Apuntes al silencio

"Los chinos" de Nicolás Melini

28.03.12 | 21:42. Archivado en Artículos

“Estos días
me apetece tanto
escribir “ahora que E.
ya no está conmigo”,
escribir esa frase,
ahora que E. ya
no está conmigo” […]

Así inicia Nicolás Melini, en su reciente obra poética Los Chinos (Ed. Vitruvio, 2012). Un vertical viaje sobre el carro de una escritura “transparente”, que diría de los versos del palmero el mismísimo Antonio Gala. Abriendo con esta especie de soliloquio, casi a modo de dedicatoria del volumen, no parece que vayamos a encontrar una obra que mire fuera de sí mismo. Pero caminando hacia la siguiente página, N. Melini parece abrir los ojos, quizás la puerta de casa, y mirar al mundo y la ciudad que le circunda, que habita con la óptica de un buen director de cine, y que no olvida su base narrativa.

[…] Cada paso que
da
es
todo
un maratón
para

él […]

Con esta caída a contratiempo el poeta nos ayuda a marcar el mismo ritmo que quien es objeto poético. Parece pedirnos tiempo y espacio suficiente para reconstruir en el oído y en la imaginación la marca certera del anciano que ve en el bar cada día. Lo que parece tan sólo ser una mera descripción prosaica, transformada en verso, se antoja crítica o reflexión al finalizar el poema, cuando el personaje se encuentra con un grupo de jóvenes haciendo cola.

[…] Y,

no
pudiendo
aferrarse a las paredes, emprendió
la costosa travesía
por
el
medio
de la acera. […]

Nicolás Melini continúa con el poema que da título al libro, Los chinos, y que habla de esa colonia amplia y trabajadora hasta el exceso que colma algunos barrios de Madrid, lo que aparentemente se encuentra entre una oda y una composición cómica, desenlaza con una imagen de un toque sensitivo y romántico excepcional.

[…] En Sol
hay una china
de unos treinta y
pico
que está
muy bien
y tiene
unos ojos rasgados
increíbles que
lo saben todo
de ti y
de la vida.

El poeta recurre a la infancia, a la familia, para tratar temas como el primer amor, las diferencias sociales, el drama de los ancianos sin nada que ofrecer como herencia, salvo sus recuerdos. Se adentra con soltura, una libre escritura sin recelos ni métodos prescritos, como quien parece tan sólo pretender divertirse, pero termina abofetearnos con finales crudos, y que obligan al lector a retomar de nuevo el poema, esta vez ya, con la vista puesta en el mensaje lanzado a bocajarro. Sin tomar cariz de la común poesía social de la última mitad del siglo pasado, ni tan siquiera de la más contemporánea, Melini es capaz de hacer del paso de las páginas de este poemario, un divertido encuentro con una poética de corte muy personal, a la vez que nos obliga a enfrentarnos a muchos de los lastres que nuestra sociedad, en crisis, más allá de la económica, parece sufrir sin solución.

Pero no es tan sólo ese el trasfondo de este libro, en una composición como la de Suele pasar el poeta nos habla de un interesante aspecto de la literatura, el intento de copiar los esquemas o fórmulas de la genialidad o el éxito de los grandes.

[…] Entonces descubres
que esa es
la
verdadera diferencia
entre tú y él,
que mientras tú
te
preocupas
a él
le da todo igual. Esa
es
la diferencia
entre la mediocridad y su talento,
que a ti te importa.

Nicolás Melini recorre otros aspectos de nuestra cotidianeidad como la inmigración, el cáncer, para recoger quizás a latigazos una especie de fríos y certeros encuentros con la verdad, sin tapujos, sin excusas ni consolaciones. Es, y tal cual cree, lo lanza sobre la página sin medida. En palabras de Balzac “La grandeza de una persona se puede manifestar en los grandes momentos, pero se forma en los instantes cotidianos”

El poeta se enfrenta también a sí mismo, al tratar unas palabras, que según escribe y / me / niegan y / entorpecen / de un modo tan sutil, /… refiriéndose a un mantra de descrecimiento personal y anulatorio no / soy / capaz... para terminar diciendo contra mis propios actos, contra la evidencia / de este precios instante.

Lejos de la irrelevante discusión entre la poética narrativa o la poesía prosaica, pues se habla demasiadas veces de ésta como una hermana mejor o menos valorada, N. Melini nos muestra un poemario coherente, amplio, conciso, con imágenes que abrazan la cotidianeidad a la vez que besan lo sublime, y que, en un camino iniciado ya, y reconocible en su anterior poemario, Los cuadernos de Hopper, hace uso de una escritura aparentemente volátil, pero que se entierra en la página con el peso y la fuerza de sentencias reflexivas, y diálogos necesarios que, todos en algún momento, deberíamos beber y digerir en conciencia. Como diría Moliére “Es cosa admirable que todos los grandes hombres tengan siempre alguna ventolera, algún granito de locura mezclado con su ciencia.”


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