Hautaguperche, del mito al bronce
13.10.07 @ 11:32:39. Archivado en Artículos
Junto al mismo mar que baña las arenas de la playa de Melenara, donde reina invicto contra las olas el Neptuno de Luis Arencibia, otro hijo de las mismas manos y la misma fragua, el Hautaguperche, se erige, en sus cuatro metros de honor y mito, junto a la costa de Valle Gran Rey en la Gomera.
De maestras dimensiones, el aborigen, a modo de atlante musculado, porta en su mano la vasija con la que firmara el pacto con los castellanos, y que una vez roto los acuerdos del “la baja del Secreto”, sería el signo que marcaría la “rebelión de los gomeros” en 1488 contra los hombres de Hernán Peraza. En la izquierda, la daga con la que matara al caballero castellano Hernán Peraza, ya en posición de descanso tras la lucha.
Asesinado por los castellanos asestándole una flecha en el pecho, Hautaguperche ha sido siempre el emblema de nobleza y coraje de un pueblo, el aborigen, que destacaba por esas cualidades.
La obra, que entremezcla la mitología de seres fornidos y de imagen casi divina, y la historia de los antiguos habitantes de la Gomera, no pretende – como muchos han querido entender erróneamente – una “imagen exacta” o un “retrato tridimensionado” del canario, sino más bien, una interpretación de los antiguos habitantes desde una medida heroica y alegórica. En su cara los rasgos marcados de la rabia contenida y la impotencia de verse abocados a la lucha y los deseos de libertad para él y los suyos
Es un homenaje al honor y valor del hombre, a la palabra dada, y más allá de las críticas de quienes “no creen sentirse representados”, o quienes critican la “no consulta a los habitantes o colectivos sobre el proyecto”, la obra en si es de una incuestionable belleza y un gran sentido.
Decía Picasso, que si para pintar un perro lo hiciera tal cual es en realidad, no tendría una obra de arte sino dos perros. Esta anecdótica sentencia, que poco importa si fuera o no mentada por él, nos demuestra como el arte no tiene que ser fiel reflejo de la realidad o la historia, sino ser una llave, una herramienta, para recordar desde la subjetividad del que observa y el que crea, otro momento, otra imagen u otra realidad vivida.
Demuestra una vez más el artista teldense, Luis Arencibia, una destreza para la escultura de carácter público, tanto para la creación de la figura, como para la carga de significado y la expresión de un mensaje ejemplar para el transeúnte.
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Luis Antonio González Pérez
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