Si yo fuera Dios querría ser Ángel González
13.01.08 @ 19:52:08. Archivado en Artículos
Con estos versos de uno de los poemas que marcan un antes y un después en la poesía amorosa de la historia de la literatura en lengua hispana, el gran Ángel González nos demostró, como lo hizo en tantos otros ejemplos, que siempre fue y será “el poeta de la palabra justa”.
Nunca esperaría el ovetense llegar a los 82 años, tras sobrevivir a una fraticida Guerra Civil, que sufrió tan de cerca al quedar huérfano a los tan sólo dieciocho meses de edad, y que tanto cambio los destinos de su familia, y al enfermar de tuberculosis en su más tierna infancia. Pero si, aciano, pero siendo una de las voces más interesantes y prolíficas del panorama poético del siglo XX y el recién estrenado siglo XXI, nos deja un poeta que supo hacerse con los tiempos, comprometido con la vida, el momento histórico vivido, pero sobre todo con la palabra exacta y precisa. Con la inmensa sencillez de un minucioso alfarero del verso de manos toscas, pero con la delicadeza de un acuarelista de los sonidos.
Premiado ampliamente con el Reina Sofía de la Academia de la Lengua, de la que fue miembro, con el Príncipe de Asturias de Las Letras, el Casa de América y otros tantos reconocimientos y menciones nacionales e internacionales, recibió sus primeros galardones prontamente: en el exilio el Antonio Machado, y en Madrid el Adonais de Poesía.
Una vida dedicada a la palabra, a la precisión del lenguaje, a la generosidad poética, participó de la vida de otros grandes de la literatura del XX como Gabriel Celaya, Caballero Bonald, Jaime Gil de Biedma y José Agustín Goytisolo.
Su obra nos ofrece un poeta sereno, reflexivo, de pasiones sinceras, de verdades limpias, de grandeza. No necesita buscar sonidos lejanos al lenguaje más común, y juego a grandes giros gramaticales, nos describe el mundo, y su yo más íntimo, con la forma en que sólo los universales pueden, sencillamente.
Puestos a elegir el modo en que recordarle, según supe de su fallecimiento corrí pronto a la estantería donde guardo los tesoros, agarré sin dudarlo, sin leer el canto, uno de sus libros, y marcado tenía el magnífico poema del que tomo los versos para el título de este póstumo reconocimiento. Queden sus versos como la mejor ofrenda a su memoria.
Me Basta Así
Si yo fuera Dios
y tuviese el secreto,
haría
un ser exacto a ti;
lo probaría
(a la manera de los panaderos
cuando prueban el pan, es decir:
con la boca),
y si ese sabor fuese
igual al tuyo, o sea
tu mismo olor, y tu manera
de sonreír,
y de guardar silencio,
y de estrechar mi mano estrictamente,
y de besarnos sin hacernos daño
-de esto sí estoy seguro: pongo
tanta atención cuando te beso;
entonces,
si yo fuese Dios,
podría repetirte y repetirte,
siempre la misma y siempre diferente,
sin cansarme jamás del juego idéntico,
sin desdeñar tampoco la que fuiste
por la que ibas a ser dentro de nada;
ya no sé si me explico, pero quiero
aclarar que si yo fuese
Dios, haría
lo posible por ser Ángel González
para quererte tal como te quiero,
para aguardar con calma
a que te crees tú misma cada día,
a que sorprendas todas las mañanas
la luz recién nacida con tu propia
luz, y corras
la cortina impalpable que separa
el sueño de la vida,
resucitándome con tu palabra,
Lázaro alegre,
yo,
mojado todavía
de sombras y pereza,
sorprendido y absorto
en la contemplación de todo aquello
que, en unión de mí mismo,
recuperas y salvas, mueves, dejas
abandonado cuando -luego- callas…
(Escucho tu silencio.
Oigo
constelaciones: existes.
Creo en ti.
Eres.
Me basta.)
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Luis Antonio González Pérez
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