11.09.09 @ 01:11:13. Archivado en Artículos
"Se me ha muerto como el rayo..."
Miguel Hernández
El cuerpo de José María Millares se ha agotado. El alma inmortal no descansa. Se expande en el tiempo entre la memoria, los versos y quienes le conocimos y admiramos. Decía Bertolt Brecht: “Hay hombres que luchan un día y son buenos. Hay otros que luchan un año y son mejores. Hay quienes luchan muchos años y son muy buenos. Pero hay los que luchan toda la vida: esos son los imprescindibles.” Y José María lo era, era absolutamente necesario en su tiempo y ahora. La poesía necesitaba, y sigue necesitando, personas comprometidas y coherentes con el arte y con sus ideas. Quedan pocos.
Miguel Hernández en una de las elegías más hermosas jamás compuestas gritaba la necesidad que tenía de encontrarse nuevamente con su amigo, a pesar de todo, Ramón Sijé.
“…Quiero escarbar la tierra con los dientes,
quiero apartar la tierra parte a parte
a dentelladas secas y calientes.
Quiero minar la tierra hasta encontrarte
y besarte la noble calavera
y desamordazarte y regresarte….”
Cuando me dejaron una llamada perdida ayer en el teléfono nunca supuse que sería para darme esta noticia. Hoy mientras trabajaba lo supe. Rápidamente busqué este poema del vate de Orihuela y lo leí en voz alta. Lo entendí y lo hice mío sin esfuerzos.
No tuve la suerte de contar con la amistad de José María, pero sí de conocerlo. Hace algunos meses le dijo a mi padre “dile a tu hijo que me estoy muriendo y no me va a venir a ver…” con ese tono siempre socarrón y simpático con que te hablaba, con sus ojos vivos y su sonrisa de medio lado. No pude ir, y hoy no me lo perdono.
José María Millares era y es grande. Grande entre los grandes. Por suerte fuimos justos y recibió en estos años parte de los merecidos galardones que desde hacía tiempo se le negaban. Pero sobre todo contó con el respeto y la admiración de muchos.
Querido José María, allá donde quede esa mente siempre rápida y locuaz descansando, te pido permiso para atreverme con unos versos:
Quedan las sillas del hogar hoy desiertas,
Los brazos de tu továrishch abiertos a tu espera,
la palabra quebrada en luto
–negro sobre el negro de tu ausencia –.
Miles de poetas huérfanos sin tu aliento y tu sombra.