
03.07.09 @ 13:28:33. Archivado en Astronomía
En ocasiones nos llegan preguntas realmente incisivas: aparentemente sencillas pero que engloban muchos aspectos diferentes de la Astronomía, y en todo caso siempre interesantes. Por ejemplo: ¿salen y se ponen el Sol y la Luna siempre por el mismo punto del horizonte? Observando en detalle los lugares de salida y puesta del Sol, vemos que éste lo hace por los puntos cardinales E y W sólo dos días al año, los equinoccios de primavera y otoño. A medida que avanza la primavera le vemos salir y ponerse por el horizonte cada vez más al N (desde nuestro hemisferio) hasta que llega un día (el solsticio de verano) en que “da la vuelta” y comienza a salir cada vez más al S, rebasando su posición inicial y llegando al punto más meridional posible en el solsticio de invierno, desde donde retorna hacia el N, etc. La distancia entre ambos solsticios entre los puntos de salida del Sol en el horizonte depende esencialmente de nuestra latitud: desde el Ecuador es de unos 47º, pero a medida que nos acercamos a los polos es cada vez mayor, superando los 360º más allá de los círculos polares, es decir, el Sol no sale (o no se pone) nunca en seis meses. Por el día y por la noche vemos regiones diametralmente opuestas de la eclíptica, que es la trayectoria del Sol a lo largo del año -y de la Luna a lo largo del mes. En verano, el extremo superior de la eclíptica se sitúa a 23º por encima del ecuador celeste a mediodía -es decir, a más de 70º de altura en León- pero por la noche se sitúa 23º por debajo de esa referencia; de ahí que el Sol llegue tan alto (y la Luna tan bajo) en época veraniega. Por supuesto, en invierno la situación se invierte.
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26.06.09 @ 18:43:28. Archivado en Astronomía
Estamos conmemorando los primeros cuatro siglos de astronomía moderna, en los que el telescopio ha servido de base para una revolución científica que aún continúa en la actualidad. Desde una Tierra inmóvil en el centro del Universo, hasta el mundo insignificante que hoy comprendemos, orbitando alrededor de una de las decenas de trillones de estrellas que pueblan el Cosmos, los descubrimientos astronómicos se suceden ahora a un ritmo que supera a los propios científicos. Nuestros ingenios espaciales están abandonando por primera vez en la historia de la humanidad los confines del Sistema Solar. A pesar de estos años de avances, aún en pleno siglo XXI millones de personas, por ignorancia o esnobismo, creen aún en los horóscopos y en las cartas astrales. La astrología, pseudociencia refutada hace siglos, conserva el atractivo fatuo que buscan muchos al suponer un destino fijado en las estrellas. Pero ni si quiera hacen falta conocimientos astronómicos para comprender lo absurdo que es creer que nuestra personalidad o futuro depende del día en que nacimos. ¿Acaso tenían el mismo signo los cientos de víctimas que fallecieron en el trágico accidente de avión sobre el Atlántico de hace unas semanas? ¿No es una forma de discriminación irracional asignar características psicológicas a la personas sobre una base tan arbitraria? ¿Es que los astrólogos han podido vaticinar o demostrar algo útil tras miles de años de engañar a los incautos? Como propone el astrofísico Javier Armentia, del Planetario de Pamplona, 2009, “Año Internacional de la Astronomía”, bien podría proclamarse también como el “año de la erradicación de la astrología”.
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19.06.09 @ 19:41:36. Archivado en Astronomía
Cuando William Herschel, músico y compositor aficionado a la astronomía, avistó telescópicamente el planeta Urano, consiguió una pensión vitalicia que le permitió abandonar su profesión y dedicarse de lleno a su gran pasión: observar el firmamento nocturno. Fue el primer mundo descubierto mediante medios ópticos, al que décadas más tarde se sumaría Neptuno, que actualmente cierra la lista de miembros del Sistema Solar. Antes de Herschel la humanidad sólo conocía los cinco primeros planetas, más el Sol y la Luna, astros antiguamente considerados también planetas por presentar trayectorias “errantes” entre las estrellas fijas. Se llegaba así a la mística cifra de siete, número al que se le atribuyen propiedades mágicas desde tiempos remotos. A cada planeta se le asignó una deidad más o menos conforme a sus características cosmográficas. A Mercurio, el mensajero alado, siempre cercano a Helios -el Sol- le sigue Venus, la ardiente diosa del amor, de brillo intenso. Júpiter, el dios de los dioses, señorea muchas noches con su luminosidad imbatible, y Saturno es Cronos, el dios del tiempo, que tarda una generación humana en dar una vuelta completa al cielo. Existe también una correspondencia con los siete días de la semana, cuya raíz etimológica deriva precisamente del nombre de estos planetas: lunes (Luna), martes (Marte), miércoles (Mercurio), jueves (Júpiter) y viernes (Venus). En español, las palabras que denotan los días del fin de semana derivan de otras raíces, pero en idiomas como el inglés conservan su origen astronómico: el sábado es “Saturday” (literalmente: “día de Saturno”) y el domingo es el “día del Sol” (“Sunday”).
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12.06.09 @ 19:09:17. Archivado en Astronomía
Como viene siendo habitual al acercarse el verano, ha vuelto a propagarse el rumor -difundido sobre todo a través de correos electrónicos- de que este año se producirá una oportunidad histórica para contemplar a simple vista el planeta Marte con un tamaño inusual, semejante al de la Luna en fase llena. No hay que ser especialmente escépticos para desconfiar de Internet como medio de información científica fiable, sobre todo cuando no se aportan fuentes conocidas o pruebas sólidas de tan extraordinarias afirmaciones. El citado mensaje, muy popular desde que algún bromista o ignorante lo vertió al ciberespacio hace seis años, no resulta difícil de rebatir incluso con unos conocimientos rudimentarios de astronomía. Simplemente, Marte nunca puede ser visto tan grande como la Luna. Ese mundo tiene un tamaño aparente de, como mucho, unos 25 segundos de arco; mientras que nuestro satélite tiene unos 30 minutos, es decir, es unas 70 veces mayor. El máximo acercamiento histórico de Marte a nuestro planeta tuvo lugar el 27 de agosto de 2003, cuando se posicionó a poco más de 55 millones de kilómetros de nosotros, suponiendo el mejor acercamiento desde hace 60 milenios, circunstancia que, por cierto, no volverá a repetirse hasta el 2287. Pero incluso entonces no se distinguía en tamaño, a simple vista, de una estrella brillante. Las aproximaciones entre ambos planetas acontecen cada dos años y dos meses, momento llamado "oposición", en el que la Tierra pasa entre Marte y el Sol. ¡Ojalá pudiéramos ver Marte del tamaño de la Luna! De momento, para ver detalles en la faz del Planeta Rojo, necesitaremos la ayuda óptica de un buen telescopio.
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04.06.09 @ 20:43:18. Archivado en Astronomía
Al igual que la física era el tratado sobre la “physis” o la naturaleza, la música era, al menos originariamente, el tratado sobre las Musas, y se consideraba una disciplina más cercana a las ciencias que a las artes. De hecho, la formación científica clásica contemplaba la instrucción musical como una de las materias esenciales, junto con la aritmética, la geometría y la astronomía. En efecto, la música, como arte de ordenar los sonidos en el tiempo, guarda una estrecha relación con las matemáticas, en cuanto que las notas en la escala musical mantienen precisas proporciones numéricas. No es menor la vinculación de la música con la astronomía, ya que, si aquélla estudia el “número en movimiento”, ésta se encarga de observar el “espacio en movimiento”. Estas ideas, procedentes de la tradición filosófica griega, en especial de la escuela pitagórica, condicionaron el desarrollo de la ciencia durante siglos. El mismo Kepler, gran reformador de la astronomía del siglo XVII, dedicó una buena parte de su vida a explorar las conexiones íntimas entre la órbitas planetarias, las figuras geométricas y los tonos musicales, tal como expuso en su libro “La Armonía de los Mundos”. Kepler estaba profundamente convencido de tales relaciones y pensaba que cada planeta emite determinadas notas al girar entorno al Sol, en función de sus respectivas velocidades orbitales, componiendo en conjunto un perfecto y eterno concierto de “música de las esferas”. Nuestro planeta en concreto suena “Mi-Fa”, y Kepler escribió: “La Tierra canta Mi, Fa, Mi: Puede deducirse de estas sílabas que en nuestro hogar podemos esperar miseria y hambre (fa-mine)”.
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29.05.09 @ 11:21:51. Archivado en Astronomía
Esta semana hemos asistido a la exitosa reparación del telescopio espacial Hubble por parte de la tripulación del transbordador espacial, tras cinco intensas jornadas de “actividades extravehiculares” en las que los astronautas se enfundan en sus trajes y salen al espacio exterior, flotando a cientos de kilómetros de altura sobre algún punto de la geografía terrestre. ¿Se han preguntado alguna vez qué sucedería si accidentalmente se rompiera un traje espacial en plena faena? No es cierto que nos congelemos inmediatamente expuestos al vacío del espacio exterior. El cuerpo humano pierde calor a través de tres fenómenos: conducción (transferencia directa de calor a las partículas en contacto con nosotros), convección (a través del desplazamiento de partículas entre regiones con diferentes temperaturas) y radiación (emisión de radiación electromagnética). Suspendidos en el vacío espacial, las dos primeras opciones quedan descartadas, ya que no hay materia a la que transmitir el calor. La única forma de emitir calor es a través de radiación, que a nuestra temperatura corporal se produce esencialmente en forma de radiación infrarroja, un método bastante ineficaz de perder calor. Por lo tanto tardaríamos un buen rato en bajar nuestra temperatura. Mucho más debiera preocuparnos la ausencia de presión atmosférica, aunque podemos sobrevivir a unos segundos de descompresión si esta no es muy violenta. Lo más peligroso realmente es la radiación ionizante procedente esencialmente del Sol y de los rayos cósmicos, de la que en la Tierra nos protege nuestra atmósfera, y que supone siempre un riesgo para las misiones tripuladas al espacio.
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22.05.09 @ 19:56:30. Archivado en Astronomía
Si miramos el cielo a la misma hora todas las noches, nos damos cuenta de que las estrellas van cambiando de posición, moviéndose aproximadamente un grado por día hacia el oeste. Dicho de otra forma, el cielo que vemos esta noche a las 0:00 h es el mismo que veíamos a las 23:00 hace 15 días o a las 22:00 hace un mes. Este retraso se va acumulando de forma que, al cabo del año, las estrellas ya han dado una vuelta completa y las vemos de nuevo en la situación original. Por esta razón no vemos las mismas constelaciones a la misma hora a lo largo del año. En invierno vemos Orión, y no en verano porque está muy cerca del Sol. Esto es debido precisamente al movimiento de translación de nuestro planeta: como la Tierra da una vuelta completa alrededor del Sol -es decir, recorre los 360 grados de una circunferencia- en aproximadamente 365 días, se mueve aproximadamente 1 grado por día, que es exactamente lo que nos parece que se mueve el cielo noche tras noche. El hecho de que la distancia aparente entre las estrellas no se modifique a lo largo del año es debido a la enorme distancia que nos separa de estos astros. Sería como intentar ver dos perspectivas distintas de una alejada montaña desde los extremos opuestos de un autobús. Precisamente por esto dedujo Galileo que la distancia a las estrellas habría de ser enorme. Sólo se observan ligerísimos cambios de posición en las estrellas muy cercanas (por ejemplo, Sirio) cuando se hacen dos observaciones separadas en el tiempo seis meses, es decir, desde extremos opuestos de nuestra órbita alrededor del Sol: se aprecia que su lugar con respecto a las estrellas del fondo ha cambiado.
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15.05.09 @ 18:39:17. Archivado en Astronomía
Desde hace años sabemos que el Universo se está expandiendo. La distancia entre las galaxias aumenta velozmente, no porque estas se desplacen a través de un espacio preexistente, sino más bien porque se “genera” nuevo espacio entre ellas. Es evidente, por tanto, que en un pasado muy remoto todos los astros estaban mucho más cerca entre sí y, en un principio, es esperable que todos ellos estuvieran incluidos en una única partícula primordial que explotó en un gran estallido (“Big Bang”) a partir de la cual aparecieron no sólo la materia y la energía, sino también el espacio y el tiempo, con constituyentes básicos del Cosmos. En la actualidad existe un amplio consenso científico entorno a esta teoría, no obstante existe otra alternativa llamada “del estado estacionario”, propuesta hace varias décadas por los astrofísicos Bondi, Gold y Hoyle, y defendida aún por algunos astrónomos. Esta hipótesis sostiene que el Universo no tuvo un origen en el tiempo, ni tampoco tendrá fin, sino que conserva aproximadamente el mismo aspecto a lo largo del tiempo. Las estrellas que mueren son reemplazadas por otras que se forman, y así sucesivamente. Los científicos del estado estacionario aceptan que el Universo se está expandiendo y, para que ello sea compatible con el mantenimiento de la densidad media de materia que vemos hoy, suponen que la materia se genera espontáneamente del vacío para “rellenar los huecos” que va dejando la expansión. Con que se generen unas cuantas partículas subatómicas por año-luz cúbico es suficiente para compensar esta expansión, y de hecho se conocen procesos por los que esta “generación de la nada” sería posible.
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08.05.09 @ 20:08:25. Archivado en Astronomía
La medida precisa del transcurso del tiempo es uno de los ejes fundamentales de la evolución científica y tecnológica humana, y está íntimamente vinculada a los ciclos astronómicos, como la sucesión de días y noches resultante de la rotación terrestre. La división del día en 24 horas y de la hora en 60 minutos procede de la antigua Babilonia, donde se usaba el sistema sexagesimal, en vez del decimal que usamos hoy. De ahí viene también la división de la circunferencia en 360 grados de 60 minutos cada uno. A medida que se fue ganando precisión con los relojes, fue posible dividir regularmente el minuto en unidades más pequeñas; y para seguir la tradición se dividió en 60 fracciones iguales que conocemos como segundos. La palabra "minuto" procede de la expresión "prima minuta", que significa "primera (división) pequeña" de la hora. "Segundo" procede a su vez de "secunda minuta", que significa "segunda (división) pequeña" de la hora. Posteriormente se estableció con rigor la duración del segundo a nivel internacional para permitir su uso científico, definiéndose como una determinada fracción de la duración del día 1 de enero del año 1900. Pero los astrónomos se dieron cuenta de que la duración de los días no es constante, sino que la rotación de la Tierra se va ralentizando paulatinamente debido, sobre todo, a la atracción gravitatoria que sobre nosotros ejerce la Luna. Así, en la actualidad el segundo se define con independencia de cualquier fenómeno astronómico, que sabemos que son variables a largo plazo, sino con respecto a determinados procesos físicos a nivel subatómico que, hasta donde sabemos, son estables en el tiempo.
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01.05.09 @ 18:58:19. Archivado en Astronomía
Asaph Hall llevaba observando Marte infructuosamente noche tras noche durante varios meses en busca de evidencias que confirmaran la presencia de satélites orbitando alrededor de este mundo, tal como se sospechaba. Si la Tierra tenía una luna y Júpiter cuatro, por razones de armonía matemática era lógico pensar que el Planeta Rojo estuviera acompañado de dos cuerpos menores. En 1877, las condiciones de trabajo en los observatorios astronómicos eran terriblemente duras, y los sucesivos fracasos desalentaron a Hall, que estuvo a punto de abandonar sus investigaciones. En una de las más providenciales intervenciones de la historia de la Ciencia, su mujer Angeline le animó a que lo intentara sólo una noche más. Cerca de las seis de la madrugada de aquél 12 de agosto, el astrónomo vislumbró una débil lucecita muy cerca del disco planetario, que se confirmaría días después como la primera luna marciana vista por el hombre. Pocos días después descubriría el segundo satélite de este planeta. Las lunas fueron bautizadas, respectivamente, como Deimos y Fobos, que significan “terror” y “miedo”, nombres lógicos teniendo en cuenta que son los “hijos” de Marte, el dios de la guerra. En reconocimiento a su persuasión, el principal cráter de Deimos se llama Stickney, apellido de soltera de la esposa de Hall. Las imágenes que tenemos de estos mundos revelan que son grandes rocas irregulares, y parecen ser asteroides capturados por la gravedad marciana hace millones de años. Ambas lunas orbitan Marte en sentidos inversos y Fobos lo hace tan cerca del planeta que la fricción atmosférica acabará frenándolo y haciéndolo caer en un futuro remoto.
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24.04.09 @ 20:23:42. Archivado en Astronomía
En las películas de Hollywood estamos acostumbrados a ver explosiones espaciales como si las presenciáramos en nuestro planeta, es decir, formando "nubes de algodón" ardientes, generadas por la turbulencia producida por el choque de la onda de impacto contra el aire. En realidad esto es imposible, primero porque en es espacio no hay el oxígeno necesario para cualquier reacción de combustión -salvo el que se pueda liberar de una nave espacial-, y además, al no haber atmósfera, no hay presión y tampoco partículas con las que pueda chocar la materia liberada en la explosión. En una explosión en el vacío, en una situación ideal, las partículas de materia se liberan radialmente desde el foco de la explosión y siguen trayectorias perfectamente rectilíneas, salvo aquellas que colisionan entre sí. Desde la distancia se vería como una esfera que crece homogéneamente con el tiempo hasta disiparse. Un buen ejemplo de esto lo vemos en las nebulosas planetarias, que son estructuras circulares de gas formadas tras la explosión de estrellas. Igualmente, si observamos las grabaciones existentes, vemos que las partículas de suelo lunar levantadas por los astronautas a su paso siguen trayectorias perfectamente parabólicas, sin formar nubes de polvo como en la Tierra. En una famosa película, “Misión a Marte”, veíamos cómo, tras una colisión, cierto líquido empezaba a fluir de la nave espacial hasta congelarse en el espacio interplanetario. La ausencia de presión atmosférica haría más bien que tal sustancia se descomprimiera rápidamente, gasificándose del mismo modo que un “spray”, como bien saben los tripulantes de las actuales astronaves.
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17.04.09 @ 19:32:18. Archivado en Astronomía
Diversos estudios científicos han descartado ya que nuestro satélite natural ejerza una influencia apreciable en la fisiología humana, pero sabemos que la presencia de la Luna ha sido determinante para explicar la historia biológica y geológica del planeta. Especulemos un poco y pensemos qué ocurriría si súbitamente dejara de existir. El principal efecto sería la atenuación de las mareas oceánicas, si bien seguiría habiendo unas ligeras mareas debidas a la atracción solar. Esto provocaría profundos cambios en los ecosistemas marinos, al desaparecer los ambientes intermareales de los que dependen muchos organismos (y gran parte de la actividad pesquera). Probablemente se modificarían también las corrientes oceánicas y atmosféricas. La Luna igualmente estabiliza la inclinación del eje de rotación de la Tierra, que actualmente fluctúa muy pocos grados entorno a un valor constante de unos 23,5 º. En ausencia de este efecto estabilizador, esta inclinación podría aumentar, con lo cual las estaciones climáticas serían mucho más extremas y se afectaría en gran medida la vida sobre la Tierra, incluyendo la humana. Adicionalmente, las fricciones generadas por las mareas diarias frenan paulatinamente el movimiento de giro de la Tierra, de forma que los días se alargan aproximadamente un segundo cada 100.000 años. Existen pruebas paleontológicas que demuestran que hace 600 millones de años los días sólo duraban 22 h. Como consecuencia también de las mareas, la Luna se está alejando continuamente de la Tierra -unos 4 cm cada año- si bien cada vez más lentamente, tal como demostraron los experimentos realizados durante el programa Apolo.
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