuatoriales son bastante más apagadas y difíciles de apreciar visualmente. En todos ellos en ocasiones aparecen ciclones que evolucionan paulatinamente y que, al telescopio, parecen pequeños óvalos de tonalidades diversas. Muchos aficionados se dedican a estudiarlos, y sus datos sirven para comprender mejor la dinámica de estos complejos mundos. Hoy sabemos que no sólo los planetas tienen atmósferas, algunos satélites han desarrollado capas atmosféricas muy interesantes, como la que recubre Titán, la mayor de las lunas de Saturno. Está compuesta principalmente de nitrógeno (como el aire de la Tierra), y se forman en ella nubes de metano y otros compuestos orgánicos que ocasionalmente precipitan en forma de tormentas, lo que hace de Titán el único lugar conocido fuera de nuestro planeta donde llueve.
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