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03.08.08 @ 10:00:59. Archivado en Artículos
Vivimos repletos de cógidos mágicos que nos hacen la vida opacamente sencilla, pero también nos crean alta dependencia de lo innecesario. Lejos de la programación más “arcáica” con las pantallas en negro y las letras verdes y cuadradas, antipáticas - diría yo - a la vista, actualmente todo está bajo llave, mejor dicho, bajo clave. Miles de combinaciones de memorización complicada, máxime ahora que no estamos obligados a recordar ni los teléfonos pues tenemos una agenda con una clave que los protege, a veces, incluso, de nosotros mismos. ¡Ay la memoria!
Todo conectado. A todas horas. Desde cualquier lado. Para cualquier cosa. De cualquier forma. Tarifas planas desde el móvil para alejarse del trabajo estando tan cerca que pueda, tomando un tinto de verano en cualquier chiringuito de playa, negociar unos warrants. Cenar con “la parienta” mientras ves las fotos del último viaje del compañero de trabajo en cualquiera de las plataformas (o escaparates sociales) que en internet coexisten. Chatear con desconocidos por no ser capaz de pasar una tarde con un café a medias con cualquier familiar o amigo sin más conversaciones que las que surgen – o no surgen nunca – entre quienes comparten todo en la vida, menos las palabras.
Sorprende. Es inevitable. Las noticias llegan al segundo, y a veces, en el segundo antes de suceder. De la información al oráculo hay pocos pasos en algunos portales. Y siempre claves, nicks, registros, datos pululando por el espacio sin espacioo y cayendo en manos, o discos duros de cualquiera. Entras en una web para consultar una tarifa telefónica de una compañía y al instante te llaman a casa, casualmente, para proponerte un oferta mejor. Si haces una compra por internet, la compañía avisa a tu banco, y éste, a su vez, te pide con un mensaje de texto en el móvil que valides la operación con otro código.
Pero se va la luz. Se corta el “riego sanguíneo del siglo XXI” y el mundo se acaba. Los Ginetes de la Apocalipsis andan pisoteando los cables por los subterráneos. El mundo se frena. Nada funciona. “0100111100000…..” … cero. Con la tecnología somos todo o cualquier cosa. Sin ella hemos conseguido ser nada. ¿Nosotros somos quienes hemos evolucionado?
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Luis Antonio González Pérez
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