¿Admirar a tu pareja te hace dependiente?

Foto pequePor Ana Villarrubia Mendiola.

Existe una falsa idea generalizada de que la admiración hacia la pareja implica  que unos de los dos miembros de la misma es inferior al otro o se encuentra en situación de dependencia emocional del otro. Nada más lejos de la realidad.

La admiración no implica dependencia o veneración, ni siquiera adulación y mucho menos, sometimiento. En absoluto. Máxime cuando hablamos de admiración en una pareja saludable en la que entendemos que sus dos integrantes se relacionan de igual a igual y en la que la admiración es un vehículo más (junto con la demostración de afecto, las muestras de interés, la posibilidad de compartir Ideas y sueños…) para la satisfacción de deseos y necesidades de orden superior.

Cuando la admiración es sintomática de un desequilibrio en la pareja supone un enganche tanto por parte del que admira (que se valida a sí mismo mediante la relación en la que supedita la satisfacción de sus necesidades a la satisfacción de las necesidades del otro) como por parte del admirado (que compensa con ello carencias afectiva y problemas emocionales no resueltos que le impiden la sana relación con el otro en quien ni siquiera es capaz de fijarse).

La admiración tampoco implica idealización, este es otra falsa idea igualmente generalizada.

Al igual que los sueños, la formación y el mantenimiento de toda pareja conlleva implícita una pequeña dosis de irracionalidad, una pequeña parte inexplicable por lo que dos personas se escogen y deciden unirse. Incluso en un primer momento de la pareja admiración e idealización parecen indisolubles, pero solo lo parecen porque mientras que la idealización de disipará la admiración se irá fortaleciendo, transformando y asentando.

Por mucha magia que pueda existir en un primer momento la pareja no puede sustentarse nunca sobre una base irracional. Mientras que la idealización pertenece a este mundo irracional en exclusiva, solo puede darse en un primer momento de enamoramiento más transitorio (casi enajenado) y necesariamente se desinfla con el tiempo, con el roce y con la convivencia, la admiración en cambio se vincula a hechos y pruebas de realidad, se mantiene en el tiempo e incluso se va transformando y construyendo sobre nuevas experiencias. Admiro al otro por conductas que he apreciado en él y por cambios que he visto que es capaz de generar en mi mientras solo le idealizo en el plano de la ensoñación, desde el desconocimiento y la expectativa de algo que no se ha llegado a materializar nunca.

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Ana Villarrubia Mendiola dirige el Gabinete Psicológico ’Aprende a Escucharte en Madrid.

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