Otra revolución es posible
26.11.07 @ 19:54:06. Archivado en Artículos
Cualquier día entre semanas se puede dar un hachazo a la rutina con tan sólo cambiar la calle por la que normalmente vuelves a casa, girar la esquina antes de tiempo, y dirigirte salvajemente a la parada de metro más cercana. Todavía creo sentir la mirada de quienes no son capaces de dicha revolución. Noto la sorpresa. Normalmente me ven volver por la misma acera, cruzar por los mismos pasos de peatones, y aún así, permiten que sigamos siendo grandes desconocidos. Parece que los oigo “¡Ahí va ese!, ¿Qué se creerá el muy loco? ¿Pero cómo se atreve?”.
Bueno, pero libre de críticas y sin distracciones, con la meta fijada, ahí estaba yo a las 13:55 h en el andén de la línea 5 de metro (la amarilla) – que sería una versión moderna de los versos de Lorca - con bono nuevo y propina de algún precipitado que lo sacó con anterioridad y no esperó a la vuelta. A la gente o le sobra el dinero o le falta tiempo para conseguirlo.
Antes, entrar en el metro – y en algunas estaciones y líneas todavía la sensación se mantiene – uno coge aire, y se asoma a otro mundo, a otra civilización que trajina en las catacumbas de la ciudad, que mantiene algo así como una vida siempre de noche, pero siempre en movimiento. Como mucho se permite descansos de tres o cuatro minutos en lo que esperas al siguiente tren. En ese tiempo, todavía hay quien mantiene la velocidad en los ojos, o en los pies, con largos paseos que te posicionen en la mejor altura del gusano mecánico para la siguiente salida.
Todo hay que decirlo: Es un lujo ir en los nuevos trenes. Limpios, amplios, luminosos. No como esos trenes con forma de medio huevo de Londres, donde el terciopelo y los olores no te permiten sobrevivir con olfato por mucho inglés que sepas.
14:09 h. Estación de Callao. Un otoño que se ha cansado de ser duro más de dos días, se relaja con una brisa casi moribundamente fría que llama a no estar quieto, pero que se agradece cuando tu cuerpo parece más un “atasco al movimiento” que una máquina de avanzar.
Para los amantes de la literatura – y creadores de algo parecido – no hay nada más feliz que adentrarte en un mundo, sin visión del exterior, forrado de libros de todos los tipos, clases y temáticas. El FNAC, a pesar de ser una empresa francesa, (y para un español con conciencia histórica es un pesar grande) sigue siendo un magnífico lugar donde conseguir todo lo que en letra y encuadernado se produce. Yo por deformación profesional voy directamente a mis cuatro o cinco estantes de poesía. Lo bueno de gustarte lo que a la minoría es que los espacios de convivencia son más reducidos. En a penas tres metros cuadrados puedes encerrar el mundo. Pocas veces tienes que compartirlo. Cuando encuentras a alguien piensas: ¡Dios mío, hoy me enamoraría de ti! Y seguidamente escuchas en tu foro interno ¡Yo también! No es normal encontrarte con gente que mire el la sección de los versos salvo que pretenda impresionar a una amiga, hacer un trabajo del instituto, o esté buscando donde no debe.
Para el mundo la civilización se mide entre lugares donde llega la coca-cola o donde no llega. También existe el indicador de la “cuarto de libra” de McDonalls para determinar el poder adquisitivo o el valor real de una moneda. Por lo que podríamos decir: el mundo es mundo si hay McDonalls. Pero hasta para eso los ingleses mostraron prontamente su diferencia. Si hay vida, hay un “Starbucks”. Sé que es un negocio norteamericano, pero nunca anduve por esas tierras, y por ahora me fío de las Islas Británicas como referente para este caso. Te puedes encontrar en Londres manzanas en las que podrías elegir por tamaño y orientación hasta entre cuatro o cinco.
Entonces te ves, sin comer, con un gran café – con lo americano y odioso que es un café de ese estilo para quienes amamos el café de verdad – y un buen libro de poemas en la mano, dejando que la vida pase tras el cristal del local, y dentro, con calefacción moderada y un mullido sofá, los problemas sean “en que mano me pondré el café para pasar la página” o “tener cuidado no vaya a quemarme”.
Leo el nuevo libro del premiado en 2005 con el Nacional de Poesía, José Corredor – Matheos, “Un pez que va por el jardín”, y unos versos que me acarician el alma como verdades absolutas mantienen todavía el silencio sin descansos.
“Tus palabras no son
las que esperabas.
No se abren las heridas
más profundas,
ni los gozos más íntimos,
Tal vez definitivos.
Estás mudo, expectante,
y sabes, sin embargo,
que nada hay que esperar. …”
Efectivamente ya no hay que esperar nada. Preocuparse por ansiar de uno mismo, lo que ni uno mismo es capaz de darse. Proporcionarse pequeñas satisfacciones y demostrarse que amarse, no es lo mismo que mentirse. Abrirse a estas pequeñas revoluciones que le den razones a uno para creerse vivo, pero para vivir en la convivencia con uno mismo, sin que la felicidad suponga depender de que nadie te haga feliz. Marcarse metas, muy cercanas, que cumplir a solas, y a solas celebrarlas.
Vuelvo a casa. Vuelvo a la rutina, que es otra forma de vida más ordenada. Vuelvo feliz. Otra revolución es posible. Más personal.
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Luis Antonio González Pérez
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