Se cree comúnmente que la pérdida de los bosques provoca una disminución local del nivel de precipitaciones, pero la evidencia científica recogida hasta la fecha dista de ser concluyente a este respecto. En algunas regiones se ha constatado precisamente el efecto contrario. Exceptuando ciertos ecosistemas como la selva amazónica y algunos bosques de montaña, donde la transpiración vegetal puede controlar la humedad del aire y la frecuencia y abundancia de lluvias, en general no se ha hallado una relación directa entre la cobertura arbórea y la pluviosidad acumulada a lo largo del año. Esto no resta importancia al desastroso efecto que tiene la deforestación a otros niveles, como la conservación de la biodiversidad o la regulación del dióxido de carbono atmosférico.
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En ningún momento la sangre de la madre fluye por el organismo del feto. El cordón umbilical de éste le une con la placenta, órgano en el que confluyen los sistemas sanguíneos de la madre y su hijo, pero sin mezclarse, de forma que los vasos sanguíneos de ambos permanecen desconectados e independientes. La sangre materna cede a la del bebé nutrientes y oxígeno a través de finas membranas semipermeables mediante un proceso llamado ósmosis. Esto permite que la madre y el feto tengan grupos sanguíneos y factores ‘Rh’ completamente diferentes sin que existan los problemas de compatibilidad que hay que considerar, por ejemplo, en las transfusiones de sangre. Por lo general, único momento en que puede haber contacto es durante el parto, al desprenderse la placenta. En ese caso, si la madre tiene ‘Rh’ negativo y el bebé positivo –heredado del padre- el sistema inmune materno atacará a los glóbulos rojos del neonato, produciéndole una anemia en ocasiones fatal llamada eritroblastosis fetal, afortunadamente bastante rara dadas las medidas preventivas adoptadas actualmente en los países desarrollados.
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Existe la creencia común de que las prendas nos abrigan porque el material con que están tejidas se mantiene por alguna razón a mayor temperatura que el entorno, de forma que nos transmiten su calor. Esto no es así en absoluto. Aunque envolvamos un termómetro con un abrigo, su temperatura probablemente no ascienda, en todo caso podrá bajar unos grados. El frío toallero metálico está a una temperatura muy parecida a la del cálido albornoz que colgamos en él. El tacto frío que tiene el metal se debe a que este material conduce mucho mejor el calor corporal que le transferimos al tocarlo. La ropa no nos da calor, simplemente evita que perdamos nuestra temperatura aislándonos del entorno. Este poder aislante no se debe tanto al tejido en sí como a su capacidad para retener en sus intersticios aire, sustancia que transmite muy mal el calor. Así, las prendas mullidas y esponjosas combaten mucho mejor el frío. Las plumas y el pelo de los animales se basan en el mismo principio. Pero hay que tener en cuenta que el aire también evita que se el calor ambiental pase a los cuerpos fríos: si cubrimos con una prenda abrigada una cubitera con hielos, éstos tardarán más en fundirse. Por ello, tratar de calentarse rápidamente en la hoguera envueltos en abrigos no parece una buena idea.
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El científico pisano fue efectivamente juzgado por la Inquisición (aunque probablemente influyó más su postura atomista que su defensa del heliocentrismo) pero no fue, como muchos creen, quemado en la hoguera, sino simplemente condenado a reclusión en su casa de Florencia. La famosa frase que pronunció al oír la sentencia “y sin embargo se mueve [la Tierra]” es también una invención de biógrafos posteriores.
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Los etnólogos de hace un siglo descubrieron que estos pobladores de ártico usaban cuatro términos diferentes para la nieve. Estudios posteriores refirieron siete, once, cincuenta y hasta más de cien vocablos, hasta que la antropóloga Laura Martin consiguió refutar este mito al aclarar que la lengua de los esquimales es (como muchos idiomas nórdicos) aglutinante, es decir, las frases se forman combinando varios términos en una sola palabra, por lo que cualquier cosa -no solo la nieve- puede ser descrita usando combinaciones prácticamente ilimitadas de términos.
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A pesar de que solemos hablar de cavernícolas o trogloditas para referirnos al hombre prehistórico, lo cierto es que en general no vivían en cuevas, sino en chozas o cabañas, formando refugios al amparo de las rocas o pequeños poblados en las laderas sur de las montañas, para aprovechar el calor del mediodía. Las cuevas eran usadas para guarecerse temporalmente, para fabricar instrumentos o en la práctica de ritos y ceremonias, como atestiguan las pinturas rupestres o los restos de hogueras que hallan los arqueólogos en estos lugares.
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La mayoría de los trucos tradicionales existentes para tratar estas lesiones no sólo no han sido avalados por la comunidad científica, sino que han demostrado ser contraproducentes a la hora de sanarlas. Por ejemplo, mucha gente aplica pasta dentífrica, un conocido abrasivo que sólo empeorará la zona quemada. Otros recomiendan la clara de huevo “que ayuda a la cicatrización porque contiene colágeno”, lo cual es falso; más bien es rica en nutrientes que contribuyen a la proliferación bacteriana y a que se infecte la lesión. Lo más sensato para quemaduras que no precisen de asistencia facultativa es limpiarlas bien, a ser posible con suero fisiológico, y tratarlas con pomada cicatrizante, cubriendo la zona afectada con apósitos estériles.
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Aunque en muchos lugares costeros son casi imperceptibles, las mareas en la zona del estrecho son de 80 cm. Por sus peculiaridades geográficas, en el Golfo de Gabés (Túnez) pueden superar los 2,5 m de amplitud.
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Sólo se puede admitir esta afirmación en sentido figurado, ya que las llamas no pueden producirse físicamente en el espacio vacío. A pesar de las elevadas temperaturas que caracterizan a las estrellas, la insuficiencia de oxígeno impide que su materia arda tal como se queman los combustibles en la Tierra. Ya los primeros científicos que se interesaron por esta cuestión descartaron la combustión como proceso físico generador de la radiación solar. Además, es imposible que este proceso mantenga esa descomunal producción energética durante mucho tiempo. Cuando se descubrió que la Tierra, y por lo tanto el Astro Rey, tenían miles de millones de años, hubo inevitablemente que invocar otra hipótesis para explicar cómo el Sol, aparentemente imperturbable, sigue relumbrando a lo largo de los milenios. La respuesta vino a partir de la famosa ecuación de Einstein, que afirma que la materia es una forma condensada de la energía, tanto que si conseguimos liberar toda la energía contenida en un solo gramo de materia obtendremos el equivalente a 2.000 toneladas de petróleo. Esto explica, por ejemplo, el enorme poder destructivo de las bombas de hidrógeno. En el interior del Sol se están produciendo constantemente fusiones de partículas, la más común es la combinación de dos núcleos de hidrógeno para producir uno de helio, con la salvedad de que en el proceso se pierde algo de masa o, mejor dicho, ésta se transforma en energía, en luz y calor. Esta pequeña pérdida de materia, a la escala de una estrella, supone que el Sol “adelgaza” del orden de 4 millones de toneladas cada segundo que pasa.
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Si bien es cierto que la gran diversificación de los mamíferos no tuvo lugar hasta después de la extinción de los dinosaurios, ambos grupos surgieron en el mismo periodo geológico –el Triásico-, hace más de 200 millones de años.
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Se ha demostrado que los preparados comerciales de este compuesto son ineficaces a la hora de disminuir la carga bacteriana que puede infectar una herida. Más aún, muchos estudios desaconsejan la aplicación de este producto tan común en nuestros botiquines dada su potencial toxicidad.
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La mayoría de los mapamundis disponibles en la actualidad no plasma de forma proporcional la superficie de las diferentes zonas del globo. Esto se debe a un problema inherente a las representaciones cartográficas, relacionada con la imposibilidad geométrica de desarrollar una superficie esférica como la de nuestro planeta en un plano. En consecuencia, las técnicas de proyección habituales con las que se diseñan los mapas del mundo tienden a exagerar enormemente el tamaño de los países nórdicos, en detrimento de las regiones ecuatoriales, que quedan relativamente mermadas con respecto a sus proporciones reales. Así, en un mapa convencional veremos la isla de Groenlandia con una superficie prácticamente igual a la de África, cuando en realidad es catorce veces más pequeña que este continente. Las dimensiones de Escandinavia y Siberia aparecen igualmente distorsionadas. Existen otras cartografías alternativas equiáreas, esto es, que conservan las proporciones relativas de las distintas regiones independientemente de su ubicación geográfica a base, eso sí, de deformar horizontalmente el contorno de los países situados en latitudes extremas.
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