Por qué el asco te protege

¿Qué es el asco y por qué lo experimentamos? 

Por Ana Villarrubia Mendiola – Psicóloga Colegiada M-25022.

Como todas las emociones básicas el asco también cumple una importante función, con una innegable trascendencia a nivel evolutivo. ¿Por qué sentimos asco? Pues bien, a pesar de lo desagradable que es sentirlo o incluso imaginarnos sintiéndolo, el asco nos protege.

El cerebro nos lleva a experimentar asco en situaciones en las que nos exponemos a un potencial agente contaminante para nosotros: alimentos en mal estado, cuerpos en descomposición, insectos o animales cuya acción puede atentar contra nuestra supervivencia…

La reacción natural ante el asco, que tanto nos desagrada, es el alejamiento del estímulo que nos los ha generado. Es como si nuestro cerebro nos estuviera diciendo:

Ni te acerques, ni se te ocurra tocar y mucho menos te lo comas, aléjate, no es bueno para ti.

Eso sí, del asco aprendemos. Aprendemos a meter los restos de comida en la nevera si queremos disponer de ellos al día siguiente o a desprendernos de las sobras que no son aprovechables y sacar fuera de casa la basura. Todos hemos experimentado el repugnante hedor del alimento en mal estado o las nefastas consecuencias gastrointestinales de su ingestión.

La emoción de asco es abrupta, automática y normalmente bastante efímera: suele desaparecer en cuanto dejamos de estar en contacto (aunque solo sea visual) con el estímulo que la generó. Es una emoción ancestral que nos ha ayudado a sobrevivir y a mantener sana de algunas males a nuestra especie por los siglos de los siglos. El asco ha contribuido a que evitáramos ciertos peligros graves, algo de lo que también se encarga otra emoción básica: el miedo.

A pesar de su funcionalidad lo cierto es que la respuesta de asco, al igual que otras respuestas humanas, también puede ser condicionada y generalizada, llegando incluso a resultar desadaptativas, molesta o incapacitante. Esto explica por qué hemos aprendido a experimentar asco ante estímulos o situaciones que objetivamente no atentan contra nosotros o que lo hicieron en una ocasión pero no tienen por qué volver a hacerlo.

Comprendemos entonces por qué mucha gente siente asco ante determinados insectos solo porque se parecen a otros o porque el cine o la literatura se han encargado de asociarlos  a consecuencias fatales. Comprendemos también por qué el niño desarrolla asco hacia alimentos que para otros son aversivos sin que a ellos les hayan sentado nunca mal (aprendizaje vicario) o por qué nos perdemos manjares culinarios porque una vez nos empachamos y acabamos vomitando toda la noche en el baño.

La buena noticia es que de la misma manera que unos aprendizajes generaron un asociación, esta asociación puede romperse a través de un proceso terapéutico guiado y puede reaprenderse a partir de nuevas experiencias con diferentes consecuencias.

Cabecera Blog - Teléfono

Ana Villarrubia Mendiola dirige el Gabinete Psicológico ’Aprende a Escucharte en Madrid

Adultos, Divulgación , , , ,

Comentarios cerrados.