¿Existe relación entre los hábitos de sueño y el nivel de inteligencia?

dormir

Se suele hablar, en la literatura científica y no tan científica, de que existen personas con hábitos de sueño “matutinos” y “vespertinos”.

Diferencias que, bien visto, todos hemos notado: hay personas a las que les encanta acostarse temprano y levantarse cuando cantan los gallos, mientras que otras personas disfrutan viviendo la noche y suelen tender a levantarse casi a mediodía.

Vespertinos y matutinos: diferencias y características

Pero, ¿existe algún factor biológico, psicológico o evolutivo que explique estas diferencias? ¿Por qué unas personas son nocturnas y otras diurnas? Y, más aún: ¿cabe la posibilidad de que estas tendencias estén de algún modo relacionadas con una mayor o menor capacidad intelectual? En este artículo trataré de explicar todas estas cuestiones.

Empezando por el final: ¿hay datos para afirmar que las personas matutinas o las vespertinas muestren diferencias también en su capacidad intelectual?

Para empezar, cabe aclarar que los estudios que han tratado de detectar el vínculo entre ser matutino o vespertino y poseer unas ciertas capacidades intelectuales no son concluyentes en absoluto. Estamos en fases tempranas de investigación, por tanto no sería adecuado afirmar que existe una relación de causa-efecto entre el estilo de horarios preferidos y el nivel de cociente intelectual. De todos modos sí que existen varios estudios que muestran tendencias interesantes.

Lo fundamental es comprender que los seres humanos, así como el resto de animales, necesitamos dormir no solo para que nuestros músculos descansen, sino para que el encéfalo pueda realizar una especie de “reseteado” general. Cuando dormimos, nuestro cerebro sigue funcionando pero de un modo muy distinto respecto a cómo lo hace durante la vigilia, de tal modo que se producen una serie de dinámicas neuroquímicas que permiten la plasticidad cerebral [1]. La plasticidad cerebral no es otra cosa que la capacidad que tiene nuestro sistema nervioso de crear nuevas conexiones neuronales, manteniendo nuestras habilidades cognitivas en buena forma. Esto es fácil de entender puesto que todos hemos notado que, después de pasar una mala noche y descansar mal, estamos irritados, de mal humor y tenemos menos capacidad para razonar y tomar decisiones acertadas. Otra capacidad cognitiva que se resiente mucho cuando no dormimos las suficientes horas es la memoria. Por tanto, dormir (dormir bien, se entiende) es básico para que nuestras capacidades cognitivas, nuestra inteligencia, se encuentre en óptimas condiciones.

Entrando en materia, lo que sí es cierto es que varios estudios han hallado correlaciones bastante sorprendentes entre las personas que prefieren un estilo de horarios u otro, con su cociente intelectual o su rendimiento académico (esta última variable se suele simplificar y se habla de “inteligencia”, y esto es poco preciso, pero sin embargo es un parámetro ampliamente usado para en este tipo de estudios). Desde luego, cualquier persona se habrá fijado en que hay individuos que se van a dormir temprano, a eso de las 22h o 23h, y se despiertan con relativa facilidad a las 7h, o incluso antes. En cambio, otros  tenemos tendencia a estar más activos durante la noche, y no somos muy capaces de conciliar el sueño hasta bien entrada la noche, como a la 1h o a las 2h… o más tarde. Estas últimas personas, en caso de que no tengamos necesidad de cumplir un horario laboral por la mañana, también solemos levantarnos tarde, por ejemplo a las 11h.

Entonces, ¿hay alguna conexión entre preferir unos ciertos horarios y ser más o menos inteligente?

¿Existen estudios que revelen una conexión entre estos estilos de horarios y nuestra capacidad intelectual? Sí, ciertamente hay algunos indicios que apuntan a que existiría alguna relación entre estas variables. Como he comentado antes, cabe entender que la inteligencia es  un constructo muy complejo y sobre el que no existe una definición muy clara. Lo que sí que está claro es que la inteligencia, que podríamos definir sin enfadar a nadie como la facultad que nos permite aprender, entender, razonar, tomar decisiones y formarse una idea determinada de la realidad, es multifactorial. No hay una sola variable que por sí sola explique por qué una persona es más inteligente que otra, sino que son muchos los elementos que influyen en ello, como la genética y la educación recibida durante la infancia.

Dicho esto,  podemos empezar a hablar sobre la correlación entre ser “un búho o una alondra” y la capacidad intelectual. Hay estudios, como el dirigido por Satoshi Kanazawa en la London School of Economics [2], que señalan que las diferencias individuales en los ritmos circadianos vendrían dictadas, al menos en parte, por nuestra herencia genética. Según este análisis, los hábitos nocturnos serían una novedad evolutiva, algo que nuestros ancestros raramente practicaban puesto que vivían ligados a los horarios diurnos y estaban obligados aprovechar la luz solar para, por ejemplo, cazar.  Por tanto, existiría una cierta tendencia evolutiva a que la diurnidad, que antes era una exigencia para la supervivencia, hubiera dejado de tener sentido para un homo sapiens sapiens cada vez más adaptado a un entorno donde no es tan necesario aprovechar estas horas de luz. De ahí se extrae, como observa el propio Kanazawa, que las personas más inteligentes sean más capaces de adquirir valores y hábitos evolutivos novedosos en comparación con las personas poco inteligentes.

Esta investigación de S. Kanazawa, que por cierto estudió una extensa muestra de más de 20.000 estudiantes adolescentes, habría encontrado una relación estadísticamente significativa entre un alto (o medio-alto) cociente intelectual en la niñez y una mayor propensión a preferir horarios nocturnos durante la adultez. Mientras que, por contra, los niños con C.I. medios y bajos tendrían una mayor propensión a ser personas con un estilo de vida más diurno.

Cabe señalar que la escala para medir la inteligencia usada por Kanazawa para esta investigación se circunscribía a la inteligencia verbal, únicamente. Es una de las limitaciones a tener en cuenta.

¿Cómo se relaciona esto con la creatividad? ¿Son las personas vespertinas más creativas, siguiendo con el estudio de Kanazawa?

Primero de todo, cabría definir qué entendemos por creatividad. Lo digo porque, a priori, es un concepto bastante parecido al de inteligencia.

Podríamos decir que la creatividad es la habilidad para inventar o crear cosas. Para mí es un concepto terriblemente ambiguo y poco acotado, que nos da poco margen de maniobra siquiera para estudiarlo. Mi opinión personal es que, seguramente, todos coincidiremos en que la creatividad y la inteligencia no son “habilidades” que vayan por separado, sino que están claramente ligadas. Las personas inteligentes son las que, en general, son más capaces de pensar en la realidad y buscar soluciones a los problemas de la vida cotidiana, cosa que les facilita la empresa de elaborar todo tipo de artefactos (culturales, mecánicos, tecnológicos) con los que solventar ciertas carencias. ¿Y no es eso crear; inventar? Yo creo que sí. En consecuencia, cuando hablamos de creatividad, en cierto modo estamos aludiendo a esa capacidad intelectual que nos permite pensar y luego transformar la realidad, ya sea añadiéndole un palo a un caramelo, creando un software revolucionario o incluso pintando un cuadro, porque la cultura también es necesaria y útil para cualquier sociedad.

Si compráis mi argumento, entonces no quedará más remedio que concluir que, fiándonos del estudio de Kanazawa, las personas creativas prefieren vivir de noche, como tendencia. Esta conclusión también coincidiría con la hipótesis de que los individuos inteligentes son los que se muestran más capaces de adherirse a unos hábitos novedosos, y es que cuando hablamos de creadores y genios es probable que pensemos en sujetos que no se dejan arrastrar fácilmente por las imposiciones culturales, como por ejemplo el hábito de irse a dormir pronto y levantarse temprano, prácticas que quizá asociamos a una cierta noción de orden social, al cumplimiento de la jornada laboral, propias de un estilo de vida más metódico y organizado, y también más gregario. La imagen que tenemos de las personas creativas es más bien la de sujetos que rompen estas reglas sociales, aunque tal vez esté equivocado y me esté dejando influenciar por el estereotipo.

¿Por qué hay personas nocturnas y diurnas?

¿Por qué hay personas que prefieren vivir de día y otras son más nocturnas? Bueno, aquí entran en juego muchos factores. Por lo que respecta al factor genético, bien sabemos que no deja de ser un poco casual el que uno nazca con los ojos verdes, azules o marrones. Claro está que es más probable que tengamos los ojos verdes si nuestros progenitores también los tenían, pero se dan muchas combinaciones. Una de las claves estaría ahí, en la predisposición genética a ser matutino o vespertino. Porque, de hecho, existe un gen, llamado “gen Clock” [3] que se encarga de codificar una proteína que regula los ritmos circadianos del sueño, y que sería el origen de que cada persona manifieste una predilección hacia unos horarios u otros.

Los efectos neurológicos de este gen y su relación con preferir los horarios matutinos o vespertinos todavía se están estudiando, pero investigaciones como la de Joseph S. Takahashi [4] apuntan a que el gen Clock sería un importante regulador de la segregación de melatonina, una hormona producida en la glándula pineal y que, entre otras funciones, regula nuestros ciclos de sueño. Algunas alteraciones, mutaciones o particularidades del gen Clock podrían afectar a la melatonina que producimos, pudiendo alterar a su vez nuestra apetencia de sueño, y por tanto nuestros hábitos.

¿Hasta qué punto tenemos capacidad para revertir nuestra predisposición a ser nocturnos o diurnos?

Más allá de todos los aspectos genéticos, endocrinos y neurobiológicos descritos, como seres humanos tenemos la capacidad de adquirir ciertos hábitos, aun cuando la genética nos empuje a practicar los contrarios. Nuestro día a día está plagado de obligaciones y rutinas, y es probable que no tengamos más remedio que irnos a dormir pronto y levantarnos temprano para poder cumplir con una jornada laboral matutina. Una vez inmersos en una rutina, los hábitos se van asentando hasta el punto en que, aunque “genéticamente” seamos propensos a ser nocturnos, vivamos cómodos con la idea contraria.

Me atrevería a decir que, por lo menos en este caso, el hábito es más importante que la predisposición genética. Si alguien está decidido a vivir con horarios diurnos, es probable que consiga amoldarse a ellos, a pesar de que su carga genética no le juegue a favor.

¿Están relacionados otros aspectos como la edad o el sexo en esta predilección por ciertos horarios?

Por lo que refiere a la edad, claramente sí. A medida que nos vamos haciendo mayores necesitamos menos horas para sentirnos descansados… o eso se suele decir. La ciencia ha reportado que, entre una persona de 20 años y otra de 70, existe una diferencia de una hora de sueño diaria; la persona de 70 años duerme una hora menos, de promedio.

Esto no significa que a cierta edad nuestra predilección cambie, sino más bien que nuestro cuerpo funciona un poco distinto y los ritmos circadianos se adaptan como pueden a la nueva realidad.

¿Por qué las personas mayores suelen dormir menos horas?

Hay varias hipótesis más o menos contrastadas que explican por qué las personas mayores necesitan menos horas de sueño, como por ejemplo el efecto de una pérdida importante de neuronas en el grupo intermedio lateral del cerebro, proceso que acarrearía ciertos trastornos del sueño relacionados con la edad avanzada, y que por tanto explicarían su menor “necesidad” de dormir [5]. Este es un punto importante, ya que estaríamos ante la evidencia de que las personas de la tercera edad duermen menos por efecto de una progresiva pérdida de recursos cognitivos, y no “por elección” o “por gusto”, como se solía pensar. Hay una causa biológica detrás de esta tendencia.

Otra hipótesis, tal vez más arriesgada, relaciona el envejecimiento ocular en la vejez con la menor cantidad y calidad de sueño [6]. En definitiva, todo indica que las personas mayores duermen menos por desajustes en su ritmo circadiano, que son propios de la edad. Ciertamente, son personas más matutinas.

En cuanto al sexo, no existe literatura científica que indique que hay diferencias significativas.

Referencias bibliográficas y fuentes

[1] Tononi G., Cirelli, C. (2014). Sleep and the price of plasticity: from synaptic and cellular homeostasis to memory consolidation and integration. Disponible en: http://www.ncbi.nlm.nih.gov/pubmed/24411729.

[2] Kanazawa, S., Perina, K. (2009). Why night owls are more intelligent. Disponible en: https://personal.lse.ac.uk/kanazawa/pdfs/paid2009.pdf.

[3] Camacho, R. (2015). Las diferencias entre ser matutino y ser vespertino. Disponible en: https://psicologiaymente.net/psicologia/diferencia-entre-ser-matutino-vespertino

[4] Takahashi, J. (2010). Genetic suppression of the circadian Clock mutation by the melatonin biosynthesis pathway. Disponible en: http://www.ncbi.nlm.nih.gov/pmc/articles/PMC2889547/

Sitios web

[5] De Benito, E. (2014). Los mayores duermen menos al perder un tipo de neuronas. Disponible en: El País

[6] (2011). ¿Por qué se duerme menos con los años? Disponible en: El Mundo

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6 preguntas y respuestas sobre la zona de confort

Zona de confort

Un concepto de moda: zona de confort.

Aunque se emplea muy habitualmente entre psicólogos, coaches y demás profesionales, suele ser más desconocido para el la gente de a pie. Se han vertido ríos de tinta para explicar por qué los humanos sufrimos esta tendencia a estancarnos, a acomodarnos en una burbuja de estabilidad y pasividad. Es algo común y lógico y, sin embargo, es importante que cada individuo tome cartas en el asunto y no se deje secuestrar por su espacio confortable.

Seis preguntas y respuestas sobre un concepto de moda: la zona de confort

1)      ¿Qué es la zona de confort?

La zona de confort es un estado psicológico en que vivimos dentro de una burbuja de comodidad, con una rutina sin sobresaltos y con una tendencia a la pasividad. En cierto modo, todos los seres humanos tenemos una cierta propensión a permanecer en nuestra zona de confort, porque nos ofrece una serie de sensaciones positivas en nuestra vida: comodidad, estabilidad… Pero esto puede ser un arma de doble filo.

Si permanecemos mucho tiempo en nuestra zona de confort podemos caer en el aburrimiento, la falta de confianza en nuestras posibilidades y en general en un fuerte conformismo que nos impida afrontar nuevos retos. Por eso es tan importante y se pone tanto énfasis desde la psicología (pero también desde otros ámbitos, como el coaching o el liderazgo empresarial) en la necesidad de salir frecuentemente de nuestra zona de confort.

2)      ¿Cuáles son las señales que te indican que deberías salir de esa zona?

Si notas que estás demasiado encerrado en una rutina gris, donde todo es previsible y rara vez ocurre nada destacado, es muy probable que estés en tu zona de confort. El problema de la zona de confort es que, como su nombre indica, nos ofrece seguridad, nos ofrece un estado de letargo que es, en cierto sentido, placentero. Pero esta seguridad puede convertirse fácilmente en apatía, en dejar la vida pasar y ser espectadores pasivos de la realidad. No nos permite tomar las riendas de nuestra vida, y en consecuencia nos puede llevar a vivir en una burbuja que cada vez es más pequeña y limitante.

3)      ¿Por qué es bueno escapar de la zona de confort?

Debemos intentar salir de la zona de confort para mejorar aspectos importantes de nuestra vida: nuestra autoconfianza, el afrontamiento de nuevos retos y posibilidades, nuevas relaciones interpersonales… Salir de la zona de confort significa enfrentarnos al mundo, abrir puertas y ventanas en la que pueden entrar nuevas personas y experiencias. Si no salimos de la zona de confort, podemos ver que nuestra realidad (nuestra vida social, profesional, nuestra felicidad) es cada vez más reducida, más pequeña, y vivimos más situaciones rutinarias sin ningún tipo de incentivo.

4)      ¿Cualquier persona es capaz de abandonar su zona de confort?

Por supuesto que sí. Salir de la zona de confort debe ser casi una obligación para todo ser humano. Es cuestión de voluntad y de darnos cuenta de todo lo que podemos estar perdiéndonos si permanecemos en una burbuja cómoda. No se trata de decirnos a nosotros mismos cuatro frases positivas, sino más bien de cambiar una serie de rutinas, hábitos y actitudes que nos anclan a la monotonía. Toda persona que considere que quiere hacer más rica su vida y su entorno humano debe estar pensando en abandonar la monotonía conocida y vivir nuevas experiencias, hacer cosas nuevas, en definitiva desafiar la dinámica mediocre que a veces se instala en nuestra existencia.

5)      ¿Qué debes hacer una vez que has salido de esa zona? ¿Nos podemos llegar a arrepentir de haber salido de la zona confortable?

Una vez se ha salido de la zona de confort, lo habitual es que la persona se sienta más realizada y esté viviendo experiencias y situaciones más excitantes. Por tanto, en principio la mayoría de personas que logran salir de la zona de confort están satisfechas con haberlo hecho; ampliar los horizontes del día a día es algo que a todos nos gusta y con lo que disfrutamos. ¿Quién no goza al conocer a nuevas personas, dándose una oportunidad para hacerlo y para vivir nuevas experiencias? En sí mismo, es algo totalmente deseable.

El problema puede ser que este nuevo ritmo de vida nos supere y, por la ley del péndulo, volvamos a querer recluirnos en nuestra zona de confort, o que aún sin quererlo conscientemente, no podamos evitar volver a entrar en una dinámica monótona. La clave del éxito cuando salimos de nuestra zona de confort es intentar mantener un equilibrio entre hábitos rutinarios y novedosos, no pasar “de 0 a 100” sino hacerlo de forma gradual y tratar de equilibrar experiencias. En otras palabras, no es buena idea pasar de ir del trabajo a casa y de casa al trabajo a estar todo el día de fiesta. Lo ideal es mantener un equilibrio racional entre obligaciones y deseos, de modo que podamos tener un control sobre nuestras vidas, pero darnos la oportunidad de disfrutar de buenos momentos.

6)      ¿Aconsejarías a cualquier profesional salir de su zona de confort? ¿En qué resultaría beneficiado?

En el terreno laboral, salir de la zona de confort supone cuestionar los resortes habituales que nos limitan a realizar tareas rutinarias. En este sentido, abandonar la zona de confort nos sirve para pensar más allá de lo obvio, para aportar creatividad e innovación a nuestra rutina laboral. Es obvio que con el cambio de paradigma tecnológico y empresarial, es imprescindible que las empresas estimulen a sus empleados para que abandonen su zona de confort, aporten nuevas ideas y visiones sobre lo que se podría hacer y, cómo no, ayuden a que las nuevas ideas puedan materializarse.

Esto supone un gran cambio puesto que las corporaciones (no todas pero sí la mayoría) suelen ser estructuras bastante rígidas en que el trabajador se ve poco estimulado a aportar algo más allá de sus tareas habituales. A fin de cuentas, el empleado debe cumplir objetivos y no se le suele premiar por nada que no sea eso. Por suerte, cada vez más empresas han detectado la imperiosa necesidad de rentabilizar la creatividad de los empleados, y esto pasa por hacerles abandonar su zona de confort y poner bases sólidas para que sus talentos puedan desarrollarse. Salir de la zona de confort no solo es positivo en nuestra vida personal, también lo es en el campo laboral y, desde luego, aciertan las empresas que saben mirar el día a día desde otra perspectiva.

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Asertividad: ¿qué rasgos definen a las personas asertivas?

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La asertividad es una habilidad comunicativa que nos puede ayudar en nuestro día a día.

Las personas asertivas saben expresar su criterio de forma correcta, sopesada, exponiendo su punto de vista personal pero respetando también la opinión de los demás. La asertividad, pues, nos ayuda a expresarnos de forma empática con nuestro interlocutor, y por tanto a comunicarnos mejor. Además, es un estilo comunicativo que juega a favor de nuestro bienestar psicológico y emocional.

¿Por qué tantos psicólogos recomiendan usar esta forma de comunicarnos? No solo amplía nuestros horizontes y nos conecta con las expectativas y las necesidades de los demás, sino que influye positivamente en nuestra autoestima, en la visión que las demás personas tienen sobre nosotros y también previene el exceso de estrés. Tenemos la suerte de que la asertividad es una habilidad que se puede aprender y entrenar, y en este artículo vamos a saber cuáles son las características típicas de las personas asertivas.

Asertividad: los tres pilares básicos de esta habilidad comunicativa

Las personas que no se comunican de forma asertiva pueden entablar relaciones personas complicadas y que tienden a acabar mal. La asertividad es una actitud que muestra una buena imagen de nosotros mismos, nos hace proteger nuestros derechos frente a los demás. Es una extensión de nuestros sentimientos, necesidades y opiniones; el modo correcto y útil de expresarlos. Y, a su vez, nos permite tener una actitud comprensiva y respetuosa ante las necesidades y deseos de la persona que tenemos enfrente.

Resumiendo, la asertividad se basa en tres elementos: la autoafirmación, la expresión de sentimientos positivos y la expresión de sensaciones negativas, pero siempre de forma sosegada, respetuosa y positiva.

Rasgos en común de las personas asertivas

¿Qué caracteriza a las personas asertivas? Estos nueve rasgos suelen ser habituales en la personalidad de estos individuos. Si ves que flaqueas en alguno de ellos, no te preocupes, es posible aprender y desarrollar cada una de estas características.

1. Autoestima y confianza en sí mismas

Las personas asertivas suelen tener una autoestima saludable. No tienen miedo a expresar lo que sienten. Por el contrario, las personas inseguras suelen recluirse en sí mismas y comunicarse con otras personas en base a ciertos prejuicios que acarrean una actitud “a la defensiva” y suspicaz.

2. Respetan las opiniones y puntos de vista ajenos

Cuando alguien confía en sí mismo es capaz de escuchar a los demás y aceptar sus opiniones, deseos y creencias, aunque no encajen con su propia visión de las cosas. Son conscientes de que cada individuo tiene un bagaje cultural y personal, que no hay dos personas iguales y que no es buena idea polemizar con cualquiera que no comparta sus opiniones.

3. Empatizan con las emociones de los demás

La validación emocional es un proceso en el que aprendemos a comprender, aceptar y contextualizar la experiencia emocional y vital de otra persona. Es una de las habilidades psicológicas implicadas en la asertividad, porque mejora nuestras relaciones personales, logrando que la otra persona se sienta comprendida y expresa mejor sus pensamientos. Cuando esto se produce, la comunicación es mejor y los interlocutores se sienten más confiados el uno del otro.

4. Practican la escucha activa

¿Sueles prestar mucha atención a lo que te cuentan tus amigos o familiares? Si respondes afirmativamente (suponiendo que seas sincero/a), es probable que seas una persona asertiva. Escuchar de verdad implica una atención genuina ante lo que nuestro interlocutor nos quiere transmitir, manteniendo un contacto visual natural, intentando no interrumpir el discurso del otro y colaborando para que exprese todo lo que siente.

5. No se preocupan demasiado por la imagen que muestran

Las personas asertivas son personas con una buena confianza en sí mismas, y no suelen perder el tiempo pensando en lo que los demás piensan sobre ellas. Se aceptan tal como son y son capaces de relacionarse sin exigir ninguna contraprestación.

6. Tiene pocos amigos, pero buenos

Una de las capacidades de estas personas es que gozan de una buena inteligencia emocional, y esto les permite escoger a sus compañeros de viaje. No acostumbran a perder el tiempo rodeándose de personas malhumoradas o negativas; saben que para ser feliz deben rodearse de personas optimistas con las que compartir buenas experiencias y apoyarse mutuamente.

7. Detectan sus defectos y tratan de mejorar

Aceptarse incondicionalmente no implica estar ciego ante los defectos o las cosas que podemos mejorar en nuestra vida. Las personas asertivas son capaces de reconocer sus limitaciones, para después luchar incansablemente para desarrollar todos los aspectos en que no están del todo satisfechos, puesto que son personas leales a sus objetivos.

8. Conocen técnicas de control emocional

Gestionar las emociones es esencial a la hora de comunicarse de forma positiva y constructiva con los demás. Los individuos asertivos entienden y manejan eficazmente sus emociones y son capaces de ajustar su actitud a las necesidades de su interlocutor, con el fin de brindarle apoyo emocional.

9. Afrontan los conflictos con templanza

Se muestran calmadas y sensatas cuando deben afrontar una situación tensa. No suelen perder los nervios, actúan con una serenidad pasmosa y experimentan poca ansiedad cuando se relacionan con otras personas. Esto les permite gestionar los conflictos y las situaciones peligrosas desde la serenidad. Además, saben que la vida está llena de éxitos y fracasos, y son capaces de conceder un sentido constructivo a todas sus experiencias.

Referencias bibliográficas:

  • Fabra, M.L. Asertividad para muchas mujeres y algunos hombres. Ediciones Octaedro. 2009. ISBN 978-84-8063-977-4.
  • Fensterheim, H. y Baer, J. No diga sí cuando quiera decir no, Ediciones Grijalbo. 2003.
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