Apuntes al silencio

La Chispa de la Vida de Alex de la Iglesia

18.12.11 | 20:52. Archivado en Artículos

"Show must go on" cantaba el desaparecido Freddy Mercury en Queen y parece ser el lema que cuelga sin condicionantes en el despacho de algunos "popes" de la televisión y la industria publicitaria. Las carnicerías de hienas y esperpentos, la subasta de lo propio y lo ajeno y la más miserable de las escenificaciones de la bajeza humana, colman las horas y los días en las pantallas. Todo vale, como todo cuesta; todo se vende, pues todo se compra. Si la culpa es de quien mira, o de quien se asoma; de quien ofrece o quien pide, poco importa. Mientras todo eso ocurre, como en los tiempos en los que los teatros de variedades deambulaban por los pueblos para entretener por instantes a una sociedad hambriento de ilusiones, muchas personas buscan héroes, líderes, seres en los que identificar sus esperanzas, por lo que al tiempo que alguien se alza con o sin razones, puede que lo sostengan pancartas e ideas que nunca fueron propias.

He tenido la ocasión de poder visionar, unos meses antes de su estreno, "La Chispa de la Vida" de Alex de la Iglesia, su más reciente proyecto cinematográfico, rescatando el famoso lema de la marca de refrescos, para una película donde todos estos debates se enlazan, con otros tantos cuestionamientos éticos en la voz de nuestro protagonista.

Roberto, publicista en paro, suma tantas entrevistas de trabajo como negativas. Obsesionado por ofrecer un porvenir a sus hijos, seguro de sus valía, harto de volver a casa derrotado por las circunstancias y ver a su mujer intentar animarlo, va en busca del hotel donde pasó su luna de miel, para intentar así devolver la ilusión a sus vidas.

Atrapado de tal forma que resulta imposible liberarlo sin que corra riesgo su vida, se ve rodeado pronto de cámaras y periodistas, políticos en busca de tajada, intereses publicitarios, y decide contratar un representante para sacar rédito a su vida o a su muerte, asegurando de esa forma el futuro a su familia, ya que de otra le resulta imposible.

José Mota, que interpreta a Roberto, desarrolla un doble papel: un soberano esfuerzo por desvincular su cara de la escena cómica, en la que es uno de los ejemplos de supervivencia y evolución; y el trabajo de tener entre sus manos un personaje que, como en la mejor tragicomedia, tiene al espectador pendulante entre el llanto y la sonrisa, sin que las lágrimas hayan secado. Parece que el director ha sabido potenciar lo camaleónico y expresivo del actor, para desarrollar una historia, casi en soliloquio, con maestría y gran ritmo. Salma Hayek, conocida actriz, con una carrera poco constante en la elección de las películas, acierta aceptando este guión porque le permite unos registros naturales, con fuertes capacidades de motivación y emoción, que ha sabido desarrollar con muy buen tino y más que aceptable resultado.

Del resto del elenco de intérpretes (Blanca Portillo, Juan Luis Galiardo, Fernando Tejero, Manuel Tallafé, Antonio Garrido, Carolina Bang, Eduardo Casanova, Nerea Camacho, Joaquín Climent, Juanjo Puigcorbé, Antonio de la Torre y José Manuel Cervino y la colaboración especial de Santiago Segura) hay que reconocer, muy especialmente, el cambio de registro de Fernando Tejero, que debe agradecer a Alex de la Iglesia la posibilidad de salir de su encasillamiento para desarrollar una breve pero poderosa interpretación en esta película. A parte de los mencionados, no hay sobresalientes, pues en la mayoría de los casos mantienen similares registros a trabajos anteriores, y siendo tan relevante el peso del papel que ejecuta José Mota, y lo sorprendente de su interpretación, resulta complejo destacar algún otro actor o actriz.

La cinta, que comienza con un diálogo algo forzado entre los protagonistas, en el que cuesta aún, por los pocos minutos de película, desligar a Mota de su imagen televisiva, luego toma un excelente ritmo, una carga reflexiva destacable, y un mensaje que parece traslucirse. Recomendable opción, que ofrece otro tipo de cine a nuestras salas, relegando la acción por la acción, el amor de folleto, o la revolución de pancarta, sino que abre un sencillo pero profundo debate sobre la frase con la que iniciábamos esta reseña "Show must go on" y a la que parece responder "o no."



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