Comunicación, lengua y cultura
13.04.08 @ 14:26:40. Archivado en Artículos
En todas las ciudades medianamente cosmopolitas, aquellas que son sedes universitarias, las más admiradas turísticamente o las que resultan grandes centros de negocios internacionales, por capitalidad o puerto, la comunicación entre personas de distinta cultura se hace inevitable.
Recientemente, la profesora Carla Wood de la Universidad Inholand (Holanda), especialista en comunicación, realizaba una interesante disertación sobre la “comunicación entre culturas”. Una brillante exposición que ejecutó en la Universidad CEU – San Pablo de Madrid destinada a estudiantes de Administración y Dirección de Empresas y Economía, pero que bien podría servir en sus bases para cualquier persona que camine en estos tiempos por el mundo.
Recalcaba la doctora Wood la importancia de iniciar las conversaciones partiendo de dos premisas básicas: tener en cuenta que tenemos prejuicios y estereotipos sobre otras culturas; y aceptar la individualidad de la otra persona sin incluirla en ningún perfil predeterminado.
Realizó un ejemplo situando en la pantalla determinadas fotografías y pidiéndonos una definición social, cultural, educativa y geográfica del individuo. Reconocemos que el acierto fue nulo. Caminamos cargados de predisposiciones y condicionantes culturales ante los demás y ante nosotros mismos.
Por otro lado, indicó los distintos inconvenientes que podría generarse en la comunicación, como son los de percepción (podemos recibir un mensaje erróneo), de comprensión (podemos no entender lo que nos dicen) y de valoración (podemos no darle la importancia debida a aspectos realmente importantes en el mensaje).
La comunicación es la base para todo. Ya hemos repetido este mensaje incesantes veces. Defendemos reiteradamente la premisa de que “el lenguaje es la expresión de nuestra inteligencia”. Pero en un mundo global y cambiante, la comunicación pasa, no sólo por el lenguaje en sí, sino a su vez, por otro tipo de condicionantes y actitudes hacia ese lenguaje.
Debemos conocer a las personas y sus culturas para poder comunicarnos. Esto implica no quedarnos con la parte visible del “iceberg cultural” (comida, bandera, lenguaje,…) sino ahondar en la parte más amplia y menos visible (percepción del bien y el mal, aceptación de la broma, concepción cultural, historia, gesticulación, …). El ejemplo más claro lo tenemos en uno de los movimientos más típicamente comerciales: el intercambio de tarjetas. Mientras en España el intercambio de tarjetas es un gesto habitual, rápido y sin grandes protocolos, en el continente asiático tienes que quedarte mirando a la tarjeta, dando tiempo a que esa persona se presente, mostrar interés y luego guardártela. Si lo haces a la primera de cambio. Se sentirá ofendido. Una muestra para un cúmulo de peculiaridades que diferencian las culturas, pero enriquecen el mundo de la comunicación y los negocios. Pero también de los viajes, los contactos, la diplomacia o las relaciones interpersonales.
He aquí lo gratificante de los intercambios culturales. Creer que la suma de uno más uno, en el caso de personas y culturas, da como resultado dos personas o culturas, es acordar en demasía la mira. La sinergia que genera el enriquecimiento hace que el resultado de dicha operación sea mucho más elevado. No debemos temer que la globalización sea la erradicación de las singularidades, hagamos que sea el proceso de comunicar la individualidad o lo concreto a lo universal. Que todo el mundo conozco aquello que cada ser humano es. Que la cultura sea una suma de todas las culturas, y no la supresión de ninguna.
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Luis Antonio González Pérez
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